Intemporal (Generations 1) 10. Una cadena de susurros
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10. Una cadena de susurros

U NA CADENA DE SUSURROS

—Siguen en la Mansión de Hiedra de Longsaddle —le dijo Jarlaxle a Donnola.

—¿Y cuál fue la reacción de Drizzt?

El mercenario se encogió de hombros.

—Me imagino que, con el tiempo, estará muy contento.

Donnola consideró la ambigua respuesta durante un momento, antes de contestar.

—Es agradable cuando ganan los buenos.

Los dos se quedaron en silencio mientras un trío de halflings pasaba por delante, riendo y charlando.

Iban de camino a las viñas, por lo que parecía, porque uno llevaba una cesta, otro una azada y el tercero ya se había quitado los zapatos para pisar las uvas.

Aunque faltaban meses para la cosecha, Pikel Bouldershoulder había usado cierta magia druídica para obtener muestras de muchas viñas.

—¿Qué sabemos? —preguntó Jarlaxle cuando el trío ya no podía oírlos.

—No mucho, pero es bastante intrigante —contestó Donnola—. Parece que lord Neverember ha vendido un magnífico castillo aquí en el norte.

Jarlaxle frunció el ceño.

—¿En Aguas Profundas?

—No, no tan lejos. Un lugar en la orilla llamado Thornhold, que le han comprado a lord Neverember un clan de enanos conocidos como los Stoneshaft —iba a seguir, pero la expresión dubitativa de Jarlaxle la detuvo.

—No es tan magnífico —explicó él—. Conozco el sitio.

Es una ruina, lleva décadas sin usarse. Todos los muros, sobre todo los que dan al mar, necesitan urgentemente un buen repunte como poco.

Los terrenos no son más que maleza y piedras, ni siquiera adoquines, ya que esos los robaron hace mucho; bueno, los que no quedaron sepultados bajo la lava y las rocas que cayeron durante la explosión del volcán todas esas décadas atrás.

Me sorprende que alguien vaya a pagar una moneda, cuando simplemente con habitar el lugar ya sería suficiente para reclamar su propiedad.

—Definitivamente, no una moneda. Un precio mucho más cuantioso, diría yo, ya que los carros iban escoltados por un pequeño ejército de enanos Stoneshaft —dijo Donnola.

—Carros. Qué curioso. Y… ¿Stoneshaft? También conozco ese nombre —Jarlaxle se quedó pensativo, pero tras un momento negó con la cabeza, incapaz de recordar la referencia exacta.

Finalmente, más para sí que para Donnola, murmuró—: Stoneshaft.

El nombre tiene que ver con este Thornhold, creo.

¿Un clan que vuelve a su morada ancestral?

—Si ya había sido suyo, ¿dónde consiguió lord Neverember la escritura? —preguntó Donnola.

Buena pregunta.

—¿Tienes espías en Aguas Profundas?

Donnola lo miró impasible, sin querer contar las particularidades de su red más allá de lo que Jarlaxle ya sabía.

—Buena mujer, esto podría ser importante —insistió el drow.

—Sin duda, y por eso llevaré todo lo que sé y lo que pueda averiguar al rey Bruenor.

—Y a mí, te lo ruego.

—Me alegraré de compartirlo contigo, Jarlaxle, siempre y cuando eso no sea perjudicial para Bruenor.

—¿Alegrarte?

—Complacida por los negocios —aclaró ella.

—Ah, solo negocios. Entonces, deberías acudir a mí primero. Pago mejor.

—No lo dudo, pero mi querido Regis es leal al enano.

—¿Y tú?

—Yo amo a Regis.

—Y prefieres los enanos a los drow —añadió Jarlaxle, y dejó escapar un gran suspiro como si realmente le hubiera herido los sentimientos.

—No prefiero a nadie. O, más bien, os prefiero a los dos por igual —sonrió—. Prefiero tu oro y sus defensas.

A Jarlaxle le llevó un momento asimilar eso, y la inteligencia que mostraba le gustó, pues era raro que alguien lo hiciera pararse a pensar. Le hizo reír. Lo cierto era que le encantaba bromear con aquella inteligente halfling.

—¿Cuánto tiempo crees que necesitarás? —le preguntó él.

Donnola tamborileó los dedos en la barbilla y fijó la vista en un punto más allá de él, musitando «ummm». Jarlaxle sonrió con ganas, pues aquello era, por supuesto, su forma de decirle que la velocidad era cara.

—Si la información es fácilmente accesible, podría estar en camino desde Aguas Profundas mientras hablamos —admitió ella—. Si no…, bueno, te mantendré informado y quizá te pida cierta ayuda.

—Mis contactos en Aguas Profundas son escasos —indicó él.

—Pero Artemis Entreri está allí. Y la mujer llamada Dahlia, también.

—Y tú no tienes más que un espía en la ciudad más grande de la Costa de la Espada, seguro —replicó el jefe mercenario con sarcasmo.

Donnola Topolino se limitó a encogerse de hombros… y sonrió con inocencia.

—Tengo asuntos que tratar con Ámbar y Athrogate —dijo Jarlaxle, tocándose educado el sombrero y dirigiéndose al tranvía que lo llevaría hasta las puertas de Gauntlgrym.

—Creía que irías hacia el sur.

Aún alejándose, Jarlaxle se volvió para mirarla.

