Intemporal (Generations 1) 9. Una furiosa patada
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9. Una furiosa patada

U NA FURIOSA PATADA

—No lo entiendes —dijo Drizzt.

—Oh, por supuesto que sí, amor mío —contestó Catti-brie.

Drizzt la miró a los ojos.

—Lo que ocurre es que estás nervioso —le dijo ella—. Esto es algo que siempre has deseado, y ahora está aquí. Tienes miedo de que no sea real, pero lo es.

—Sé que lo es, y eso es lo que me asusta.

Catti-brie se apartó un poco y su cara reflejó confusión.

—No lo conozco —explicó Drizzt.

—Lo conocías.

—¿Realmente lo conocía? Conocía a un hombre adulto, a través de la lente de alguien inclinado a adorar tal figura.

—Al principio, sí. Pero cuando dejaste Menzoberranzan ya no eras un niño.

—En muchos sentidos, aún lo era. No entendía el mundo ni tenía experiencia fuera de la ciudad, más allá de las batallas.

Cuando me miro ahora y veo los lugares a los que he viajado, los horizontes que he cruzado, no puedo negar que he llegado, despacio y a veces de forma dolorosa, a ver el mundo de una forma muy diferente de como lo hacía la primera vez que salí de Menzoberranzan.

¿Te acuerdas? Juré no matar nunca un drow, por encima de todo.

A pesar de todas mis interacciones con las otras razas, mi amistad con Montolio, mi creciente amor por Bruenor y Wulfgar, por Regis y especialmente por ti, aún tengo en cuenta a los elfos oscuros antes que a las otras razas.

Esas cosas no se resuelven de un día para otro.

Catti-brie se encogió de hombros, como si no fuera tan importante.

—Ahora estás aquí y eres quien eres. Así que, ¿qué es lo que temes?

Drizzt miró por el corto pasillo y a través de la rendija de la distante puerta del comedor para ver el contorno del hombro de Zaknafein, que lo esperaba en la mesa.

—No lo conozco —repitió Drizzt—. Sé lo que esperaba de él, lo que creé a partir de los recuerdos, pero…

—Era amigo de Jarlaxle —indicó Catti-brie.

—¿Y? Jarlaxle no es ningún héroe para mí. Lo considero un amigo, sí, y lo ayudaría igual que creo que él me ayudaría a mí, a cualquiera de nosotros. Es un aliado en el que confío.

—Pero no es tu padre —dijo ella, completando lo que él había dejado sin decir.

—No, y la admiración que le tengo se basa en sus habilidades y valentía mucho más que en su moralidad. Es un amigo…

—Pero no tu héroe —finalizó Catti-brie—. Zaknafein es tu héroe.

—Al menos, el recuerdo que tengo de él. A menudo me he preguntado qué haría Zaknafein. Una guía útil, pero quizá construida con fantasías sobre un drow al que realmente no conozco.

—Le gustó que no mataras a aquella niña elfo —le recordó Catti-brie—. Así que quizá no lo conozcas realmente, pero la fantasía y la realidad no están tan alejadas.

Drizzt asintió y Catti-brie lo abrazó. Aunque siguió mirando, por encima del abrazo, al extraño sentado a su mesa y no pudo evitar sentir miedo.

La humana era la que hablaba, y lo hacía sobre pequeñas cosas que a él no le interesaban en absoluto. Tras un rato, Zaknafein ni siquiera siguió fingiendo que escuchaba su charla.

Su mirada seguía fija en su hijo. Y le pareció revelador que Drizzt no se la sostuviera. Se hallaba sentado en el extremo de la mesa, a la izquierda de Zaknafein, y parecía estar mirando a la nada, contribuyendo poco en la conversación y nada en ser hospitalario allí, en su hogar.

¿Avergonzado? Se preguntó Zaknafein, y buena parte de él esperó que esa fuera la razón.

—¿Quieres? —oyó Zaknafein, dirigido a él. Levantó la vista y vio a Catti-brie a su lado; ni siquiera se había dado cuenta de que se había levantado de la mesa. Tenía una botella de un vino en la mano; vino feérico lo había llamado.

—Sí, sí —contestó señalando a su vaso vacío. Miró a la izquierda y vio a Drizzt apurar su vaso y luego hacer señas a su mujer para que se lo rellenara, también.

Catti-brie lo hizo y volvió a sentarse en su lugar, en el extremo opuesto al de Drizzt. Zaknafein la miró de pasada, antes de volver a centrarse en su hijo.

—¿Qué recuerdas? —le preguntó, entonces, Catti-brie.

—¿Sobre qué? —contestó Zaknafein, con un poco más de rudeza de la que había pretendido.

—¿Tu vida en Menzoberranzan parece que fue ayer? —le preguntó la mujer—. ¿Los recuerdos son vívidos…?

—Sí.

—Y de tu tiempo en la muerte —intervino Drizzt—. ¿Qué recuerdas de eso?

—Nada —dijo—. Ni siquiera la nada. Simplemente nada.

—No estabas con Lloth —señaló Drizzt.

—Si lo estuve, el dolor no duró, por lo que parece.

—No estuviste —insistió Drizzt—. Con la ayuda de algunos amigos, fui capaz de encontrarte, en la otra vida, y estabas en paz…

—¿Qué amigos? —lo interrumpió Zaknafein, y miró a Catti-brie con bastante severidad.

—Ella no —dijo Drizzt.

—¿Enanos, entonces? —preguntó Zaknafein, con un tono tan duro como su mirada.

—Elfos —contestó Drizzt.

—¿Drow?

—No, los elfos del Bosque de la Luna, lejos en el este. Con su ayuda, fui capaz de…

—¿Permitiste a unos elfos espiarme en mi muerte? —preguntó Zaknafein, con los ojos muy abiertos.

