8. Los ojos de Topolino #3
Regis sabía que se había puesto totalmente rojo, pero se rio de todas formas.
Aunque volvió a ponerse serio, rápidamente.
—¿Has visto el ejército de enanos que ha entrado en Neverwinter hoy?
—Los he oído. Y olido.
—Pero ¿no llevaban bestias que dejar en el establo?
Aiberdelle negó con la cabeza; el largo pelo plateado se agitaba en el aire.
—¿Alguien más ha alquilado tus establos desde que entré en Neverwinter?
—Estamos en medio del invierno —le recordó ella—. No hay mucha gente en los caminos, desafortunadamente. Aparte del grupo de Donnola y el tuyo, solo he visto un cliente de pago en dos semanas.
—¿Me vas a dejar con la intriga, bella señora?
—Pocas cosas en el mundo me producen mayor placer —coqueteó ella de vuelta.
—¿Y si suplico?
—¿Has venido a elaborar pociones? —le preguntó con timidez, pues en más de una ocasión Aiberdelle se había encontrado a Regis muy ocupado en el laboratorio de alquimia portátil que llevaba en su bolsa mágica.
—¿Aceite de luz diurna? —replicó él, refiriéndose a un mejunje que él le había preparado varias veces.
Al sumergir un pequeño objeto en el aceite de luz diurna, este brillaba como un resplandeciente farolillo durante cierto tiempo, dependiendo de la calidad de los ingredientes.
Y, aun mejor, el brillo del objeto no empezaba a desaparecer hasta que se usaba; además, el objeto se podía cubrir con un simple paño y así mantener en reserva.
—Bueno, no me gusta mucho acercar antorchas o faroles a un granero…
—Y por eso es aquí donde dejo a Panza Redonda —dijo Regis—. Bueno, por eso y por la belleza de la cuidadora.
Ella le guiñó el ojo.
—Aceite de luz diurna, sí —acordó él—. Una buena remesa, lo prometo.
—Entonces, de acuerdo. Un cliente de pago, un hombre muy grande. Parecía norteño, con el pelo rubio y largo. Al principio, pensé que sería un Uthgardt, pero no era bárbaro; de Aguas Profundas, bastante culto y con ropas buenas, aunque intentaba esconderlas bajo una capa gastada por el uso.
—Un nombre.
—Sí, creo que tenía uno.
—Por favor, mi señora, dímelo.
—Brevindon de la Casa Margaster.
—¿Con negocios en Neverwinter?
—No creo que llegase a entrar en la ciudad. No, se dirigía al norte, hace solo unos días.
Regis asintió, luego tomó la delicada mano de Aiberdelle y la besó con elegancia.
—¿Te puedo molestar pidiéndote algo de cenar? Después de visitar a Panza Redonda, claro.
—¿Y después de que prepares mi aceite de luz diurna?
Él asintió.
—¿Y de que te quites el mal olor de encima? —añadió ella, con una amplia sonrisa—. A menos que desees cenar en el granero, claro.
—He comido en lugares peores, te lo aseguro.
—¿Por qué supones que me sorprende? —le preguntó, juguetona, y entró de nuevo en su casa.
Regis se tomó un momento para considerar el hecho de que, después de hablar con Aiberdelle, siempre acababa con una sonrisa en el rostro. Qué buena adición, y encantadora, a la red de Casa Topolino.
No fue a por su poni, sino que entró directamente en el granero, donde sacó de su bolsa mágica un saquito lleno de vasos, bobinas, una mesa que se plegaba hábilmente, balanzas, cucharillas calibradas y una gran caja de hierbas y polvos.
Le llevó poco tiempo montar su laboratorio de alquimia portátil, y casi inmediatamente empezó a crear aceite de luz diurna en un extremo de la mesa y, en el otro extremo, a cocer a fuego lento un mejunje púrpura, que tenía una elaboración mucho más complicada y larga.
Y mientras ambos estaban en proceso, el hábil halfling trabajaba muy concentrado en una poción de creación propia, una que él llamaba Pillabuches , que esencialmente elevaba la concentración de cualquier bebida alcohólica a la de la mítica Revientabuches de los enanos, pero sin su desagradable sabor.
Usada en conjunto con la poción púrpura, una delicia mágica que le permitiría leerle el pensamiento a la persona con la que estuviera hablando, había demostrado ser muy efectiva.
Salvo la poción púrpura, todo lo demás estuvo completado para cuando Aiberdelle entró en el granero con su cena y, para su sorpresa, con la de ella.
Los dos compartieron la comida y una buena conversación, una que giró hacia el laboratorio de alquímica cuando, a media comida, Regis se levantó para añadir un polvo rosado a la poción púrpura.
—Déjame que adivine —dijo la elfa—. Una poción de amor que usarás para que me embobe cada vez que te vea y así poder aprovecharte de mí.
—¡Mi buena señora! —exclamó Regis, con dramatismo—. Bella dama, debes saber que estoy casado con lady Donnola. ¡Ay, si nos hubiéramos conocido antes…!
—Me refiero a que podrías usar mis risitas bobas y miraditas para conseguir mejores tratos para ti —explicó Aiberdelle con una suave risa, a la que se unió Regis.
Volvió al sitio en la bala de heno, al lado de ella.
—Nunca me aprovecharía de ti, amiga mía —aseguró él con seriedad.
