Intemporal (Generations 1) 8. Los ojos de Topolino #2
38%

8. Los ojos de Topolino #2

—Veo tu desdén por los espías, espía mío.

Regis rio, luego miró alrededor, curioso.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Cómo sabías que yo vendría aquí, hoy?

—Porque sabía que tendrías algo que contarnos —contestó Donnola.

Regis la miró con curiosidad.

—Vigilamos la procesión de enanos por el Camino del Comercio, hasta Neverwinter —explicó Donnola—. Menuda fuerza acompañaba a esa pequeña caravana. Si hubieran ido más allá de Neverwinter, quizá hubiera tenido que haberme esforzado mucho para organizar una banda que asaltara la comitiva.

—¿De dónde venían?

Donnola se encogió de hombros.

—Reparamos en ellos solo un día antes de que cruzaran Viñas Sangrantes por el Camino del Comercio, desde el norte.

—¿Luskan?

—Los contactos de Jarlaxle no sabían nada de ellos y no hay nada que se mueva por la ciudad sin que él lo sepa. Diría que de algún sitio entre aquí y Luskan.

—¿Port Llast? —preguntó Regis.

Donnola puso cara de no saber. Ella era nueva en la región. Port Llast era un puerto comercial menor, construido dentro de una cantera.

—Un día de viaje desde el norte —explicó Regis.

—Es posible.

Regis negó con la cabeza, pues eso no tenía sentido.

Drizzt conocía Port Llast, sin duda, y en esa ciudad lo consideraban un héroe.

Allí había enanos, claro; a fin de cuentas, era una ciudad cantera, pero no en tanta cantidad, por lo que Regis sabía.

Y, desde luego, el pequeño negocio del lugar no podía haber creado una riqueza como la que había visto en la sala de Neverember ese día.

—Han venido a comprar Thornhold a lord Neverember —explicó Regis.

—¿Thornhold?

—Una fortaleza un poco más allá, en la costa. Jarlaxle sabrá más del lugar.

Donnola asintió.

—Entonces, debemos acudir a él. Se le espera pronto en Gauntlgrym para hablar con el rey Bruenor y los demás sobre el poder controlado del primordial en la reconstrucción de la Torre de Huéspedes del Arcano. Y los portales mágicos, mi amor. Se están activando.

Regis apenas la escuchaba, porque sus pensamientos habían vuelto a la sala de Neverember, en concreto, a la mujer noble que estaba junto al lord protector.

La había visto en la corte de Neverember varias veces antes, con otros paliduchos miembros de la nobleza de Aguas Profundas; al menos, el halfling creía que eran de Aguas Profundas, en vista de su familiaridad con Neverember.

Y, en ese momento, el halfling relacionó eso con que una de las tabernas más caras y cercanas al castillo hubiera estado excepcionalmente llena últimamente, y con pedidos de buenas comidas y vinos que llegaban en una cola de carros todas las noches.

—¿Araña? —llamó Donnola a su distraído amante.

—Ve a hablar con Jarlaxle —contestó Regis—. Cuéntale lo de Thornhold y dile que los enanos eran del clan Stoneshaft y llevaban tesoros para comprarle las ruinas a Neverember. Un tesoro merecedor de un ejército de guardias.

Donnola se irguió al oír esto.

—Todo confirmado —le aseguró Regis—. Díselo a Jarlaxle, y solo a él, para que podamos conseguir más información antes de que Bruenor se encolerice.

—¿Y tú?

—Hay una cosa que quiero ver aquí antes de volver —respondió Regis, mirando a lo lejos, hacia la calle de la taberna que pretendía investigar.

Se enderezó y se volvió con rapidez, y Donnola hizo lo mismo, al oír un considerable estruendo que se acercaba a ellos.

Regis se quedó boquiabierto al ver al contingente Stoneshaft marchar por la calle ante ellos.

Fila tras fila, los enanos avanzaban, bien armados, y el suelo temblaba bajo el peso de sus gruesas botas y el disciplinado paso militar.

Pasaron justo delante de la anodina pareja halfling y no le prestaron atención, mientras marchaban en una formación de cuarenta filas de ocho.

En la retaguardia avanzaba Bronkyn, sobre el mismo carro en el que le había entregado las monedas a Neverember, tirado por el mismo grupo de enanos que lo había entrado en la sala del trono.

—Tantos —murmuró Regis—. ¿Por qué tantos?

—¿Para custodiar un tesoro digno de un dragón? —sugirió Donnola.

Ambos halflings esbozaron media sonrisa ante eso y ante las posibilidades que se podían derivar.

—Ve a Jarlaxle y dale los nombres —indicó Regis.

—Thornhold y clan Stoneshaft —repitió Donnola.

—Eso. Y cuéntale también que los enanos le han comprado el lugar a Neverember.

—Me pregunto si el rey Bruenor sabía que estaba en venta —dijo Donnola—. O si sabía algo de que un gran clan de enanos estaba planeando establecer su fortaleza tan cerca de Gauntlgrym.

Regis asintió, concordando con lo que ella estaba pensando.

—Me reuniré contigo en breve —le prometió él. Miró alrededor y al ver que nadie lo observaba, se inclinó y le dio a su amada el beso que llevaba mucho tiempo sin darle.

—Ten cuidado —le dijo ella, sin aliento—. Solo te dejé venir aquí porque estabas aburrido. No tengo deseo ni intención de ponerte en peligro.

Regis bufó.

