7. Pater #2
—Ni afirman ni niegan. Solo dicen que es Zaknafein Do’Urden, que es él de verdad, regresado del plano inferior, y me parece que tienen la misma curiosidad que vosotros dos por saber el quién, el cómo y el porqué de todo esto.
No tengo ningún motivo para dudar de ellas, y menos para preocuparme.
Quizá fuera Lloth, ¿y quién puede saber sus designios?
—Pero tú no lo crees, ¿no? —sugirió Jarlaxle.
—No —confirmó Gromph—. Pero, insisto, no me interesa lo suficiente para examinar minuciosamente el caso —se volvió hacia la ardiente puerta—. Mithril Hall ha aceptado nuestra… vuestra llamada —dijo, haciéndose a un lado y señalando las llamas.
Jarlaxle miró a Yvonnel y asintió, y el archimago salmodió algo y deshizo el conjuro de inmovilidad que había usado con Zaknafein.
—¿Cómo es que llegó a hacerse amigo de los apestosos enanos? —preguntó Zaknafein, retomando la conversación justo donde él se había quedado, sin saber que esta había seguido.
—Quizá podamos averiguarlo entre los dos —sugirió Jarlaxle, y dio un paso al frente, tomando el brazo de Zaknafein, mientras se dirigía a las rugientes llamas.
Instintiva y evidentemente, Zaknafein se resistió.
Pero Yvonnel pasó junto a ambos y entró en las llamas sin vacilar, e inmediatamente desapareció.
—No es más que un portal, las llamas son inofensivas —explicó Jarlaxle—. Mithril Hall ha respondido a nuestra llamada y por eso se ha abierto.
Condujo a Zaknafein hasta el umbral y entró justo por delante del asombrado recién llegado, que lo siguió y dejó a Gromph solo en la estancia.
Gromph se quedó allí, mirando fijamente el umbral, hasta mucho después de que las llamas se hubieran disipado; la indicación de que el portal se había cerrado.
Estaban pasando muchas cosas a su alrededor, en ese momento, y la intensidad de todo eso lo cautivaba: la Torre de lo Arcano y su plétora de extraños y poderosos habitantes, con más que llegaban cada semana, por lo que parecía; el misterio del regreso de Zaknafein, el cual, aunque él insistía una y otra vez que le daba igual, podía suponer algo importante; y Jarlaxle, su hermano pequeño, que afianzaba su puesto en la ciudad de Luskan, e incluso ganaba aceptación, por lo que parecía, entre algunos de los señores del lugar, incluyendo a algunos de la poderosa Aguas Profundas, al sur.
Lo último era especialmente inquietante… y emocionante: los elfos drow dirigían en secreto una gran ciudad de la superficie y la mantenían con acuerdos en vez de con las armas.
A Gromph no se le escapaba la enormidad de aquello. Todo lo que quería era continuar sus estudios y su crecimiento en esa magnífica torre de piedra viviente.
Al menos, eso era lo que había estado diciéndose a sí mismo.
—Mantente en silencio— le dijo Jarlaxle a Zaknafein con los dedos cuando cruzaron al otro lado del fuego y aparecieron en una cámara muy vigilada, situada a un lado del nivel principal del complejo enano.
Al ver a Yvonnel y a Jarlaxle, dos drow amigos declarados del rey Bruenor, varios torvos enanos bajaron los arcos mientras dos equipos de artillería ponían el cierre de seguridad a las catapultas de tiro lateral instaladas en los muros y apuntadas al portal mágico.
—Queremos hablar con el rey Bruenor—les informó Jarlaxle.
—Seguramente se encuentre en las minas—le dijo un enano a otro.
—Estaba con Catti-brie y Wulfgar en el pozo de lava —informó a Jarlaxle el segundo enano.
Otro enano más, un tipo corpulento con una larga barba amarilla, caminó hacia el muro, alzó un trozo de piedra sobre unos goznes y silbó a través del agujero.
Un momento después, esa parte del muro subió hacia arriba, como un rastrillo sólido de piedra maciza, para mostrar un corredor al otro lado.
Un par de enanos cubiertos con una fabulosa armadura completa de mithril se acercaron a saludar a los visitantes.
—Os llevaremos —explicó uno, haciendo gestos al trío de drow para que los siguieran.
Más de dos docenas de enanos acompañaron a los visitantes, con otra media docena siguiéndolos de cerca.
Quizá Jarlaxle e Yvonnel estuvieran considerados amigos del rey Bruenor, pero existían claros límites en la confianza que los enanos habían puesto en semejante título, especialmente habiendo un tercer desconocido en el lote.
Descendieron a los niveles inferiores de Gauntlgrym hasta llegar a la sala de la forja, donde los hornos se alimentaban de los fuegos de un primordial vivo y, por tanto, eran mejores que cualquiera creado con un combustible mundano.
Desde allí, a través de un bajo túnel, llegaron a la cámara mágica, un caverna grande y casi por completo natural.
Dentro había vapor, pues el agua manaba de unos zarcillos como raíces sobre un pozo que dominaba la habitación y del cual salía un brillante resplandor naranja.
La niebla no oscurecía demasiado la visión.
Desde la puerta, los tres visitantes pudieron ver dos formas humanas: una mujer con una túnica, cuya barriga mostraba un embarazo mediado, y un hombre humano gigantesco; se hallaban en el centro de la sala, mirando hacia el interior del pozo.
—Catti-brie, la mujer de tu hijo —informó Jarlaxle a Zaknafein—. Y Wulfgar del Valle del Viento Helado, uno de los amigos más queridos de Drizzt.
