Intemporal (Generations 1) 5. Regateos con bienes regateados #3
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5. Regateos con bienes regateados #3

—Matrona Hauzz, tu hijo te verá ahora —susurró en el oído de la centinela Tr’arach.

La mujer lo miró con cara de odio, y miró más allá a sus dos compañeros muertos, ambos asesinados con tal rapidez que ella ni siquiera había sabido que había un intruso hasta que fue la última en quedar en pie, con un cuchillo presionándole el cuello.

—¡Matrona Hauzz! —gritó la centinela, y llamó a la pesada puerta de la sala del trono—. ¡Tu hijo te verá ahora!

Oyeron el grito dentro, de alegría, al parecer, y luego los candados abriéndose y la barras corriéndose, junto con algunos cánticos susurrados para dispersar las muchas salvaguardas que se habían colocado sobre ese tan importante portal.

El intruso lo oyó y meneó la cabeza, asombrado de lo bien que esa extraña criatura Jarlaxle lo había planeado todo.

Normalmente, ninguna matrona en medio de un conflicto hubiera abierto la puerta sin visionar mágicamente el corredor, pero Jarlaxle le había asegurado que estarían esperando a Devon y, por eso, la entrada se aceleraría.

Dejó lentamente a la tercera centinela en el suelo, ya bien muerta después de empalarla con su espada, y se preparó para correr. En cuanto la gran puerta se movió, él la empujó con el hombro, apartando a la joven sacerdotisa drow que había girado el pomo.

Cayó sobre ella al instante, golpeándola con una descarga de golpes con la parte plana de las espadas gemelas, un ataque que parecía mucho más violento de lo que lo era en realidad, aunque seguramente le hubiera gustado infligirle heridas mortales simplemente por su posición.

La joven sacerdotisa se desplomó sobre el suelo.

—¿Quién eres? —preguntó la Matrona Hauzz desde la otra punta del salón, con el flagelo de cabezas de serpiente en una mano y una varita mágica en la otra.

—Lo sabes —dijo él, avanzando hacia ella.

—¿Quién? —repitió ella.

—Soy Zaknafein, naturalmente.

—Y estás muerto.

Le lanzó un rayo con la varita, pero él ya estaba fuera de su camino. Intentó golpearle con el flagelo, pero las espadas de Zaknafein fueron demasiado rápidas, y una cabeza de serpiente cayó al suelo.

Él se detuvo y empezó a dar toda la vuelta, moviéndose cerca de ella con una furia cegadora, blandiendo las espadas en una danza continua; con cada golpe alcanzaba las salvaguardas personales de Hauzz y enviaba una lluvia de chispas mágicas al aire.

Ella creyó que él estaba cegado por su propio frenesí; pero no era así, porque aunque sus movimientos parecían demasiado furiosos, incluso aleatorios, seguían siendo coordinados y él mantenía un perfecto control.

Las cabezas de las otras dos serpientes no tardaron en seguir a la primera hacia el suelo. Antes de eso, ninguno de los golpes de la matrona había logrado alcanzarlo.

Ella trató de retroceder, pero él era demasiado rápido.

Ella trató de invocar su magia divina, pero el asalto incansable de él había agotado sus defensas mágicas, y sus vestiduras, a pesar de su poder defensivo, no iban a poder salvarla.

Él la alcanzó una vez, dos, una docena de veces, y las líneas rojas de sangre fueron apareciendo en ella.

De algún modo, él se había situado detrás de ella, pero ella no lo supo, excepto quizá en su último aliento de vida, en la última imagen que captaron sus ojos, y se registró en su cerebro agonizante mientras su cabeza rodaba por el suelo.

—Ya está —dijo la sacerdotisa Dab’nay, poniéndose en pie al fondo de salón. Se miró el gran morado que tenía en el antebrazo—. ¿Tenías que golpearme con tanta fuerza?

—Si fuera por mí, estarías muerta —respondió Zaknafein.

Ella se apartó cautelosa.

—Jarlaxle me dio su palabra —le recordó.

Zaknafein limpió las ensangrentadas espadas con las vestiduras de la Matrona Hauzz y, luego, las enfundó.

—Regresa a Arach-Tinilith a toda prisa y recoge tus cosas —le indicó—. Luego, ve a la Grieta de la Garra, frente a la torre sur de la Casa Oblodra.

La joven sacerdotisa lo miró boquiabierta.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Jarlaxle —contestó Zaknafein.

—No, no puede ser. Debo quedarme aquí, como la Matrona Dab’nay de la Casa Tr’arach.

—Las cosas han cambiado, mi señora —le informó Zaknafein—. Ya no hay Casa Tr’arach.

—¿Y si me niego?

Zaknafein sonrió malicioso, miró hacia abajo y dio una patada a la cabeza cortada de la Matrona Hauzz, que rodó por el suelo hacia Dab’nay.

—En ese caso —contestó, sonriendo aún más—, no habrá sombra lo suficientemente oscura para ocultarte.

Cruzó el salón y se acercó mucho a ella.

—Pero no temas, porque Jarlaxle cree que eres impresionante y Bregan D’aerthe necesita sacerdotisas.

El ceño de Dab’nay no se hizo menos profundo.

—Si no deseabas tal destino, quizá deberías haber convencido a tu estúpida madre de que no atacara a mi familia —contestó Zaknafein a esa mirada, y, cuando lo hizo personal, el rostro de Dab’nay Tr’arach palideció completamente.

Luego, él la dejó y abandonó las ruinas de la Casa Tr’arach. Jarlaxle le había concedido su deseo: matar a la Matrona Hauzz, y, por tanto, Dab’nay no era la única que tenía que aceptar una vida nueva ese día tan azaroso.