Intemporal (Generations 1) 4. Atando la telaraña
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4. Atando la telaraña

A TANDO LA TELARAÑA

Jarlaxle entendió lo que había hecho: al tirar de los bordes del agujero hacia dentro, había creado un bolsillo extradimensional, un cubo de espacio extra, desligado del Plano Material de la existencia, desligado de todo excepto de sí mismo.

Aun así, estaba muy desorientado; no se debía tanto a que el cubo de espacio extra estuviera girando sino a que su centro de gravedad no parara de cambiar.

En un momento, él se hallaba sobre el suelo y, al siguiente, en una pared.

Le reconfortó pensar que el peligroso hombre con el que estaba encerrado seguramente estaba tan desconcertado como él; al menos, eso fue lo que creyó cuando oyó el tajo de una espada no lejos de su rosto y notó, luego, el restallar del látigo en su trasero mientras se revolvía en la absoluta oscuridad.

Y, entonces, se hizo la luz, una luz brillante, por voluntad de Jarlaxle, cuando tiró una bola de cerámica contra la pared, o el techo, o lo que fuera, y esta se rompió para dejar escapar un conjuro cegador.

Vio al campeón Simfray apartándose, alzando unos pliegues de su capa piwafwi para cubrirse los ojos.

—¡No soy quien tú crees que soy! —aseguró Jarlaxle.

—Creo que no eres nadie —le llegó la airada respuesta.

—Pues, no —replicó él, un poco herido. Pero se tragó su orgullo y añadió—: Puedo ayudarte, si me dejas.

—¡Traición! —fue la respuesta, y el campeón Simfray se abalanzó de golpe, con la espada por delante y el látigo en alto para darle a la cara a su adversario.

La buena fortuna estuvo con Jarlaxle, como solía ser el caso, cuando la orientación gravitatoria del espacio cambió de nuevo y los envió a él y a su oponente volando contra un lado.

El alivio solo duraría un instante, y Jarlaxle lo sabía, porque el campeón comenzó a corregir su posición (¡qué magníficos reflejos!) incluso antes de tocar el suelo.

—No soy Tr’arach —aseguró Jarlaxle—. He venido por ti.

—¡Pues me vas a tener! —exclamó el campeón, atacando con una estocada, un tajo y el látigo.

Veterano en la batalla, Jarlaxle ya tenía la espada en mano para desviar, bloquear y esquivar los ataques.

Pero ser un hábil guerrero y luchar contra ese brillante espadachín eran dos cosas diferentes, porque necesitaba toda su concentración para mantener a raya esas vertiginosas armas.

Aun así, tuvo el ánimo suficiente para intentar aclarar su posición.

—¡Solo quiero ayudarte!

El campeón atacó de nuevo, pero con menos entusiasmo, y esta vez Jarlaxle pudo evitar los ataques con facilidad.

—Una casa noble ha pagado bien —dijo, alejándose del alcance del campeón.

—¿Por mi cabeza?

Jarlaxle puso los ojos en blanco.

—¡Solo si sigue unida a tu cuerpo! Escúchame: estoy tratando de ayudarte. Nadie va a matarte.

—De eso estoy absolutamente seguro.

—Muy bien. Bravuconería. Sí, eres un guerrero asombroso. Nadie discute eso. Pero déjame que te pregunte: por toda tu habilidad con las armas, ¿puedes sacarnos de aquí?

El campeón se irguió y lo miró fijamente.

—Exacto. A nadie que tenga algo de rango le importa la Casa Simfray o la Casa Tr’arach —dijo Jarlaxle, sin pelos en la lengua—.

Y, en cualquier caso, ninguna durará mucho después de este día.

Casas menores idiotas que no pueden permitirse perder ni un solo drow en la batalla —meneó la cabeza con desagrado—.

¿Y por qué? ¿Para ganar qué? ¿Acaso la Matrona Hauzz Tr’arach cree que algún día se sentará en el consejo regente? Es absurdo, y tú lo sabes.

—Quizá deberías habérselo dicho a ella.

—¿Y tu propia Matrona Divina?

El campeón sorprendió a Jarlaxle cuando escupió en el suelo.

—¿Tu madre? —preguntó Jarlaxle, y el guerrero rio.

—¿Tu amante?

El guerreo rio aún más.

—Pero eres Simfray… —razonó Jarlaxle.

—Solo porque me han dado ese nombre —respondió el campeón—. Pero eso, como todo esto, poco importa.

Por suerte, Jarlaxle captó perfectamente las inflexiones en la voz del hombre, de modo que, cuando el campeón invocó su magia drow innata y produjo un globo de oscuridad absoluta, Jarlaxle no se sorprendió.

En esa oscuridad, en ese espacio cambiante, supuso acertadamente que el luchador no iba a tener buena suerte, y, por tanto, al igual que el campeón, Jarlaxle invocó sus propias habilidades mágicas y lanzó otro conjuro de levitación.

Flotó alzándose del suelo, que pasó a ser la pared, y se encontró con el campeón en medio del cubo negro, en un espacio de ninguna parte, y se enfrentó a él, estocada a estocada, tajo a tajo, en una violenta pelea.

Jarlaxle no podía creer cuántos golpes le llegaban desde la oscuridad; era como si el campeón estuviera blandiendo dos espadas y no solo una.

Tenía que permanecer muy cerca de él para que el látigo no fuera efectivo, así que blandió sus propias espadas en una serie de cruces y barridos para cubrir tantos ángulos defensivos como pudiera.

—¿Quién eres? —quiso saber el campeón Simfray.

Jarlaxle estuvo a punto de sonreír al notar la frustración en la voz del guerrero.

—Un simple renegado sin casa.

—¡Entrenado como un hijo noble!

