Intemporal (Generations 1) 11. El padre de su padre #2
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11. El padre de su padre #2

Dos hembras drow se movían en círculo alrededor del mago, mirándolo sin pestañear, tomándole la medida, intentando penetrar en sus pensamientos para buscar alguna pista.

Ninguna otra drow que no fuera la propia madre matrona habría intentado lanzar semejante mirada a Gromph, por supuesto, pero aquellas dos no eran realmente elfas oscuras.

Simplemente habían tomado ese aspecto para no causar tanta impresión, porque su apariencia real, la forma de una vela de barro medio derretida de una yochlol, habría mantenido totalmente en guardia a todo drow con el que hablaran.

Aunque tampoco era que Gromph se dejara engañar sobre la naturaleza de sus huéspedes.

—¿Qué has averiguado sobre la vuelta de Zaknafein? —preguntó Yiccardaria, con voz profunda y sugerente, resultado de la magia.

Gromph resopló ante ese efecto, como si un conjuro menor como ese pudiera engañarlo, incluso proviniendo de alguien que a menudo estaba junto a la Reina Araña.

—Nada —contestó el mago—. Zaknafein se ha reunido con su hijo, pero no sé el resultado de dicho encuentro.

—¿Aceptan el regreso de Zaknafein? —preguntó Eskavidne.

—¿Qué hay que aceptar? Está aquí.

—¿Y no les causa curiosidad saber por qué o cómo? —presionó la sirvienta.

—Sí, claro. Jarlaxle...

—¿Yvonnel? —interrumpió Yiccardaria.

—Yvonnel también —dijo Gromph—. Han preguntado todo lo que han podido. A mí me preguntaron si había averiguado algo, a mi vuelta de Menzoberranzan...

—¿Y se lo dijiste? —preguntó Yiccardaria, con brusquedad.

Gromph se encogió de hombros, como si no tuviera importancia.

—¿Decirles qué? ¿Que todos creían que era el verdadero Zaknafein Do’Urden resucitado? Sí. Pero no es nada que ellos no pudieran haber sabido por su cuenta.

—Quizá querían saber las nuevas de Menzoberranzan para ver si las sospechas sobre la resurrección caían sobre ellos —sugirió Yiccardaria, pero Gromph se limitó a responder con un bufido.

—Zaknafein está aquí, haya sucedido como haya sucedido —dijo el antiguo archimago—. Esa es la nueva verdad de la región, pero es solo una.

—Cuéntanos las otras —dijo Eskavidne.

—Los portales de los enanos entre Gauntlgrym y esta torre, y entre Gauntlgrym y la Mansión de Hiedra, están operativos y funcionan aún mejor de lo que hubiera pensado.

El rey Bruenor tendrá un tercer portal listo entre una y tres semanas, que conectará Gauntlgrym con Mithril Hall.

Cuando esté funcionando, le permitirá traer material y soldados de la Marca Argéntea en un momento, lo que hará que el rey Bruenor esté más cerca de volverse intocable para los míseros humanos de la Costa de la Espada, a menos que deseen una guerra contra toda la raza de los enanos delzoun. Es bastante impresionante.

—¿Y la Torre de Huéspedes del Arcano? —preguntó Yiccardaria, aparentemente despreocupada ante los avances de los enanos. Que así fuera.

—Mira a tu alrededor. ¿Has visto algo en el Plano Material que rivalice con esa creación mágica, aparte, quizá, de la ciudad de Ched Nasad?

Las sirvientas se miraron entre ellas, serias pero claramente intrigadas.

—Comparto vuestro interés —continuó Gromph—. Este acto de creación con el primordial, cuyo nombre es Maegera, contiene una maravillosa promesa para todos nosotros. Aquí soy vuestros ojos y oídos.

Yiccardaria enarcó una delicada ceja ante eso para transmitir que su nivel de confianza en Gromph Baenre no era tan alto como este indicaba con aquella afirmación. Aunque, ¿qué otra opción tenía?

—¿Deberíamos tener miedo de permitir tanto poder a los enanos?

—preguntó Eskavidne, que, claramente, no compartía la indiferencia de Yiccardaria—.

¿Mandarán los ejércitos del norte contra Jarlaxle en Luskan?

¿Traerá el rey Bruenor a su gente de la Marca Argéntea para ocupar toda la Infraoscuridad hasta la Ciudad de las Arañas?

—Yvonnel guarda consigo el intenso dolor de la mejor hacha del rey Bruenor —recordó Yiccardaria, porque había sido el propio Bruenor quien había partido en dos el cráneo de Yvonnel la Eterna.

—Aunque no fuera así, no preveo tal ánimo de aventura en Bruenor, al menos no para la conquista —contestó Gromph.

—¿Es que tu tiempo entre los iblith te ha ablandado?

