8. Los ojos de Topolino
L OS OJOS DE TOPOLINO
El halfling se ocupaba de sus tareas con aparente diligencia, limpiando la gran sala de audiencias de lord Dagult Neverember en la ciudad de Neverwinter.
Pero sus movimientos estaban habilidosamente practicados.
Su atención nunca estaba puesta en la extracción de telas de araña de una armadura decorativa o en el exterminio de las grandes cucarachas que correteaban por las esquinas entre los polvorientos rayos de la luz del sol que entraban por el gran ventanal de la estancia.
Llevaba una venda de forma extraña en la cabeza, que le bajaba desde la sien derecha, por encima del ojo izquierdo, e iba hasta la oreja izquierda.
Sobre esa oreja, la venda mostraba una mancha de sangre, fruto de una mala caída, como había explicado unos días antes cuando había empezado su tercera semana de trabajo para el hombre, Dagult, un señor público de Aguas Profundas y el lord protector de Nueva Neverwinter.
Solo que, al igual que con su habilidad para la limpieza, las cosas no eran como parecían.
No se trataba de una venda, sino de una boina mágica que creaba la ilusión de una venda, sangre incluida.
Ni su plumero era una herramienta de limpieza, sino un buen florete; sus ropas no eran harapos, sino prendas de calidad, y sus zapatos no eran trapos enrollados, sino elegantes botas negras y altas.
El bigote y la pequeña barba no estaban desaliñados, ni sus ojos chispeantes y sorprendentemente verdes.
De hecho, lo único auténtico en ese halfling era la suciedad que se aplicaba en la cara y las manos todas las mañanas como añadido a su disfraz mágico.
El vendaje de la cabeza se abultaba sobre la oreja izquierda, escondiendo una diminuta trompetilla para el oído, inteligentemente construida y mágicamente manipulada para amplificar el sonido.
Podía oír un susurro desde el otro lado de la puerta, incluso con ruido ambiente, siempre y cuando colocara el oído izquierdo en dirección al hablante elegido.
Este solía ser lord Dagult Neverember, por supuesto, siempre que se hallaba en Neverwinter, aunque en sus visitas a menudo se tratasen temas cotidianos: discusiones sobre qué partes de la ciudad se reclamarían a la roca volcánica o qué defensas se reforzarían o si un señor u otro podían optar por una casa u otra.
En tales ocasiones, el halfling dirigía con frecuencia la oreja hacia los plebeyos que trabajaban ahí para enterarse de rumores más salaces y, tenía que admitirlo, más divertidos.
Lord Neverember supervisaba la reconstrucción de la ciudad, pero era evidente que esperaba ir más allá de eso y convertir ese asentamiento costero en una ciudad digna de hermanarse con Aguas Profundas, la reluciente joya de la Costa de la Espada, a una semana de viaje hacia el sur, por el Camino del Comercio.
El halfling también sabía que, sin duda, el ambicioso noble estaba intentando reforzar y expandir su propia posición por toda la región de la Costa de la Espada, algo que a los amigos de este espía no les gustaría mucho.
Pues lord Neverember no era un aliado del rey Bruenor Battlehammer de Gauntlgrym, y le gustaba menos aún a Jarlaxle, que controlaba secretamente la ciudad de Luskan, más al norte en la costa.
A menudo, el halfling se recordaba con prudencia que Neverember era peligroso.
El lord llevaba el pelo de color calabaza peinado hacia atrás, apartado de la angulosa cara, y le caía largo sobre los hombros.
Esto le daba un aspecto severo, que resultaba aún más intenso a causa de los ojos oscuros, tan hundidos que casi parecían mirar desde el interior de un búnker aparte.
Muchos de los señores de Aguas Profundas, que vivían entre lujos, hacía tiempo que se habían vuelto gordos y fofos, pero ese no era el caso de Neverember, con sus amplios hombros y sus musculosos brazos.
—Eres como un león —solían decirle a Neverember los nobles que lo visitaban, y al lord protector de Neverwinter le encantaba oír tal cumplido.
Sabía cómo usar la espada, o el puño, por lo que había averiguado el halfling, y también había visto suficientes pruebas de su fácil irascibilidad y cinismo.
En ese momento, el lord protector se hallaba sentado en el trono, charlando con una dama de posición noble, a juzgar por su elegante vestimenta y joyería.
Mientras la conversación entre ambos tenía lugar, el espía halfling lamentaba que no lo hubieran dejado entrar antes a la cámara para oír el nombre y el título de la dama.
—Una adquisición sabia, lord Dagult —dijo la mujer—. ¡Haber conseguido semejante ganancia en tan poco tiempo, ni un año!
—El lugar tenía un valor estratégico y había sido construido por unos hábiles artesanos que son difíciles de encontrar en el mundo de hoy —contestó él—. Tuve la suerte de tener a mano el oro cuando se hizo la oferta y no dudé, ¡más allá de regatear el precio, por supuesto!
—Bien regateado —dijo la dama—. Y eso que no es fácil hacerlo con Luvidi.
Ambos rieron, y el tema cambió a un susurrado asunto amoroso entre un caballero y una dama de Aguas Profundas.
