Intemporal (Generations 1) 7. Pater
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7. Pater

P ATER

Una llovizna helada y copos de nieve llenaban el aire en este día de invierno en Luskan.

Aun así, el aire libre por encima de Illusk resultaba demasiado brillante para la sensibilidad de Zaknafein Do’Urden, un drow que solo había visto el mundo de la superficie en una ocasión, hacía cientos de años.

Se resguardó tras la pesada capa que Jarlaxle le había dado, mientras el trío compuesto por Zaknafein, Jarlaxle y una joven y excepcional drow llamada Yvonnel, hija de Gromph y tocaya de la gran Matrona Baenre, avanzaban por el puente hacia la isla Closeguard, y luego por el siguiente puente hacia una segunda isla, sobre la que se erguía la gigantesca y maravillosa estructura conocida como la Torre de Huéspedes del Arcano.

Se levantaba como un viejo árbol, con enormes ramas que salían del tronco y se alzaban hacia el cielo majestuosamente, cada una lo suficientemente gruesa para contener en su interior las habitaciones privadas de los magos.

Era más grande en la actualidad de lo que había sido antes de su destrucción en algún siglo anterior, y seguía creciendo, con la cima del tronco y las ramas más altas volviéndose naranjas contra un cielo gris, mientras las alimentaban chorros de lava a través de los largos zarcillos subterráneos que conectaban esa estructura mágica con las cámaras subterráneas de la ciudad enana de Gauntlgrym, lejos, en el sur, y, en particular, con el pozo de lava del primordial capturado, que alimentaba el poder de la creación que intervenía allí.

No había ninguna puerta a la vista en la base de la Torre de Huéspedes del Arcano, pero Jarlaxle sabía dónde se hallaba la entrada y sabía, también, las palabras mágicas que la abrían.

El trío cruzó el portal y bajaron por un pasillo hasta una sala circular principal, donde una escalera de caracol ascendía por el interior de la gran estructura y descendía hacia abajo, hacia sus entrañas, hacia las cuevas bajo la superficie de la bahía de Luskan.

Mientras subían por esa escalera, el drow pudo oír claramente los sonidos de abajo: un gran suspiro, casi como si la propia torre estuviera inhalando y exhalando, igual que un ser vivo.

Jarlaxle sabía lo suficiente sobre esa creación para pensar que aquello podía ser algo más que una coincidencia.

El segundo tramo de la escalera contaba con una puerta que se abría a la «rama» más grande de la estructura del árbol, un pasillo estrecho y empinado flanqueado por puertas a ambos lados.

A juzgar por la amplitud de esa rama, las puertas podían dar a cámaras de buen tamaño.

Pero, a fin de cuentas, esa era la torre de un brujo, repleta de creaciones extradimensionales: mansiones conjuradas que parecían ocupar un espacio no mayor que el de un armario en el Plano Material, pero que, del otro lado de la puerta, satisfarían a una pareja de la realeza.

Jarlaxle sabía bien que la más grande pertenecía a su hermano, el antiguo archimago de Menzoberranzan, Gromph Baenre.

No tuvo que llamar, pues la puerta de Gromph funcionaba con magia y se abrió con la esperada llegada del jefe mercenario.

El trío entró al palacio mágico y fueron recibidos con una música bella y cautivadora y una serie de rayos de luz de suave brillo que se movían a través del espectro visible, aparentemente en armonía con los sonidos de los instrumentos invisibles.

El vestíbulo de entrada estaba flanqueado por bellas columnas blancas, delicadamente talladas con encantadoras esculturas de mujeres drow desnudas y armadas.

—Cariátides —avisó Jarlaxle a sus dos compañeros, porque esas columnas eran más que un simple apoyo, que en esa construcción mágica ni siquiera resultaba necesario.

En realidad eran guardias, guardias formidables.

Por una arcada en un lado de la habitación, entró el archimago Gromph. Parecía bastante molesto por la intrusión, pero, evidentemente, no estaba sorprendido y, evidentemente, podría haber impedido que Jarlaxle y los demás entrasen.

—Confío en que hayas disfrutado de tu viaje a la Casa Baenre —dijo Jarlaxle.

Gromph resopló y pasó junto a los tres, haciéndoles un gesto para que lo siguieran de vuelta a la entrada.

—¿Nada de comer? ¿Ni una triste bebida para refrescarnos? —preguntó Jarlaxle.

—Estoy seguro de que el rey Bruenor os servirá bien —contestó Gromph, y Jarlaxle lanzó un pesado suspiro.

Gromph los guio de vuelta por donde habían llegado, pero más allá del vestíbulo de la entrada, descendieron por la escalera, que los llevó bajo tierra y hasta otra puerta secreta, una que parecía el muro curvado del túnel volcánico que estaban atravesando.

Para abrirla, hacía falta mucho más que unas palabras mágicas.

Los demás pudieron sentir que estaba mucho más protegida, con conjuros, salvaguardas y glifos, que cualquier otra puerta de la torre, incluida la de Gromph.

Y no era solo la puerta lo que estaba protegido con magia.

Tras ella, había una habitación de considerable tamaño, más larga que ancha y flanqueada por estatuas de piedra, que volvieron la cabeza para mirar a los intrusos.

Sobre ellas, agazapadas en pequeños nichos, un conjunto de gárgolas los observaba también, listas para cobrar vida y atacar.

