Intemporal (Generations 1) 7. Pater #5
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7. Pater #5

—¿Qué broma es esta? —susurró sin aliento. Buscó a Catti-brie con la mirada, pero esta ya se había ido, habiendo cerrado la puerta tras de sí.

—Ninguna broma —replicó el recién llegado.

Drizzt negó con la cabeza, confuso, y empezó a negar verbalmente la posibilidad, pero su oponente no iba a darle esa oportunidad, pues levantó las espadas de madera y saltó hacia adelante para atacar.

Y no era una rutina medida y de prueba, pues el atacante avanzó con un furioso ímpetu y las espadas girando y atacando arriba y abajo.

Drizzt no tuvo tiempo para decir nada: abrió el brazo izquierdo y la espada de práctica se deslizó en vertical para detener un potente tajo.

Saltó y dirigió la mano derecha hacia abajo para evitar el barrido que llegaba de la otra espada.

Aterrizó con ligereza y retrocedió un poco, sin aliento, ante la gracia y belleza de aquel ataque en tenaza.

Pocos habrían intentado tal golpe, pues cualquier error dejaría el centro expuesto a un ataque mortal.

Pero lo había visto antes, muchas veces, pues el drow que lo había entrenado sabía hacerlo. El drow al que, pensó, tanto se parecía ese luchador que estaba ante él, aunque hubieran pasado varios siglos.

Drizzt apartó ese pensamiento de su mente ya que su atacante prosiguió con una vuelta completa, con la que impulsó ambas espadas para, con un hábil giro de muñeca, detener el doble tajo, retraer ambas espadas e inmediatamente lanzarlas en sendas potentes estocadas.

Drizzt hizo una pirueta hacia la izquierda, y con la espada izquierda y un fuerte golpe desvió la doble estocada. Cuando completó el giro, el atacante ya estaba allí, con golpes y tajos, arriba y abajo, una vez más…

… y Drizzt respondía a cada movimiento, sus cimitarras de práctica giraban y se agitaban, siempre en posición, mientras él seguía la danza de su oponente.

Su equilibrio lo mantenía en sincronía con las espadas, y se fijaba en los movimientos del hombre que las sostenía, esperando el momento en que las acercara demasiado la una a la otra.

De una postura puramente defensiva, Drizzt cambió a una anticipatoria y, cuando llegó el hueco, cuando las espadas de su oponente se movieron demasiado cerca la una de la otra y el ángulo fue el que Drizzt esperaba, un golpe ascendente con su derecha, seguido de un revés, las apartó.

En el espacio generado, la cimitarra izquierda de Drizzt tiró una fuerte estocada.

Pero el otro drow se movió con tal elegancia, con una gracia tan única, que hizo que Drizzt volviera a evocar siglos pasados.

El drow aceptó el éxito de la inteligente finta y fue con ella, lanzándose a su izquierda junto con las armas desviadas, hasta dejarse caer en una voltereta lateral para girar hasta volver a ponerse de pie y quedar frente a Drizzt, que acaba de darse la vuelta.

Pero en ese momento, Drizzt llevaba la iniciativa, y se lanzó a un asalto fulgurante. Sus cimitarras de mentira fueron hacia su oponente a tal velocidad que un observador podría haberlo tomado por una enloquecida márilith de seis brazos.

Y aun así, el otro drow igualó su velocidad, moviendo las espadas con elegancia para detener cada golpe, deslizarse contra él o bloquearlo.

Siguieron así una y otra vez, avanzando y retrocediendo en la cámara circular, con las espadas de madera crujiendo y golpeando a tal velocidad que alguien que oyera la contienda desde lejos podría creer que una bandada de miles de pájaros carpinteros se había asentado en el bosque detrás la Mansión de Hiedra.

Pero, no, solo se trataba de los dos magníficos guerreros, que luchaban en tal armonía que parecían un solo hombre batallando consigo mismo.

Drizzt encontró una cierta comodidad en ese intercambio, una agradable sensación que lo transportaba a un día hacía mucho tiempo, en un lugar lejano.

Y, durante unos instantes, se perdió en ese recuerdo, de nuevo en la Casa Do’Urden, de nuevo en Menzoberranzan.

Pero, al darse cuenta de que era una ensoñación, se reveló contra ella, y no porque tuviera que centrarse en mantenerse en la contienda de ese momento y seguir con el feroz juego de espadas, sino porque sabía demasiado bien que dejarse llevar por una falsa esperanza era una experiencia muy dolorosa.

Con un gruñido, Drizzt aumentó la presión, avanzó y empleó más fuerza en cada movimiento.

Su oponente retrocedió con igual velocidad y equilibrio; llevó, finalmente, el pie de atrás hacia un lado y giró abruptamente, con la esperanza de recuperar la ventaja ofensiva mientras se agachaba para esquivar por poco una estocada que se dirigía hacia su rostro.

Pero a Drizzt no lo iba a engañar un cambio tan simple. Ese giro logró que pudiera perseguir a su oponente con mayor fiereza.

El otro drow se volvió y se alejó corriendo, con Drizzt justo detrás.

