3. Nadie gana
N ADIE GANA
Jarlaxle esbozó una mueca de asco ante esa repugnante muerte, pero también estuvo a punto de reírse en alto al ver la precisión y la eficacia que el campeón Simfray había demostrado al cortarle el cuello a Daungelina Tr’arach.
Y también su brutalidad, algo que le dio que pensar, porque parecía haber disfrutado de verdad matándola.
Jarlaxle no pudo evitar notar el gran contraste que había entre el modo en que el campeón había controlado sus golpes contra los guerreros comunes de la casa invasora, o incluso contra Duvon Tr’arach, y el hecho de que hubiera acabado por completo con la sacerdotisa.
Cuando el cruel Simfray se volvió contra los guardias de Daungelina, Jarlaxle estuvo a un paso de gritarle que fuera clemente, porque cualquier varón drow salvado podía añadirse a su incipiente banda de mercenarios.
Pero estaba casi seguro de que al campeón Simfray no le importaba en absoluto su negocio.
Sin embargo, no hubo necesidad de gritarle, porque el par de guardias pareció reconocer que ese único guerrero los superaba en número y, por tanto, con su propio campeón y su primera sacerdotisa muertos en el campo, decidieron salir huyendo.
Pero el alivio de Jarlaxle ante sus potenciales reclutas duró poco, porque la barrera de espadas desapareció y el campeón Simfray miraba hacia donde había llegado; miraba a Duvon, que gruñía y se sacudía en su sueño emponzoñado bajo su lagarto patas arriba; y, hacia atrás, a Jarlaxle, quien el poderoso espadachín sabía que no pertenecía a la Casa Simfray.
Y corrió cargando hacia él, restallando el látigo y haciendo rotar la espada.
Jarlaxle se dio la vuelta y corrió hacia la torre. Llegó a la pared, pero oía que el maestro de armas se le acercaba rápidamente por detrás. Así que saltó y empleó sus propios poderes de levitación para escalar la pared lo más rápido posible.
Detrás de él saltó el guerrero hasta la pared y, luego, hacia arriba, lanzando el látigo, que a punto estuvo de alcanzarle el pie a Jarlaxle, al mismo tiempo que esquivaba hábilmente el trocito de tela rodante que este le había arrojado.
Rugiendo por su fallo, el guerrero saltó al suelo… y luego cayó tres metros más de lo que se había esperado, porque la tela ya había llegado rodando al suelo, se había ensanchado y se había convertido en un gran agujero, bajo él.
Jarlaxle bajó flotando rápidamente hasta el suelo y se posó junto al agujero mágico que había creado, sintiéndose muy satisfecho consigo mismo.
—Tenemos que hablar —le dijo al guerrero en la oscuridad de abajo, esperando que el brillante campeón Simfray no se hubiera herido demasiado con la caída.
Recibió su respuesta, tanto a su petición como a sus esperanzas, cuando un látigo restalló subiendo desde la oscuridad del agujero y se le enrolló en el tobillo; el sorprendido Jarlaxle perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia la oscuridad.
Flotando por encima de la batalla, Horrodissomoth Xorlarrin disfrutaba de esa escena, y se rio a carcajadas cuando el siempre petulante Jarlaxle perdió el equilibrio.
Vio cómo el mercenario caía al suelo con fuerza y era arrastrado hacia el agujero, mientras trataba inútilmente de agarrarse al suelo.
Pero, en vez de buscar dónde sujetarse, al parecer, Jarlaxle cogió el borde de su agujero mágico y se lo llevó hacia dentro con él, porque este se dobló sobre sí mismo de repente cuando Jarlaxle desapareció de la vista.
Un instante después, allí donde se había hallado el agujero, solo había el suelo normal, sin señal alguna del mercenario o del campeón Simfray.
—Jarlaxle lleva un saco sin fondo —comentó otro mago a Horrodissomoth—. La bolsa del cinturón contiene un bolsillo dimensional.
El mago de la Casa Xorlarrin esbozó una mueca de desagrado al oír esa información.
Introducir un objeto extradimensional en los efectos de otro objeto extra-dimensional podía abrir grietas a través de los diferentes planos de existencia.
Lo más habitual era que enviara al portador, y a cualquiera cerca de él que no estuviera sujeto a tierra, al Plano Astral, donde flotarían perdidos e impotentes para toda la eternidad.
Y ese era el mejor resultado posible ante una acción tan letal y devastadora. ¡Mezclar objetos mágicos extradimensionales era algo que simplemente no se hacía!
Horrodissomoth sintió una punzada de lástima, e incluso se planteó si, una vez hubiera regresado a la Casa Xorlarrin, habría alguna manera de enviar una misión de rescate para intentar encontrar y recuperar a Jarlaxle y al campeón Simfray, por quien la Matrona Zeerith había pagado los servicios del primero.
Pero más por Jarlaxle, tuvo que admitir Horrodissomoth para sí, aunque nunca se lo llegaría a decir a nadie, y menos aún al propio Jarlaxle. Lo cierto era que le caía muy bien ese extraño mercenario; lo encontraba muy entretenido e incluso útil, en ciertas ocasiones.
