Intemporal (Generations 1) 10. Una cadena de susurros #2
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10. Una cadena de susurros #2

—Sí, señora, volvió a verme muy tarde la noche pasada, mucho después de que tú te hubieras marchado hacia tu casa.

—¿Y está a salvo?

—Está de vuelta en Neverwinter —contestó Aiberdelle; contuvo el aliento y se encogió de hombros—. Estaba bien cuando me dejó, eso sí, pero tenía esa mirada.

—¿Esa mirada?

—Aventurera.

—A menudo tiene esa mirada, y a menudo encuentra emoción. ¿Por qué ibas a…?

—Pensé que la información era demasiado importante para esperar a que otro de tus… socios contratara mis servicios.

Donnola le hizo un gesto para que continuara.

—Se está preparando algo gordo, señora. Enanos navegando hacia el norte y marchando hacia el sur, cargados con un tesoro en monedas digno de un dragón.

—Sí, ya lo…

—Y hay Margaster de Aguas Profundas por todas partes, diría que unidos a los enanos.

—¿Margaster?

—La Casa Margaster de Aguas Profundas. Brevindon Margaster estuvo en mis establos, luego fue al norte, justo antes de que los enanos vinieran al sur. Lady Inkeri Margaster estaba con lord Neverember cuando los enanos compraron Thornhold. Y la taberna Driftwood está llena de Margaster.

—¿Eso es raro?

—Hay más —prometió Aiberdelle, bajando la voz.

Regis se arrastraba por la parte trasera del castillo, deslizándose de sombra en sombra.

Llegó a la compuerta del canal, que lo dirigía bajo el castillo. La corriente no era fuerte y había pequeños fragmentos de hielo dispersos aquí y allá, junto con algunos témpanos. Este era el desagüe que servía al castillo de lord Neverember y solo a este castillo, al menos aguas arriba.

¡Regis solo esperaba encontrar una salida en la corriente antes de que los canales de desechos encontraran su camino hacia el interior!

Miró alrededor, se quitó la pesada capa y la dejó tras un arbusto cercano al muro del castillo.

Ya se había quitado el chaleco, la camisa, los calcetines y las botas.

Se quedó solo con los calzones, la espada y el cinturón de la daga, la boina y la ballesta de mano colgando del cuello.

Cerró los ojos e intentó reunir coraje, recordándose que había estado en las frías profundidades del Mar de las Estrellas Caídas en busca de ostras y sus valiosas perlas rosas.

El agua que se extendía ante él estaba más fría, seguramente, pero no era profunda y no estaría mucho tiempo sumergido.

—Los genasi me protegen —susurró; se deslizó por el borde del canal y desapareció bajo las oscuras aguas sin un solo sonido, aunque su mente gritaba en protesta ante el agua helada. Fue por debajo del castillo, nadando con la corriente hasta una reja cerrada.

Regis permaneció bajo el agua, porque su ascendencia genasi lo había dotado de la capacidad de aguantar la respiración durante mucho mucho tiempo.

No podía ver nada, pero los dedos entumecidos recorrieron toda la reja hasta dar con la cerradura, y le alivió darse cuenta de que no era un rastrillo, sino solo un portón normal.

Se llevó la mano a los labios y escupió un par de ganzúas, luego se puso a trabajar, intentando no pensar en la posibilidad de que la puerta estuviera encantada.

No tenía tiempo para eso.

Al poco rato, aunque al pobre y helado Regis le pareció una eternidad, la reja se abrió; la empujó sin perder un segundo en deslizarse sin esfuerzo por el canal. Cuando torció la esquina, notó una luz encima que brillaba a través del dibujo de pequeños témpanos a la deriva.

La cabeza del halfling emergió despacio.

Estaba en una cámara del subsuelo, donde ardía una antorcha en algún lugar más allá de su limitada visión, porque él se hallaba frente a un saliente de piedra.

Por encima, y más allá, oyó una voz humana que hablaba en el idioma común y con el fuerte acento de los campesinos.

—Bah, con todo su oro, y no me pueden ir a dar más que un dedo de cobre —se quejó el hombre.

Regis oyó un rasguño, como el de un rastrillo metálico sobre la piedra. Se sumergió de nuevo bajo el agua, luego saltó como un ágil pez, retorciendo el cuerpo para salir hasta más allá de la cintura, lo suficiente para agarrarse al borde. Lentamente, se izó hasta asomarse por encima del saliente.

Se sintió muy aliviado al darse cuenta de que el campesino hablaba consigo mismo. El encorvado hombre deambulaba por la pequeña habitación, rastrillando heno del suelo de piedra, del que probablemente absorbía el desbordamiento de algunos orinales, dado el olor.

Regis volvió al agua, moviéndose con facilidad. Una mano se dirigió al collar que llevaba y sacó un pequeño dardo, poniendo especial cuidado al extraer la punta del corcho. Un solo rasguño del dardo podría hacer que flotara de vuelta a lo largo del canal, roncando y gorgoteando.

Colocó el dardo en la ballesta de mano y muy lentamente la tensó y trabó la cuerda. Se hundió en el agua, dejando fuera la mano que sostenía el arma, luego salió de nuevo como un pez, saltando y agarrando la parte superior del saliente una vez más con la mano libre.