—¿Hubiera sido mejor si hubiera sido yo? —intervino Catti-brie.

—¡No! —gritó Zaknafein, y dio un puñetazo sobre la mesa—. Tú eres… O sea…

—No lo apruebas —concluyó Catti-brie, y Zaknafein siguió su mirada hasta el otro extremo, hasta Drizzt, que agarraba con fuerza el borde de la mesa y respiraba trabajosamente, como quien lucha por tranquilizarse, quizá incluso reprimiendo palabras.

Entonces, la habitación se quedó en silencio durante un momento.

Así que no era vergüenza, pensó Zaknafein.

Enfado.

—¿Tiene razón? —preguntó Drizzt, finalmente.

—¿En qué?

—¿Lo apruebas?

—¿Si apruebo qué?

—Te haces el tonto —replicó Drizzt—. Tu hijo está casado con una iblith . ¿Puedes siquiera admitirlo?

—¿Qué hay que admitir? Está sentada aquí delante.

—¿Y lo apruebas? —preguntó Drizzt con más determinación.

Zaknafein se reclinó en su asiento. Miró a Drizzt, luego a Catti-brie y luego de vuelta a su hijo.

—Todo esto es muy raro para mí —admitió—. Y para ti, estoy seguro. Pero la idea de que mi hijo esté… —se detuvo y meneó lo cabeza.

—Dilo —incitó Drizzt; se levantó y caminó hacia el otro lado de la mesa hasta quedarse frente a Zaknafein—. Simplemente, dilo.

—Que mi nieto vaya a ser … —empezó Zaknafein.

— Iblith —completó Drizzt—. Dilo.

—¡No lo he dicho! —le gritó Zaknafein, y, entonces, ya estaba de pie.

—Pero es lo que piensas. Se ve en tu tono, en tu postura, en tu cara.

—No usaría esa palabra o ese sentimiento, pero sí —admitió—. No son drow. Son…

—¡Inferiores! —gritó Drizzt.

—¡Sí! —admitió Zaknafein.

—Y débiles, más débiles que un drow, ¿verdad? Y, sin embargo, en el tiempo que he estado con ellos, he madurado. He aprendido de los humanos, de los enanos e incluso de los halfling, y he usado todo eso. ¿Es eso debilidad? ¿Fue debilidad cuando te derribé en nuestra lucha?

—Con juguetes —soltó Zaknafein, y se arrepintió en cuanto las palabras le salieron de la boca.

Drizzt retrocedió y cogió las cimitarras de la repisa de la chimenea, a un lado de la habitación.

—¡Drizzt, detente! —le imploró Catti-brie.

—Estas no son juguetes —dijo Drizzt—. Ni tampoco lo son las espadas que llevas a la cintura, regalos de Jarlaxle, supongo. Así que veamos la verdad. A primera sangre.

—¡Drizzt!

Zaknafein se irguió lentamente, sacó sus espadas gemelas y las hizo girar.

—Vayamos a la sala de entrenamiento —dijo.

—¡Drizzt! —exclamó de nuevo Catti-brie, más alto y con más fuerza.

—¿Por qué esperar? —preguntó Drizzt, y dio un paso adelante alzando la pierna por encima de la cabeza antes de bajarla con fuerza.

La mesa del comedor de Drizzt y Catti-brie no era delicada, estaba hecha de madera gruesa, intrincadamente tallada, alisada y sellada con una gruesa capa de barniz claro, hecho de resina de pino.

Un grupo de enanos gordos podrían bailar sobre ella sin causar ni un crujido de sus fuertes soportes angulares.

Pero a Drizzt lo había entrenado el gran maestro Kane del Monasterio de la Rosa Amarilla, un simple humano, a ojos de Zaknafein.

Con la patada, lanzó toda su energía vital, cada mota de su fuerza interior.

Su pie descendió, golpeó la madera y la partió en dos mitades; toda la cubertería, las copas, las servilletas y el centro de mesa cayeron al ángulo central.

Catti-brie dejó escapar un grito de sorpresa y retrocedió, casi cayéndose al suelo.

Zaknafein se asombró menos, y, mientras las piezas seguían cayendo al suelo, saltó a través del hueco hacia Drizzt, que saltaba hacia él; los dos se cruzaron en el aire, apuñalando, golpeando, bloqueando en medio de lo que parecía un único sonido de metal contra metal.

Ambos aterrizaron con un giro y quedaron uno frente al otro.

Drizzt hizo un amago, como si fuera a saltar, y Zaknafein lo imitó, pero entonces Drizzt se detuvo en seco y aguardó en su lado de la mesa rota.

Zaknafein hizo lo mismo, algo que encontró divertido, así que se rio con fuerza.

Drizzt no se rio y siguió adelante, sin saltos, solamente acosándole, y puso las cimitarras en movimiento de forma repentina y brutal, alternando tajos y estocadas. Luego cambió la alternancia al revés, y luego llevó la secuencia de un lado al otro una tercera vez para ganar ritmo.

Zaknafein le igualó el ritmo con facilidad, ejecutando perfectamente las paradas, inclinando el cuerpo para preparar una réplica que le otorgaría la iniciativa para dominar los siguientes intercambios.

Finalmente, pensó que había llegado el momento, así que recurrió a su magia drow innata para invocar un globo de oscuridad, luego giró la mano hacia abajó en una parada de revés para desviar la estocada de una cimitarra.

En lugar de levantar la segunda espada para bloquear el tajo que le seguía, fue por debajo lanzando una estocada con la idea de lograr la primera sangre; le parecía que su hijo había estado demasiado ansioso, demasiado enfadado. La pelea terminaría pronto.