11. El padre de su padre
E L PADRE DE SU PADRE
No estaban en la Mansión de Hiedra, sino fuera, en el bosque detrás de ella.
Drizzt los guiaba al interior de una pequeña cabaña, en un prado bordeado de pinos.
Todo en ella, la construcción, el mobiliario, el fogón situado bajo un agujero en el techo, hablaba de ahorro y utilidad, lo cual provocó una mirada de curiosidad y un umm en Zaknafein cuando entró.
—Aquí —indicó Drizzt— es donde hago mi trabajo.
Zaknafein miró a Catti-brie, que se limitó a asentir, luego se volvió hacia Drizzt, mientras un aullido se colaba por la ventana abierta.
—¿Tu trabajo? —preguntó.
—Hay seres malditos en el bosque —explicó Drizzt—. Licántropos. Los llamamos los bidderdoos, por el desgraciado Bidderdoo Harpell, el mago que empezó esta estripe de hombres lobo, primero con magia y luego porque, una vez maldito, pobre tipo, ya no pudo controlar su apetito.
—¿Matas lobos? —preguntó Zaknafein, con una forma de hablar un poco forzada y dubitativa.
Hasta el momento, Catti-brie había seguido lo hecho por Yvonnel, y lanzaba encantamientos al drow resurrecto para que entendiera el lenguaje común.
El uso repetido de aquellos encantamientos tenía el efecto secundario de enseñarle el idioma al recipiente, y así había sucedido con Zaknafein.
Sin embargo, su conocimiento aún no era perfecto.
—Licántropos —repitió Drizzt, pero Zaknafein sacudió la cabeza, frustrado, y ambos miraron a Catti-brie.
La mujer movió las manos y empezó un cántico, convocando a la divina Mielikki, para conceder de nuevo el don de entender su lenguaje.
—Licántropos —explicó Drizzt cuando Catti-brie hubo acabado.
—¿Licántropos? ¿Matas licántropos? —preguntó Zaknafein, y su maestría con el lenguaje su puso de manifiesto una vez más. Lo pensó un momento y luego añadió—. De forma compasiva, espero.
—No los mato —contestó Drizzt—. Los capturo y los llevo a la Mansión de Hiedra.
—Tenemos una docena en celdas, bajo la mansión —explicó Catti-brie—. Y algunos de nuestros últimos tratamientos y conjuros parecen ser de cierta ayuda, aunque solo sea un poco.
—¿Ayuda? ¿Pensáis curarlos? ¡No hay cura para la licantropía!
—Y nunca la habrá, si no se intenta —repuso Catti-brie, con cierta brusquedad.
Zaknafein la miró fijamente durante un buen momento, y la expresión del rostro se le fue suavizando un poco, como si intentara buscar una forma diferente de mirar no solo el asunto del licántropo sino también a su nuera.
—¿Y vamos a ir a cazar esta noche? —le preguntó a Drizzt, aunque seguía mirando a Catti-brie.
—Solo si Guenhwyvar encuentra una oportunidad —replicó Drizzt—. Y no vamos; voy, yo solo.
Esa sorprendente exclusión hizo que Zaknafein dejara de contemplar a Catti-brie para volverse hacia su hijo.
Empezó a contestar a Drizzt, molesto por la exclusión, pero se detuvo cuando las primeras palabras le salieron de la boca, porque se había dado cuenta del nombre, y en vez de eso preguntó: «¿Guenhwyvar? ».
—La amiga más antigua de tu hijo, que ha estado con él desde que dejó Menzoberranzan —contestó Catti-brie.
Zaknafein alzó la mano para silenciarla.
—¿La gata? —le preguntó a Drizzt.
Drizzt sacó la figurita de ónice de la bolsa y la puso ante los asombrados ojos de Zaknafein.
—La gata del mago Hunzrin…
—Ha estado conmigo todo el tiempo —dijo Drizzt.
—Todo el tiempo… Yo debería saber algo de esto —Zaknafein meneó la cabeza, frustrado.
Su resurrección había salido bien y la mayoría de los recuerdos previos estaban tan frescos como si él no llevara más de un siglo fuera, pero había partes de su existencia previa que parecían estar envueltas en una niebla distante.
Retrocedió y Drizzt llamó a la pantera. Zaknafein recordaba lo suficiente sobre cómo funcionaban las figuritas mágicas, incluso esa en particular, para permanecer tranquilo cuando la niebla gris apareció en la pequeña estancia, tomó la forma de una enorme pantera y luego se convirtió precisamente en eso: una pantera negra gigante, todo músculo, garras y dientes.
Pero era controlada, por completo, por el dueño de la estatua, como recordó Zaknafein; y mejor así, porque en esa estancia tan pequeña ni Zaknafein, ni Drizzt ni Catti-brie habrían tenido la más mínima oportunidad de salvarse de la poderosa bestia, y todos, por supuesto, lo sabían.
—¡Guenhwyvar, tenemos un nuevo amigo! —dijo Catti-brie, esperanzada, cuando Guen apareció. La pantera se volvió hacia Zaknafein y lo olisqueó.
Zaknafein le dio una tranquila palmada en la cabeza, pero miraba a Catti-brie, y se dio cuenta de que ella se estaba esforzando por fingir esa emoción en sus palabras.
—Quizá un amigo antiguo —añadió Drizzt—. De otro tiempo.
A Zaknafein tampoco se le escapó aquello, el énfasis que Drizzt había puesto en las últimas tres palabras. De hecho, Zaknafein se sentía como si fuera de un tiempo y un lugar lejanos, muy alejados de los actuales.
