Intemporal (Generations 1) 5. Regateos con bienes regateados
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5. Regateos con bienes regateados

R EGATEOS CON BIENES REGATEADOS

La vacía cámara oscura se abrió de repente y un claramente sorprendido Zaknafein cayó de ella y descendió unos cuatro metros para aterrizar sobre un montón de mantas apiladas.

Al menos, volvía a estar en el Plano Material Primario de existencia, aunque ahora en un pozo, iluminado por líquenes, en una profunda cueva.

Rodó para liberase de la manta que le había parado la caída y miró hacia arriba, a sus captores, que lo observaban desde lo alto.

—Me disculpo por el insulto de dejarte caer de un modo tan brusco —dijo Jarlaxle—. Pero aún tienes tus armas, y te he visto usarlas muy eficientemente. Comprenderás mi cautela, estoy seguro.

—¿No me había ganado tu confianza en tu agujero negro? —gritó Zaknafein.

Jarlaxle sonrió, apreciando el sarcasmo, un arte que parecía perdido entre su raza, inteligente en todo lo demás.

A menudo pensaba que quizá fuera porque todo lo que tenía que ver con lady Lloth era demasiado serio.

Una palabra descuidada o una broma malinterpretada podía hacer que te mataran. O algo peor.

—Confío en que te hayas podido sacar toda la pasta de la nariz —dijo el mercenario como respuesta—. Esa es toda la confianza que te ofrezco en ese momento de nuestra inevitablemente larga y amistosa relación.

—Tu confianza es estimulante —repuso el maestro de armas capturado.

—Porque siempre está respaldada por la inteligencia.

En el agujero, Zaknafein rio por lo bajo.

—Bien dicho, renegado.

—Si no te importara poner tus armas, todas, en la cesta que tienes al lado, te sacaríamos de ahí —explicó Jarlaxle—. Aquí no eres un prisionero, pero no voy a permitir que andes por ahí con un látigo y una espada, o con esas dagas que llevas escondidas. Debo proteger a mis socios, ¿sabes?

—A ti, quieres decir —le llegó la respuesta desde el pozo—. Tú y yo tenemos asuntos pendientes.

—Cierra nuestro libro de cuentas, Zaknafein. Comprende que lo que he hecho te ha salvado la vida…

—¿Y quién te ha dicho que yo quisiera eso?

La rabia que bullía fruto de esa respuesta, que claramente no tenía que ver con ese incidente en concreto, sino en general con la furia contenida, pilló a Jarlaxle por sorpresa.

—Bueno, en cualquier caso, tú no eras quién para elegir —respondió Jarlaxle—. No entonces. Y quizá encontrarás una vida más agradable ahora que te has librado de la Casa Simfray y, lo más importante, de la Matrona Divina.

El guerrero en el pozo lo miró mal, por lo que Jarlaxle se encogió de hombros.

—Tus armas y sales libre. O, si no, quédate ahí hasta que el hambre te haga razonar.

El mercenario hizo un gesto de cabeza a sus sicarios y, luego, comenzó a alejarse; sonrió ligeramente un par de pasos después cuando en el pozo, a sus espaldas, oyó el resonar de una espada contra el suelo.

Una fina cascada de agua caía por la pared y desaparecía por una abertura cortada en la base. Los líquenes brillaban en los muros a ambos lados de la cascada, pero no detrás, y esa extraña iluminación trasformaba la cortina de agua en un espejo.

Se hallaban en una cueva natural, pero los accesorios la hacían parecer todo lo contrario.

Además de la extraña cascada, la cámara contaba con elegantes librerías esculpidas en gigantescos tallos de setas, en las que varios estantes sujetaban algunas estatuillas maravillosas de diferentes monstruos, mientras que otros estaban cargados de libros, más libros de los que Zaknafein había visto desde su época en la academia, cuando había visitado Sorcere, la escuela de magos.

Sillas de piedra blanca con gruesos cojines de color púrpura enmarcaban una chimenea decorada, cubierta de espadas y otras fabulosas aunque ineficaces armas ornamentales.

Llamas naranjas y rojas bailoteaban entre una pila de cristales en la gran chimenea, pero no era un fuego auténtico, porque no irradiaba calor alguno en la cámara, donde no se necesitaba.

Era un fuego feérico, como el que recortaba varias estructuras de la ciudad, creado solo para dar ambiente.

Y Zaknafein tuvo que admitir que ese efecto le parecía increíblemente alegre y encantador, quizá demasiado.

Se propuso recordar eso, y mantuvo la guardia en alto.

—Relájate —le dijo Jarlaxle, como si le leyera el pensamiento. El mercenario le indicó una mesa a un lado de la sala, llena de buena comida y botellas de vino—. Debes de estar hambriento, así que, por favor, come todo lo que quieras.

Zaknafein lo miró con suspicacia.

—Oh, ¿ahora temes que vaya a envenenarte? —preguntó Jarlaxle, fingiendo que le había herido los sentimientos—. ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos?

El guerrero no apartaba la mirada de Jarlaxle mientras se dirigía hacia la mesa. Apenas había comenzado a comer cuando oyó al mercenario decirle algo a otro drow, un mago, a juzgar por su túnica, que inmediatamente comenzó a lanzar un conjuro.

Zaknafein siguió la mirada del mago hasta la cascada, que pareció reverberar como con una luz interna y luego formó, en su plano flujo, la imagen, perfectamente clara, de una mujer drow que, a juzgar por su atuendo, tenía una gran posición. Una suma sacerdotisa, o quizá incluso una matrona.

