2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach #2
Daungelina puso los ojos en blanco, pero se giró para mirar a su madre, porque era evidente que nadie en la sala quería seguir con esa discusión.
Si la alta opinión que tenía Duvon de sí mismo hacía que lo mataran derrotando a la Casa Simfray, sería una molestia, nada más.
La Matrona Hauzz tenía grandes planes, y alianzas a punto de ratificarse en cuanto la Casa Tr’arach demostrara en el combate todo lo que valía; el fanfarroneo de su hijo no le preocupaba demasiado.
En solo unos cincuenta años, la Casa Tr’arach se encontraría entre las primeras veinte casas de la jerarquía de Menzoberranzan, de eso estaba convencida.
La Matrona Hauzz probablemente nunca llegaría a sentarse en el consejo regente; en cambio, tenía toda la intención de que Daungelina sí ocupara uno de esos asientos.
—¿Están preparados los magos? —preguntó la Matrona Hauzz—. Aquellos a los que hemos contratado para comenzar el ataque, ¿estarán listos?
—Los magos Xorlarrin tienen un alto precio, pero siempre han demostrado valer más que el oro —contestó Daungelina; la llenaba de orgullo referirse indirectamente al hecho de que había conseguido pactar con la poderosa cuarta casa.
Ella, la simple Daungelina Tr’arach, había estado ante el trono de la Matrona Zeerith y había tratado con la formidable matrona como si ella fuera alguien a quien tener en cuenta.
—¿Y tus sacerdotisas?
—¡Los regarán con fuego! —le aseguró Daungelina a su madre—. Los dejaremos helados en sus botas, paralizados e incapaces de defenderse cuando los asesinos de Duvon caigan sobre ellos.
—Debe hacerse con rapidez —explicó la Matrona Hauzz—. Debemos actuar sin aviso y a toda velocidad.
—Solo dinos cuándo, mi matrona —ofreció Duvon.
—Acaba de hacerlo, imbécil —replicó Daungelina, y Duvon la miró de reojo, confuso—. Los magos Xorlarrin están en posición —continuó la primera sacerdotisa.
—No se me había comunicado.
—Eres un varón. Se te dice ahora —replicó Daungelina.
En el trono, la Matrona Hauzz rio y agitó la mano para ponerlos en acción.
Desde los muros de la Casa Tr’arach hacia la oscuridad salpicada de los tenues brillos de los fuegos feéricos de las casas menores, en la sección baja de Menzoberranzan, partieron sus soldados y sacerdotisas.
Todo permaneció en silencio, excepto por los susurros de los mirones, quienes hacían correr la voz de que una casa drow estaba marchando.
—Solo la verja —dijeron los dedos de Horrodissomoth a sus magos secuaces en el intrincado y silencioso lenguaje de manos de los drow.
El grupo de seis levitaba sobre la avenida de la Casa Simfray, todos cubiertos por un campo de invisibilidad de masa, aunque a cada uno se le había entregado un conjuro que les permitía verse los uno a los otros.
Un poco de magia difícil, pero que no representaba ningún problema para el poderoso mago de la Casa Xorlarrin—.
Todos los rayos, todo el fuego. Solo sobre la verja.
—Un rayo será suficiente —le contestó mediante signos uno de los magos Xorlarrin.
—Todos —dijo Horrodissomoth en voz alta, aunque había prohibido cualquier vocalización que no fuera la suave salmodia necesaria para algunos conjuros.
Quería indicar a los que estaban bajo él que tenía un plan…
y que no le gustaba que lo cuestionasen—.
En una rápida sucesión —añadió con los dedos—.
Abrimos la verja y ya hemos acabado nuestro trabajo aquí, a menos que yo indique lo contrario.
Cerró los ojos un instante para recordar las palabras de otro conjuro, luego miró hacia la avenida cuando su teniente le tocó el hombro.
La vista de Horrodissomoth no solo estaba mejorada para contrarrestar la invisibilidad, sino que otras mejoras le daban una visión más aguda que la de cualquier otro drow normal.
En cuanto se volvió, vio a la vanguardia de los guerreros Tr’arach, que avanzaba sigilosamente a lo largo del muro del complejo de otra casa menor.
—Contad hasta diez —indicó con los dedos a sus magos, y comenzó a lanzar su conjuro, uno que tardaba más en prepararse que una simple bola de fuego y un rayo.
Cerró los ojos y se concentró en su conjuro, de tal manera que ni siquiera notó el repentino y furioso ataque mágico que partió del grupo flotante para llevar la destrucción sobre la puerta de la Casa Simfray.
Los rayos hicieron temblar las barras; las bolas de fuego derritieron las bisagras.
Otros conjuros se unieron a la descarga, pensados para anular cualquier glifo o salvaguarda que los Simfray pudieran haber colocado en su entrada.
Un destello de hielo se solidificó, hasta que la siguiente bola de fuego lo convirtió en una humeante niebla.
Y más rayos cayeron para golpear el metal, para doblarlo y retorcerlo, hasta finalmente abrir la verja.
Con esos ataques, los magos Xorlarrin volvieron a ser visibles, pero solo durante un instante, hasta que Horrodissomoth recreó su camuflaje.
