6. Cuidadoso cultivo
C UIDADOSO CULTIVO
—No es una técnica perfecta —arguyó Jarlaxle—. ¿La Matrona Zeerith quiere que arriesgue la obra maestra que es Zaknafein?
—Se suponía que debías entregárselo a la Matrona Malicia limpio de sus recuerdos —replicó la suma sacerdotisa Kiriy.
—De algunos de sus recuerdos —la corrigió Jarlaxle—. ¿Quieres que olvide su entrenamiento?
—Eres de lo más irritante, Jarlaxle.
—¿Está descontenta la Matrona Malicia?
—No —admitió Kiriy—. Todo lo contrario, si nos creemos los rumores de sus gritos nocturnos.
Jarlaxle soltó una risita, meneando la cabeza ante la reputación de insaciable que tenía Malicia Do’Urden.
—Otra habilidad que no le han borrado los psiónicos Oblodra —dijo para reforzar su posición.
—Y, sin embargo, se te dio dinero extra para emplear a un psiónico de esa casa —le recordó Kiriy.
—Y así contraté a uno para asesorarme, y, de ese consejo, me replanteé si tu elección era la acertada —respondió Jarlaxle.
La expresión de Kiriy era dubitativa.
—No es una técnica perfecta, según me han dicho —repitió el mercenario—. Todo esto podría haberse ido al traste si hubiera dejado que el psiónico se metiera en la mente de este brillante guerrero. ¿Valía la pena correr ese riesgo?
—Quizá no —aceptó Kiriy… y extendió la mano igualmente.
—Tuve que pagar por el consejo.
Ella agitó los dedos, exigiendo la devolución de oro extra.
Con una media sonrisa y una risita, Jarlaxle sacó un pequeño monedero de su bolsa mágica del cinturón y se lo entregó.
—La Matrona Zeerith teme que podríamos haber metido una bestia desplazadora herida en casa de la Matrona Malicia —admitió Kiriy—. Si el campeón Simfray está cargado de recuerdos que lo enfurecen…
—No lo está, y cualquiera que pudiera tener, en cualquier caso, no estaría dirigido a su nueva matrona —le aseguró Jarlaxle.
Kiriy esbozó una sonrisa cómplice.
—¿Has oído que la Casa Tr’arach ha caído? ¿Que la Matrona Hauzz fue asesinada y de una forma de lo más brutal?
—Hay susurros, sí —esa fue toda la confirmación que Jarlaxle le iba a dar, junto con una sonrisa astuta.
Él entendió que ella lo sabía, sabía que le había concedido a Zaknafein la venganza—.
Por favor, asegúrale a la Matrona Zeerith que Zaknafein no necesita que un psiónico Oblodra o un azotamentes le borre la mente y los recuerdos. Se comportará.
—¿Quién eres tú? —preguntó Kiriy Xorlarrin, incapaz de controlar una risita impotente.
—Un pícaro sin casa.
La suma sacerdotisa resopló y negó con la cabeza.
—Confío en que la Matrona Zeerith se sienta satisfecha con mi actuación —dijo él, haciendo una reverencia.
Kiriy permaneció laudablemente impasible.
—Si volvemos a necesitarte, te llamaremos —dijo ella, y se volvió para marcharse.
Jarlaxle se alegró de haber superado ese encuentro con tanta facilidad y de que los Xorlarrin estuvieran aparentemente de acuerdo con su decisión de no borrarle los recuerdos a Zaknafein.
Desde un punto de vista estrictamente personal, Jarlaxle no quería hacer eso; en el corto tiempo que habían pasado juntos, se había quedado muy intrigado por el campeón Simfray, o mejor, Do’Urden.
Pero mientras bajaba hacia el Braeryn, pensó más de una vez en la posibilidad de que haber permitido a Zaknafein conservar todos sus recuerdos no hubiera sido una falta de consideración hacia el propio Zaknafein.
Cuando entró en el Micónido Supurante, una taberna que se enorgullecía de tener solo las peores bebidas de toda la ciudad drow, y vio a Zaknafein sentado en su mesa de siempre, con la cabeza gacha y los hombros hundidos, esa inquietante idea se reforzó.
El mercenario hizo un gesto hacia la barra; como todos los patrones de todas las tabernas de la ciudad, allí lo conocían bien y sabían qué servirle, así que se unió al maestro de armas de la Casa Do’Urden.
—¿Exhausto de nuevo? —preguntó, acercando una silla a la mesa antes de que le invitara a hacerlo—. La Matrona Malicia te está matando, amigo mío.
Zaknafein alzó la mirada hacia el mercenario.
—Yo no soy tu amigo.
Jarlaxle hizo otro gesto hacia el bar.
—¿Y por qué ibas a decir una cosa así? —preguntó—. De verdad, me has herido.
—Lo estarías si pudiera librarme del castigo.
Zaknafein se acercó el vaso a los labios y miró a Jarlaxle por encima del borde. Pero el mercenario vio algo más en ese ceño, algo menos amenazador.
—Entonces, ¿es malestar o agotamiento? —le preguntó Jarlaxle, con un guiño astuto.
—Pareces muy interesado —contestó Zaknafein—. ¿Por qué no vas y pruebas los dones de Malicia tú mismo, si no lo has hecho ya?
—¿Eso te molestaría?
El bufido de Zaknafein era sincero y el mercenario lo sabía.
—Al menos, ¿no es agradable? —insistió Jarlaxle.
Zaknafein se encogió de hombros.
—Su habilidad es innegable, y pocas practican con más diligencia —el guerrero no pudo reprimir una sonrisita, una grieta en el mal humor con el que se protegía. Jarlaxle se rio a carcajadas.