—Autodidacta.

—¡Embustero! —y siguió con la feroz descarga. Jarlaxle tuvo que rodar para alejarse y lanzar otra bolita de luz mágica, que no era lo que quería hacer; esos globos encantados no eran nada baratos.

El campeón se echó hacia atrás un momento.

—¿Por qué insistes? —preguntó Jarlaxle.

—¡Has atacado a la Casa Simfray!

—¡Ya no hay Casa Simfray, imbécil!

—La sacerdotisa Tr’arach…

—Yace muerta, sí, lo sé —le cortó Jarlaxle—. Te vi matarla. Tengo que decir que parecía que te produjera un gran placer.

—Porque se lo merecía —afirmó el campeón.

—¿Y los varones Tr’arach no?

Eso pilló por sorpresa al campeón justo cuando flotaba contra la pared del fondo y parecía dispuesto a apoyarse en ella para renovar el encuentro. Pero no lo hizo, no inmediatamente.

Así que Jarlaxle aprovechó ese momento de respiro y siguió insistiendo.

—Podrías haber matado a una docena, incluyendo al noble hijo de la Matrona Hauzz, pero no lo has hecho —dijo—. Porque ellos eligieron no pelear, ¿correcto?

El campeón se lo quedó mirando.

—La Casa Simfray está muerta —reiteró Jarlaxle

—No puedes saberlo.

—Mi tarea es saber esas cosas. Pero si eso no te convence, que sepas que los magos que fueron contra vosotros eran Xorlarrin. Así que sí, amigo mío, puedo saberlo, a no ser que creas que Divina Simfray puede resistirse al poder de la Casa Xorlarrin.

Hubo un breve silencio.

—¿Quién te ha enviado aquí? —se oyó después.

—Los Xorlarrin.

El campeón gruñó.

—¡No para pelear! —explicó Jarlaxle rápidamente—. Solo para asegurarse de que no te mataran.

—Entonces, ¿para hacerme prisionero?

—¡No! —exclamó Jarlaxle inmediatamente, esperando que el campeón se lanzara sobre él—.

Se te presenta una gran oportunidad, una que te proporcionará comodidad y posición, dinero y equipo encantado, más allá de todo lo que puedas cargar.

Matronas poderosas tienen grandes deseos de contar con los servicios de Zaknafein Simfray —Jarlaxle calló un instante y, antes de que el campeón pudiera responder, añadió—: Quien solo desea matarlas, estoy seguro.

Eso hizo que el campeón se quedara pensando una vez más.

—Confía en mí, amigo…

—Yo no soy tu amigo.

—Pero deberías serlo, por el bien de los dos. Pero confía en mí, de todas maneras, aunque solo sea porque no tienes otra alternativa. Cuando digo que yo, más que muchos, lo comprendo, deberías creerme. No soy un renegado sin casa por elección, o debido a una guerra entre drow.

—Entonces, ¿cómo?

—Es una historia demasiado larga para contar aquí, aunque espero poder compartirla contigo disfrutando de un poco de vino feérico algún día pronto.

—Y… ¿qué vamos a hacer ahora?

—Marcharnos —respondió Jarlaxle—. El aire en este lugar no durará para siempre y no tengo ningunas ganas de ver cuál de nosotros cae primero.

—Y cuando nos marchemos, ¿qué querrá decir? ¿Dónde apareceremos?

—Justo donde entramos…, espero. Cuanto más esperemos, menos posibilidades habrá de eso.

—De vuelta a la lucha —dijo Zaknafein.

—La lucha ha acabado. Supongo que, en estos momentos, la Matrona Divina ya estará muerta y la Casa Tr’arach habrá huido.

Zaknafein lo miró mal, al parecer no demasiado complacido.

—Tu casa ya no existe, y eso es bueno —continuó Jarlaxle—. Al menos para ti. Quizá no tanto para la Matrona Divina y sus sacerdotisas. Y también será bueno para muchos de tus colegas, y para muchos varones de la Casa Tr’arach.

Jarlaxle vio un destello de intriga en el rostro del maestro de armas y supo que su instinto le había guiado bien. El campeón odiaba a las sacerdotisas de Lloth, odiaba el matriarcado de Menzoberranzan al completo y a la malvada Reina Demonio, que otorgaba a sus adoradoras el poder de imponerlo.

—Tengo agentes por toda la Casa Simfray, más allá del perímetro de la batalla, para recoger a varones supervivientes de ambos lados y proponerles que se unan a mi banda, si así lo desean —admitió Jarlaxle.

—¿Y quién eres tú?

—Soy Jarlaxle, y dirijo Bregan D’aerthe.

El campeón esbozó una expresión curiosa.

—¿Asesinos de alquiler? —preguntó, empleando una de las posibles traducciones del nombre drow.

—Mucho más que eso. Información a cambio de pago, sobre todo, y una banda de recolectores útiles para ofrecer bienes de valor…, ¡como tú!

—Nunca he oído hablar ni de ti ni de tu grupo.

—Bueno, pues ahora ya has oído de los dos.

—Y sigo sin estar impresionado.

—Dijo él, apoyado contra la pared de una prisión de la que no tiene escapatoria.

—Dijo él, preguntándose si debía matar o no al estúpido pretencioso que tiene delante.

—El estúpido pretencioso que puede salir de aquí —le corrigió Jarlaxle, y sacó una varita con la que se apuntó a sí mismo.

Pero el látigo de Zaknafein se la sacó de la mano, con un experto azote que envió la varita volando por el espacio hasta la mano de Zaknafein, que la esperaba; la volvió hacia sí y dejó que la orden le apareciera en el pensamiento.

—De verdad que no deberías… —comenzó a decir Jarlaxle.