Además, el campeón era digno de verse: ¡tal elegancia e inteligencia!
Sí, sería maravilloso rescatarle también a él.
—Ah, bueno —se lamentó Horrodissomoth a sus compañeros magos—. Después de todo, solo eran simples guerreros.
—¿Ya hemos acabado aquí? —preguntó otro mago.
Horrodissomoth miró hacia el puente y luego al campo que había abajo.
La casa invasora huía, dejando a un noble drow caído y herido, y a otra muerta en el campo.
A pesar de los esfuerzos de los Xorlarrin, y por muy intencionadamente escasos que hubieran sido, la Casa Simfray parecía haber resistido el asalto.
Según las órdenes de la Matrona Zeerith, eso no debía ocurrir: ¡con este resultado, el campeón comprado no podía ser recogido!
Pero este había desaparecido, y, en tal caso, el resultado ya no tenía importancia.
—Sí —contestó a su séquito flotante, y dejó escapar un gran suspiro—. Ya es hora de irse a casa.
Otro visitante, que se movía sigilosamente por el complejo Simfray, no tenía ni idea de los acontecimientos que habían tenido lugar en el campo entre las torres. También entendía la necesidad de que hubiera una victoria de Tr’arach, o, al menos, de una derrota de Simfray.
Arathis Hume avanzaba con el ruido de una sombra, nada más, e iba desliándose de habitación en habitación, de sala en sala, de escalera en escalera, en la torre principal de la Casa Simfray.
La mayoría de los guardias de la casa estaban fuera, en el puente, luchando por los diferentes pisos de la otra torre.
Las defensas de esta estructura, reforzadas por la magia de las sacerdotisas de esta casa, y por ese torbellino que se llamaba a sí mismo maestro de armas, habían mantenido a raya, hasta el momento, a los invasores Tr’arach.
La puerta principal, en la planta baja, y la que daba al puente no habían cedido, y, por lo que veía Arathis, ningún invasor Tr’arach había penetrado en la torre del trono.
Pero él sí que había entrado, empleando una poción mágica que transformaba su sólido cuerpo en una nube gaseosa. Había evitado los glifos y otras salvaguardas colocadas en las ventanas porque no había pasado por ninguna de ellas, sino que se había colado a través de una grieta en la curvada pared.
No estaba seguro de cuánto iba a durar ese encantamiento; en ese sentido, las pociones eran muy poco fiables. Así que tenía la precaución de mantenerse cerca de recodos y rincones, o de muebles que pudieran ofrecerle algún tipo de cobertura si el conjuro se disipaba.
Oyó voces al llegar a una sala curva, por encima de la altura del puente y cerca de la cumbre de la torre, o eso creía.
Flotó hasta el techo, se extendió plano a lo largo de la esquina y se quedó inmóvil, mientras un trío de sacerdotisas entraba corriendo, hablando excitadas sobre la victoria en el puente y el campo que había abajo.
—¡La Matrona Divina organizará un contraataque y acabaremos con la Casa Tr’arach! —dijo una, con una alegría evidente.
—Pero solo si podemos salvar a suficientes de nuestros guerreros —le recordó otra, y siguieron corriendo hacia el puente, sin dudarlo.
Debido al intensivo estudio que le había exigido Jarlaxle antes de embarcarse en esa pequeña aventura, Arathis Hune había reconocido a una de las sacerdotisas como la hija de la Matrona Divina, quien seguro que tenía un lugar en la mesa de guerra.
Eso significaba que la mesa de guerra ya no estaba completa, aunque su objetivo seguiría allí sin duda.
Arathis Hune sabía que se hallaba cerca, y también sabía ya que, confiadas por su victoria, las sacerdotisas Simfray habían roto su formación defensiva de oración, que era la práctica habitual de las casas drow que estaban siendo atacadas.
El ataque había fracasado y, por tanto, creían que las plegarias de poder coordinadas ya no eran necesarias.
Entonces, la Matrona Divina no estaría tan bien protegida.
—Pero ¡han sido rechazados! —protestó una joven sacerdotisa.
—¿A qué coste? —replicó la drow mayor, la Matrona Divina Simfray. Le acababan de comunicar la pérdida de su maestro de armas y consorte, el joven guerrero con el que había pensado tener una hueste de pequeños Simfray.
—No sabemos la totalidad… —comenzó a decir la joven sacerdotisa.
—¡Encontradlo! ¡Averiguadlo! —le gritó la Matrona Divina a la cara—. Si está muerto, tú estás muerta —miró furiosa hacia un lado, a la tercera sacerdotisa que aún permanecía en la sala, quien se hallaba ante su silla al otro lado de la mesa redonda y miraba inexpresiva hacia Divina.
—¡Las dos! —les gritó Divina.
La sacerdotisa no se movió, no reaccionó en absoluto, lo que provocó que la Matrona Divina se pusiera más nerviosa.
—¿Me has oído? —chilló—. ¡Encontradle! Quiero saber qué le ha pasado.
—Según dicen, ha desaparecido sin más —intentó explicarle la joven sacerdotisa que tenía al lado, pero Divina ni se volvió para mirarla, aún con los ojos clavados en la tercera en la sala, ante la inexplicable falta de reacción de la joven.