—Entonces, ¿qué es, amigo mío? —preguntó Jarlaxle—.
Estás en una casa superior a la Simfray, de lejos, y una en la que se fijan las otras casas.
Tu propia estrella se alzará junto con la Casa Do’Urden.
La Matrona Malicia es lo suficiente ambiciosa para poder asegurar que habrá batallas en un futuro cercano; te ha llevado a su casa por tu espada, y tu…
daga —lo dijo subiendo y bajando las cejas, lo que hizo que Zaknafein pusiera los ojos en blanco—.
Para luchar y procrear. Así que ¿a qué viene ese malestar?
¿Por qué está Zaknafein fuera de la Casa Do’Urden esta noche, rondando por las Calleshediondas, bebiendo una cerveza y un vino muy inferiores a los que hay en el armario de la Matrona Malicia?
—Has pedido que nos encontráramos aquí —le recordó Zaknafein, con sequedad—. Como siempre.
—Cierto, cierto. Pero ¿por qué has venido? No me debes nada, y niegas que seamos amigos.
—Pagas por las bebidas.
—Ah, pero como ya hemos mencionado, tienes mejor bebida en la Casa Do’Urden, y estoy seguro de que la Matrona Malicia te permite beber toda la que quieras mientras no te deje inconsciente e incapaz de complacerla.
—Y Malicia me convierte en un estandarte de la Casa Do’Urden —soltó Zaknafein, y Jarlaxle tuvo, entonces, sus repuestas.
Se fijó en que era la segunda vez que Zaknafein se refería a Malicia sin usar su título; una ofensa que podía ser penada con la muerte en Menzoberranzan, donde las matronas eran supremas, incluso sacrosantas.
Zaknafein estaba aburrido, a pesar de la excitación que se le podía ofrecer en el lecho de la Matrona Malicia.
Era un «estandarte», sin duda, que salía por los balcones de la Casa Do’Urden para lucir como la poderosa nueva adquisición de la Matrona Malicia y para recordar a las otras casas, tanto a las ambiciosas familias menores como a las temerosas familias iguales y a las eficientemente despiadadas casas superiores, que el coste de atacar a la Casa Do’Urden podía ser muy alto.
Pero Zaknafein no tenía ningún interés en proteger la Casa Do’Urden (igual que Jarlaxle sabía que no había tenido ningún interés en proteger la Casa Simfray), más allá de la pura supervivencia.
No sentía ninguna lealtad hacia la Matrona Malicia, o hacia nadie, y la falta de un objetivo y de excitación estaban minando su sensibilidad.
Que se lo hubieran llevado a una casa más estable, donde las batallas con las otras casas no eran tan corrientes como lo eran entre la mayoría de las casas menores como Simfray, no era, en opinión de Zaknafein, algo positivo.
Jarlaxle sonrió mientras estudiaba al guerrero, recordando la mirada en su rostro en la batalla de la Casa Simfray. Esa versión de Zaknafein nunca mostraría un ceño y unos morros como los que mostraba esta noche.
El camarero llevó las bebidas que Jarlaxle había pedido y Zaknafein fue a coger la suya, pero Jarlaxle lo agarró por el antebrazo y lo retuvo.
—No más por ahora —dijo.
Zaknafein lo miró con curiosidad.
En cuanto el camarero se hubo alejado, Jarlaxle comenzó su explicación.
—He encontrado un punto débil en las defensas de una casa notoria, Barrison Del’Armgo. Si somos listos, podemos entrar, y hay tesoros que conseguir, unos que despertarían un gran deseo en un guerrero como tú.
—¿Quieres que vaya a robar contigo? —le preguntó Zaknafein, incrédulo.
—Hay recompensas potenciales.
—Y costes potenciales.
—No me pareces alguien cargado de temor.
Eso hizo pensar a Zaknafein.
—Pero ¿por qué? —preguntó.
—Por la misma razón que tú has venido aquí —respondió Jarlaxle—. Para mantenerte en el límite del desastre. Para mantenerte vivo.
—¿Barrison Del’Armgo? —preguntó Zaknafein, después de callar un momento—. He oído hablar de esa casa.
—Quizá, si tenemos suerte, nos encontremos con el maestro de armas Uthegentel cuando estemos allí —repuso Jarlaxle, sonriendo— Entonces, podré saber si Zaknafein es tan poderoso como insinúan los susurros.
Jarlaxle sabía lo que estaba haciendo y esas palabras pronto provocaron que la pareja saliera del Micónido Supurante uno al lado del otro, con Zaknafein de mejor humor. Caminaba con un propósito y ganas, con las manos yéndosele a las empuñaduras de las buenas espadas envainadas en la cadera.
Pero Jarlaxle sabía que no las necesitaría. No esa noche. Porque había pagado generosamente por esa excursión.
Aun así, Zaknafein no se sintió decepcionado cuando el plan de Jarlaxle demostró ser perfecto, quizá hasta demasiado perfecto, y la pareja se coló en el complejo de Barrison Del’Armgo y llegó hasta una pequeña estalagmita que contenía una armería secundaria.
No sonó ninguna alarma, ningún guardia fue a por ellos. En poco rato, la pareja ya había vuelto a salir sin que nadie los hubiera detectado, por lo que Zaknafein pudo percibir. No iban cargados de botín, pues solo habían cogido dos objetos, dos espadas, y habían dejado otras dos atrás.
Cualquier decepción ante la falta de enfrentamiento armado que Zaknafein pudiera haber sentido estaba mitigada, sin duda, por el hecho de que ahora unas espadas mejores que las que había dejado atrás le colgaban de las caderas.