2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach #4
Y, un poco más allá, en el campo, se hallaba la primera sacerdotisa Daungelina Tr’arach, que, con una sonrisa malvada, indicaba al jinete de un lagarto, su hermano Duvon, según vio Jarlaxle, que fuera a matar al indefenso campeón, claramente paralizado por su poderoso conjuro.
Jarlaxle miró hacia la otra torre, esperando ver a Arathis Hune lo suficientemente cerca para que le fuera de alguna ayuda. Pero a su socio no se lo veía por ninguna parte… y él mismo se encontraba demasiado lejos para ayudar al campeón, que no tardaría en morir.
—Querida hermana, ¡así no tiene gracia! —exclamó Duvon Tr’arach mientras pasaba junto a Daungelina con su lagarto. Esta miraba fijamente al campeón Simfray, sonriendo malvadamente ante el éxito de su conjuro de inmovilidad.
—Solo acaba con él, estúpido —replicó—. Tu reputación ganará mucho, y les diremos a todos que derrotaste a este cobarde Simfray con tal rapidez que pareció que estuviera paralizado de miedo.
—Las mejores mentiras son verdades dichas con doble sentido —recitó Duvon, y aunque quizá lamentara un poco matar a ese varón indefenso, taloneó a su lagarto para que cargara, riéndose al hacerlo.
—Claro que —le gritó la primera sacerdotisa Daungelina— tu nueva reputación hará que Dantrag Baenre y Uthegentel Armgo se fijen en ti. Este último siempre busca desafíos que valgan la pena.
Duvon redujo la marcha y se volvió a mirar a su hermana, que sonreía aún más.
Pero no, decidió desoír esas advertencias.
Quería esta muerte, sin importarle los riesgos.
Lanzó, de nuevo, su montura a la carga, con las riendas en la mano izquierda y la derecha sujetando su excelente espada hacia fuera con el brazo extendido, a la altura del cuello de su víctima totalmente inmóvil.
Las sacerdotisas drow soportaban años de riguroso entrenamiento, más que los servidores de cualquier otro dios en Faerûn.
Desde su más tierna infancia, a casi todas las niñas de Menzoberranzan, sobre todo a las de noble cuna, se les enseñaba la semántica, la somática y los componentes materiales de los hechizos de la mágica divina y los conjuros menores, donados por la gracia de Lloth.
Cuando llegaban al Arach-Tinilith, la academia drow para sacerdotisas, aprendían conjuros más intrincados y poderosos, y entrenaban su cuerpo para canalizar la magia sin sufrir daño personal.
Pero todo eso solo era parte de su entrenamiento.
También estaban inmersas en los estudios de las artes marciales y de reconocimiento: reconocimiento de las heridas que hacía falta sanar, de los poderes demoniacos demasiado grandes para controlar y de las víctimas de sus conjuros, como el campeón atrapado en el campo frente a la carga de Duvon.
Daungelina no había apartado los ojos de él desde que había lanzado el conjuro. Su hábil mirada buscaba cualquier movimiento, incluso un parpadeo, que pudiera revelar una debilidad en su conjuro.
Pero no, estaba paralizado, totalmente paralizado.
Al menos, así era como se le mostraba.
Porque este campeón también había entrenado desde su más tierna infancia.
Mientras iba conociendo el mundo que lo rodeaba, había estado practicado específicamente para engañar a sacerdotisas de Lloth como esta, que, como todas, estaba demasiado segura de sus poderes y nunca hubiera creído que alguien pudiera conseguir librarse de uno de sus conjuros.
Sin embargo, él había hecho justo eso: se había resistido a su conjuro; al haberlo reconocido al completo, había sido capaz de contrarrestar el entrenamiento de ella y, por tanto, había podido reaccionar con un control total y perfecto.
El campeón no se movía, pero eso no tenía nada que ver con el conjuro de la sacerdotisa.
Así que fue toda una sorpresa para Daungelina cuando, al acercarse su hermano, justo en el instante anterior a su golpe de decapitación, el campeón Simfray se puso rápidamente en movimiento, se tiró de rodillas y avanzó su espada por lo bajo, como una pica, para hundirla en la cara del lagarto de Duvon.
El lagarto chilló y se sacudió, la espada de Duvon pasó por encima del guerrero arrodillado y, cuando Duvon trató de detener su montura, tirando de las riendas con ambas manos para comenzar a volverse, el látigo del campeón Simfray restalló en su rostro.
Instintivamente, Duvon se tiró hacia atrás, sobre el hombro exterior de su montura, que giraba; su peso fue demasiado lejos y volcó al lagarto herido justo sobre sí mismo.