—Es atractiva, ¿verdad? —preguntó Jarlaxle.

Zaknafein se encogió de hombros, sin decir nada.

—Atractiva, inteligente y muy hábil en el arte de hacer el amor —explicó Jarlaxle.

—Y tú eres su consorte —aventuró Zaknafein, actuando como si no le impresionara.

Jarlaxle lo sorprendió con una carcajada.

—Nunca he estado con ella, de ningún modo. Quizá lo haga algún día.

—En su lecho, sin duda.

Jarlaxle tragó aire.

—No lo sé —dijo dudoso—. Conozco a su futuro esposo y es un drow de formidables habilidades marciales, tan formidable que no tengo ningún deseo de luchar contra él.

—¿Es para eso que estoy aquí? —preguntó Zaknafein, muy serio—. ¿Para matarlo?

El mago junto a Jarlaxle se echó a reír.

—El suicidio no está bien visto —contestó Jarlaxle, y el ceño de Zaknafein se convirtió en una mueca de furia cuando resolvió el acertijo.

—Matrona Malicia Do’Urden —explicó Jarlaxle, señalando a la mujer que se veía en la cascada—. Gracias a su astucia, su casa está subiendo sin parar.

—He oído hablar de la Casa Do’Urden —admitió Zaknafein.

—Y ellos de ti —indicó Jarlaxle—. La Matrona Malicia ha pagado muy bien a una poderosa casa para asegurarse de que sobrevivieras a la guerra, aunque la Casa Simfray no lo hiciera. Te desea, abiertamente, como maestro de armas de la Casa Do’Urden y, privadamente, como consorte.

Zaknafein sabía que se notaba que quería matar a Jarlaxle en ese mismo momento, y no intentó disimularlo.

Pero el mercenario simplemente se burló de él, como si su actitud fuera ridícula.

—Hay destinos peores, amigo mío.

—Yo no soy tu amigo.

—Eso ya lo hemos tratado. Ya lo serás —repuso Jarlaxle—. Y anímate, porque acabas de conseguir más poder del que podrías haber imaginado. Prosperarás en la Casa Do’Urden, y la Casa Do’Urden prosperará contigo.

—De modos que poco me importan.

—No seas tan obtuso. Para empezar, te gusta la aventura y la batalla. Eso lo sé.

—Algunas batallas —admitió él.

—Bien, la Casa Do’Urden librará muchas batallas en las décadas venideras —le aseguró Jarlaxle—. La ambición de la Matrona Malicia durante la guerra solo es superada por su ambición durante el sexo. Podrás experimentar los dos. Pocas veces tengo celos, pero…

—Cierra el pico.

—Como quieras. Pero deberías entender…

—Aún estás hablando.

Jarlaxle se calló, se reclinó en la silla y dejó que Zaknafein mirara fijamente la imagen de la cascada un buen rato para que llegara a aceptar el repentino cambio de circunstancias.

—Debo entregarte a ella —le indicó Jarlaxle, después de esa larga pausa.

—¿Y si me niego?

—No puedes negarte. Es así de simple. Se te entregará a la Matrona Malicia y la Casa Do’Urden para tener una nueva vida.

—O mataré a cada uno de ellos.

—En eso, puedes elegir, aunque no veo que Zaknafein gane nada en ese caso…

Zaknafein los miró muy mal.

—La Matrona Malicia no ha tenido nada que ver con la caída de la Casa Simfray —le aseguró Jarlaxle—. Todo el mundo sabía que la Casa Tr’arach iría contra vosotros, y ella simplemente quería asegurarse de que el elemento más valioso de la Casa Simfray fuera preservado y dedicado a un buen uso.

—¿Y ahora debo ser su juguete?

—O ella el tuyo —respondió Jarlaxle—. Todo es cuestión de percepción, ¿no?

Tendrás un lecho caliente, muy caliente, si es que los rumores llegaran a ser remotamente ciertos; tendrás mejor comida de la que nunca has tenido, las mejores armas y armaduras que hayas imaginado, y una corte de poderosos drow mayor de lo que jamás hayas pensado.

Sin duda, la Casa Do’Urden demostrará ser un hogar más digno de Zaknafein de lo que la Casa Simfray hubiera podido ser.

—Ten cuidado con lo que dices.

Jarlaxle se rio de él.

—Oh, no finjas que darías ni una simple espada por la Matrona Divina ni por los otros a los que antes llamabas familia.

¿No hemos hablado ya de esto en nuestro tiempo de intimidad juntos?

¿Crees que eres el único refugiado de la Casa Simfray que he aceptado en mi casa?

He extraído a una veintena de tus colegas, Zaknafein, y ahora sirven a Bregan D’aerthe, y voluntariamente.

Lo sé todo sobre ti y sé cuánto odiabas a Divine y a las otras sacerdotisas de esa miserable casa.

Así que ahora vas a ascender de posición, a una que te ofrecerá oportunidades más adecuadas para alguien de tu extraordinaria habilidad.

»Así que, por favor, deja de esconderte detrás de ese ceño. No hace falta que me des las gracias ahora, pero algún día lo harás.

Sus palabras tan directas sorprendieron a Zaknafein y lo removieron por dentro. Durante muchos años se había escondido con éxito detrás de una mala cara, pero de repente le pareció ridícula ante la verdad de las palabras de ese extraño mercenario.

—Si acepto…

—No puedes no aceptar —le recordó Jarlaxle.

Zaknafein se detuvo a considerar la verdad de todo eso.

—Mejor para ti si acepto—dijo.