Intemporal (Generations 1) 5. Regateos con bienes regateados #2
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5. Regateos con bienes regateados #2

—A mí no me importa en absoluto —le aseguró Jarlaxle.

Se quedaron mirándose fijamente durante un buen rato, y Zaknafein creyó que Jarlaxle mentía sobre lo de que no le importaba el resultado. Sin embargo, de un modo u otro, lo que quedaba claro era que lo iba a entregar a la Casa Do’Urden.

—Mi pago está asegurado —informó Jarlaxle—. Todo lo que tengo que hacer es dejarte, vivo, en la puerta de la Matrona Malicia. Lo que pase después de eso no es de mi incumbencia.

—Si acepto —repitió de todas formas Zaknafein, obstinado—, te pediré un solo favor.

El severo rostro de Jarlaxle se fue suavizando lentamente.

—Lo haré si puedo, pero solo a cambio de que me asegures que no me matarás si algún día me acuesto con tu futura esposa.

Zaknafein suspiró e, impotente, negó con la cabeza.

—¡Te he pagado bien! —gritó la Matrona Hauzz a su cuenco adivinatorio, hacia el rostro satisfecho de Horrodissomoth Xorlarrin, que se hallaba al otro lado de su comunicación mágica.

—Y la puerta de Simfray fue destruida, como acordamos —replicó el mago.

—¡Observaste cómo mis fuerzas eran masacradas en el campo de batalla! ¡Viste cómo asesinaban a mi hija!

—No esperarías que la Casa Xorlarrin participara de la lucha en una guerra que no tuvo lugar.

Su extraña frase le sirvió a la Matrona Hauzz como frío recordatorio de que no debía hablarse de las guerras entre casas.

No habían ocurrido si no se hablaba de ellas, pero, en cuanto alguien lo hacía, en cuanto la verdad de un ataque se extendía y se hablaba tan abiertamente que el consejo regente no podía ignorarlo, la casa agresora sin duda era castigada.

O, dicho de un modo más preciso, con toda seguridad era borrada del mapa.

—No, claro —contestó una abatida Matrona Hauzz.

—Retiraos tú y tu gente, y tomaros un tiempo para reevaluar —aconsejó Horrodissomoth—. La Matrona Simfray y todas sus sacerdotisas están muertas. Tus pérdidas han sido grandes, pero la Casa Tr’arach todavía puede recuperarse, y hacedlo sin vuestra principal rival.

—Mis hijos… —comenzó ella a decir.

—Aún te queda Dab’nay, que lo está haciendo bien en Arach-Tinilith. Y, anímate, porque Duvon no está muerto.

—¿Qué es lo que sabes?

—No tardará en regresar contigo —contestó Horrodissomoth, y agitó la mano para cortar la comunicación, con lo que el agua del cuenco adivinatorio de la Matrona Hauzz se volvió oscura.

La matrona drow apoyó las manos en el borde de ese cuenco y dejó escapar un gran suspiro.

No había ganado, eso estaba claro. Más de la mitad de sus cincuenta soldados, sus tres sacerdotisas más poderosas, incluida Daungelina, la única suma sacerdotisa de la casa aparte de la propia Hauzz, y dos débiles magos que llamaban a Tr’arach su casa estaban muertos o desaparecidos.

La Casa Simfray aún estaba peor, sí, pero no tanto como para considerar eso una victoria.

—Es cierto —dijo Dab’nay a su espalda—. Me va bien en Arach-Tinilith. Me convertiré en una suma sacerdotisa, matrona, para servir adecuadamente a la Casa Tr’arach como primera sacerdotisa.

La matrona consiguió asentir sin mucho ánimo, pero no miró a su hija menor, que aún era muy niña, de apenas cuarenta años.

Dab’nay había entrado en la Academia muy joven y ya había pasado más de cinco años allí.

Había estado tan dedicada a sus estudios que la Matrona Hauzz no la había visto mucho durante ese lustro.

Por eso, se había sorprendido al descubrir que había regresado a la casa ese mismo día.

En ese momento, claro, parecía una afortunada coincidencia.

—He oído los mismos susurros que Horrodissomoth Xorlarrin, matrona —continuó Dab’nay—.

Mi hermano Duvon vive, pero no se puede decir lo mismo de ninguna de las sacerdotisas de la Casa Simfray.

Y a su tan aclamado maestro de armas no se lo encuentra por ninguna parte.

Algunos dicen que lo enviaron volando a través de una grieta al Plano Astral, sin ligaduras, y, si eso es cierto, bueno, entonces, ya no está más.

—No es un gran consuelo —masculló la desgraciada Hauzz.

—¡Sí que lo es, matrona! —replicó una sonriente Dab’nay—. Si Zaknafein Simfray no vuelve a aparecer, entonces, haremos saber que fue Duvon quien lo mató. Nadie podrá negarlo. Y eso no es una ganancia menor para la Casa Tr’arach.

Quizá así fuera, se atrevió a pensar la Matrona Hauzz. Quizá la Casa Tr’arach pudiera recuperarse con facilidad. Si consiguieran llevar la reputación de Duvon a grandes alturas, la Matrona Hauzz podría tentar a soldados hacia su casa. Esta vez sí que se giró para mirar a su hija, asintiendo.

—Quizá —susurró—. Quizá.

Duvon sí que estaba vivo, y, de hecho, se estaba acercando a la puerta principal de la Casa Tr’arach.

—¡Maestro de armas! —le saludaron los dos guardias—. ¡Buenas noticias! Nos temíamos…

—¡Calla! —le ordenó el joven noble, con un humor arisco y derrotado, aunque sus heridas se habían curado totalmente gracias a conjuros mágicos y ungüentos—. Temíais que la Casa Tr’arach no sobreviviría, y con razón.

—Pero la Matrona Simfray está muerta —dijo uno—. Todas lo están.

Duvon se encogió de hombros, como si eso no tuviera importancia.

—Reunid a todos los guardias avanzados —ordenó—. Hablaré con todos vosotros ahora mismo, aquí, para ofreceros otro curso de acción y uno que podríais encontrar de lo más rentable.

Ambos lo miraron escépticos.

—¡Ahora! —ladró él, y los soldados salieron corriendo.

Duvon hizo un gesto hacia atrás, hacia el pequeño corredor de entrada y la calle más allá, y dos sombras se deslizaron hasta un lado de la puerta de entrada del complejo Tr’arach.

Poco después, los guardias regresaron, junto con varios centinelas más, que habían estado apostados en las salas de guardia avanzadas.

—Podéis ir a la Grieta de la Garra, si queréis —les dijo el joven noble—. Y preguntar al drow que espera allí si os podéis unir a sus filas. Algunos seréis aceptados. En cuanto al resto, solo os deseo lo mejor, allá donde vayáis.

—Tu matrona te está esperando —dijo uno de los guardias en un tono severo, mientras que los otros miraban fijamente al sorprendente joven.

Había atraído su atención. Ese había sido su cometido. Pensó que era poco probable que alguno aceptara su oferta. Pero no importaba.

Porque no habían notado que Arathis Hune había colocado el agujero portátil de Jarlaxle en la pared, junto a la puerta, y tampoco que una segunda sombra se había colado en la estructura, silenciosa como la muerte.