Intemporal (Generations 1) 2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach
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2. La carga demasiado silenciosa de la Casa Tr’Arach

L A CARGA DEMASIADO SILENCIOSA DE LA C ASA T R ’A RACH

Desde las sombras de un callejón junto a la puerta de la Casa Baenre, un joven drow con aspecto de dandi vigilaba a Briza Do’Urden salir corriendo de la Casa Xorlarrin.

Se cogió el parche del ojo, una reciente adquisición mágica que había sido encantada para mostrarle cosas que los ojos no podían ver y para evitar que lo vieran cosas que no fueran ojos y lo alzó para observar mejor a la mujer.

Ella no era mucho más joven que él, y pensó que sí, sí podía ver el parecido con el padre que le adjudicaban los rumores.

Sonrió astutamente mientras la sacerdotisa de la Casa Do’Urden avanzaba con cautela y no dejaba de mirar alrededor, como si esperara que una banda de asesinos apareciera corriendo para estrangularla.

Él sintió una especial curiosidad, y cierta diversión, cuando ella pasó a toda prisa por delante del complejo de Barrison Del’Armgo.

Jarlaxle había oído esos rumores de una fuente en la que se podía confiar, así que, naturalmente, había buscado pruebas que los corroborasen.

Insistía en tratar de saber la verdad de todo.

Le resultaba particularmente importante estar informado, porque no tenía casa que lo protegiera; al menos, no formalmente.

El conocimiento era con lo que conseguía seguir vivo.

Bueno, eso y su evidente encanto; o, al menos, eso era lo que Jarlaxle le diría con insistencia a cualquiera que le preguntara, normalmente pasándose una mano por su corto pelo blanco, que había modelado y peinado con la pasta de cubos gelatinosos destruidos para que le quedara tieso en lo alto de su hermoso cráneo curvilíneo, como una corona de fuego blanco.

Él era de noble cuna, de las más nobles que pudiera ser cualquier varón de Menzoberranzan, pero no era rico.

Aún. Porque tenía toda la intención de serlo.

Que simplemente aún no hubiera alcanzado ese glorioso objetivo no significaba que no pudiera actuar como si ya tuviera medios sustanciales.

Dirigía una organización en ciernes, sobre todo a base de promesas y grandes visiones, y se gastaba más monedas de las que tenía en su elegante ropa y en unas cuantas chucherías útiles que no conseguía robar, como el parche del ojo.

Y, en la tierra de las sombras, Jarlaxle parecía un faro andante.

Su ropa era siempre de colores brillantes: la elegante combinación de una deslumbrante camisa azul; un chaleco rojo, ajustado y hecho a medida, y un llamativo cinturón de plumas gigantes entretejidas, del que se rumoreaba que era mágico.

Abiertamente, solo llevaba un arma, un estoque, pero los que lo conocían sabían que en un instante podía tener en la mano cualquier otra, ya fuera una daga para lanzar, un puñal de varias puntas u otro estoque.

Naturalmente, con este pícaro, las armas, fueran las que fueran, eran más molestas que letales. Para matar, Jarlaxle normalmente encontraba otros medios más creativos.

Pero no estaba ahí para eso. Al menos, no justo en ese momento.

—Me alegro de que hayas venido —dijo, aún de cara a la avenida, ya vacía, aunque sabía que el contacto de la Casa Xorlarrin estaba justo detrás de él.

—Quizá Jarlaxle no sea tan listo como se cree —comentó Horrodissomoth.

—Solo me has encontrado porque yo quería que me encontraras —replicó Jarlaxle.

Mentía sobre todo para cubrir su evidente desliz de haberse levantado el parche del ojo para ver mejor a Briza Do’Urden; este hubiera evitado que el mago Xorlarrin determinara mágicamente su localización.

Pero nunca admitiría una verdad que hiciera menguar su misterio, así que siguió adelante—.

Tenemos poco tiempo si la Matrona Zeerith de verdad quiere que se haga esto.

—¿Qué sabes? —preguntó Horrodissomoth—. ¿Qué noticias hay de las casas Simfray y Tr’arach?

—Nada definitivo. Pero hoy, las calles cercanas a ellos están extrañamente silenciosas.

—¿Comprendes lo que debes hacer?

—Comprendo mi paga —respondió Jarlaxle mientras se volvía de cara al mago.

—Es una cantidad muy considerable.

—Como habíamos acordado —el dandi extendió la mano, pero el mago no le entregó ningún saco de monedas y joyas.

—Debe ser entregado y debe estar vivo.

Jarlaxle suspiró impaciente, y no retiró la mano.

—Los contactos de la Matrona Zeerith han hablado conmigo largo y tendido. El trato está hecho.

—Yo, simplemente…

—Y ese trato incluía mi pago por adelantado —le recordó Jarlaxle.

—¿Sabes quién soy? —preguntó el altivo mago Xorlarrin, que sí que se hallaba entre los mejores de la ciudad.

—Lo suficiente para saber que las ballestas, los conjuros y los asesinos que te apuntan en este momento serían suficientes, en caso de necesitarlos —respondió Jarlaxle—.

Y lo suficiente para dejar astutamente que me encontraras aquí, en este lugar, delante del complejo de la Matrona Baenre, muy amiga de tu Matrona Zeerith.

Horrodissomoth se irguió y miró al mercenario de reojo.

—Y muy buena amiga mía —añadió Jarlaxle.

—La mitad ahora —ofreció el mago.