—Nunca mandaríamos a otros a hacer cosas que nosotros no haríamos —recitó, y Donnola no pudo más que suspirar—. Ese es el credo de la Casa Topolino, ¿no es así?

—Casa Topolino es ahora solo una pieza de un pueblo mayor, del cual tú y yo somos responsables.

—Viñas Sangrantes seguiría adelante sin nosotros —replicó Regis—. No voy a esconderme tras un trono —rio y agarró el andrajoso mandil de campesina de Donnola—. ¡Y tú tampoco!

—Entonces, iré contigo —anunció ella.

Pero Regis negó con la cabeza, con rostro serio.

—Ve a hablar con Jarlaxle.

—Puedo mandar un mensajero.

—Ve tú —insistió él—. Y asegúrate de que no sepa nada nuevo que tú no sepas también.

—Creía que nos fiábamos de él.

—Eso no quiere decir que su bolsa no se engorde más que la de sus socios de confianza.

—¿En qué estás pensando, mi amor? —preguntó Donnola.

Regis meneó la cabeza, y lo cierto era que no estaba seguro.

Todo ese asunto le parecía raro, más de lo que los sorprendentes eventos indicaban.

En los últimos tiempos había ido con frecuencia a Neverwinter y no había visto carteles de ninguna gran fortaleza en venta; tampoco había visto muchos enanos dentro de la ciudad, más allá de los ciudadanos de toda la vida, puesto que era bien sabido que lord protector Neverember y el rey Bruenor se odiaban.

Y por rara que hubiera sido la transacción de aquella mañana, el instinto le decía que aún había algo más, y tenía una idea sobre cómo averiguar más detalles.

Regis echó un vistazo alrededor, luego rodó sobre el muro en una voltereta hacia atrás y aterrizó con ligereza al otro lado.

Allí le dio un par de toques a su boina y se deshizo del disfraz enseguida, revelando su hermosa capa y ropajes, el magnífico florete sobre un lado de la cadera y la daga de tres cuchillas en el otro.

Su boina moteada de azul, inclinada elegantemente sobre un lado, reemplazó el vendaje ensangrentado.

Saltó por encima del muro para caer de vuelta en la calle.

—¡Qué elegante! —exclamó Donnola, poniéndose la mano sobre la frente como si fuera a desmayarse.

—Indica a nuestros agentes que van a tener que reabastecer las reservas —le dijo Regis.

Se refería a los escondites desperdigados por la ciudad de Neverwinter en los cuales la Casa Topolino había colocado botellas de vino que habían traído de Aglarond.

Los agentes Topolino en la ciudad sabían dónde encontrar esas botellas para usarlas como trueque o como tapadera.

Eso los convertía instantáneamente en vendedores de vino en lugar de espías.

Ayudaba que el vino fuera tan bueno y convincente, con uvas traídas desde el este para plantarlas en los viñedos de Viñas Sangrantes. Donnola pretendía establecer allí un negocio legítimo con ese gran vino, pero, de momento, servía para su propósito más clandestino.

—¿Intentarás establecer una relación comercial con Dagult Neverember? —preguntó Donnola, escéptica—. Sabe de nuestra sociedad, más allá del parentesco, con Bruenor y Gauntlgrym, amor.

—No, con él no —contestó Regis, ausente, meneando la cabeza.

Dudaba a cada palabra, porque estaba improvisando, planeando sobre la marcha, mientras contemplaba la avenida por la que los enanos continuaban su marcha, el mismo bulevar que llevaba a la posada donde se albergaba la nobleza de Aguas Profundas que estaba de visita—. Pero hay alguien…

No fue directo a la taberna. En su lugar, Regis fue a una caballeriza justo a las afueras de la ciudad, dirigida por una joven elfa llamada Aiberdelle Allaley, una viuda que vivía sola en la casa adyacente.

No había mucho negocio para unas caballerizas fuera de los muros de la ciudad, así que los establos de Aiberdelle rara vez se encontraban cerca de estar llenos.

Tanto los Ponis Risueños como los Romperrótulas, las bandas de patrulla halfling que se habían instalado en Viñas Sangrantes, habían considerado adecuado firmar un contrato con Aiberdelle, lo que le aseguraba unos ingresos decentes y una buena protección en caso de necesitarla, aunque Regis siempre había tenido la sensación de que no la necesitaría.

—¡Ah, Araña Parrafín! —saludó Aiberdelle a Regis cuando este llegó a su puerta—. ¿En qué lío te has metido esta vez?

—Nada de eso, señora —contestó Regis con una reverencia, sacándose la fabulosa boina.

—De vuelta a Viñas Sangrantes, ¿eh?

—Venía solo a echarle un ojo a Panza Redonda —dijo, refiriéndose al poni pinto que Doregardo, el jefe de los Ponis Risueños, le había regalado hacía poco.

Aiberdelle le contestó con una sonrisa astuta. Regis se dio cuenta de que lo conocía demasiado bien y pensó que eso era bueno. La verdad, Aiberdelle Allaley se había vuelto tan imprescindible para la red de espionaje que Donnola había creado como cualquier otro halfling de Viñas Sangrantes.

—¿Vuelves a Neverwinter, entonces? —preguntó ella.

—Tengo asuntos que concluir, sí. Es mi deber servir a lady Donnola.

—Podrías lavar su poni, y los de sus ayudantes —contestó Aiberdelle—. Están correteando fuera del corral con el tuyo, un poco como hace Donnola cuando su Araña está cerca.