Intemporal (Generations 1) 1. La telaraña de la matrona #2
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1. La telaraña de la matrona #2

No las necesitó. Mientras planeaba sobre la rampa de la Qu’ellarz’orl, esa área en alto de la caverna, Briza se fue despojando de sus miedos a ser asaltada, pero tensó el rostro porque sabía que la juzgarían.

Ante ella se hallaban las grandes casas de la ciudad, incluyendo a la mayoría de las ocho cuyas matronas se sentaban en el consejo regente.

Sin duda, todas tomarían nota de su paso, y la relación entre la Casa Do’Urden y la Casa Xorlarrin dejaría de ser un secreto, si alguna vez lo había llegado a ser.

Por eso, le había sorprendido enterarse de que la Matrona Zeerith Xorlarrin le había enviado un disco para que la condujera a su reunión.

Pero Zeerith solo quería presumir; no porque la Casa Do’Urden tuviera alguna importancia para las casas regentes, sino por los rumores resurgidos al celebrar Malicia sus cien años de matrona de que su casa había tenido tratos muy oscuros con la principal adversaria de la Casa Xorlarrin, una de bajo rango, pero con una formidable reputación: la Casa Barrison Del’Armgo.

La Matrona Zeerith sin duda pretendía que la Matrona Soulez Armgo viera a Briza flotando por la rampa hacia el Qu’ellarz’orl.

Esto significaba que Briza no era más que un peón en el gran juego entre las casas, lo que le caía como un peso sobre sus fuertes hombros mientras pasaba ante el impresionante complejo de Barrison Del’Armgo, una residencia demasiado grande y fortificada para una casa de su rango, sin duda.

Esa familia estaba muy abajo en la jerarquía, mucho más incluso que la Casa Do’Urden, pero a Briza no se le escapaba que, si esta le hacía la guerra a la Casa Barrison Del’Armgo, el resultado sería la derrota, rápida y catastrófica, de su casa.

Al otro lado de la celosía que vallaba el complejo Del’Armgo, diseñada como si fuera una red de intrincadas telarañas, los soldados Del’Armgo marchaban en estrecha formación con una perfecta cadencia.

Siempre se encontraban marchando, practicando ejercicios, entrenando, y ninguna casa, ni siquiera dos casas juntas, podían presumir de un mayor contingente de guerreros varones.

Y, para rematarlo, a estos los dirigía un joven maestro de armas llamado Uthegentel, quien se estaba convirtiendo de forma vertiginosa en una leyenda en la ciudad.

Muchos ojos se volvieron para contemplar el paso de Briza.

Esta permaneció con la vista al frente, fingiendo que no lo notaba o que no le importaba; aunque luego, muy poco después, sí que dejó de importarle, porque el disco subió la rampa hacia la sección noble y pronto torció una esquina, lo que la colocó ante la cuarta casa de la ciudad.

De todas las familias drow, ninguna dominaba mejor la magia arcana que la Casa Xorlarrin.

Aunque no era corriente en su especie, la Matrona Zeerith concedía a sus varones una gran libertad y un buen estatus social.

Casi todos, incluso los que no podían asegurar ser de sangre noble, asistían a Sorcere, la academia de las artes arcanas.

La Matrona Zeerith había puesto a esos magos a trabajar para decorar los muros curvos de su complejo, que estaban pintados en una ola de colores de fuego feérico constantemente cambiante, una fascinante danza que sucedía a través del espectro de la luz visible.

Almenas flotaban sobre lo alto de los muros, y elegantes escaleras curvadas se enrollaban por las estalagmitas y estalactitas del interior del complejo, atravesando grandes extensiones de espacio vacío para conectar las múltiples estructuras.

En el centro se hallaba una torre gigantesca y singular, que de algún modo parecía más alta que el propio techo que sellaba la gran caverna.

Trucos mágicos similares engrandecían de forma exagerada los muros, que parecían extenderse por cientos y cientos de metros.

Todo parecía ser a una escala que contrastaba con la posición de la casa… , y esa era exactamente la cuestión.

Briza se esforzó por calmarse mientras el disco flotaba justo delante de la gran puerta central de la Casa Xorlarrin, que se abrió para permitirle la entrada.

Pegó un bote de sorpresa cuando comenzó a flotar entre sus hojas y se dio cuenta de que estaban ancladas, no a un poste de metal tallado, como había pensado, sino a un pequeño golem de hierro.

Briza se detuvo allí, disfrutando de la vista, y se dio cuenta de lo irónico que resultaba la despiadada rivalidad entre las matronas Zeerith y Soulez, porque de entre todas las casas de Menzoberranzan, esas dos eran las que más se apoyaban en los simples varones: Zeerith, en sus magos; Soulez, en sus guerreros.

Después de un suspiro exasperado, Briza condujo su disco hacia la gran escalera que subía hasta la puerta decorada de la gran torre central.

Allí, la parte trasera del disco se alzó y la hizo caer de pie, sin ceremonias.

Cometió el gran error de apoyarse en él mientras trataba de recuperar el equilibrio, porque el disco desapareció, lo que hizo que la pobre Briza se tambaleara y estuviera a punto de caer al suelo.