Su enemigo dio una voltereta, de la que finalizó justo frente a la pared, luego dio unos pasos subiendo por ella, hasta colocarse horizontalmente y saltar hacia atrás, volteándose en el aire para atacar a Drizzt al pasar sobre él.

Este bloqueó el golpe una vez más y corrió hasta sobrepasar a su oponente.

También subió por la pared, pero en vez de la voltereta invertida se impulsó directamente hacia atrás, retorciéndose y girando en su vuelo para aterrizar muy agachado y con las piernas bien separadas.

Se puso de pie inmediatamente, apuñalando con las cimitarras.

Pero fue un golpe demasiado alto, que el otro esquivó fácilmente y respondió, como era previsible, con una doble estocada baja.

Normalmente, se trataba del contraataque correcto, pero provocó una mueca en Drizzt.

Por supuesto, había estado planteándose cierta cuestión: ¿cómo no iba a hacerlo, dada la familiaridad con el luchador, el parecido y su reciente encuentro con Lloth?

Pero Zaknafein conocía el peligro de este contraataque en concreto contra este oponente en particular; no habría cometido tal error.

Aun fingiendo desesperación, Drizzt hizo lo único que podía, ejecutar una parada diagonal descendente, con las cimitarras formando una x para atrapar debajo las espadas y mantener a su atacante inclinado.

Había llegado el momento de acabar con esa farsa, y, en cuanto tuvo las espadas apresadas, lanzó una patada entre las empuñaduras de las armas, esperando romperle la nariz a su enemigo.

Pero, al levantar la pierna, se dio cuenta de que su oponente ya no estaba allí, y para eso, Drizzt sabía que el otro tendría que haber anticipado tanto el bloqueo como el contrataque.

Por puro reflejo, ejecutó el mismo movimiento que había estado practicando justo antes de la interrupción: giró sobre los antepiés, rápido y equilibrado, lanzando, al acabar la vuelta, una estocada donde sabía que estaría su oponente.

El otro la esquivó por los pelos, apartando las caderas y torciéndose, lo que lo puso en la verdadera línea de ataque; la cimitarra derecha de Drizzt barrió desde fuera y lo golpeó con dureza en la cadera.

Con un gruñido, el contrincante intentó retroceder, pero Drizzt había permanecido en total equilibrio, y lo persiguió con fiereza, con las cimitarras apuñalando a la izquierda, luego a la derecha, y a la izquierda otra vez.

Su contrincante apenas las desvió y solo pudo hacerlo moviéndose hacia ese lado.

Drizzt levantó la pierna derecha en una rápida y fuerte patada hacia el costado de la cabeza del drow.

Aturdido, este intentó golpear de revés la pierna levantada, y Drizzt le soltó la espada para permitírselo, pero solo para poder seguir el movimiento.

Entonces, rodó bajo el brazo levantado con un repentino avance y giro.

Le agarró el brazo mientras pasaba por debajo, y su oponente ya no tuvo forma de resistirse, cuando Drizzt se lo retorció con fuerza sobre la espalda.

El drow se encontró de espaldas, tirado en el suelo y con la punta de la otra cimitarra de práctica de Drizzt sobre la garganta.

—Has mejorado mucho, hijo mío —lo felicitó el drow.

—¡No me llames así! —replicó Drizzt, presionando la espada.

—¿Pensabas que volvería a caer en tu truco de parada diagonal descendente?

—Ahora ya se conoce la solución —dijo Drizzt—. Probablemente, la enseñen en la Academia.

El hombre en el suelo soltó sus dos espadas y puso una mano en el borde del arma que tenía en la garganta, intentando moverla un poco hacia un lado, pues le estaba costando respirar.

—¿Quién eres? —quiso saber Drizzt, manteniendo la espada donde estaba.

—Ya sabes quién soy.

—Te vi caer en el ácido. ¡No hay resurrección posible de eso!

—No caí, salté —intercambió una mirada con Drizzt y dijo, con tranquilidad y con un tono familiar—: Por nosotros.

Drizzt sintió un escalofrío. Le empezaron a temblar los brazos.

«Por nosotros», las mismas palabras que Zaknafein le había dicho justo después de haber vencido la maldición llothiana de zin-carla, un conjuro que le había convertido en un esclavo zombi, un encantamiento que no debería haber sido capaz de superar o desafiar.

Pero lo había hecho, gracias al gran amor que sentía por su hijo.

Las espadas de Drizzt cayeron al suelo, a cada lado de aquel hombre. No las dejó caer conscientemente. No hizo nada conscientemente. Simplemente se quedó allí, mirando.

—Te dije que huyeras a los confines del mundo —dijo Zaknafein. Alzó la mano y Drizzt lo cogió por la muñeca y lo levantó del suelo.

Luego, Drizzt salió tambaleándose de la habitación, tan desorientado y confundido que ni siquiera recogió sus preciosas armas.

Zaknafein fue a seguirlo, pero Catti-brie apareció en la puerta por la cual Drizzt acababa de salir y se interpuso en su camino.

—Dale tiempo —le pidió. Zaknafein la miró con dureza y no respondió, pero tampoco intentó ir más allá.