4. Atando la telaraña #2
—Les contaré tu desafortunado destino —replicó Zaknafein, y pronunció la orden, esperando ser teletransportado lejos de la prisión extradimensional.
En vez de eso, recibió un puñado de pasta pegajosa en la cara con tal fuerza que rodó contra la pared, o el suelo, o el techo, o lo que fuera que tuviera justo detrás, y ahí se quedó enganchado.
—He intentado advertirte —fue toda la disculpa que le ofreció Jarlaxle. Sacudió la cabeza, se pasó la mano por el arreglado copete de pelo blanco, se compuso y, luego, se acercó y le sacó la varita de la mano al agitado cautivo.
—Volveremos a hablar muy pronto —dijo Jarlaxle, ayudando a Zaknafein a sacarse suficiente pasta de la boca para poder respirar. Esta no duraría para siempre, pero era más que suficiente para asfixiar a una víctima si se la dejaba sola.
Hecho eso, Jarlaxle localizó el borde de su agujero portátil y lo abrió lo suficiente como para arrastrarse fuera, al campo de batalla ya en silencio; se sintió muy aliviado al ver que su espacio extra dimensional seguía ahí.
Los agujeros portátiles eran artículos muy útiles, sin duda, pero podían resultar complicados y a menudo impredecibles.
Cerrar uno por completo estando dentro, como había hecho Jarlaxle, podía provocar una catástrofe.
De vuelta al exterior, el riesgo desaparecía, así que Jarlaxle cerró su juguete una vez más y lo recogió; volvía a ser solo un trozo de tela negra sin nada especial. Se lo metió, con su contenido, en el bolsillo.
El puente sobre él, el campo alrededor de él y la torre tras él estaban llenos de muertos, varones y hembras, Tr’arach y Simfray.
Pero no había heridos, ni siquiera Duvon Tr’arach, así que supuso que Arathis Hune habría completado su tarea y que sus otros secuaces habían comenzado con eficiencia la extracción de los potenciales reclutas.
Su suposición se transformó en certeza cuando se dirigió al punto donde se había enfrentado, y luego enganchado, a los dos soldados Tr’arach con su varita.
Allí se encontraba su «cinturón», colocado sobre el suelo, con la forma de la letra j , junto con su bolsa caída, cuyo contenido le hubiera parecido común y corriente a cualquiera que no conociera las órdenes para abrir sus bolsillos extradimensionales.
Jarlaxle suspiró aliviado cuando la recogió, pensando que se le habría caído accidentalmente durante la pelea cuando se había quitado su cinturón de serpientes vivas.
Se le ocurrió pensar que, si hubiera llevado esa bolsa al caer en el agujero extradimensional, las magias en conflicto podrían haber causado serias fisuras en las barreras entre los planos.
Incluso Jarlaxle, que vivía para la aventura, no creía que eso hubiera sido nada bueno.
—Jarlaxle lo tiene —informó Arathis Hune a la Matrona Zeerith Xorlarrin.
El asesino vio que la matrona se sorprendía, aunque no tanto como el mago de la casa, Horrodissomoth, que se hallaba a su lado.
—¿Y dónde está Jarlaxle? —preguntó la Matrona Zeerith.
—Seguro y a la espera de tus instrucciones.
—¿En la Grieta de la Garra? —quiso saber ella, refiriéndose a un abismo grande y profundo que atravesaba la enorme caverna en la Infraoscuridad que albergaba la ciudad el Menzoberranzan.
De la Grieta de la Garra, infinitamente profunda y llena de esclavos kobold, se rumoreaba, entre los que se habían fijado en la banda hasta el momento, que también era la base de la banda secreta Bregan D’aerthe de Jarlaxle.
—Está seguro.
—¿Está siquiera en el Plano Material? —intervino Horrodissomoth, lo que provocó que la Matrona Zeerith frunciera el ceño.
Arathis Hune arqueó una ceja blanca mirando al mago.
—¿Y dónde más iba a estar?
—¿Acaso se sabe nunca con Jarlaxle? —repuso la Matrona Zeerith.
Arathis Hune se encogió de hombros.
—Mi mago está convencido de que Jarlaxle ha errado fatalmente al llevarse una bolsa extradimensional a un agujero extradimensional.
El asesino rio en alto.
—Jarlaxle nunca sería tan descuidado.
—Yo lo vi —insistió Horrodissomoth.
De nuevo, el asesino se encogió de hombros.
—No sé nada de eso. Solo sé que acabo de dejar a Jarlaxle y que tiene al campeón Simfray a su lado…, más o menos.
Ahora era la madre Zeerith quien arqueaba la ceja.
—Lo tenemos y está ileso —le aseguró Arathis Hune.
—¿Y su lealtad a la Casa Simfray?
—No hay ninguna Casa Simfray —aseguró el asesino.
De nuevo, Zeerith parecía un poco confusa.
—Los atacantes Tr’arach fueron rechazados, con nobles muertos.
—Gracias a los esfuerzos de Zaknafein, sí —respondió el asesino—. Pero la Matrona Divina está muerta, igual que todas sus hijas y parientes. No hay Casa Simfray.
—Entonces, ¿ganó la Casa Tr’arach?
