Intemporal (Generations 1) 6. Cuidadoso cultivo #2
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6. Cuidadoso cultivo #2

—Nunca lo sabrán —aseguró Jarlaxle confidencialmente a su compinche cuando cruzaron la ciudad hasta la Pared Oeste.

En apariencia, las espadas anteriores de Zaknafein no se diferenciaban mucho de estas, y solo una sacerdotisa o un mago muy hábil que se molestara en detectar la magia en las armas reconocería que los encantamientos de esas dos eran mucho más fuertes que los de las cuchillas que Zaknafein había dejado atrás, en la armería de Barrison Del’Armgo.

—Es la mejor clase de robo, sabes —comentó Jarlaxle—. En el que la víctima no se entera de nada.

Zaknafein se encogió de hombros.

—Parece un gran riesgo para tan poca recompensa.

Jarlaxle asintió como si estuviera de acuerdo, pero en privado no compartía en absoluto esa afirmación. Para él, la recompensa no eran las espadas que Zaknafein llevaba ahora, sino el vínculo que había estrechado con ese guerreo, intrigante y soberbiamente hábil.

Aunque las espadas eran bastante espectaculares ya de por sí.

Dejó a Zaknafein ante el muro, bajo el balcón de la Casa Do’Urden.

—¿Media semana? —preguntó Jarlaxle, refiriéndose a su siguiente encuentro, y el guerrero asintió. Con ganas, le pareció a Jarlaxle.

Se reunieron un puñado de veces a lo largo del mes siguiente, sobre todo para beber y entretenerse con los juegos de bar, y encontrar diversiones agradables con compañeras en los muchos pequeños dormitorios del Micónido Supurante.

En una ocasión, Zaknafein consiguió unirse a una pelea, y, otra noche, Jarlaxle se lo llevó a una expedición de reconocimiento en un complejo privado, donde casi los atrapó la sacerdotisa de una casa gobernante.

La vida se había convertido en un juego para Zaknafein, como lo era para él, reconoció Jarlaxle, y era feliz.

El renegado esperaba ansioso cada nuevo encuentro con el maestro de armas, hasta el siguiente encuentro planeado, cuando el confiado mercenario entró en el Micónido Supurante y se encontró con la silla de Zaknafein vacía.

Esa noche, el ambiente de la taberna parecía más sombrío que de costumbre, y, cuando Jarlaxle se acercó a la barra, el camarero le pasó en silencio un rollo de pergamino.

—No deseo esta clase de atención, master Jarlaxle —le dijo el propietario del Micónido Supurante—. Ninguno de nosotros.

Jarlaxle rompió el sello y se fijó que era el emblema de la Casa Do’Urden; comenzó a desenrollar el pergamino, pero se detuvo rápidamente, sacó una varita y lanzó un conjuro de desencantar sobre él, luego paró un momento e invocó los poderes de disipar magia de la varita de nuevo, para asegurarse.

Con una mirada de reojo a su amigo, el propietario, Jarlaxle se fue al fondo de la sala, lejos de todos, y desenrolló el pergamino muy lentamente.

Sí que había estado cargado de trampas: la escritura sobre el pergamino estaba trazada en una tinta de mago llamada runas explosivas . El carácter suspicaz de Jarlaxle, y una varita increíblemente valiosa, había disipado el glifo.

En su mayor parte.

Una llamarada saltó hacia él y la trató de esquivar.

Se acachó casi por debajo, pero el pelo de la coronilla se le incendió un poco.

Aún tenía el pelo ardiendo cuando se incorporó, y llameó aún más cuando un cliente cercano, tratando de ayudar, sin duda, le lanzó su bebida sobre el pelo humeante; una bebida quizá demasiado fuerte para esa heroicidad, y que, en vez de apagarlo, formó una pequeña bola de fuego sobre un lado de la cabeza de Jarlaxle.

Pero, entonces, apareció el camarero, con una jarra de agua, y contuvo la crisis, excepto por el pelo chamuscado.

Vítores y risas se alzaron en el interior del Micónido Supurante. Jarlaxle hizo una reverencia, actuando como si todo hubiera estado preparado para divertirlos, tratando de evitar una mueca por el dolor que le bajaba por la cabeza.

Tuvo que parpadear con fuerza y varias veces para centrar la visión mientras leía el pergamino. A pesar de todo el fuego y el espectáculo, solo decía:

«Preséntate en la corte de la Matrona Malicia Do’Urden inmediatamente.»

—No es un buen día para ti, pícaro —comentó el camarero, leyendo por encima del hombro de Jarlaxle—. Puede ser que algunas cosas no valgan la pena.

Jarlaxle pensó en Zaknafein y negó con la cabeza.

—Y puede ser que algunas sí la valgan —replicó.

Salió de la taberna y se dirigió a la Casa Do’Urden, pero se desvió hacia la Grieta de la Garra. Necesitaba tiempo. Y, mientras pensaba su siguiente paso, algo le pareció seguro: la Matrona Malicia no estaba contenta.

Pero, primero, lo más importante: Jarlaxle necesitaba unos ungüentos curativos y un buen espejo; ¡tenía que hacer algo con su pelo medio quemado!

Removió las ruinas de su melena blanca, perfectamente modelada, y suspiró profundamente al darse cuenta de que costaría tiempo reparar el daño, y seguramente bastante dinero, porque la cicatriz sería considerable y los lanzadores de conjuro con tal poder no resultaban baratos.

Luego, instintivamente, tomó una ruta diferente. Durante muchos años, Jarlaxle se había afeitado los lados de la cabeza, tanto para acentuar su copete en punta como porque le gustaba la forma de su cabeza.

