Intemporal (Generations 1) 6. Cuidadoso cultivo #3
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6. Cuidadoso cultivo #3

—¿Por qué? —preguntó la diminuta matrona de la casa más rara de Menzoberranzan, poderosa porque en realidad era un enigma para las otras.

K’yorl Odran regía la Casa Oblodra, cuya fuerza radicaba en la magia de la mente, poco conocida y con el mismo poder con el que contaban los ilícidos.

Si había un elfo oscuro en Menzoberranzan que pudiera emplear la magia psiónica y que no perteneciera a la Casa Oblodra, Jarlaxle no lo conocía.

Esta era la razón por la que, en ese momento, se hallaba frente a la Matrona K’yorl.

Se encogió de hombros, como si no entendiera la pregunta.

—Tú no eres de los que gastan favores en cosas tan triviales —clarificó la matrona—. ¿Y qué le ha pasado a tu pelo?

Instintivamente, Jarlaxle se pasó la mano por la cabeza, casi calva, pero solo ligeramente, para no correrse el maquillaje que cubría su última cicatriz.

—¿No lo apruebas?

—Lo apruebo completamente —contestó K’yorl—. Un estilo raro le cuadra al raro Jarlaxle.

—Muchos consideran a la Casa Oblodra la más rara de todas.

—¡Y contamos con eso para tenerlos asustados! —exclamó K’yorl, con una carcajada.

Jarlaxle también se rio, pero estaba demasiado inquieto para disfrutar de distracciones.

—¿Has logrado algún tipo de éxito? —preguntó

—Debo tener cuidado, lo entiendes —contestó ella—. Invadir la casa de una familia drow es un acto de guerra.

—Por eso te lo he pedido a ti. Porque tus intrusiones no pueden ser descubiertas.

—Todo puede ser descubierto, Jarlaxle, y harías bien en recordarlo. Pero sí, he mirado dentro de la Casa Do’Urden y a través de los ojos de Zaknafein. Y tus sospechas sobre su melancolía estaban bien fundadas.

Jarlaxle dejó escapar un hondo suspiro.

—Incluso cuando se acuesta con ella, solo piensa en matarla —explicó la Matrona K’yorl—. Cada embate se lo imagina como una daga hundiéndose en la bruja.

Jarlaxle recordó el comentario que había hecho a Zaknafein usando la misma analogía y se estremeció por dentro.

—Está atrapado —susurró Jarlaxle, hablando más para sí que para K’yorl—. Ve su vida como algo tedioso y sin sentido.

Abandonó sus pensamientos y miró a la matrona, que lo observaba con una expresión divertida y cómplice.

—Y tú tienes la intención de hacer algo al respecto —aventuró K’yorl—. Ten cuidado, porque la Matrona Malicia está llena de fuego y a menudo actúa antes de entender las implicaciones de sus actos —calló y lo miró con astucia—. No tienes ninguna intención de discutir con la Matrona Malicia, ¿verdad?

—Sé de alguien que podría llevar mejor el caso —admitió Jarlaxle.

—Cuando vayas a ver a la Matrona Baenre, dile que le envío mis mejores deseos —dijo la matrona de la Casa Oblodra, sin sinceridad alguna.

Jarlaxle asintió y contestó a la mueca irónica de K’yorl con una gran sonrisa. Sabía que esta odiaba profundamente a la Matrona Baenre, pero también sabía que se alegraría de que Jarlaxle dijera algo bueno de ella a la peligrosa Baenre.

Así eran las telarañas de Menzoberranzan, siempre cambiantes, siempre titilantes, siempre listas para atrapar a cualquiera que no se anduviera con cuidado.

—Lo haré —contestó él, y K’yorl asintió con una risa.

Fueron pasando los meses, pero Jarlaxle no olvidaba, aunque tampoco iba a actuar impetuosamente.

No iría con eso a su benefactora sin que lo invitaran, porque había demasiado en juego y no estaba totalmente seguro de cómo valorar el peligro que representaba la Matrona Do’Urden.

No podía ir sin más y pedirle un favor a la Matrona Baenre.

Menzoberranzan no funcionaba así. Necesitaba una razón para incluir lo que él quería en lo que ella quería.

