Intemporal (Generations 1) 7. Pater #4
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7. Pater #4

Estas circunstancias hacían que Catti-brie sintiera una confianza relativa en todo eso, pero también hacía que quisiera verificar cualquier cosa antes de aceptarla como verdad.

Si los drow de Menzoberranzan quería retomar Gauntlgrym, tendrían que encontrar la forma de alterar o incapacitar esos portales.

Se condenaría antes que dejar que Yvonnel o Zaknafein, dos drow de quienes no se fiaba, ayudaran a que tal sabotaje fuera posible.

Giró el anillo que llevaba en un dedo de la mano izquierda y se alegró de estar en esa cámara en ese momento de duda.

No era una simple baratija; aquel era un anillo de comandar elementales armonizado con el Plano de Fuego, y, con él, Catti-brie podía oír los susurros de la criatura divina, el primordial de fuego que se hallaba en el pozo.

Esos susurros le habían contado cómo reconstruir la Torre de Huéspedes del Arcano y cómo reconstruir y dar energía a los portales enanos.

La conversación continuó a su alrededor, sobre todo con Bruenor, que hablaba con Zaknafein, así que dejó de hacerles caso y empleó la magia del anillo para comunicarse con el primordial.

Este era un ser con un poder comparable al de la propia Lloth, quizá incluso superior al de la Reina Araña.

Por eso, cuando Catti-brie finalizó esa comunicación privada, se sintió mucha más tranquila.

Los portales no podían alterarse ni corromperse; eso le había asegurado el primordial que los controlaba y, por tanto, era imposible que Gauntlgrym corriera peligro por ese lado.

Ni siquiera con los poderes de Menzoberranzan; ni siquiera con Yvonnel, suponiendo que fuera distinta de lo que aparentaba; ni siquiera con la propia Reina Araña, a menos que quisiera entrar en guerra con una criatura divina de poder preternatural.

¿Podría alguien amenazar de verdad la Gauntlgrym del rey Bruenor, o incluso Viñas Sangrantes, con tantos aliados cerca? Ella creía que no.

Pero, por supuesto, tanto poder en esa dispar alianza también conllevaba una gran responsabilidad, y muchas intrigas.

Pensó de nuevo en el bebé que llevaba en el vientre; en ese aspecto, parecía una versión más personal de eso mismo. Igual que con la alianza del norte que había construido su padre, también su familia tenía mucho que perder.

La mujer suspiró, lo que detuvo la conversación que estaba teniendo lugar allí; todos posaron la vista en ella.

Catti-brie no pudo evitar soltar una risita, pues la vida había parecido mucho más simple cuando ella y sus cuatro aliados más cercanos formaban los Compañeros del Hall, una banda de amigos que marchaban por los caminos en busca de aventuras, confiando los unos en los otros y responsables solo de ellos mismos.

En ese momento, con la aparición del padre de Drizzt, suponiendo que realmente lo fuera, la vida se había vuelto aún menos simple.

Catti-brie apartó esos sombríos pensamientos. Ya se preocuparía otro día. ¡En ese momento, lo único importante, y con razón, era el repentino regreso del padre de su esposo, muerto hacía mucho tiempo!

Más tranquila, centró la atención en la conversación que estaban manteniendo a su alrededor y se dio cuenta de que se había perdido una gran parte de ella durante sus reflexiones.

—Me reconocerá —decía Zaknafein. Sonó más como un deseo que como una certeza—, del mismo modo que yo lo reconocería a él.

—Tendrá dudas —avisó Yvonnel—. Su paso cerca de la debilitada barrera entre planos, entre la Infraoscuridad y los planos inferiores, lo afectó gravemente, y mucho me sorprendería que los delirios que sufrió no le influyeran de alguna manera.

Drizzt estuvo muy confuso durante muchas semanas y nada le parecía real.

Tenía la mente demasiado llena de dudas.

—Ha superado tal aflicción —aseguró Catti-brie—. El trabajo de mi esposo con el gran maestro Kane le ha mostrado la paz interior y el camino adecuado.

No le pasó inadvertida la casi imperceptible mueca de Zaknafein cuando ella se refirió a Drizzt como su esposo. No fue más que un instante.

—Es mucho más fuerte de lo que incluso nosotros creemos —añadió Catti-brie con tranquilidad.

—Puede que sea como dices. De todos modos, pedirle algo así está más allá de lo que él podría esperar —replicó Yvonnel—. Quizá sea una esperanza demasiado grande.

Catti-brie se encogió de hombros, ya que no estaba dispuesta a discutirlo.

—¿Y crees que solo lo sería para Drizzt? —añadió Catti-brie, igualmente.

Yvonnel mantuvo la mirada, luego la bajó un poco y Catti-brie se dio cuenta de que le estaba mirando el vientre, y asintió de forma conciliadora.

—Pero ¿crees que Drizzt te reconocerá? —le preguntó Jarlaxle a Zaknafein—. Hace una eternidad que…

—Tú me reconociste en seguida —lo interrumpió Zaknafein, un poco irritado.

—Te conocí cuando ya éramos ambos adultos, y durante siglos —le recordó Jarlaxle—. Drizzt te vio con los ojos de un niño; además, te vio con mucha menos frecuencia que yo y durante mucho menos tiempo. Y yo estoy mucho más acostumbrado a anomalías como las de tu regreso.

