10. Una cadena de susurros #3
—¡Ocho pitones! —murmuró Regis, maravillado ante el magnífico dispositivo y ante su propia habilidad, pues sospechaba que no habría ni cinco ladrones en la Costa de la Espada capaces de abrir esa cerradura.
Bueno, sin contar Calimport, claro, donde el robo era el pasatiempo propio de la ciudad.
«No te distraigas», se dijo a sí mismo. Miró la cerradura durante unos segundos más, pensando que, si acababa su búsqueda sin nada, quizá podía encontrar la manera de llevársela.
La puerta giraba hacia dentro, así que la abrió un poco y revisó el umbral y el marco en busca de placas de presión. La abrió un poquito más y volvió a revisar, ¡y menos mal que lo hizo!
Sacó su juego de herramientas de ladrón de la bolsa y cogió una tira de metal tan delgada como un cabello y un pequeño frasco de pegamento. Untó uno de sus lados, la deslizó entre la puerta y la placa de presión que había descubierto, apretando el lado pegajoso contra el marco tanto como pudo.
Abrió la puerta un poco más y comprobó de nuevo, y de hecho encontró una trampa más, con un diseño parecido. De nuevo, usó sus herramientas y desarmó el mecanismo con una placa pegajosa.
Finalmente, el borde de la puerta se movió más allá del marco. Regis sospechaba que había más peligros en su camino, pero cualquier otra trampa probablemente estaría en la habitación más allá del portal y, por lo tanto, más allá de su campo de visión.
Dio un paso atrás, miró a un lado y a otro y luego dio una patada a la puerta y se retiró a un lado de un salto.
Lo hizo justo a tiempo, ya que mientras la puerta se abría, de derecha a izquierda, soltó un péndulo con una pesada cuchilla que osciló en perpendicular al dintel.
Se balanceó hasta el pasillo, ¡con una hoja tan larga que hubiera partido a Regis desde la entrepierna a la frente!
De nuevo entró en la habitación, luego volvió otra vez al pasillo, y una tercera vez, con poca intención de disminuir la velocidad.
Ya impaciente, Regis esperó la siguiente oscilación y mientras el péndulo volvía a la habitación, él hizo lo mismo; lanzó dentro la antorcha mágica, atravesó el umbral de un salto y se lanzó en una voltereta hacia el lado derecho de la entrada.
Sus dos armas de cuerpo a cuerpo, el florete y el puñal de tres hojas, estaban en las manos del halfling cuando se levantó de la voltereta y se encontró solo en una pequeña cámara cuadrada con un suelo elevado de madera, lleno de barricas y cofres apilados.
Miró hacia atrás en dirección a la entrada y al péndulo, que seguía oscilando.
Quería cerrar la puerta, por supuesto, pero no iba a ser posible, pues no parecía haber manera de recargar la trampa y sacar el péndulo del medio, aunque el movimiento ya disminuía notablemente con cada oscilación.
Pero, incluso cuando se parara, Regis no tendría mucha posibilidad de cerrar la puerta, pues resultaba evidente que era demasiado pesado para que él lo empujara lo suficiente.
Tenía que ser rápido, pues su entrada acabaría notándose.
Con las armas en la mano, fue a por las barricas y los cofres y se le borró la sonrisa cuando se los encontró llenos de objetos mundanos de tipo doméstico, como candelabros, vino, agua y otros productos alimenticios.
Tras examinar solo unos pocos, bufó en alto y meneó la cabeza, ¿por qué se tomarían las molestias de poner una triple trampa y un candado tan difícil en semejante puerta?
No, no tenía sentido, así que siguió buscando, sacando algunas barricas de en medio, hasta descubrir, por fin, algo curioso: una gran pila de piedra blanca decorada; una talla singular de cuenco, pedestal y base, cuyo borde se elevaba hasta la frente de Regis.
El halfling probó su peso, luego se cogió del borde y se asomó despacio, de puntillas, intentando ver qué había dentro.
La pila era tan pesada y estaba tan equilibrada que ni siquiera se sacudió cuando se apoyó más en ella. Eso le dio el valor para izarse un poco más y notó que estaba llena de un líquido claro como el cristal e inodoro como el agua pura.
¿Agua bendita, quizá? ¿Algún otro líquido ceremonial? ¿Una poción mágica?
Puso los brazos en el borde de la pila para hacer palanca e izarse más arriba, intentando ver qué podría haber en el fondo del recipiente, y se sintió recompensado cuando vio un brillo en el interior, como el de un diamante.
O un chorro burbujeante, pensó, cuando el agua se elevó en el aire sobre la pila. ¡Una fuente encantada!
Pero no. Regis se dio cuenta casi inmediatamente de que no era eso, porque el agua no se abría y caía como en una fuente, ya que no la propulsaba ningún flujo.
Se elevaba por sí sola, y con una clara forma.
¡Una criatura viva!
Regis se tiró para atrás, o intentó hacerlo, pero el monstruo de agua demostró ser más veloz y le lanzó un tentáculo húmedo a la cabeza; lo agarró y lo llevó hacia delante, hasta pasarle la cabeza sobre el lateral de la pila y hundírsela bajo el agua que el ser mágico consideraba su hogar.
Y así lo dejó, con la cara aplastada contra el fondo del recipiente, y todo lo que Regis sintió fue un leve consuelo por su herencia genasi, una vez más.