Intemporal (Generations 1) 11. El padre de su padre #3
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11. El padre de su padre #3

—Estaba contándole a tu padre tu vida desde los días en que recorríamos las colinas de la Cumbre del Kelvin —explicó—. Desde mi punto de vista, claro. Estoy segura de que le gustaría oír la historia desde el tuyo.

Zaknafein sintió la mirada interrogativa de Drizzt sobre él.

—Sí que me gustaría —confirmó, y no mentía. Sorprendentemente, la humana le había dado mucho en qué pensar, y quizá escuchar la misma historia desde la perspectiva de su hijo le ayudaría a apreciar mejor las palabras y los sentimientos de ella.

Los tres se quedaron en la cabaña hasta bien entrada la noche, mientras Drizzt contaba su historia, desde la Cumbre del Kelvin a Mithril Hall, y con todos los lugares entre esos dos, y todos los que estaban más allá. Puso especial énfasis en una historia que Zaknafein no puedo evitar valorar.

—Volví a Menzoberranzan —explicó Drizzt—. Abiertamente y en rendición.

—Di mi vida para que no tuvieras que hacer algo semejante —le interrumpió Zaknafein, y no intentó esconder la rabia que le producía una elección tan ridícula.

—Tuve que hacerlo —explicó Drizzt.

—Creíste que tenías que hacerlo —intervino Catti-brie, ante lo cual Drizzt asintió.

—Habían venido a por mí, poniendo en peligro a todos a los que amaba —dijo Drizzt—, no podía permitir eso.

—Los que te amaban hubieran preferido morir junto a ti que ver cómo te entregabas a la Casa Baenre —insistió Catti-brie.

Eso hizo que Zaknafein alzara una ceja.

—Cuéntamelo —indicó a Drizzt—. Todo. Parece que tu esposa se ha olvidado de esa historia.

Drizzt rio ante eso, lo que sorprendió al otro.

—Fue sola a por mí —contó—, y en aquel momento no era aún una gran sacerdotisa, ni siquiera una maga, aunque ahora es una maestra tanto en lo arcano como en lo divino.

Era una luchadora, y ni siquiera con mucha experiencia —lanzó una mirada a su mujer, una mirada llena de amor—.

Pero fue, sola. Recorrió todo la Infraoscuridad hasta Menzoberranzan, y una vez allí, con la ayuda de otro humano, un hombre al que pronto conocerás si no lo has hecho ya, me sacó de las mazmorras de la Casa Baenre.

Zaknafein empezó a reír, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que su hijo no estaba bromeando.

—¿De Baenre? —preguntó con incredulidad, y Drizzt asintió.

—Un golpe de buena suerte —admitió Catti-brie.

—No lo dudo. ¿Cuándo fue eso? —preguntó Zaknafein.

—Hace como un siglo y cuatro lustros, más o menos —dijo Drizzt—. No mucho después de que el rey Bruenor retomara Mithril Hall.

Zaknafein asintió, pero luego miró a Catti-brie y se dio cuenta de que algo no le cuadraba.

—No puedes tener más de cuarenta años.

Catti-brie soltó un bufido.

—Estoy a mediados de los veinte, pero gracias... supongo.

—Pero acabas de decir... –empezó el atónito Zaknafein, volviéndose a mirar a Drizzt.

—Esa es otra historia, una tan extraordinaria como la tuya propia, Zaknafein —contestó Catti-brie—. La dejaremos para otro día. Es tarde. La luna ya se ha puesto. Volvamos a la Mansión de Hiedra a calentar las camas.

Se levantó y empezó a recoger sus cosas, y Drizzt hizo lo mismo.

Zaknafein, que portaba con él todo lo que había llevado a la cabaña, se quedó sentado y terminó la bebida, observando cómo los otros se movían, y observando, sobre todo, cómo se miraban.

Intentó minimizar sus ocasionales gestos de desagrado, y evitar el fruncimiento de ceño, pero a pesar de todo lo que había oído esa noche, no pensó que lo estuviera consiguiendo del todo.

—Bueno, esto ha sido mucho más agradable —dijo Catti-brie cuando Drizzt y ella estuvieron solos en sus aposentos de la Mansión de Hiedra— ¡Y no tendremos que construir una mesa nueva!

Drizzt no compartía su alegría.

—Te odia —dijo.

—No me odia.

—Odia que estemos juntos. Y odia, sobre todo, que vayamos a tener un niño, un mestizo al que no aceptará.

—El miedo puede llevar al odio, pero no son lo mismo —dijo Catti-brie—. Tu padre no tiene experiencia en estas cosas, y este mundo, un mundo y una época donde algo como nuestro niño puede ocurrir, le ha caído encima de una manera muy desconcertante.

—Zaknafein no es ningún niño —contestó Drizzt—, ni es el hombre que yo...

—Sigues llamándolo Zaknafein —le interrumpió Catti-brie—, no padre, sino Zaknafein. ¿Por qué?

Drizzt no contestó, pero vio la pertinencia de la pregunta.

—Zaknafein no es el único que tiene miedo —añadió Catti-brie.

Qué bien lo conocía, pensó Drizzt. Tenía miedo, estaba aterrorizado.

Zaknafein había sido para él más un símbolo que una persona real durante más de un siglo.

Había idolatrado un recuerdo, porque nunca había tenido que preocuparse por la realidad de quién podría ser Zaknafein, si lo sacaban de Menzoberranzan.

Era mucho más fácil proyectar sus propios sentimientos y creencias en el fantasma del hombre.

—La gente es complicada, y la gente cambia —dijo Catti-brie—. Mira a Artemis Entreri.

Drizzt supo que su sonoro suspiro había revelado sus miedos, cuando Catti-brie lo miró fijamente.

—Ten paciencia, mi amor —le dijo ella, acercándosele y masajeándole los hombros.

Drizzt asintió. A fin de cuentas, ¿qué otra opción tenía?