—No te lo permitiría —repuso ella con un guiño—. Pero ¿de otros? ¿Qué podría llegar a hacer Regis a aquellos a los que no encontrase tan encantadores?
—Oh, pretendo conseguir que algunos bobos confiados me cuenten cosas que no deberían contarme, claro.
—Me decepcionarías si no lo consiguieras.
Regis la miró con curiosidad.
—Soy parte de tu banda, ¿no? —explicó ella—. Tu éxito es el mío, y probablemente mi seguridad.
Esas palabras a Regis le llegaron muy adentro y aumentaron su respeto por esa elfa; también le recordaron que sus acciones tenían consecuencias que iban más allá de su propia persona.
—Lo eres. Un miembro realmente valioso, mi señora —le agradó ver como, por una vez, era ella la que se enrojecía—.
No es una poción de amor, pero me permite entrar en los pensamientos de otra persona, ver la verdad detrás de sus palabras.
Tengo ingredientes suficientes para varias dosis. Te dejaré alguna.
—¿Por si Brevindon Margaster vuelve?
—Para eso y para cuando la puedas necesitar —contestó Regis—. Y si alguna vez te das cuenta de que necesitas usarla conmigo, solo encontrarás amistad tras mi sonrisa.
—¿Por qué iba a malgastar una poción tan valiosa en algo que ya sé? —preguntó ella.
La sala común de la Taberna Driftwood estaba muy llena esa noche, con muchos nobles bien vestidos, tanto de Neverwinter como de Aguas Profundas, y también con un buen contingente de enanos bulliciosos, dirigidos por Bronkyn Stoneshaft, quien se hallaba sobre una mesa cantando sobre la vuelta de su clan a la gran fortaleza de Thornhold.
Al otro lado de la puerta de la torre caída que albergaba el negocio, Regis se detuvo y escuchó, esperando encontrar alguna pista en la canción, pero por desgracia sonaba como cualquier otra balada de enanos, llena de pasadizos de dura piedra, oscuros y fríos; goblins a los que vencer, y gemas brillantes que conseguir.
Cuando Bronkyn, con los demás a coro, empezó un segundo tema, el elegante halfling empujó la puerta y entró.
Muchas cabezas se volvieron hacia él, ¿cómo no, con su elegante boina, su costosa ropa y portando tales armas? El lugar se quedó en silencio por unos pocos segundos, pero solo unos pocos.
Regis oyó que susurraban su nombre mientras atravesaba la marea de gente hacia la barra, y oyó, también, murmullos llenos de desconfianza. Algunos de los mecenas sabían bien quién era él, con lo cual también sabían de dónde era.
—Un huésped inesperado —saludó la propietaria de la taberna, una guapa mujer de mediana edad con el pelo plateado, recogido en alto para mantenerlo alejado de bebidas y comidas, por supuesto—.
¿Es que el rey Bruenor está enviando a sus emisarios a ver al lord protector para solucionar esta estúpida riña?
—Encantado de verte, madame Rosene —contestó Regis, tomándole la mano para besarla—. No tengo ningún asunto con lord Neverember, no.
—Pero has entrado en su ciudad, ¿o no? —preguntó un hombre acodado en la barra, con un tono y una mirada poco amistosos.
—No he oído de ninguna declaración de enemistad entre Neverwinter y Viñas Sangrantes —contestó Regis.
—Eso es que no has hablado con tu amigo enano, Bruenor.
—Los asuntos del rey Bruenor con lord Neverember son algo entre ellos dos.
Represento a una ciudad distinta, por supuesto, una que tiene interés en traer buen vino a Neverwinter.
Por lo encorvado de tus hombros, la tensión en tu rostro, el pelo despeinado y el olor de tu aliento, diría que eres alguien que apreciaría a tal emisario.
Al hombre ebrio le llevó un momento entender todo eso, pero cuando lo hizo abrió mucho los ojos y se echó hacia delante de forma amenazante.
—Oh, siéntate —le dijo madame Rosene, cogiéndolo del brazo para detenerlo— o ¡te haré limpiar tu sangre del suelo cuando el pequeño haya hecho una docena de agujeros en tu gorda barriga!
En apariencia, Regis no prestó la más mínima atención al borracho, aunque, por supuesto, estaba listo para detener al hombre con la punta de su fino florete, si el brazo de Rosene no resultaba suficiente.
El halfling observó la escena que se estaba desarrollando ante él.
No era difícil diferenciar a los Margaster entre la multitud, y había unos cuantos allí, pues eran todos grandes y pálidos.
De hecho, la descripción que Aiberdelle había dado de ellos como de Uthgardt parecía bastante apropiada.
Efectivamente, Regis creía que esta familia noble de Aguas Profundas podía rastrear su origen, en un pasado no demasiado lejano, hasta alguna tribu bárbara del norte.
Se le ocurrió que podría usar el nombre de Wulfgar, o al propio Wulfgar, si llegase a ser necesario infiltrarse en esa familia noble. Se guardó esta idea para más adelante.
—Estoy segura de que habrás traído una muestra —dijo Rosene.
De su saca normal, no de la mágica que llevaba en la barriga, Regis sacó una botella de vino tinto.
—Regalo de la casa —dijo, tendiéndosela—. Lo único que pido es que te asegures de que lo prueben tus clientes con mejor criterio.
Madame Rosene miró su saca.
—¿Y cuánto más has traído?