Intemporal (Generations 1) 8. Los ojos de Topolino #4
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8. Los ojos de Topolino #4

—Espero que el suficiente para hacer amigos —contestó Regis con una sonrisa—. He oído que una familia noble de Aguas Profundas está aquí de visita; ese es un mercado que verdaderamente me gustaría explorar.

—¿Ah, sí? ¿Y quién t’ha estado diciendo eso? —preguntó Rosene, y su repentino cambio a su hablar campesino transmitió a Regis que a la mujer no le hacía ninguna gracia que esa información se hiciera pública.

—Nadie —replicó Regis—. He visto a unos cuantos rondando por tu sala con aspecto de nobles, y tú me lo acabas de confirmar, querida dama. ¿Me los presentarás o debo hacerlo yo solo? Puedo ofrecer un descuento mucho más generoso a algún amigo de la familia.

Madame Rosene emitió una risita de derrota.

—Vamos, pequeño bicho, te presentaré formalmente.

Solo unos instantes después, Regis se hallaba sentado en una mesa frente a dos mujeres de aspecto formidable, descorchando una botella de Brillante Puntos Rojos, un delicioso caldo. Alvilda e Inkeri Margaster observaban con atención sus más mínimos movimientos.

Vertió una pequeña cantidad, lo agitó para liberar el aroma y lo ofreció.

La mujer le hizo gestos para que fuera él el primero en probarlo, así que eso hizo, y luego sirvió tres copas.

Apenas las había puesto en la mesa cuando Alvilda, la más menuda, mayor y más guapa de las dos, sacó un pequeño vial de polvos de un compartimento oculto en su cinturón y echó un poco en el vino.

—¡No! —protestó Regis—. Arruinarás el bouquet .

—Insípido, inoloro y prudente —explicó Inkeri mientras Alvilda le tendía el polvo y bebía un sorbo del vino desinfectado.

—Ya lo he probado, justo delante de ti —le recordó Regis.

—Pero ¿qué conjuros llevas encima, halfling? —preguntó Alvilda—. ¿O qué pociones has tomado antes? ¿O qué tolerancia…?

Regis alzó la mano para mostrar que la entendía.

—¿Todos los nobles de Aguas Profundas son así de cuidadosos?

—Todos los que están vivos —replicó Inkeri.

—Ah. Quizá debería empezar a hacer antiveneno en lugar de vino.

—Quizá, pero yo no abandonaría el vino aún. Es muy bueno —admitió Alvilda—. ¿Estás preparado para hablar de precios?

—Acabo de llegar a la ciudad —explicó Regis—. Había pensado pasar la noche de juerga y dejar los negocios para otro día.

—Y, sin embargo, has venido a nosotros con tu mercancía.

—Bella dama, quizá la mercancía era la excusa que necesitaba para conocer a una compañía tan distinguida esta noche.

Las dos se miraron divertidas, pero al menos no pusieron los ojos en blanco.

Para cuando terminaron la segunda botella, los tres charlaban y reían.

A mitad de la tercera, Regis estaba bailando con Alvilda mientras un coro de enanos berreaba una canción obscena encima de una gran mesa, un par de bardos elfos tocaban el laúd y la flauta, y otro de los Margaster (eso creía Regis) pasaba un arco de crin de caballo por un violín de nueve cuerdas.

—¿Debería bailar también con tu hermana? —preguntó Regis tras dar una vuelta por entre las dos filas de bailarines que se alineaban en el suelo.

—Mi prima —lo corrigió Alvilda—. Y ya ha encontrado acompañante para esta noche —señaló a un lado de la habitación, donde Inkeri estaba inclinada sobre una mesa y se acercaba a un humano ricamente vestido, un lord de Neverwinter. Parecía que iba a sofocar al tipo con sus pechos alzados.

—Conociendo a Inkeri, su danza será tumbada, y no en esta habitación —dijo Alvilda, y se echó a reír.

Regis se le unió.

—Vaya, y tú aquí bailando con uno cuya cara apenas te llega a la cintura.

—Lo cual podría ser mucho mejor —replicó Alvilda, y Regis se puso rojo, aunque tras sus experiencias con la Casa Topolino en las cortes nobles de la lejana Delthuntle, apenas se sorprendió.

La nobleza de Faerûn no solía plegarse a los llamados estándares morales que exigían de los campesinos, como si esos placeres estuvieran solo destinados a ellos como recompensa por su riqueza.

El halfling paró de bailar un momento y le guiñó el ojo a su acompañante, luego metió la mano en su chaleco para sacar dos pequeños viales llenos de un líquido más marrón que dorado.

La expresión de Alvilda lo sorprendió por un momento, hasta que se dio cuenta de que su movimiento había dejado al descubierto la fabulosa ballesta de mano enfundada bajo su chaleco.

—Nunca se es demasiado cuidadoso —le explicó, cubriendo el arma de nuevo—. Muchos, al verme, me toman por un blanco fácil. A veces tengo que disuadirlos.

—Prefiero a los hombres peligrosos —respondió ella, y con eso Regis señaló a los viales y, luego, a su mesa.

—Un empujoncito, no muy diferente al de una mula —explicó él; sacó otra botella de vino y llenó la copa de Alvilda, luego simuló llenar el suyo con el vino, pero en realidad, hizo un truco de manos y reemplazó su vaso con otro que contenía un líquido púrpura de apariencia similar.