Zaknafein frunció el ceño, confundido ante los dos no-drow que se hallaban frente a él. Iba a responder, pero Yvonnel lo detuvo alzando la mano para lanzar un conjuro, pues era evidente que, sin algo de ayuda mágica, Zaknafein no entendería nada de lo que se dijera ahí.
—¿Y es…? —preguntó Zaknafein un momento después, apenas capaz de pronunciar las palabras mientras contemplaba bien a la mujer, a la humana embarazada que Jarlaxle había dicho que era su nuera.
Jarlaxle asintió y sonrió. Efectivamente, el que estaba en el útero de Catti-brie era el nieto de Zaknafein.
—Jarlaxle —saludó Catti-brie, y el jefe mercenario se tocó el gran gorro, esbozó una amplia y sincera sonrisa y se dirigió hacia los dos. Se dio cuenta de que habían hecho algunas reformas recientes en la cámara, porque, rodeando el pozo, había una nueva barandilla metálica, alta y decorada.
A Jarlaxle, que una vez se había inclinado sobre el borde de ese pozo para rescatar a otro amigo enano y había conseguido salvarlo por los pelos antes de que ambos cayeran en la lava viviente del fondo, la barandilla le pareció un buen añadido.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Catti-brie—. Espero que todo vaya bien en Luskan.
—Espléndido —contestó el drow—. La Torre de Huéspedes del Arcano está cada día más magnífica. Ha pasado demasiado tiempo desde que la viste por última vez, querida señora, sobre todo teniendo en cuenta que fuiste tú la que resolvió el acertijo de su reconstrucción.
Catti-brie sonrió ante ese reconocimiento, y la siguiente pregunta fue de Wulfgar.
—¿Has venido a ver a la señora Donnola, arriba? —acababa de bajarse del pequeño tranvía proveniente de la ciudad halfling de Viñas Sangrantes, que se había construido en un valle rocoso alrededor de la entrada trasera de Gauntlgrym.
—En realidad, para ver a Bruenor y pedirle un portal hacia Longsaddle —contestó Jarlaxle.
—La señora Donnola ha regresado de Neverwinter —le informó Wulfgar, de todas formas, y con un asentimiento de cabeza de ambos se confirmaron sus tratos privados y connivencias.
—¿Ibas a Longsaddle a visitarme? —preguntó Catti-brie, aunque, por supuesto, sus sospechas eran otras.
—¡Oh, no! —confirmó Jarlaxle, volviéndose hacia ella mientras Yvonnel y el tercer drow se aproximaban—. ¡Aunque es maravilloso verte! Espero que estés bien.
—Muy bien.
—¿Y el bebé?
—Todo marcha bien —le aseguró ella.
—Entonces, ojalá que él o ella nazca con tus grandiosos ojos, con el brillo de guerrero de Drizzt, tu sabiduría y el corazón de ambos —deseó Jarlaxle con una reverencia—. ¡Será un nieto estupendo!
Catti-brie sonrió de nuevo y asintió ante el cumplido, pero se quedó un poco confundida cuando Jarlaxle miró al tercero de su grupo, el drow desconocido. Ese hombre no parecía muy emocionado con las buenas nuevas. Además, no estaba segura de qué había querido decir Jarlaxle con sus palabras.
—Aunque, si este niño viene con el color de ojos de Drizzt, estoy seguro de que no te importará —añadió el pícaro jefe mercenario con un guiño, volviendo la vista hacia Catti-brie—.
Pero no, querida señora, aunque estoy feliz de verte y seguramente te hubiera buscado, mi viaje desde aquí a Longsaddle es para ver a Drizzt.
Tengo a alguien a quien él desearía conocer.
Los dos humanos posaron su mirada en el tercer miembro del grupo de Jarlaxle, el drow al que no conocían, mientras este se bajaba la capucha de su capa mágica piwafwi .
—Te presento al antiguo maestro de armas de la Casa Do’Urden, en su día considerado el mejor maestro de armas de todo Menzoberranzan —dijo Jarlaxle—, que entrenó a tu esposo en las artes marciales.
La expresión de Catti-brie se tornó más curiosa.
—¿Entrenó? Pero a Drizzt lo entrenó…
—Zaknafein —completó el extraño—. Soy Zaknafein Do’Urden, y he venido a ver a mi hijo.
Catti-brie sofocó un gritito y abrió tanto sus ojos azules que pareció que iban a salírsele de las órbitas.
—Un nieto —murmuró, repitiendo las palabras de Jarlaxle.
—El mundo sigue volviéndose más raro —señaló Wulfgar con una risita, aunque no parecía demasiado sorprendido; se le veía más divertido que otra cosa.
Jarlaxle también miró incrédulo a Zaknafein, pero por un motivo diferente. El maestro de armas había hablado perfectamente el idioma común de Faerûn, uno que él era imposible que conociera.
—Por el momento entiende el idioma —explicó Yvonnel al adivinar el origen de la expresión de incredulidad de Jarlaxle—, hasta que mi conjuro se desvanezca.
—Zaknafein —repitió Catti-brie, sacudiendo la cabeza.
—Lloth —dijo Wulfgar, y consiguió la atención de los otros cuatro—. Dijo que podría traerlo de vuelta junto a Drizzt.
—Pero a cambio de su lealtad —le recordó Jarlaxle, y Zaknafein dio un respingo.
—Él no… —empezó a preguntar el maestro de armas.