En un frenesí de dolor por la espada clavada y de confusión por la caída, el lagarto sacudió las patas, arañando, y el pobre Duvon no pudo hacer más que cubrirse y encogerse asustado, esperando que su montura no le arrancara ningún órgano irremplazable.
O, incluso peor, temiendo por su impotencia contra el letal guerrero que debería haber caído bajo su espada hacía unos segundos.
Pero sus temores eran infundados, vio con cierta sorpresa… y alivio. El campeón corría hacia delante, temerario e imprudente, cargando contra su hermana y sus guardias.
Jarlaxle saltó de la torre y disparó su ballesta de mano al noble hijo Tr’arach caído, pensando que sería bueno salvarlo.
Pero, mientras lo hacía, un par de guerreros Tr’arach aparecieron por la curva de la torre detrás de él, corriendo hacia el campeón Simfray.
El primero se detuvo y se agachó, y el segundo rodó sobre la espalda de su compañero, volviéndose al hacerlo, de modo que rápidamente los dos estaban frente a Jarlaxle y corrían hacia él.
«Eso no ha ido bien…»
Por puro reflejo, el mercenario tiró de la cuerda que era su cinturón y la pasó por las trabillas del pantalón, dejando caer sus bolsas, la mágica y la normal.
Lanzó la cuerda al suelo ante los enemigos.
Uno de ellos sonrió perversamente: ¡como si un objeto tan mundano pudiera distraerlos, y, menos aún, hacerlos tropezar!
Pero la cuerda se convirtió en un serpiente viva, larga y gruesa, y la sonrisa desapareció inmediatamente del rostro del guerrero.
Se trataba de una constrictor con una cabeza en cada extremo, que los atacó inmediatamente con las dos y se les enrolló en los tobillos.
Consiguieron no caer, e incluso volver las espadas hacia la serpiente, hasta que Jarlaxle, más rápido, sacó una varita de un pliegue de su capa piwafwi y pronunció una orden; un puñado de pasta pegajosa y viscosa salió disparado, cayó sobre los dos guerreros y los lanzó hacia atrás, al suelo.
Ahí sí que quedaron enredados de verdad, con la serpiente apretando y la pasta pegajosa sujetándolos.
—¡Vuestra casa ha fracasado! —les dijo mientras salía corriendo hacia la otra dirección—. Pero ¡tengo un lugar para vosotros!
Esperó que eso fuera cierto, claro, pero parecía carecer de importancia porque se centraba en el campeón Simfray y los nobles Tr’arach, y veía que el área ante su premio se convertía en una mancha semitranslúcida de espadas que giraban, invocadas mágicamente.
El aire alrededor se llenó de flotantes telarañas pegajosas, mientras que otro guerrero Tr’arach saltaba sobre el campeón por atrás.
La mueca de espanto de Jarlaxle rápidamente se convirtió en una mirada de pura incredulidad, después de que el campeón Simfray comenzara a moverse rápidamente, girando hacia todas partes y dando tajos con su única espada para bloquear las telarañas.
En el último instante, llevó su espada hacia atrás con tal velocidad y fuerza que desvió la del guerrero Tr’arach.
El campeón se tiró al suelo rodando para hacer tropezar a su perseguidor.
Cuando el guerrero Tr’arach se tambaleaba, el campeón Simfray puso la mano del látigo sobre el suelo y se impulsó hacia arriba, invertido, para darle una patada doble en la espalda y enviarlo hacia delante, directo a la barrera de espadas que había invocado la primera sacerdotisa.
El guerrero Tr’arach gritó, pero solo un instante, y luego su cuerpo quedó hecho pedazos; su impulso y el movimiento de las espadas enviaron una neblina de líquido rojo y trozos de cerebro, hueso y carne por todas partes.
Y detrás de esa sanguinolenta confusión apareció el campeón Simfray, porque ahora las espadas estaban claramente marcadas con sangre.
Invocó sus habilidades innatas de drow y creó un globo de oscuridad impenetrable en el aire, que tapó la barrera de espadas.
Luego, se metió dentro de él como si fuera a rodear el escudo defensivo.
La primera sacerdotisa lanzó otro conjuro mientras sus guardias personales corrían hacia el lugar, esperando que el campeón surgiera por un lado del globo.
Pero no, el guerrero Simfray invocó otra magia habitual de los nobles drow, la de la levitación, y, en vez de cruzar el globo de oscuridad, se elevó para salir de él, alzándose por encima de la barrera de espadas, en el ángulo justo para poder superarla.
Paró su conjuro de levitación mientras bajaba y aterrizó ágilmente sobre el suelo, justo delante de la sorprendida Daungelina.
A pesar de todos sus guardias y protecciones, y de la gran cantidad de magia otorgada por la Reina Araña a su devota sacerdotisa, la primera sacerdotisa de la Casa Tr’arach murió. Así, sin más.