9. Una furiosa patada #2
Se llevó una gran sorpresa cuando la espada de Drizzt, la misma que acababa de lanzarle la estocada, avanzó con la inclinación correcta para apartar hábilmente su espada.
Entonces, fue él quien se apresuró, yéndose hacia la izquierda, y cruzó la hoja de la mano izquierda hacia arriba para bloquear el golpe descendente de la otra cimitarra de Drizzt.
Zaknafein tuvo que ceder terreno y rodar para amortiguar el golpe, pero lo hizo con gracia; consiguió evitar cualquier enredo con la mesa rota y quedó sobre una rodilla, justo fuera del globo de oscuridad.
La esfera de oscuridad desapareció y reveló a un sorprendido Drizzt, aunque no menos sorprendido que el propio Zaknafein.
—¿Cómo os atrevéis? —gritó Catti-brie, desde el fondo de la habitación, detrás de Zaknafein—. ¡Vosotros dos! Esta es mi casa.
Drizzt se irguió y bajó las cimitarras.
Zaknafein saltó hacia él.
Una cimitarra desvió la estocada y Drizzt se agachó tanto que su trasero rozó el suelo, mientras la segunda espada de Zaknafein barría sobre su cabeza. Drizzt se giró y extendió una pierna, que Zaknafein saltó por encima.
—¡Ja! —gritó este mientras saltaba, seguro, una vez más, de que la victoria era suya.
Pero cuando la pierna de Drizzt cruzó por debajo, este invirtió el barrido e inclinó el pie para lanzar una patada más alta, algo que Zaknafein apenas notó ni dio importancia.
Zaknafein no entendía la fuerza que Drizzt podía desarrollar con una patada tan corta, una patada para la que movió el pie no más que el ancho de un pequeño antebrazo de drow.
Pero el impacto fue tal que sacudió al maestro de armas y lo envió hacia atrás, tambaleándose al aterrizar de su salto, con la cadera magullada y dolorida.
Intentó no prestarle atención, ¡no tenía tiempo para eso!, porque Drizzt estaba allí, justo frente a él, inclinándolo hacia atrás bajo una lluvia de golpes.
Zaknafein rugió a causa del dolor e igualó a su hijo, golpe a golpe, haciendo rodar las espadas en horizontal, una sobre la otra, en una rutina defensiva basada en la necesidad de mantener a su oponente clavado en su sitio y obligando a Drizzt a enfrentarse a las cuchillas giratorias o a abrir claros caminos para el contrataque.
Las hojas de Drizzt no se detenían, la cimitarra chocaba con la espada una y otra vez, un encuentro largo y resonante del fino metal hábilmente manejado.
Zaknafein ya estaba más firme, el dolor en la cadera había disminuido y buscaba la oportunidad para revertir el flujo y separarse, para poder volver a unos movimientos más ofensivos y, así, poner a Drizzt de nuevo en retroceso.
Finalmente, vio un hueco. Su espada giratoria chocó con la cimitarra de Drizzt y de alguna manera se la sacó de la mano, lo que provocó que la hoja girase repentinamente en respuesta al golpe.
Zaknafein la apartó y avanzó para ganar.
Solo que Drizzt no estaba allí.
Zaknafein sintió la parte plana de una cimitarra contra el costado de su cuello, justo debajo de la oreja, y a su hijo de pie detrás de él.
Ni siquiera había visto moverse a Drizzt, un paso fantasma ejecutado con más belleza y perfección de lo que jamás había visto o imaginado.
En ese instante fugaz en el que había dirigido su atención a la cimitarra suelta, que botaba en el aire ante él, Drizzt, de alguna manera, de una forma imposible, ¡se había movido detrás de él!
Soltó una risa impotente y bajó las armas, luego hizo una mueca ante el escozor cuando Drizzt le hizo un rasguño en la oreja.
—¿Débil? —preguntó Drizzt, con la voz llena de sarcasmo. Su otra cimitarra golpeó el suelo al lado de Zaknafein y Drizzt salió a grandes zancadas de la habitación.
Zaknafein se volvió lentamente para ver a Catti-brie, que permanecía contra la pared del fondo de brazos cruzados y con el ceño fruncido.
—Buena señora —dijo, encogiéndose de hombros con timidez—, siento que hayas tenido que presenciar…
—Limítate a aprender de esto —replicó ella, fríamente—, los dos deberíais hacerlo.
—Avisa a Jarlaxle —le dijo Zaknafein—. Me iré.
—No —contestó ella sin dudarlo, lo que cogió a Zaknafein por sorpresa—. No, eso es demasiado fácil y demasiado cobarde.
—¿Cobarde? —intentó no poner demasiada furia en las palabras; después de todo, su hijo y él acababan de destrozar el comedor de la mujer.
—Drizzt te diría que te fueras, que es lo que te gustaría hacer —explicó Catti-brie—, pero eso no resolvería nada y os dejaría a los dos con preguntas sin contestar.
—Mejor que esto —replicó Zaknafein.
—¿Con preguntas sin contestar porque ambos teméis las respuestas? —preguntó Catti-brie, mordaz—. Cobarde.
—Todo esto me resulta extraño —dijo Zaknafein.
—Lo sé.
—No sé si…
—Yo tampoco —le interrumpió Catti-brie—.
Quizá, en vez de buscar respuestas de una manera tan…
—se detuvo y miró a la habitación destrozada—, …
enfática, ambos haríais bien en sentaros y permitir que el contexto de esas respuestas os rodee, que las propias respuestas tengan sentido para que no pueda haber duda.
—No es tan fácil.
—No —admitió Catti-brie—, no para un cobarde que tiene que esconderse tras sus espadas —con eso, salió de la habitación.
Zaknafein no se enfadó, pero tampoco estuvo de acuerdo. Era más que raro para él que su hijo anduviera por ahí con enanos, incluso con elfos. Para la sensibilidad de Zaknafein, resultaba ofensivo. Daba igual cuánto intentara negarlo, eso estaba ahí, siempre presente.
La idea de que su hijo, su brillante hijo drow, se hubiera casado con una humana y hubiera mezclado su semilla con la sangre de una humana…
¿Cómo iba a poder mirar a su nieto o nieta si no era con compasión?