Intemporal (Generations 1) 2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach #3
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2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach #3

«Todo es cuestión de estilo», pensó.

Y fue subiendo, mano tras mano, corriendo literalmente por la pared de la torre.

—Ahí está tu amigo —signó uno de los Xorlarrin a Horrodissomoth, quien asintió, aunque no consideraba que el renegado Jarlaxle fuera su amigo.

—Y ahí está el premio —dijo otro, también con los dedos, dirigiéndolos a todos hacia una serie de puentes entre las torres, donde apenas comenzaba la batalla.

Los guerreros avanzados de la Casa Tr’arach, con un par de jinetes de lagartos entre ellos, salieron al puente desde la torre de la derecha, mientas que un pequeño contingente de defensores aparecía en el puente por la puerta de la torre de la izquierda.

Claramente superado en número, el contingente Simfray fue reduciendo la velocidad; todos sus componentes excepto uno.

Ese único guerrero temerario salió impaciente, con una espada en cada mano, ambas rotando a sus costados; luego una por delante, otra sobre la cabeza, luego cruzándose y de nuevo hacia atrás.

Una andanada de saetas de ballesta salió disparada desde el grupo Tr’arach y voló por el estrecho puente. Pero, entonces, ese guerrero Simfray se giró y se agachó, con su piwafwi al viento, para recoger en sus gruesos pliegues protectores todos los misiles que le estaban por alcanzar.

Detuvo esas vueltas justo cuando un lagarto con jinete saltaba sobre él, o trataba de hacerlo, porque una de las espadas alcanzó la barbilla de la criatura en el momento de descender.

La otra le hizo un tajo en el costado derecho de la pata izquierda de la montura, y bajo esa pata se coló el guerrero en una voltereta, justo por delante de la estocada del hábil jinete Tr’arach.

En el mismo fluido movimiento, el luchador Simfray se tumbó de espaldas, encogió las piernas y pilló al lagarto en su descenso, no totalmente, pero lo suficiente para redirigirlo hacia la derecha, donde lo pateó con toda su fuerza, y los lanzó a él y a su jinete por encima de la baja baranda.

El lagarto se agarró a la baranda y aguantó; el jinete se fue hacia atrás, pero se mantuvo sentado, porque la propensión de esas monturas a correr por las paredes y los techos obligaba a que el jinete fuera atado a la silla.

Lagarto y jinete trataron de volver al puente, pero el guerrero Simfray ya estaba allí, cortándole y pinchándole la cara al lagarto, ensangrentándole las fauces de nuevo y retrocediendo demasiado rápido para que la bestia pudiera atrapar la espada con los dientes.

Al mismo tiempo, con la otra espada bloqueaba una estocada del jinete, colocando la hoja de canto y deslizándola rápidamente, hasta llegar a cortar la cuerda del estribo y la piel del lagarto.

La montura se sacudió e, instintivamente, intentó morder a su propio jinete.

Aunque el drow fuera lo suficiente ágil para evitar eso, esa situación le permitió al guerreo Simfray disponer de todo el espacio que necesitaba.

Saltó en el aire, se estiró por completo y le dio dos patadas al lagarto en la barbilla y el cuello, que lo lanzaron hacia atrás y lo expulsaron del puente, excepto por una sola garra, que agarró la última barra de la barandilla.

El guerrero Simfray no se entretuvo en acabar el trabajo. Cayó sobre el puente, rebotó para ponerse en pie y cargó hacia delante, después de todo ese intercambio, que no había durado más de unos instantes.

—¡Matadlo! —gritó a sus envalentonados camaradas, que de nuevo avanzaban con rapidez. Entonces, saltó para enfrentarse a los soldados Tr’arach, que iban hacia él en fila de a dos, con el primer par blandiendo largas picas de múltiples hojas.

El campeón Simfray se fue hacia la izquierda, luego de nuevo a la derecha, en un mismo paso, y de nuevo hacia la izquierda, hacia la baranda del puente.

Su zigzagueo forzó a los soldados Tr’arach a angular sus incómodas armas, pero se trataba de hábiles luchadores drow, por lo que fueron capaces de seguir sus movimientos sin ofrecer ningún hueco aparente.

Sin embargo, se sorprendieron cuando, de repente, él se abalanzó directamente contra ellos; aún se sorprendieron más cuando lanzó la espada de la mano derecha hacia arriba al aire, y los cogió totalmente desprevenidos cuando sacó un largo látigo del cinturón, lo sacudió de derecha a izquierda, giró la muñeca para enrollarlo por abajo y tiró de él hacia el otro lado.

Antes de que los soldados pudieran extraer sus armas, antes de que uno, sabiamente, pudiera dejar caer la pica y desenfundar la espada, el campeón Simfray ya estaba sobre ellos, forzando a los dos enemigos hacia la derecha con una serie de punzantes estocadas, que se redoblaron cuando volvió a enganchar el látigo en la sujeción mágica de la cadera y recuperó la segunda espada, recogiéndola del aire mientras esta caía, con la perfección fruto de una larga práctica.

Entonces, los adelantó para regresar al centro del puente, girando mientras avanzaba entre los dos siguientes de la fila, y luego, entre los dos que iban detrás con las espadas que formaban un magnífico remolino, cada una enfrentándose a dos de los oponentes de su lado, bloqueando, pinchado, desequilibrando a los guerreros Tr’arach.