Pues que fuera así: podía gustarle aún más.

Con un giró de muñeca, sacó un cuchillo de un compartimento secreto de su cinturón y, luego, delicadamente, se dedicó a esculpir lo que quedaba de su blanca cabellera y se dejó solo una exquisita línea de pelo en medio de la cabeza, desde la frente hasta la nuca.

Un poco de maquillaje negro de sus equipos de disfraces para cubrir la cicatriz y el mercenario no solo pudo volver a mirarse en el espejo sin hacer una mueca de disgusto, sino que pensó que resultaba muy exótico e interesante.

—No queda mal —se felicitó a sí mismo. Luego, consideró sus opciones durante un breve momento antes de convencerse de lo que debía hacer.

Fue a la Casa Do’Urden, osadamente.

—Entonces, ¿eres o fuiste de la Casa Simfray? —le preguntó la Matrona Malicia Do’Urden cuando lo llevaron ante ella.

—Nunca, buena señora —contestó mientras hacía una profunda y elegante reverencia.

—Entonces, ¿cómo es que conoces a mi maestro de armas? —preguntó ella, y a su alrededor varias drow se tensaron, incluida la enorme sacerdotisa Briza, que resultaba aún más formidable vista de cerca, tanto que parecía que podría partir a Jarlaxle en dos con las manos desnudas.

Jarlaxle le ofreció una sonrisita y le inclinó la cabeza confabuladora y tentadoramente, antes de responder.

—Fui yo quien lo recogió del campo de batalla y te lo trajo. Por encargo de la Matrona Zeerith de la Casa Xorlarrin, debería decir.

Le divirtió ver lo mucho que la jactancia desaparecía de los Do’Urden reunidos, y que todos en la sala intercambian miradas nerviosas, sin duda preguntándose si su descarada Matrona Malicia se habría metido por fin en un pozo demasiado profundo para escapar.

Pero la propia Malicia, claramente inalterable, solo se recostó cómodamente en el trono y miró fijamente al mercenario.

—De acuerdo, tú me lo trajiste. Pero no pagué por la mitad de Zaknafein —dijo ella—. Sin embargo, pareces pensar que lo compartiría —juntó los dedos ante su delicado y hermoso rostro.

—Mi señora… —comenzó a responder Jarlaxle.

—No te he dado permiso para hablar —le cortó ella.

—Solo estaba respondiendo.

—No te he hecho ninguna pregunta.

Jarlaxle alzó las manos y, por una vez, mantuvo la boca cerrada.

—¿Quién eres tú? —preguntó ella.

Él no respondió.

—Eso sí ha sido una pregunta —indicó ella.

—Estoy pensando en cómo responder mejor, porque la respuesta verdadera es más complicada de lo que pensarías.

—¿Eres Xorlarrin?

Jarlaxle rio y negó con la cabeza.

—No soy de ninguna casa y, al mismo tiempo, soy de todas las casas que deseen mis servicios. Soy Jar…

—Un mercenario sin casa tratando de jugar con las matronas de Menzoberranzan. Desagradable —dijo Briza.

—Bregan D’aerthe es mi casa —clarificó Jarlaxle—. Y es una que la Casa Do’Urden haría bien en…

—¿Qué es eso? —preguntó la Matrona Malicia, nada impresionada, al parecer—. ¿Y quién eres tú, en concreto?

—Soy quien te entregó a Zaknafein, en respuesta a la petición y la recompensa de la Matrona Zeerith Xorlarrin —reiteró Jarlaxle, rápidamente para que no le pudieran interrumpir de nuevo.

—Y eres un simple varón —advirtió Malicia—. Nunca olvides eso, ¿Jar…?

—Jarlaxle —contestó él, con otra profunda reverencia—. Un humilde servidor del caos que hace lo que puede para que el mundo sea un lugar más excitante.

—No te gustará mucho la excitación que te crearé —advirtió la peligrosa Matrona Malicia.

Hizo un gesto con la cabeza hacia el lado, donde se abrió una cortina, que dejó ver a un Zaknafein muy infeliz—.

¿Cómo crees que te iría contra este maravilloso guerrero que he tomado de consorte? Si le digo que te mate, lo hará.

Jarlaxle se encogió de hombros.

—¡Cuánta seguridad! —comentó la Matrona Malicia—. ¿Cómo crees que te irá contra él cuando sea gigantesco y tenga ocho patas?

—¿Este? —preguntó Jarlaxle, señalando a Zaknafein—. No, no harías eso, y Lloth no lo sancionaría.

—Vigila tus palabras —le advirtió la enorme sacerdotisa junto al trono mientras los ojos de Malicia se iban abriendo cada vez más.

—No temo mis propias palabras —respondió él, irónico.

Señaló a su amigo—. Es un guerrero magnífico y, por tanto, está bendecido por Lloth, estoy seguro —Jarlaxle tomó nota de los fallidos intentos de Zaknafein de ocultar una mueca ante ese comentario, pero continuó de todos modos—. No lo desperdiciarías así.

—Te irá bien darte cuenta de que no sabes nada de lo que yo haría o dejaría de hacer —le advirtió Malicia—. Y tú y tu banda de nulidades sin casa deberíais recordar que ahora estoy observando. Nunca volverás a ver a Zaknafein Do’Urden, renegado, a no ser que sea en el último momento de tu vida.

—Sí, Matrona Malicia —dijo Jarlaxle, con otra respetuosa reverencia; pensó que ya era hora de marcharse, y así lo hizo.