Pero se limitaron a mirar, pues eran las mascotas de Gromph, y era él quien guiaba a los intrusos.

En el extremo más alejado de la estancia se hallaban un par de obeliscos de piedra.

No estaban rectos y su grosor variaba en su longitud; tampoco tenían grabados dibujos bonitos y, realmente, parecían estar fuera de lugar en esa gran estructura que, por lo demás, mostraba una grácil simetría y unos diseños creativos.

Apoyado sobre esas dos columnas, se hallaba un tercer trozo de piedra gris, que parecía haber caído ahí en vez de haber sido colocado cuidadosamente, y que creaba lo que parecía un descuidado marco de puerta.

—¿Qué es este sitio? —preguntó Zaknafein, claramente sobrepasado por el sol, la superficie, la torre y, en ese momento, los muchos ojos monstruosos y mágicos que se posaban en él.

Sin prestarle atención, Gromph se situó ante el umbral y llamó, y de una grieta en el suelo entre las jambas llegó una respuesta: un sonido siseante.

—¿Alguna vez has tratado con enanos? —preguntó Jarlaxle a Zaknafein.

—¿Duergar? —contestó este, refiriéndose a los malvados enanos grises que habitaban en la Infraoscuridad.

—No.

De la grieta del umbral salieron unas llamas, que subieron por el marco y crecieron, hambrientas, como si hubieran encontrado leña seca que consumir.

—¿Derro? —preguntó el guerrero, indicando otra raza subterránea de enanos mágicos. Zaknafein miraba el marco y las llamas que se enroscaban en él.

—Enanos, simplemente —aclaró Jarlaxle.

—Entonces, no —respondió Zaknafein, con evidente disgusto.

—Tu hijo tiene una gran relación con ellos —replicó Jarlaxle.

Zaknafein no respondió, ni parpadeó, ni se movió en absoluto, y, al mirarlo de cerca, tanto Jarlaxle como Yvonnel se dieron cuenta de que tampoco respiraba. Ambos se volvieron hacia Gromph, que permanecía calmado, con una mirada de superioridad en su angulosa cara.

—¿Ves lo fácil que me resulta destruir a un simple guerrero? —preguntó, dirigiéndose a Jarlaxle.

—Lo fácil que te resulta vencer a uno por sorpresa, quieres decir —contestó el mercenario.

—Cuando puedes atacar en cualquier parte, en cualquier momento, la sorpresa es la parte fácil.

—Dijo el asesino mientras sostenía la daga ensangrentada —replicó Jarlaxle.

El sonoro suspiró de Yvonnel dio por finalizada la conversación; esta los miró a los otros dos y sacudió la cabeza, disgustada y con una expresión que resultaba más que familiar para los viejos drow, que habían conocido a Yvonnel la Eterna.

—Lleváis toda la vida con estos bailecitos de supuestos rivales —dijo Yvonnel.

—¡Hablas como nuestra madre! —exclamó Jarlaxle con una carcajada, y esa era justamente la cuestión, a fin de cuentas.

En el útero, a la hija de Gromph, esta Yvonnel, la habían invadido los tentáculos de un azotamentes, y esa criatura le había dado los recuerdos de su tocaya, Yvonnel la Eterna, la gran Matrona Baenre, que era, efectivamente, la madre de Jarlaxle y de Gromph.

El azotamentes no se había limitado a recontar estos recuerdos al feto, sino que se los había inculcado como si fueran suyos.

—¿Supuestos? —preguntó Gromph.

—Vuestra danza es como la de dos pavos reales, aunque ninguno de los dos se mancharía la fina ropa con la sangre del otro, o con la propia. Os necesitáis, y eso es lo que lo hace tan ridículo. Es tan simple como eso, así que, por favor, parad ya.

Los hermanos se miraron y se encogieron de hombros.

—Ha sido una buena idea sacar a Zaknafein de la conversación antes de entrar en el reino del rey Bruenor —le dijo Yvonnel a Gromph.

—Nunca lo habría hecho sin tu aprobación —gruñó el hosco mago.

—Hay algo que debemos saber —dijo Yvonnel, sin hacer caso del sarcasmo—. ¿Qué averiguaste en tu viaje a la Casa Baenre? ¿Es realmente Zaknafein?

—Las sirvientas lo confirmaron —contestó Gromph—. Sí que es Zaknafein, vuelto de entre los muertos.

—¿Cómo? —preguntó Jarlaxle.

—¿Por qué? —preguntó Yvonnel, a la vez.

—Esas son las preguntas, ¿eh? —contestó Gromph—. ¿Y quién lo hizo? Zaknafein ha vuelto. ¿Fue Lloth? ¿Mielikki? ¿Algún otro ser de gran poder?

—Tendría que serlo, puesto que Zaknafein se tiró al ácido —recordó Jarlaxle—. No había cuerpo que resucitar. Ha sido devuelto a la vida desde otro plano de la existencia, por completo.

—¿Las sirvientas no te dijeron nada? —preguntó Yvonnel.

—Me reuní con la Matrona Baenre y la suma sacerdotisa Sos´Umptu. Hablé con Yiccardaria y con Eskavidne, dos de las sirvientas favoritas de Lloth.

—¿Y negaron la implicación de Lloth? —preguntó Jarlaxle.

Gromph se encogió de hombros.