De un modo letal.

Porque detrás del campeón llegaban sus camaradas, siguiendo sus pasos, y cada par de luchadores Tr’arach que él pasaba se encontraba demasiado ocupado con ellos para pensar en perseguirlo.

La integridad de la formación Tr’arach sobre el puente comenzó a fallar.

Lo cierto era que apenas habían tenido la oportunidad de establecerla.

Todavía flotando con sus colegas Xorlarrin junto a la torre, Horrodissomoth miró alrededor. Como él podía verlos de todas formas, no tenía idea de quién, si había sido alguno, había lanzado otro conjuro que les había vuelto visibles.

—¿Quién ha lanzado el conjuro de ralentización? —preguntó, porque al mirar a los desmadejados luchadores Tr’arach, abajo, hacia el puente, sus movimientos parecían mágicamente ralentizados, comparados con la mancha mareante que era el campeón Simfray.

El mago junto a Horrodissomoth soltó una risita y meneó la cabeza.

—La Matrona Zeerith debería haber conseguido un pago mayor de Malicia Do’Urden —comentó.

Horrodissomoth miró al magnífico guerrero, que ya había atravesado la línea, dejado a los invasores heridos, revueltos y desorganizados, mientras los guardias de la Casa Simfray caían sobre ellos.

El campeón no vaciló, y no entró en la otra torre.

En vez de eso, saltó desde el puente hasta la barandilla de la escalera que rodeaba la torre, se deslizó un poco por ella y, luego, saltó de nuevo desde la torre para cogerse al soporte del puente.

Luego, saltó de vuelta a la escalera, y de vuelta a la torre, descendiendo entre tres y cuatro metros en cada salto, de un lado al otro, hasta que llegó al suelo formando un ángulo perfecto con las piernas al aterrizar, para lanzarse en unas volteretas que absorbieron el impacto.

De nuevo, se puso de pie y corrió directo hacia el principal grupo de batalla Tr’arach, que estaba compuesto sobre todo de sacerdotisas muy sorprendidas.

Horrodissomoth se alegró de no estar allí entre ellas.

Colgado de la pared de la torre, Jarlaxle contenía el aliento tanto de inquietud como de asombro mientras el campeón Simfray pasaba botando por el costado de la torre, saltando de la barandilla al soporte del puente.

Luego, volvía al costado de la torre; y repetía todo otra vez con tal facilidad y gracia que parecía como si hubiera estado practicando ese sorprendente y veloz descenso todas las horas de todos los días.

—Umm —masculló el listo mercenario mientras su presa botaba ante él y llegaba abajo. Solo «umm», porque por una de las pocas veces en su azarosa vida, Jarlaxle no encontraba las palabras adecuadas.

Al otro lado, vio un destello, una señal de Arathis Hune. Él contestó asintiendo para indicarle que se haría con el campeón para que Hune pudiera atender los otros asuntos, como habían acordado de antemano.

Aunque, cuando miró hacia abajo, Jarlaxle no tuvo ni idea de cómo podría llegar a acercase al derviche que ya corría por el suelo.

Ahí estaba su presa, en el campo entre las torres Simfray, corriendo y rodando entre llamas, jabalinas y dardos envenenados. Se acercó a una sacerdotisa, que agitaba un flagelo con cabezas de serpiente, pero uno menor, porque solo tenía dos cabezas venenosas…

… y luego ya no tenía ninguna, cuando la espada del campeón las cortó.

Y, detrás de ese corte, su látigo restalló justo en el rostro de la mujer Tr’arach. Jarlaxle esperaba que el guerrero pasara corriendo, como había hecho en el puente; pero no, se lanzó con todo y acabó con la sacerdotisa con un gran tajo a la altura del cuello.

Ella estaba protegida por encantamientos defensivos; Jarlaxle lo supo al observar las chispas y los destellos de varios colores de esas barreras protectoras mágicas.

No sirvieron de nada.

La cabeza cayó al suelo.

Entonces, un soldado Tr’arach se le acercó feroz, con las espadas que bailaban y ondeaban, mientras cubría rápidamente la distancia.

Pero el campeón Simfray sacó su segunda espada e igualó esa demostración con brillante facilidad; cada golpe del invasor era detenido y desviado, una y otra vez, hasta que finalmente el guerrero Tr’arach se desequilibró un poco, solo un poco.

Pero eso ya era mucho para el campeón, que se lanzó a fondo, cortó al invasor en la parte trasera de la pierna y lo hizo caer al suelo, impotente.

—Debería haberle cobrado más a Zeerith —se lamentó Jarlaxle, que ya casi había llegado al suelo. Se detuvo allí, quieto junto a la torre, y se fijó en que el campeón no mataba a su oponente, a diferencia de lo que había hecho con la sacerdotisa.

El mercenario no tuvo tiempo de pensar en ello. De repente, todos sus esfuerzos por conseguir su premio viviente parecieron ser en vano, porque el campeón Simfray se detuvo de golpe, repentinamente; se paró donde se encontraba, sin moverse en absoluto, como si se hubiera quedado petrificado.