Vació los viales en ambos: en el suyo, mayormente agua, y en el de Alvilda, un Pillabuches.

La mujer sacó su antiveneno y lo echó en el vaso, pero, por supuesto, no tendría ningún efecto en el potente complemento que Regis había añadido, ya que no se trataba de un veneno, sino un mero golpe de alcohol, aunque tan potente que podría volver bizco a un enano.

Si Alvilda hubiera mirado bien durante el brindis que Regis había propuesto a continuación, hubiera podido ver un ovoide rosáceo flotando dentro de su supuesto vino.

A media copa, Alvilda comenzó a arrastrar las palabras de sus murmullos.

—Hoy tu hermana estaba dentro con Neverember cuando el clan Stoneshaft llegó con el pago —incitó Regis.

—¡Prima! —susurró Alvilda, pero demasiado fuerte, y añadió—: ¡Shh! —y se dio un golpecito en la boca, riendo.

—Parece un buen negocio para el lord Protector.

Alvilda soltó una risita nerviosa y Regis se quedó con la impresión de que aquello era mucho más que una simple venta; eso lo llevó a centrarse en la poción que había tomado para intentar penetrar en los pensamientos de Alvilda.

—Thornhold debe de ser un castillo precioso —dijo él.

Desde la mente de Alvilda, le llegó una imagen del lugar.

Lejos de un magnífico castillo de reyes, Thornhold parecía la ruina que él recordaba vagamente, más habitada por pájaros salvajes y sabandijas que por reyes vestidos de oro.

Y también vio enanos, ¡enanos Stoneshaft!

El mismo Bronkyn que había visto en los aposentos de Neverember.

Se preguntó si ella se estaría imaginando el futuro.

Pero más que aquella imagen, el mágico lector de pensamiento de Regis le enviaba una corriente de pensamientos desconectados de Alvilda: «un barco lleno de enanos navegando hacia el norte…

, baúles de monedas y joyas, platino y oro, descargados en la oscuridad de la noche…

, el nombre Luvidi Margaster escrito en un título de propiedad, justo encima del de Lord Dagult Neverember… ».

—¿Vendido por los Margaster? —murmuró Regis. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Por qué iban a vendérselo a Neverember y luego ver cómo el lord Protector le sacaba un cuantioso beneficio? Le dijo a Alvilda—: ¡Parecía el tesoro de un dragón lo que iba en ese carromato chirriante! ¡Seguro que no era oro!

«¡Platino! —vio en los pensamientos de Alvilda—. ¡Una tonelada larga de platino!»

—¡Shh! —fue, sin embargo, todo lo que ella dijo.

Regis hizo algunos cálculos rápidos e intentó no mostrar su asombro.

¡Una tonelada larga, una tonelada métrica de platino serían más de cien mil monedas, valoradas en diez piezas de oro cada una!

No era de extrañar que el clan Stoneshaft hubiera llegado al sur con un ejército que vigilara sus carros.

Lo único extraño era que ninguna horda de dragones hubiera olido semejante tesoro y descendido a por él.

¿Y de dónde había sacado un clan de enanos, del cual Regis apenas había oído hablar, un tesoro de ese tipo?

Bruenor, el rey enano más poderoso del norte, al menos, del norte que él conocía, tendría que vaciar las arcas de Mithril Hall y Gauntlgrym, y probablemente pedir un favor a la Ciudadela Adbar para aproximarse a semejante fortuna.

Y, sin embargo, este oscuro clan la entregaba a cambio de unas ruinas, sin que pareciera preocuparles en absoluto.

Y eso sí preocupaba a Regis.

El siguiente pensamiento del halfling fue para Jarlaxle, porque qué otra persona podría manejar tal cantidad de fondos, pero desechó esa idea. El drow nunca haría un negocio así con Neverember sin informar a Bruenor.

Miró a Alvilda, que tenía la mirada perdida, con una expresión anhelante, y la última imagen que le llegó desde sus borrachos pensamientos fue una nebulosa visión de túneles y cámaras llenas de oro, joyas y piezas de platino apiladas en baúles, y una puerta secreta en la sala del trono de Neverember, que se abría a una escalera que descendía.

Un rato después, Regis dejó a Alvilda Margaster inconsciente en su habitación y se apresuró a salir de la taberna Driftwood, de vuelta a las calles donde podría ponerse el disfraz de campesino y presentarse para trabajar en el palacio de Neverember muy temprano al día siguiente.

Aunque, primero, tenía que asegurar esa información.

Pero ¿cómo? Donnola y su grupo llevarían ya rato fuera de la ciudad y no tenía ningún contacto disponible que pudiera llevar aquella información rápidamente a Viñas Sangrantes.

Pensó en Aiberdelle y asintió con decisión.

Realmente confiaba en ella y esperaba, mientras se dirigía a sus establos, que esa confianza no estuviera errada.

Sacó otra poción de su bolsa, la más valiosa de todas, una que había pensado reservar solo para situaciones desesperadas.

Pero, ante ese tesoro, no podía resistirse.

Aunque, si hubiera sabido lo que había al final de esa escalera, quizá hubiera intentado resistirse más.