Intemporal (Generations 1) 3. Nadie gana #2
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3. Nadie gana #2

—Encontrad un dedo, encontrad un cabello, encontrad lo que sea de él para que pueda rogarle a lady Lloth que lo resucite —ordenó la Matrona Divina con un grave gruñido, y siguió mirando a la sacerdotisa que se encontraba al otro lado.

Entonces, sí que se volvió hacia la más joven, solo un momento, lo suficiente para gritarle que se fuera, antes de mirar de nuevo a la otra y repetir su orden.

La joven sacerdotisa corrió hacia la puerta.

La otra simplemente cayó, sin siquiera parpadear al estrellarse contra el suelo.

La más joven derrapó hasta detenerse y se volvió para mirar con asombro, más aún cuando vio al asesino, agazapado bajo la mesa más sagrada de la Casa Simfray, un lugar donde no podía estar. No era posible…

Su mente no podía comprenderlo, porque no había visto la nube baja que se había colado por la puerta y había cruzado el suelo de piedra, igual que la niebla sobre la superficie de un lago otoñal.

Dudó de nuevo, moviendo la cabeza en una impotente negación.

Debería haber seguido corriendo.

Un disco rodante, como una bandeja, pensó, pero, crepitando de energía luminosa, fue hacia ella desde debajo de la mesa.

Alzó el brazo para bloquearlo, y lo hizo, pero el fino borde del disco se le hundió en la carne y los crepitantes arcos de punzantes rayos lo mantuvieron ahí, cortándole la carne y exigiendo su atención.

Y también exigió su atención, ¡demasiada!

, que Arathis Hune fuera corriendo detrás, desde debajo de la mesa.

Normalmente, este luchaba con una espada corta y una daga, pero en ese momento tenía la espada en una mano y un hisopo en la otra, que agitaba hacia delante y hacia atrás mientras se acercaba.

Pero, en vez de agua bendita, ese hisopo lanzaba aceite de desencantamiento, que cayó sobre la sacerdotisa herida y le robó todos sus conjuros personales de defensa, e incluso, durante unos instantes, los encantamientos defensivos de su vestimenta.

Esa era guapa, pensó Arathis Hune, y sin duda era una pena haberla encontrado en esa situación.

Pero las órdenes eran claras: ninguna sacerdotisa de la Casa Simfray debía sobrevivir a esa noche.

La espada corta y envenenada de Arathis Hune se hundió en el vientre de la mujer.

El asesino se volvió inmediatamente y arrancó su espada de filo serrado de la víctima condenada.

Sin ni siquiera prestar atención a lo que tenía delante, se metió directamente bajo la mesa; acertó, porque la Matrona Divina había creado sobre él, en el aire, una bola ardiente, y sus fuegos donados por Lloth rugían desde lo alto.

La mesa protegió a Arathis Hune, que salió por el otro lado y se acercó rápidamente a la matrona, sacudiendo el hisopo de nuevo.

Horrorizada al reconocer el desencantamiento, Divina Simfray retrocedió. Alzó su flagelo con cabezas de serpiente, pero eso también falló; la magia se negó a acudir a su llamada para animar las tres serpientes.

—Mi señora —dijo Arathis Hune, alzando las manos en un gesto menos amenazador—. No tienes por qué morir aquí.

La matona Divina lo miró rabiosa.

—Soy Arathis Hune de Bregan D’aerthe.

—Una casa que no conozco.

—No es una casa, matrona —le explicó Arathis Hune—. Somos una banda de mercenarios; nos estamos haciendo fuertes en el Braeryn…

—¡Las Calleshediondas! —espetó con desprecio, empleando el nombre más vulgar de la sección más degradada de Menzoberranzan.

—La Casa Baenre nos conoce, y está de acuerdo —replicó Arathis Hune—. Y la Casa Xorlarrin nos ha pagado para venir aquí.

—¿Para ayudar a la Tr’arach? —notó que las tres serpientes de su flagelo empezaban a moverse.

—No. No —Arathis Hune calló e hizo una mueca cuando la joven sacerdotisa comenzó a gritar de dolor; supo, sin mirarla, que estaba boqueando y escupiendo sangre—.

No, no hace falta que acabes mal hoy. Somos hombres, la mayoría, pero no exclusivamente.

Tengo el permiso de Jarlaxle, quien nos dirige, de ofrecerte una posición de comodidad y poder. Tu casa está perdida, matrona.

Ella se echó a reír.

—Te equivocas. Los nobles Tr’arach yacen muertos en el campo. Aún controlamos nuestra casa.

—Pero sin vuestro campeón. Y vuestro control no es tan sólido como te han hecho creer; han entrado en la torre. Tienes solo una salida, y esa es venir conmigo, o si no me marcharé ahora y dejaré que la horda Tr’arach te atrape y haga contigo lo que se le antoje.

La Matrona Divina alzó su flagelo de tres cabezas, un arma formidable, y más aún en sus hábiles manos. Miró fijamente al asesino, pero el varón ni se inmutó.

—Debemos irnos —dijo este, y, luego, mientras ella le lanzaba una mirada dubitativa, añadió—: Podría haberte matado inmediatamente, cuando tu flagelo estaba desencantado. Eso lo sabes.

La Matrona Divina se humedeció los labios y miró alrededor. Tenía la esperanza de que una de sus sacerdotisas acudiera a ayudarla, algo que también temía Arathis Hune. Pero este mantuvo la calma, y eso inquietó a la matrona.

—Los magos Xorlarrin han abierto tu puerta —continuó él—. Sin duda lo sabes, porque la Casa Tr’arach nunca podría haber reunido todo el poder mágico necesario para realizar una entrada tan espectacular. Señora, debemos marcharnos ya.

La Matrona Divina miró alrededor y supo que no iba a aparecer nadie. Entonces, asintió y bajó su flagelo. Apenas lo tenía al costado cuando Arathis Hune se acercó, más rápido que las serpientes de Divine, y con una repentina y hábil estocada le hundió la espada en el vientre.

Ella se tambaleó hacia atrás, tratando patéticamente de alzar su flácido flagelo contra otro ataque, pero el asesino ya se había alejado fuera de su alcance.

—Como he dicho, te podría haber matado cuando aparecí delante de ti —dijo con sinceridad—, pero, bueno, mi espada tarda un rato en cubrirse de nuevo con ese exquisito veneno.

La Matrona Divina lo miró con odio, pero ya tosía y los labios se le enrojecían por la sangre que había comenzado a vomitar. Cayó de rodillas, luego dejó caer el flagelo y acabó bocabajo en el suelo.

Arathis Hune no iba a dejar pasar un tesoro como ese. Cogió un saco de su cinturón y metió en él el flagelo; luego esperó un momento para que las serpientes, separadas de su portadora, se tranquilizaran.

Algunas sacerdotisas de las casas inferiores pagarían bien por un objeto como ese. Muy bien.

—Jarlaxle no tiene por qué saberlo —susurró mientras recogía su tesoro.