El antiguo archimago lanzó una mirada divertida a Yiccardaria.

Entendió el cinismo y enfado que había implícitos.

La traición de Yvonnel había derrotado a Yiccardaria y la había desterrado a los planos más bajos; solo el gran debilitamiento de la Faerzress y la intervención de la propia Lloth habían permitido a esa sirvienta volver a las tierras de Faerûn.

Y más que cualquier otra cosa, el orgullo de la demonio yochlol había sido aplastado, al igual que ella había sido aplastada, literalmente, por el humano Gran Maestro de las Flores.

—¿Qué otras noticias nos traes, sirviente de Lloth? —preguntó Eskavidne, sin hacer caso de la pregunta de su colega, igual que Gromph.

Él se rio ante esto.

—Intrigas con el lord protector de Neverwinter, como de costumbre —contestó—. Hay algunos revuelos, pero nada que merezca vuestra atención, al menos, todavía no.

—No consentiremos que el rey Bruenor se alíe con él —dejó claro Eskavidne—. No debes permitirlo.

—De eso no hay por qué preocuparse.

—¿Jarlaxle estará pendiente y se nos informará?

—Puedes saberlo ya —le aseguró Gromph—, los enanos de Gauntlgrym odian a Dagult Neverember, y el sentimiento es profundo y mutuo.

Las sirvientas volvieron a intercambiar miradas interesadas.

—No penséis ni por un momento que esa enemistad puede ser una oportunidad para nadie de Menzoberranzan con el lord protector —insistió Gromph, asegurándose de dejar clara la urgencia que sentía—. Lord Neverember es un idiota molesto y provocará más problemas que beneficios, no lo dudéis.

—Es un señor público de Aguas Profundas, ¿no? Seguramente, tendrá aliados —dijo Yiccardaria.

Gromph le dio la razón con un encogimiento de hombros.

—Tenemos vigilados a esos aliados.

—¿Y ellos son? —preguntó la impaciente sirvienta.

—Una casa noble de Aguas Profundas, los Margaster —admitió Gromph.

Se sorprendió por el sentimiento de culpa que acompañó a estas palabras.

¿Desde cuándo preocupaba a Gromph el pensar que estaba actuando contra los intereses de Jarlaxle y los extraños aliados de los que se había rodeado ese tonto egocéntrico?

Aun así, no había cruzado esa línea, o eso creía, al proporcionar información que se podía conseguir por otros medios, y que no sería demasiado perjudicial para su aventurero hermano.

Pensó que daba igual, y dejó de lado esa idea.

Esas eran emisarias de la propia Lloth, y al igual que en Menzoberranzan, Gromph haría lo que tuviera que hacer para seguir con su trabajo en ese momento y en ese lugar; un trabajo que había vuelto a ser muy importante para él con la inclusión de su entrenamiento en psiónica.

Y lo primero era la supervivencia, algo que veía más fácil si se mantenía a buenas con Lloth.

El ruido de cascos en el exterior de la cabaña les alertó de que alguien se aproximaba, y Catti-brie, que casi había terminado las historias de Drizzt, se acercó a la pequeña ventana y miró hacia fuera.

—Es Drizzt, que vuelve —le dijo a Zaknafein, luego añadió, con una sonrisa—: Te lo advierto ya, mantened la espada envainada, los dos.

—Él desenvainó primero —contestó Zaknafein, con toda la despreocupación que pudo.

—Os he dejado tener vuestra última pelea, aunque tardaré semanas en arreglar todo esto. Pero a veces, hay que dejar que los niños aprendan por sí solos, supongo.

—¿Los niños?

Catti-brie alzó las manos y se encogió de hombros, sin retirar lo dicho.

Pero él no fue capaz de pasarlo por alto.

—Mi buena señora, de donde yo soy, a los niños que luchan en casa propia, como hemos hecho, se les disciplina con la serpiente del látigo de una sacerdotisa.

—¿De dónde tú eres? —preguntó Catti-brie con una sonrisa torcida—. Querrás decir, donde vive la raza superior.

Zaknafein empezó a responder antes de haber digerido del todo la frase, pero finalmente se rindió y hasta se rio.

La puerta de la cabaña se abrió y entró Drizzt. Se quitó el cinturón de armas y lo colgó en un gancho junto a la puerta, casi como si hubiera oído la conversación previa. Mientras lo hacía, miró con curiosidad a su mujer, y luego al sonriente Zaknafein.

—¿Todo bien? —preguntó.

—¿Licántropos? —preguntó Zaknafein, aún sin estar seguro de cómo contestar a esa aparentemente simple pregunta.

Drizzt negó con la cabeza.

—Pensábamos que teníamos el rastro de uno, pero no.

Catti-brie le indicó una silla junto a la mesa, y también se sentó.