Intemporal (Generations 1) 6. Cuidadoso cultivo #4
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6. Cuidadoso cultivo #4

—Hay un guerrero, un campeón, que desearía cultivar —explicó Jarlaxle—. Querría que me acompañara a Ched Nasad y que sirviera junto a mí cuando pueda. Es un luchador brillante, tanto que hasta el maestro de armas Dantrag lo conoce, estoy seguro.

—Llévate a un mago.

—Preferiría a un maestro espadachín.

La Matrona Baenre se burló.

—Existe una razón por la que Dantrag tiene tan poco poder en esta casa, aunque es el mejor maestro de armas de Menzoberranzan.

A Jarlaxle se le ocurrió que cierto guerrero enorme de la Casa Barrison Del’Armgo podría tener algo que decir sobre esa estructuración de la jerarquía, pero sabiamente se guardó la idea para sí mismo.

—Zaknafein, el nuevo juguete de Malicia Do’Urden —concluyó una exasperada Matrona Baenre—. Estás hablando del antiguo campeón Simfray, Zaknafein. Eres tan transparente como las protecciones de esa cosa ridícula que llevas en el ojo.

Jarlaxle tragó con fuerza.

—¿Qué te importa ese a ti, Jarlaxle? —preguntó la Matrona Baenre; se inclinó hacia delante en el trono, apoyó un codo sobre la rodilla y la barbilla en la mano, con lo que pareció muy intrigada.

Jarlaxle, bastante desconcertado, se encontró sin palabras, así que simplemente se encogió de hombros.

Con un bufido, la Matrona Baenre agitó la mano para despedirle, y respondiendo a alguna señal mágica, sin duda, el salón comenzó a llenarse de nuevo de guardias y nobles Baenre.

Jarlaxle fue haciendo reverencias con cada paso que daba hacia atrás hasta que salió del salón, y no se entretuvo ni un instante en el gran complejo de la primera casa.

Iría a preparar su partida de caza, muy consciente, de repente, de que más le valía no fracasar en la tarea que la Matrona Baenre le había encomendado.

—¿Qué te molesta? —preguntó la Matrona Baenre a su segundo hijo, Dantrag, que servía como maestro de armas de la Casa Baenre, poco después de la marcha de Jarlaxle.

—Nada, madre matrona, naturalmente —respondió Dantrag, obedientemente, haciendo varias reverencias en un esfuerzo evidente por eliminar cualquier muestra de protesta.

—A ti no te gusta Jarlaxle —observó ella, y miró hacia sus otros hijas e hijos mientras lo decía; supo que podría estar dirigiendo ese comentario a cualquiera de ellos.

¿Y por qué les iba a caer bien el renegado sin casa, claro?

La Casa Baenre era suprema a sus ojos, como debía ser, y la idea de que estuvieran contratando a una banda de mercenarios para esas tareas ya les gustaba poco.

¿No debían ser ellos los que fueran a Ched Nasad para matar a la sacerdotisa que estaba hablando mal de Yvonnel la Eterna?

Pero ¿una banda compuesta sobre todo de varones… y dirigida por varones?

—La suerte que tiene esa banda, Bregan D’aerthe, es que nos servirá para permitirnos centrar nuestro esfuerzo en las cosas que más importan —dijo a Dantrag. A todos.

—Si alguna vez te decepciona, estaré encantado de matarle —contestó Dantrag, con otra reverencia.

Eso provocó una sonrisa en el viejo rostro de Yvonnel, lo que Dantrag tomó claramente como un cumplido, sobre todo cuando ella añadió:

—Estoy totalmente segura de ello.

Pero no era por eso por lo que sonreía. Ninguno de sus hijos e hijas, ni Dantrag ni el gran Gromph, ni tampoco la sumas sacerdotisas Triel, Quenthel o Sos’Umptu… ninguno de ellos lo sabía. Jarlaxle no lo sabía.

Aparte de la propia Yvonne, había, quizá, dos personas más en toda la ciudad que lo sabían, y, si hablaban de ello, despertarían la cólera de la propia Lloth.

Porque Jarlaxle era hijo de Yvonnel, su tercer hijo varón, que había sido, como dictaba la costumbre, sacrificado en el momento de nacer.

La siguiente noche, justo antes de acabar las preparaciones para partir de Menzoberranzan, Jarlaxle fue llamado a la Casa Do’Urden.

No sabía qué esperar, claro, así que sintió un gran alivio cuando descubrió que no le permitían la entrada en la casa y que no tendría que encontrarse frente a la malvada Matrona Malicia ese día.

En vez de eso, Zaknafein se hallaba en el balcón delantero. Flotó hasta la calle de abajo para encontrarse con el mercenario, que se acercaba.

—Al parecer, mi Matrona Malicia ha desarrollado un reciente respeto por Bregan D’aerthe—le saludó el maestro de armas con una media sonrisa satisfecha—, desde que su hija ogruna regresó hoy de Arach-Tinilith después de una charla con la Matrona Yvonnel Baenre.

—Intenté decírselo —aseguró Jarlaxle inocentemente, y comenzó a andar de nuevo, con Zaknafein a su lado.

—¿Y contra quién debo luchar esta noche a cambio de mi liberación temporal? —preguntó Zaknafein.

—Contra quien tú decidas, supongo —contestó Jarlaxle con un bufido—. En cuanto a mí, me voy a las Calleshediondas a beber un vino horrible y una peor cerveza, y a acostarme con la mujer más fea que pueda encontrar.

—¿Por qué?

—A la bebida solo la llaman horrible porque no es rara y, por tanto, no está reservada exclusivamente para los idiotas arrogantes —explicó Jarlaxle—.

Y a las mujeres solo las llaman feas porque son vulgares.

Y ahí está precisamente su encanto, porque su pasión es sincera y ganada con franqueza, no solo por la pasión en sí.

Zaknafein meneó la cabeza y masculló su deseo…, no, su necesidad, de un trago igual.