—Y te entregaré la mitad de este guerrero que tanto te ha llamado la atención.

—No la mía.

—Entonces, la de tu matrona —mintió Jarlaxle, fingiendo desconocer cuál era la auténtica transacción.

—De la Matrona Do’Urden —se sintió obligado a corregir Horrodissomoth.

—Oh, claro, cuando Zeerith haya acabado con él. Ese es un buen premio, sin duda. Muchas mujeres nobles lo han estado observando desde lejos. La gracia de sus movimientos de lucha es simplemente asombrosa, o eso me han dicho.

—No finjas que no lo conoces personalmente.

—Mi querido Horrodissomoth Xorlarrin, yo conozco a cada uno de los drow de Menzoberranzan personalmente.

—¿Y a este?

—Es magnífico. Era demasiado bueno en Mele-Magthere, ¿sabes?

Los maestros lo limitaban durante sus prácticas y combates de entrenamiento.

No querían que avergonzara a los hijos de las casas nobles drow, porque él es de una tan baja que la batalla que se aproxima entre esta y la Casa Tr’arach ni siquiera se comentaría en el Qu’ellarz’orl, si no fuera por su presencia.

—No se comenta de ninguna forma.

—Pues estamos hablado de ella.

—Solo porque se ha pagado una recompensa por él…, por él vivo.

Jarlaxle se encogió de hombros. No importaba.

—Entonces, dame esa recompensa, y seguiré con mi trabajo. Retrásate más y tendrás que explicarle a la Matrona Zeerith que el guerrero en cuestión podría estar muerto o podría estar en manos de Jarlaxle, que ha subido el precio.

Detrás de él, en alguna parte entre las sombras, Horrodissomoth oyó el clic de una docena de ballestas al cargarse; un susurro de una palabra arcana, que quizá activara una varita, y la salmodia de una plegaria divina.

Y, ante él, Jarlaxle permanecía tranquilo, con la mano extendida.

Horrodissomoth le pasó la bolsa con la recompensa.

—Y recuerda a la Matrona Zeerith que cualquier otro superviviente que aprese en esta lucha me pertenece a mí, legalmente y con su bendición y la de sus aliadas del consejo regente. Ese era nuestro acuerdo y el tesoro que yo más quería a cambio de mis servicios.

—¿Estás reuniendo un ejército, Jarlaxle? —preguntó el mago—. ¿Un ejército de renegados sin casa? Eso puede hacer que maten a un hombre, ¿sabes?

—Puede hacer que maten a un montón de drow —respondió Jarlaxle—. Más de los que te puedas imaginar, supongo.

El mago resopló.

—Date prisa, Jarlaxle, porque Tr’arach marchará esta misma noche.

—¿Cómo lo sabes?

El mago rio, chasqueó los dedos y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

Jarlaxle cerró un ojo y miró solo a través del parche, y su magia le aseguró que sí, que Horrodissomoth sí se había ido.

El joven mercenario suspiró aliviado, le dio unos toquecitos a la hebilla de su cinturón, lo que silenció los sonidos ilusorios de su inexistente ejército, y silenciosamente metió la recompensa en la bolsa que le colgaba del cinturón, que parecía pequeña, pero que podía contener todo el alijo de bisutería de un dragón.

Lo único que le quedaba por hacer era averiguar cómo, por los Nueve Infiernos, iba a sacar a ese joven guerrero, supuestamente magnífico, de la guerra entre casas que se avecinaba sin perder la mitad de su banda de mercenarios, todavía poco nutrida.

O su propia cabeza.

—Se está exagerando –le aseguró Duvon Tr’arach a su madre, la Matrona Hauzz—. Yo estuve con él en la Academia. Es un buen espadachín, sí, pero incluir a este diletante entre los grandes maestros de armas es una tontería.

—Se rumorea que ni siquiera Uthegentel Armgo quiere tener nada que ver con esa criatura Simfray —comentó Daungelina, la hija primogénita y primera sacerdotisa de esa casa menor.

Acababa de superar el cuarto de siglo de vida y ya había quedado claro que nunca llegaría a ser una suma sacerdotisa, pero ¿y una matrona?

Duvon soltó un bufido desdeñoso.

—Lo más seguro es que Uthegentel no quiera perder el tiempo con ese. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué ganaría con ello?

—¿Reputación?

—El gran Uthegentel ha matado a una docena de guerreros en una sola pelea. ¿Reputación? —sacudió la cabeza, molesto con lo que creía que era una sugerencia estúpida—. Solo con aceptar luchar contra ese crío Simfray de esa casa menor, Uthegentel reduciría su reputación.

—Tranquilo, hijo mío —ordenó la Matrona Hauzz—.

La reputación de este crío es formidable, sea cual sea la opinión que te mereció durante el tiempo que pasasteis juntos en Melee-Magthere.

Aunque me pregunto ¿cómo puedes estar tan seguro después de tantas décadas?

Y también me pregunto por qué estás tan ansioso por esta batalla.

—¡La gloria de la Casa Tr’arach! —exclamó el joven guerrero, sin la más mínima vacilación—.

Y puedo asegurarte, matrona, que si Uthegentel Armgo, o incluso Dantrag Baenre, ahora estuviera sirviendo como maestro de armas de la Casa Simfray, te pediría que te abstuvieras de esa batalla.

Pero ¿por ese patético impostor? No. Le mataré con mis propias armas.

—Ten cuidado, hermanito –dijo Daungelina, con un bufido despectivo.

—Lo he visto. Sé cómo derrotarlo.