Finalmente, encontró la oportunidad cuando lo visitó una representante de la Casa Baenre y le indicó que realizara un servicio para la madre matrona.

Parecía una tarea bastante sencilla y sin complicaciones, algo que los renegados de Jarlaxle ya habían realizado en varias ocasiones: tenía que ir a la ciudad drow de Ched Nasad y asesinar a una sacerdotisa que había estado susurrando malos rumores sobre la Casa Baenre en el lodoso oído de una sirvienta de Lloth.

Su primera idea fue llamar a Arathis Hune y otros especializados en esos asuntos para encargárselo.

Hacía tiempo que la Matrona Baenre no lo había llamado, y no sería buena idea hacerla esperar.

A fin de cuentas, el futuro de Bregan D’aerthe recaía sobre los fuertes hombros de la Matrona Yvonnel, y esta no era conocida por su clemencia.

Pero esa era su oportunidad para averiguar lo que realmente le importaba, se dijo a sí mismo, por lo que fue corriendo hacia la Casa Baenre. Allí lo conocían, así que le concedieron audiencia…, aunque con fuertes guardias supremamente armados y acorazados, que lo rodeaban.

—He recibido tus instrucciones y estoy preparado para el viaje —explicó cuando se encontró delante del trono de la gran matrona de Menzoberranzan.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le preguntó ella, fríamente.

—Para rogarte un favor.

—¿Necesito recordarte que el favor que te hago es simplemente dejarte vivir?

Tragó con fuerza e hizo la reverencia más respetuosa que pudo. Por mucho desparpajo que tuviera, ahí, delante de Yvonnel la Eterna, no le servía de nada toda su seguridad en sí mismo.

—Vivo para servirte —tartamudeó.

—Tú sirves a Jarlaxle y a nadie más —repuso ella, pero con una carcajada, lo que a él le dio un poco de esperanza—. Pero a veces eres útil y, por eso, te dejo jugar con tu pequeña banda de criminales.

Jarlaxle se removió inquieto.

—Me gustaría pedirte una audiencia privada —dijo, casi sin esperar que se la concediera.

Pero la Matrona Baenre lo sorprendió a él y seguramente a todos los demás en la sala cuando dio unas palmadas para que se retiraran los guardias y los nobles Baenre que se hallaban en la sala de audiencias, que se marcharon rápidamente sin vacilar ni preguntar.

Jarlaxle se quedó ante la drow más poderosa del mundo, y se sintió mucho más intranquilo que cuando había estado rodeado de los guardias con sus crueles armas y la horda de poderosos nobles Baenre: sacerdotisas, magos e incluso el gran maestro de armas Dantrag.

La miró, observando su expresión de satisfacción, y comprendió en ese instante que ella había anticipado perfectamente el efecto de haber hecho salir a toda su gente. Le estaba recordando a Jarlaxle que ella no los necesitaba, y estaba haciéndole saber claramente que ella no lo temía en absoluto.

El mercenario bajó la mirada, rio para sí en silencio y sacó fuerzas de la confianza de la mujer. Si ella no lo temía, y así debía ser, porque él realmente pretendía servirle, entonces, quizá lo escuchara de verdad.

—Cuéntame ese pequeño favor que puedo hacerte… y no me aburras —comenzó ella.

—Necesito tu ayuda para conseguir un colaborador en esta tarea que me has asignado —explicó él.

La madre matrona bufó despectiva, y bastante fuerte. Su volumen y tono hicieron pensar a Jarlaxle que, de repente, ella estaba pensando en que torturarlo hasta la muerte podía ser agradable.

Sospechó que esos pensamientos tan oscuros le habían sido sugeridos mágicamente. Se suponía que eso no era posible con su parche del ojo, claro, pero esa era la matrona de Menzoberranzan.

No pudo evitar sentirse desnudo y sin defensas bajo su penetrante mirada.

Aun así, tenía una reputación de descaro que mantener, por lo que trató de recuperarse.

—Solo lo pido porque me permitirá servirte mejor —se atrevió a decir.

—Aquí solo hay dos personas —replicó la gran Baenre—. Y ninguna de ellas se cree lo que acabas de decir.

—Bien dicho, madre matrona.

—Estás muy cerca de ser una pérdida de tiempo, Jarlaxle.

Este tragó saliva.