—Y, aun así, Jarlaxle siguió investigando para confirmar sus esperanzas —reveló Yvonnel, y Jarlaxle se limitó a encogerse de hombros tímidamente en dirección a Zaknafein.

—¿Mi hijo sigue entrenando? —le preguntó Zaknafein a Catti-brie.

—Por supuesto, todos los días —respondió Catti-brie, que empezaba a asentir, entendiéndolo.

—Entonces, sin duda, te reconocerá —añadió Wulfgar, y todos los demás empezaron a reír y a asentir, porque entendían el plan.

Catti-brie se dio cuenta de que era absolutamente cierto. En la arena, luchando, Drizzt reconocería a un antiguo oponente, igual que reconocería a Catti-brie haciendo el amor, aunque hubieran estado separados durante siglos.

—Me gustaría hablar contigo en privado, Jarlaxle —dijo ella. Miró al rey Bruenor—, y contigo, padre; solo nosotros tres.

—Serías estúpida si no lo hicieras —repuso Jarlaxle—, y Catti-brie no es estúpida.

La cámara circular estaba muy caliente y cargada de vapor, lo que relajaba los nudos musculares del guerrero que estaba practicando y lo cubría de sudor.

Sus movimientos eran más lentos que en años anteriores, pero eso no se debía a la edad.

Al contrario, era deliberado. En su práctica diaria, Drizzt Do’Urden mantenía una completa concentración en cada inclinación, cada giro, cada extensión, trabajando al máximo los músculos tanto en elongación como en fuerza.

Al avanzar el brazo izquierdo, la mente de Drizzt se metió tanto en sí misma que pudo sentir la interacción entre los músculos, notó como se le doblaban los tendones y, entonces, pudo colocar el codo y el hombro de forma que alcanzaran un equilibrio y una velocidad perfectos.

O, al menos, casi perfectas. Drizzt trabajaba en adaptar el entrenamiento de cuerpo y mente que había recibido del gran maestro Kane a las muchas horas de trabajo que había sumado en Melee-Magthere y durante los años siguientes de lucha real.

Aunque las técnicas no eran exactamente iguales, el veterano y dotado drow creía haber encontrado las suficientes similitudes para lograr un todo que fuera mejor que las partes.

Sería un proceso largo, inacabable, lo sabía, pero merecía la pena llevarlo a cabo.

Recogió el brazo y siguió tirando hacia atrás el hombro izquierdo, mientras giraba e iba doblando las piernas hasta agacharse y así evitar un hipotético ataque desde atrás.

Al completar la vuelta, lanzó un amplio tajo con su cimitarra derecha, Muerte Helada.

De nuevo, cada músculo trabajó en armonía y Drizzt mantuvo un equilibrio completo durante todo el movimiento, girando sobre el antepié en el momento preciso para alcanzar la máxima fuerza en su contragolpe y, al mismo tiempo, mantener la hoja de la mano izquierda en una perpendicular prefecta respecto al torso, alzándose para desviar hacia arriba la lanza o la espada que se acercara, o bloquear, con equilibrio y fuerza, cualquier ataque descendente de un hacha o un martillo.

Sí, lo sabía, este movimiento con vuelta y tajo sería superior a cualquiera que hubiera intentado antes.

Todo lo que tenía que hacer era grabárselo bien en la memoria corporal para ejecutarlo sin esfuerzo y ágilmente, siempre.

Siempre. Ahí residía la perfección. Tenía que ser siempre, sin error.

«Casi siempre» haría que lo mataran.

Oyó la puerta abrirse tras él, y mantuvo la pose en vez de continuar el movimiento, sin querer que la interrupción le hiciera alterar ningún ángulo o la distribución del peso.

Oyó las pisadas de alguien que entraba en la habitación; sintió la alteración del aire, captó un soplo del aroma y un indicio de la respiración de esa persona.

Supo inmediatamente que era Catti-brie.

Se puso recto y volvió la cara hacia su esposa; el pecho desnudo le brillaba de sudor bajo la tenue luz mágica.

—¿Quieres luchar conmigo esta mañana? —empezó a preguntar, pero se detuvo al ver que Catti-brie no iba vestida para entrenar, aunque sostenía un par de cimitarras de madera—. ¿Crees que aún es seguro, con el embarazo tan avanzado?

—Yo no —respondió ella, seria, y lanzó las espadas de práctica al suelo, a los pies de su esposo.

La miró con una suspicacia amistosa; ¿qué le pasaba en esa mañana?

Fue a dejar sus reales y mortales cimitarras en el soporte de armas y, luego, recogió las armas de práctica.

Cerró los ojos, las alzó y sintió su peso, que no era, ni de lejos, tan equilibrado como el de sus propias y fabulosas armas, por supuesto.

—Esto es real —le dijo Catti-brie suavemente desde el otro lado de la sala—. No te están engañando.

Drizzt abrió los ojos para mirarla con curiosidad; más los abrió luego cuando otra persona entró, un drow que llevaba sus propias espadas de madera. Al igual que Drizzt, iba vestido con pantalones sueltos y una camisa abierta sobre el pecho de piel oscura.

Al principio, a través de la bruma del vapor, Drizzt no captó el sentido de todo eso, pero cuando su oponente se acercó, sus ojos se abrieron aún más.