Guenhwyvar acarició a Drizzt con el hocico, luego fue a olisquear a Catti-brie, como era habitual en la pantera. Gruñó bajo, más como un arrullo, y lamió el abultado vientre de la mujer.
—Esta noche la luna está casi llena —le dijo Drizzt a Guen, y cuando esta lo miró él señaló con la barbilla hacia la puerta.
Guenhwyvar entendió, y salió a la noche.
—Probablemente no haya ninguno por ahí —explicó Drizzt mientras la pantera desaparecía entre las sombras y Catti-brie se acercaba a cerrar la puerta—. La luna no está tan llena.
—Entonces, ¿para qué hacerla venir? —preguntó Zaknafein—. Esos objetos tienen un uso limitado, ¿verdad?
—Estamos trabajando en ello —replicó Drizzt, guiñándole un ojo a su mujer.
Zaknafein la miró con curiosidad.
—Los Harpell de la Mansión de Hiedra y yo llevamos a cabo un prometedor estudio de conjuros que podrían extender el tiempo semanal de Guenhwyvar en este plano de existencia, incluso el diario—explicó la mujer.
—Y también para mostrártela—admitió Drizzt—. Estoy bien, padre. He llevado una vida que ha merecido la pena, de formas que nunca imaginé.
—¿Cómo tomar a una humana por esposa?
—Eso ya no es tema de debate —replicó Drizzt, con frialdad—. Ella es mi mundo. Aquí, ahora y para siempre. Como lo será nuestro niño. Nuestro niño.
Por el tono de Drizzt, Zaknafein se dio cuenta de que no iba a haber más discusión, así que reprimió su réplica afilada y dejó escapar un gran suspiro.
—Tengo mucho que aprender —admitió—, espero ser capaz.
Sabía que no había un gran optimismo en su voz, pero no vio la manera de remediarlo.
Catti-brie, que tampoco sonreía, fue a responder, pero Drizzt le puso la mano en el hombro, pidiéndole, silenciosamente, que le dejara ser él quien llevara la voz cantante.
—He recorrido un camino maravilloso, padre —dijo, con tranquilidad—.
He visto cosas que ni podría haber imaginado, he aprendido mucho más allá de la esfera de la Reina Araña y sus matronas, y he encontrado el amor, el amor verdadero —se detuvo para compartir una mirada con Catti-brie—.
Una compañera que camina a mi lado en este maravilloso viaje.
Zaknafein intentaba encontrar la manera de contestar cuando Guenhwyvar emitió un largo y alto aullido desde el bosque.
—¿Licántropo? —preguntó Zaknafein, esperanzado, pensando que eso podría ser lo que lo sacara de esa insoportable tensión y ese dilema irresoluble.
—Eso parece —contestó Drizzt. Miró a su mujer, que asintió, luego le dio un beso rápido y salió.
Zaknafein, quien de repente se encontraba a solas con su nuera, se dio cuenta de que quizá la interrupción de la gata no había sido el aplazamiento que deseaba.
Catti-brie pasó junto a él y fue a cerrar la puerta que su esposo había abierto. Luego se dirigió hacia la mesa, lanzó algunos encantamientos y conjuró un banquete para llenar los cuencos y los cálices.
—Siéntate —le ordenó a Zaknafein—. Drizzt no tardará mucho.
Él la miró, intentando no ser suspicaz.
—Siéntate —le repitió ella, más tajante—. Ya es hora de que tú y yo tengamos una charla.
—¿Una contundente? —preguntó con un bufido.
—Una sincera —respondió ella, seca.
Zaknafein tomó asiento, luego habló, sin ocultar su condescendencia.
—Me siento como si me fueran a regañar.
—Te van a informar, si prestas atención, no a regañar.
—Suele ser lo mismo —replicó Zaknafein—. Quizá las mujeres humanas no son tan diferentes de las matronas drow, después de todo —lo dijo con una sonrisa, pero estaba claro que Catti-brie no iba a aceptar eso como un comentario bien intencionado.
—Espero que puedas entender cuáles son las opciones que se te presentan —contestó Catti-brie—. Lo que hagas con esas opciones es cosa tuya. No mía, ni de Drizzt.
—Las opciones que se me presentan, según tu perspectiva.
—No, según la historia de quién ha llegado a ser Drizzt, desde el día en que lo conocí en las laderas de una montaña llamada la Cumbre de Kelvin, hasta ahora.
El suyo ha sido un viaje increíble desde su llegada a la superficie de Toril, y yo he estado a su lado durante la mayor parte de él.
Así que te lo contaré, y, estoy segura, Drizzt te lo contará cuando vuelva.
Sabiendo eso, tendrás más información para tomar una decisión, sea la que sea.
—¿Una decisión sobre qué? —preguntó Zaknafein, reclinándose en el respaldo y estudiando atentamente a la sorprendente mujer.
—Sobre... todo. Todo lo que tiene que ver con tu hijo, al menos.
—Tienes miedo de mi opinión.
Ella soltó un bufido y a Zaknafein le sorprendió la sinceridad de su simpática reacción. Estaba claro que se sentía segura de su posición. Eso lo sorprendió.
La mujer empezó su historia. Zaknafein comió y bebió mientras la escuchaba, y con mucha atención.
Otra reunión de tres estaba teniendo lugar al oeste de Longsaddle, en Luskan y en las grandes cámaras, físicas y extradimensionales, de Gromph Baenre.