Ella y su dignidad consiguieron estabilizarse, sabiendo que tenía muchos ojos encima y que, en esa casa en concreto, muchos de los que pudieran atreverse a reírse de ella serían varones.

Eso la hizo enfadar, pero rápidamente se recompuso y controló su expresión.

Fue hacia la puerta, que se abrió antes de que ella llegara.

Allí había un varón en una gran túnica púrpura, salpicada con dibujos de arañas y explosiones estelares.

Su curioso corte de pelo, largo y colgante por delante de los hombros, pero corto en la nuca, daba cuenta de que se trataba de Horrodissomoth, el mago principal de los Xorlarrin y antiguo maestro de Sorcere, quien había estado a punto de superar al gran Gromph Baenre en la competición por el cargo de archimago de la ciudad.

—Bienvenida, sacerdotisa Do’Urden —la saludó con una profunda reverencia—. Ven conmigo; se te espera, naturalmente.

—Naturalmente —repuso ella, con un tono con el que pretendía recordarle que, a pesar de todos sus méritos, él era un simple varón y ella una suma sacerdotisa de Lloth. Él tenía, al menos, doscientos años más que ella, pero, aun así, en Menzoberranzan, había hecho bien en inclinarse ante ella.

La fornida sacerdotisa Do’Urden enderezó sus amplios hombros y apretó la barbilla mientras caminaba junto a Horrodissomoth hacia el elegante salón del trono de la Casa Xorlarrin.

—Mi gran matrona —dijo él cuando por fin llegaron al pasillo situado ante el trono, otro disco flotante, pero con unos reposabrazos adornados y un respaldo alto cubierto de runas que iban pasando mágicamente, escribiendo plegarias a lady Lloth.

Si centraba su atención en ellas, a Briza le parecía oír las palabras, susurradas con magia.

—Gran Matrona Xorlarrin —dijo también Briza, y le concedió una pequeña inclinación.

—Se me ha recordado que hoy es tu cumpleaños, sacerdotisa Briza —repuso la Matrona Zeerith—. Y así es, sin duda, porque recuerdo aquel día, hace cien años, cuando tu abuela se puso enferma de forma repentina y murió.

Había más que un poco de siniestra sospecha en sus palabras; Briza lo notó, y la pilló desprevenida, porque ¿cómo algo que tal vez había ocurrido cien años atrás podía tener nada que ver con el acuerdo que se estaba consumando ese día?

Sin mayor explicación, Zeerith siguió hablando.

—¿Has traído la alteración del conjuro de la araña de jade? —añadió con acritud—. Esperaba que fuera tu matrona quien me la entregara personalmente.

—La… tengo —tartamudeó Briza, dejando a un lado el desplante—. Y la pomada que pediste. No hay mejor alquimista…

—No hables de las habilidades de tu matrona en este lugar —le cortó la Matrona Zeerith—.

Nosotros, en la Casa Xorlarrin, no carecemos de los mejores instrumentos y practicantes de la alquimia de toda la ciudad.

Simplemente, hay muchas pociones y pomadas demasiado mundanas para que les prestemos atención.

Mejor es intercambiar, sobre todo si este intercambio es tan unilateral que deja en deuda a la otra casa.

Briza, orgullosa y enfadada, hizo bien en contener su réplica.

La Matrona Zeerith hizo un gesto a una de las sacerdotisas que estaba a su lado; Briza supuso que sería su hija, la suma sacerdotisa Kiriy. La mujer se adelantó rápidamente para coger el tubo de pergamino y el tarro de pomada.

—¿La Casa Tr’arach marchará pronto? —preguntó Briza.

—No sé de qué me hablas.

Briza clavó una dura mirada en la Matrona Zeerith, quien le respondió del mismo modo. A veces, las casas drow se hacían la guerra las unas a las otras y, a veces, otras sabían que se aproximaba una batalla. Pero no hablaban de ello, nunca, como le recordó la fría mirada de Zeerith.

—¿Cuándo será compensada la Casa Do’Urden por nuestros esfuerzos? —probó Briza de otra manera.

—Cuando el pago esté seguro —respondió Zeerith—. No te aconsejo dudar de la Casa Xorlarrin.

—No dudo.

—Bien, entonces, concluye el pago —repuso Zeerith.

Briza la miró con curiosidad, porque Kiriy ya había cogido ambos objetos.

—¿Cuál es mi respuesta? —clarificó la Matrona Zeerith.

Briza recordó la extraña conversación que había mantenido con su hermano Nalfein, justo antes de subirse al disco Xorlarrin. Él le había dado una palabra, una única palabra, para la Matrona Zeerith, aunque ella no tenía ni idea de por qué.

—¿Niña? —le insistió Zeerith al ver que Briza vacilaba demasiado tiempo.

—Sí —dijo Briza—. La respuesta es sí.

Zeerith Xorlarrin rio y bufó.

—¡Ah, siempre ha sido tan evidente! —dijo—. Tu madre, querida niña, es toda una tentación.

Una tentación.