Pero no dedicaron mucho tiempo al cotilleo, porque entró otro visitante escoltado hasta la sala de audiencias: un enano con el espeso pelo rubio trenzado desde el cuero cabelludo y que le colgaba en largas trenzas.
En oposición al trabajo que evidentemente se había tomado con el pelo, la barba presentaba un aspecto descuidado y tan salvaje que al espía halfling no le hubiera sorprendido que salieran pájaros volando de ella con cada retumbante paso que el tipo daba hacia el trono.
Detrás de ese enano, venían otros, todos tipos corpulentos que empujaban y arrastraban un carro de gruesas planchas tan cargado de baúles y bolsas que crujía bajo el peso.
—¡Ah, Bronkyn, buen amigo! —saludó Neverember, al mismo tiempo que el sargento de la corte presentaba al enano con un «¡Lord protector! ¡El comandante Bronkyn Stoneshaft!».
A su pesar, el espía halfling se volvió para observar la escena y detuvo su falsa limpieza.
—¿Stoneshaft? —murmuró para sí, pues era un nombre que le resultaba conocido, pero que no había oído en mucho tiempo.
Como estaba a menudo en la corte del rey Bruenor, el más reconocido y poderoso enano del norte, si no del mundo entero, había pocos enanos de importancia en la región que el espía no conociera.
Y, sin embargo, no era capaz de ubicar a ese…
La mirada del halfling se dirigió hacia el carro y se llevó la mano a la trompetilla para ajustarla.
Intentó mantener la expresión impasible cuando oyó un sonido que le resultó muy familiar, tintineando con cada vuelta de las ruedas del carro, y se dio cuenta de que aquellos baúles y sacas estaban llenos de monedas, ¡miles y miles de monedas!
—He traído todo un condenado ejército hasta tu puerta para que esto llegara hasta aquí, lord protector —dijo Bronkyn Stoneshaft mientras hacía una reverencia a Neverember—. ¡Vas a estar necesitando un buen lugar para meterlo!
Neverember se puso en pie e hizo señas a su sargento, que hizo acercarse inmediatamente a los guardias. Entonces, el lord protector llamó a otro hombre, uno que el halfling sabía que era el secretario de la corte.
—¡La escritura! —gritó Neverember—. ¡Que se sepa en todas partes que el clan Stoneshaft considera una vez más Thornhold como su hogar!
—Thornhold —murmuró el halfling, pues había oído hablar de la fortaleza costera situada casi a medio camino entre Aguas Profundas y Neverwinter, en la Costa de la Espada, justo al sur del Estero de los Hombres Muertos.
Incluso la había visto en una ocasión en sus viajes por el Camino del Comercio, aunque solo desde lejos.
Nunca se había molestado en investigarla más de cerca, pues Thornhold era un nombre de otra época, de antes de la Secesión. ¿Ahora era algo más que una ruina?
A juzgar por las monedas del carro…
La cámara empezó a llenarse de soldados y, mientras la mayoría fueron al cargado carro, otros empezaron a echar de la sala a la gente sin cargo: los limpiadores y los cocineros, y un grupo de ciudadanos de Neverwinter que habían llegado con la esperanza de intercambiar unas pocas palabras con lord Neverember.
Sin querer que nadie tocara su disfraz, el halfling se dio prisa en abandonar la sala y luego el castillo propiamente dicho.
Desde allí, se escabulló por las calles laterales de Neverwinter.
Usó varias veces su boina mágica: primero para convertirse en un enano, luego en un niño humano y, finalmente, cuando ya estaba lejos de la corte, en un campesino halfling de aspecto normal, con ropas andrajosas y apoyado en un bastón que era, de nuevo, su fabuloso florete.
Mirando alrededor y hacia atrás repetidamente para asegurarse de que nadie lo seguía, se dirigió al punto de encuentro, un lugar predeterminado y siempre vigilado, donde pronto se encontraría con un socio.
Ese día casi no tuvo que esperar; una halfling salió de las sombras con tal eficiencia que llegó antes que el espía al muro bajo, tallado en piedra de lava, que también servía como banco. Se dejó subida la capucha de su capa de viaje.
Ambos se sentaron, uno al lado del otro.
—¿Qué se dice? —preguntó ella.
El espía estuvo a punto de caerse del banco al reconocer la voz; se acercó, miró bajo la capucha y se encontró con los ojos de la mujer que amaba.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó en un murmullo asombrado a la señora de Viñas Sangrantes, la jefa de la Casa Topolino… y su esposa, Donnola.
—Mi Araña, ¿has creído que te iba a dejar con toda esta que te divirtieras tú solo durante semanas y semanas?
—respondió Donnola, con esa sonrisa que hacía a Regis temblar de pies a cabeza.
Traviesa e inocente y, sin embargo, de alguna manera, increíblemente sexy y provocativa, la sonrisa de Donnola Topolino siempre hacía suspirar a Regis.
—¡Si esta ciudad infernal no estuviera tan llena de espías, te besaría aquí mismo! —exclamó Regis—. ¡Cuánto te he echado de menos!