—Su camino será, de hecho, en esa dirección. ¿Quién mejor para echar un vistazo a un castillo enano? ¿Y quién mejor para reunir la información que el rey Bruenor podría necesitar? ¡Aparte de lady Donnola Topolino, por supuesto!

—Por supuesto —murmuró ella. Miró más allá de las cabañas y casas agujero de Viñas Sangrantes, hacia el nuevo camino que transcurría al sur del pueblo.

Podía ver la pequeña plaza del mercado, justo fuera de la ciudad, donde ese camino se bifurcaba: al sudeste hacia Neverwinter y directo al sur hacia el Camino del Comercio, Aguas Profundas y a ese lugar llamado Thornhold.

Su mirada se dirigió primero hacia el camino más al sur, pero inevitablemente pasó al otro, buscando a Regis, su amada Araña.

Confiaba en él y se alegraba de que hubiera aceptado ser un miembro activo en la red de espionaje de Viñas Sangrantes.

Sin embargo, le daba miedo que Regis estuviera tratando con gente muy peligrosa, y con el propio lord protector, un hombre que se enfadaba rápido y tardaba en perdonar.

Y, además, Regis estaba lejos y eso era algo que, sin duda, ella no aprobaba.

Había informado de sus descubrimientos a Aiberdelle y explorado cuidadosamente la sección de la sala de audiencia de lord Neverember, donde se encontraba la escalera secreta.

Pero llegar hasta esa puerta y traspasarla podía ser una tarea descomunal, una que podía obligarle a consumir la muy valiosa poción que tenía lista. Y, sin esa poción, ¿tendría esperanzas de escapar?

Regis, el criado del castillo, ese día se mantuvo cerca de esa puerta, quitando el polvo una y otra vez, observando los contornos del portal mientras lo hacía y buscando posibles trampas contra los intrusos.

Fue una inspección superficial, claro, pues había guardias en la habitación, e incluso aunque hubiera estado solo no hubiera podido hallar trampas de tipo mágico, como glifos, protecciones y esas cosas.

Pero tenía experiencia suficiente para notar cualquier cosa que estuviera a la vista. Y, durante el rato que estuvo allí, buscó, también, un lugar en la sala donde poder esconderse y permanecer hasta que Neverember y su corte de manipuladores y guardias se hubieran retirado a otros aposentos.

Sin embargo, sus esperanzas disminuían con cada idea, pues no veía la forma de poder hacer eso de manera sencilla.

Quizá tendría que salir con el resto de los sirvientes y luego volver a entrar a escondidas, y eso le parecía una tarea complicada.

Lord Neverember sabía bien que tenía muchos enemigos, y aunque había demostrado ser un formidable guerrero, no era un hombre que se arriesgara a que lo engañaran.

El halfling se resignó a la idea de fabricar otra de sus valiosas pociones, pero ¿podría conseguir los ingredientes allí, en la Costa de la Espada? Los que había usado para la primera dosis habían salido de Aglarond, después de todo, y a un elevado precio.

—¡Acaba con eso de una vez, imbécil! —ladró una voz brusca a su espalda, y del respingo casi se salió de las botas, que seguían siendo botas, aunque su boina mágica las hiciera parecer trapos enrollados sobre unos peludos pies.

Regis contuvo el aliento, casi esperando que una alabarda le diera en la espalda.

—Con tanto frotar, vas a acabar quitando el cristal de ese panel, vago —gruñó el guardia.

La queja hizo que Regis se centrara en el momento actual y se olvidara de los planes futuros, y, al hacerlo, se dio cuenta de que, de hecho, había realizado un buen trabajo limpiando ese panel en particular del gran ventanal con cientos de paneles que se hallaba tras el asiento del lord, aunque el resto de la ventana seguía bastante manchada y sucia.

Se detuvo solo un momento para mirar fuera, hacia el cielo de última hora de la tarde, donde el sol estaba hundiéndose en las frías aguas del mar.

Su mirada se movió luego hacia la costa y por el interior de la ciudad hasta la base del castillo del lord…

… y a un canal, congelado casi en su totalidad, pero que desaparecía justo debajo del muro que bajaba desde esa ventana, y muy cerca de la puerta de la escalera.

¿Sería posible?

Sí que llegó un jinete por el camino del sur antes de que Donnola volviera a su casa, demasiado alto para ser Regis, y a caballo, no en un poni. Al principio, le pareció curioso, pero luego, cuando se dio cuenta de quién era la mujer, le pareció completamente alarmante.

Se quedó allí, en medio del camino, y sintió como si el mundo estuviera cerrándose a su alrededor mientras sus miedos volvían borroso todo salvo aquel jinete que se acercaba.

Aiberdelle Allaley, que no debía estar allí.

La elfa galopó en su caballo hacia Donnola, se detuvo y desmontó antes de que la sudorosa bestia se hubiera detenido del todo.

—Mi señora Topolino —saludó con una rápida reverencia.

—Acabamos de hablar —dijo Donnola, esforzándose por encontrar las palabras—.

Justo ayer, con la puesta de sol —lo cual era cierto.

Donnola y sus ayudantes habían ido a buscar sus ponis al establo de Aiberdelle poco después de que Regis hubiera salido tras preparar sus pociones para su regreso a Neverwinter.

—Los acontecimientos se precipitan —replicó la elfa—. He creído que debías estar informada.

—¿Noticias de Re… de Araña? —preguntó Donnola, casi incapaz de formular la pregunta, por miedo a la respuesta.