—Eh, ¿quién está chapoteando por ahí? —oyó preguntar al hombre.

Regis se dio unos rápidos golpecitos en la boina, pensando en una rana, en un hombre lagarto, en cualquier cosa que lo hiciera irreconocible. Luego salió rápidamente, y justo a tiempo, pues el trabajador ya estaba sobre él, rastrillo en alto y listo para atacar.

Pero Regis mantuvo la calma y disparó primero. Le dio al pobre tipo en el pecho, justo al lado del corazón. El proyectil apenas penetró, y Regis se alegró de eso, pues un arma más pesada habría matado al hombre al instante.

No necesitaba que el dardo le hiciera mucho daño. Para eso tenía la poción narcótica.

El trabajador se tambaleó hacia atrás, presionándose la herida y lloriqueando.

—¡Voy a morir!

Regis estuvo a punto de poner los ojos en blanco ante semejante dramatismo.

—No vas a morir —murmuró—. Solo vas a echarte una pequeña siesta —el hombre cayó redondo al suelo, tirando varios orinales. Ya roncaba antes de tocar la piedra.

No fue hasta salir del canal que Regis se dio cuenta de lo cerca del desastre que había estado en el agua helada. Resultó que apenas podía mantenerse en pie, ¡y apenas podía sentirlos!

Se acercó a la antorcha y empezó a frotarse enérgicamente los brazos con las manos. En un momento, sacó la antorcha de su soporte y se la pasó por todo el cuerpo tembloroso, lo suficientemente cerca para sentir ocasionalmente el picor de alguna chispa.

Se quitó el cinturón de armas y los calzones, luego abrió la bolsa mágica del cinturón para sacar otros y el resto de su ropa.

Pronto volvió a ser el elegante Araña Parrafín. Llegó a sentir los dedos de los pies calentándose y moviéndose en sus fabulosas botas negras.

Fue hasta una puerta en la parte trasera de la estancia, escuchó atentamente, comprobó si había cables trampa o palancas de presión y luego la abrió.

Supo enseguida que su suposición había sido correcta, por suerte, y que se hallaba en el interior de un complejo de túneles mayor.

Los que estaban fuera de aquella pequeña cámara escondida, junto al canal, se internaban bajo el castillo principal.

Si había una escalera detrás de aquella puerta secreta en la sala de audiencias de lord Neverember, casi seguro que se cruzaría con los túneles que estaban ante él.

Usó parte de su aceite de luz diurna para iluminar un pequeño madero y salió por allí sigilosamente.

El suelo no era tan liso en esa parte como lo era dentro de la cámara de la entrada, y los muros no eran rectos sino más bien combados.

Eran tubos de lava, restos del volcán que había enterrado la ciudad de Neverwinter hacía unas cuantas décadas.

El túnel seguía en una curva, luego se enderezaba. Regis suspiró, preguntándose si lo acabaría llevando más allá del complejo o si, después de todo, no se trataría de una vía de entrada.

Pero, entonces, vio que este largo y estrecho tramo de tubo de lava tenía cuatro estancias diferentes escarbadas en él, dos a cada lado, y con una puerta ajustada en cada una.

Regis vio que eran ajustadas, pesadas y con cerradura, mientras iba rápidamente de una a otra, parándose solo un segundo a escuchar, aunque suponía que no oiría ningún sonido a través de las pesadas puertas a menos que diera con un clan de ogros jugando a los bolos con enanos o algún otro alboroto semejante.

—Pito, pito, enanito —murmuró, señalando con énfasis las diferentes puertas en fila, de la primera a la última y vuelta a empezar, con cada sílaba; parecía una forma tan buena como cualquier otra de decidir por cuál entrar primero—, dónde vas tú, tan bajito.

Aplasta un orco, hasta que muera, pim, pom, fuera.

Se acercó a la segunda puerta, la primera en el muro de la derecha, y se detuvo de nuevo a escuchar.

Nada. ¿Cómo era posible?

Con un suspiro y tras mirar alrededor, el halfling bajó su madero resplandeciente y empezó a trastear con la cerradura.

Colocó la ganzúa de tensión con firmeza mientras se repetía una y otra vez «no hay trampas, no hay trampas», intentando sentirse seguro.

Pues cualquier duda lo retrasaría y no quería estar en ese lugar más tiempo del necesario.

La otra ganzúa entró con facilidad, pero una vez dentro del mecanismo no se movió con fluidez, pues este tenía muchas cosas. De nuevo, Regis tragó saliva y recitó su mantra sobre trampas.

Se centró en su labor y relajó todo el cuerpo, con todos los sentidos puestos en la tarea que tenía frente a él. Había practicado esas artes desde su nacimiento, en esa existencia reencarnada, decidido a ser no solo bueno en esa disciplina, sino el mejor.

Tuvo su recompensa por todos esos años de práctica. Un pitón, dos pitones.

Tres, cuatro, cinco…

Regis se echó hacia atrás y miró la cerradura, sorprendido. Metió la ganzúa de nuevo hasta que cedieron tres pitones más y, finalmente, la extraordinaria cerradura se abrió del todo.