Esta vez, Arathis Hune se encogió de hombros y rio.
—Pocos de su fuerza regresaron a su hogar. Muchos, incluidas todas las sacerdotisas que fueron a la Casa Simfray, murieron. Otros han tomado un camino diferente.
—Un cami… —la Matrona Zeerith se calló—. ¿Los ha cogido Jarlaxle? O, mejor dicho, ¿los cogiste tú para vuestra pequeña banda de pendencieros?
—No puedo hablar de eso.
—Acabas de hacerlo.
Ella sabía, claro, que Arathis Hune la entendía, y también sabía que él había querido que ella lo supiera.
Él no había estado de acuerdo con la decisión de Jarlaxle de emplear ese momento para incrementar la visibilidad de Bregan D’aerthe, pero después de la guerra Tr’arach-Simfray la banda había absorbido cerca de ochenta guerreros, un par de magos y una sacerdotisa; una captura extraordinaria, dependiendo de cuántos sobrevivieran a sus heridas.
Pero incluso así seguían siendo una banda incipiente y, evidentemente, tampoco podían estar seguros de la lealtad de los recién llegados.
Pero, claro, Arathis Hune sabía que él no sabía lo que Jarlaxle sabía.
Había otras influencias entre bastidores que probablemente tuvieran que ver con la primera Casa Baenre, guiando las decisiones de Jarlaxle, y Arathis Hune había estado junto a él el tiempo suficiente para confiar en el juicio de ese extraño tipo.
—¿Quieres que te entreguemos el premio a ti o la Matrona Malicia Do’Urden? —preguntó el asesino, cambiando de tema.
—Nuestra participación en esto nunca se debe mencionar. Llevárselo a la Matrona Malicia.
Arathis Hune hizo una reverencia y se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo para hacer una última pregunta.
—¿La Casa Xorlarrin tiene algún vínculo con la Casa Tr’arach, más allá de que pagaran a vuestros magos para abrirle el camino hacia la Casa Simfray?
—¿Qué estás insinuando? —preguntó Horrodissomoth.
—Quiere saber si nos importa o no si la Matrona Hauzz cae —respondió la Matrona Zeerith al mago, y su tono le dio a entender a Arathis Hune que no les importaba. Este sonrió y de nuevo se volvió para marchase.
—Dile a Jarlaxle que deseo hablar con él cuando acabe con los asuntos del momento —le informó la Matrona Zeerith mientras el asesino salía, y este sonrió ante la apropiada elección del verbo.
Horrodissomoth resopló desdeñoso cuando el asesino hubo partido.
—Olvida tu rabia —le dijo la Matrona Zeerith.
—Son advenedizos sin casa —replicó el mago—. Esa es una combinación peligrosa y una que no debería ser tolerada en el orden de Menzoberranzan.
—¿Orden? —repitió Zeerith—. ¿Has visto alguna vez a una sirvienta de Lloth?
—Hay un orden necesario en el caos —replicó el mago, obstinado.
—Y la incipiente banda de Jarlaxle ahora ya es parte de ese orden.
Horrodissomoth resopló de nuevo.
—¿Acaso crees que existen sin el beneplácito de la Matrona Baenre? —repuso la Matrona Zeerith, riéndose de él.
Horrodissomoth estuvo a punto de responder, pero prefirió removerse en silencio.
—Estás pensando demasiado en todo esto —le reprendió la Matrona Zeerith—.
Ha sido una transacción menor hecha para nuestro beneficio.
Nos hemos enterado de un importante secreto sobre la posible relación entre Uthegentel Armgo y la Matrona Malicia.
La Matrona Baenre ha pedido a sus aliadas que vigilen de cerca a la Matrona Soulez Armgo y su familia.
Me recompensará por esa información. Y hoy, además, hemos iniciado una relación con una banda de mercenarios que puede acabar siéndonos de gran valor.
Finalmente, tenemos una buena relación con la Casa Do’Urden.
—¿Y por qué nos importa la Casa Do’Urden?
—Porque yo no la subestimo, sobre todo ahora que tendrá a Zaknafein Simfray entre sus filas, y, si fueras listo, tú harías lo mismo.
La Matrona Malicia es muy astuta, lo bastante leal y lo suficientemente sabia para permitir que su casa sea fácilmente manipulada por sus superiores.
Puede ser que un día se siente en el consejo regente, pero, incluso si eso no pasa, es muy posible que algún día, en el futuro, resulte ser una aliada útil de la Casa Xorlarrin.
O un complemento, lo que no siempre es malo.
Como mínimo, hemos equilibrado la lealtad de Malicia entre nosotros y la ascendente Casa Barrison Del’Armgo.
»Y, sea como sea, ya está hecho, y no requiere que pensemos o nos esforcemos más —le dijo a su mago—. Ahora es el momento de pensar en nuestras otras obligaciones. Observaremos desde lejos, mientras el juego continúa.
Horrodissomoth se inclinó para mostrar su aceptación, y esa fue la última vez que, durante las décadas venideras, alguien de importancia de la Casa Xorlarrin prestaría atención alguna a lo que ocurría en la casa menor llamada Do’Urden.
A posteriori, se demostraría que eso había sido una imprudencia.