Les había llegado el turno a los guerreros Tr’arach, que entraron como una tromba, con las ballestas de mano chasqueando siempre que localizaban a un guardia Simfray.
Flanqueando por los guerreros, llegó Duvon, el noble hijo de la Matrona Hauzz, y su guardia de élite, cabalgando sobre grandes lagartos de garras con púas que les permitían subir corriendo un muro o una valla con facilidad.
—¡Segundo plato! —indicó Horrodissomoth con los dedos, y sus magos comenzaron a preparase para la siguiente ronda de diversión mágica, en esta ocasión cargada de conjuros para tareas más específicas, como formar una red para bloquear un callejón o encantamientos para ralentizar los movimientos o robarle la magia a un enemigo.
A la señal de Horrodissomoth, los magos Xorlarrin se cogieron de las manos y dibujaron una formación en v mientras el mago de la casa, en el vértice, salía volando y arrastraba a sus ingrávidos secuaces tras él.
Cruzaron la calle y subieron cerca de la escalera curvada de una de las torres más avanzadas que flanqueaban la entrada central y el patio de la Casa Simfray.
Ahí esperaron, y se dispusieron a contemplar el combate que estaba comenzando entre Simfray y Tr’arach.
Desde el fondo de la avenida, Jarlaxle, cuyo parche derrotaba la invisibilidad, observaba la formación de magos voladores con una mezcla de inquietud (no quería tener que vérselas con magos Xorlarrin), esperanza (¿habrían sido enviados para ayudarle a atrapar al guerrero?) y admiración (porque sospechaba que esto solo significaba que Horrodissomoth conseguía dinero de todos las partes del conflicto).
—Seguramente luchará en las terrazas más altas —gesticuló con los dedos a su teniente principal, Arathis Hune.
Jarlaxle asintió y luego ambos se ajustaron bien sus capas mágicas piwafwi ; Jarlaxle dejó que el hábil asesino fuera delante.
Fueron de sombra en sombra, cruzando la calle, y se deslizaron por detrás de la línea de guerreros Tr’arach, justo antes del segundo grupo de ataque, el que incluía a las sacerdotisas de la corte de la Matrona Hauzz.
La pareja alcanzó rápidamente el muro de Simfray, bastante lejos a la derecha de la puerta bombardeada.
Arathis Hune se deslizó hacia un lado y Jarlaxle pasó por delante de él mientras sacaba lo que parecía un trozo de terciopelo azul de forma ovalada.
Lo lanzó hacia delante, haciéndolo rodar mientras volaba, y, con la rotación, se alargó hasta doblar su tamaño y luego triplicó ese nuevo perímetro.
Se pegó a la pared Simfray, y ahí se quedó; o mejor dijo, se fusionó con ella.
La tela se convirtió en un agujero en el muro antes sustancial y a través de él pasó Jarlaxle, seguido de Arathis. Al otro lado del muro, Jarlaxle tiró del borde y sacó el agujero, que volvió a convertirse en una simple tela ovalada, la cual se colgó de nuevo del cinturón.
Contemplaron el complejo ante ellos. La lucha ya había comenzado en los niveles más bajos de la torre de la derecha, no lejos de donde se hallaban.
Jarlaxle señaló la torre de la izquierda e indicó a Arathis que fuera para allí.
—¿Y si lo encuentro? —preguntaron los dedos del asesino—. ¿Voy a razonar con un guerrero letal en el calor del combate?
Como respuesta, Jarlaxle sacó una saeta para una ballesta de mano; parecía un poco más larga y gruesa que el típico dardo.
Cargada de veneno.
—¿Eso lo detendrá? —preguntó Arathis con los dedos.
Jarlaxle se encogió de hombros. El otro suspiró, algo que Jarlaxle seguramente había visto ya.
Era totalmente consciente de que constituían una nueva banda mercenaria, y corrían grandes riesgos para tratar de consolidar sus números y su poder antes de que alguna otra banda, o alguna casa drow, los absorbiera o los masacrara.
Pero, aunque tanto Jarlaxle como Arathis comprendían que seguramente esta misión les iba grande, esa era la clase de riesgos en los que se cimentaban las reputaciones, y los futuros negocios.
Eso no simplificaba la tarea, sobre todo cuando la lucha se intensificaba en ambas torres y las sacerdotisas de las dos casas llegaban a la escena, iluminando la oscuridad con golpes flamígeros, haciendo flotar martillos mágicos que atacaban por sí solos e inmovilizando a los oponentes con una parálisis mental.
Ese podía tratarse, sin duda, de uno de esos momentos que «les iban grandes».
—Reza por mí —signó Arathis—. Pero ¡no a Lloth!
A pesar de la tensa situación, Jarlaxle consiguió esbozar una sonrisa ante ese dicho, que se estaba convirtiendo en una letanía para su banda de mercenarios, todos ellos marginados de la sociedad matriarcal de Menzoberranzan por la misandria de la Reina Araña.
Arathis Hune se fue por la izquierda, y Jarlaxle hacia la torre de la derecha.
Mientras que el asesino simplemente empleaba sus muchas habilidades para ascender, Jarlaxle se puso un par de guantes extraordinarios que le proporcionaban las propiedades pegajosas de las patas de una araña y activó uno de los varios conjuros que tenían sus fabulosas botas para conseguir levitar.