1. La telaraña de la matrona
L A TELARAÑA DE LA MATRONA
—Cien años —le dijo el patrón Rizzen a la Matrona Malicia Do’Urden, estando ambos en una pequeña cámara que actuaba como salón del trono en la casa menor de Daermon N’a’shezbaernon, conocida más vulgarmente como la Casa Do’Urden.
A pesar de sus limitaciones, porque la mayoría de ese tipo de salones solían ser mucho más grandes en las casas de Menzoberranzan, Malicia había hecho un estupendo trabajo para rediseñar el lugar, decorarlo y convertirlo en un auténtico tributo a Lloth, la Reina Araña.
El trono, situado sobre un estrado elevado, estaba tapizado en seda negra, con un blasón de arañas rojas.
Detrás colgaban grandes cortinas de un pesado material negro, constantemente agitadas por un viento mágico que las hacía brillar y parecer vivas.
Pegadas a ellas había telarañas, claro, auténticas telarañas llenas de verdaderas arañas, más grandes que el puño de un drow, todas ellas venenosas, y todas entrenadas, por medio de una variedad de conjuros mágicos, para no molestar a Malicia.
Dos estatuas de jade, situadas una a cada lado del trono, eran el orgullo de la Casa Do’Urden.
Muchas otras casas drow mantenían arañas de jade animadas, pero Malicia había llevado esa práctica habitual un poco más allá al dar un atrevido paso con el que se había arriesgado a enfurecer a la Reina Araña.
Las estatuas de jade de esa casa menor de Menzoberranzan estaban animadas como drañas, mitad drow y mitad araña.
Tan solo era una diferencia cosmética propia de los golems normales de Menzoberranzan, pero la disposición de la Matrona Malicia a hacer tal cosa mostraba una gran audacia, y el favor de Lloth seguía cayendo sobre ella.
El pequeño rostro de Malicia se tensó al mirar a Rizzen, su consorte, aunque no quedaba claro si su disgusto estaba dirigido a lo que acababa de decir o a él en concreto.
—Pocas matronas han servido durante un siglo entero —añadió el varón, a menudo despistado—. Este es un gran día. Un gran día para ti y un gran día para la Casa Do’Urden.
—Casa Do’Urden —repitió Malicia con un bufido de desprecio.
Ese día se cumplían justo cien años desde que se había hecho con el control, desde el día en que había nacido su primera hija, Briza, del día en que su madre y matrona, Vartha Do’Urden, había muerto.
Malicia Do’Urden se había imaginado grandes cosas en aquel día lejano.
Sabía que había contado con el favor de Lloth, porque había dado a luz a una niña, y el conjuro mágico de envenenamiento que había llevado a cabo durante el parto había funcionado perfectamente.
Nunca había oído ni una sola palabra de sospecha sobre la muerte de la Matrona Vartha Do’Urden.
Por lo tanto, se había hecho con el control total de la casa, y, aunque era una casa menor, tenía un gran potencial y, sobre todo, un complejo sólido y defendible en la sección de la Pared Oeste de Menzoberranzan.
Porque la Casa Do’Urden se había construido justo en la impenetrable pared occidental de la gran caverna, lo que reducía sus puntos críticos de defensa de una manera considerable.
Y Malicia había tenido a su hija, ahora una suma sacerdotisa de un tamaño y fuerza formidables.
Porque el ascenso desde la oscuridad, en Menzoberranzan, no era una tarea fácil, y a la Matrona Malicia nunca se la habría considerado una mujer paciente.
Sí, la Casa Do’Urden había escalado muchos puestos en la jerarquía de la ciudad, pero eso se debía, sobre todo, a las guerras entre las casas superiores, que habían diezmado los rangos por encima de ella, o a que otras habían desaparecido por falta de nobles, o a que habían sido absorbidas por las casas regentes mayores.
Malicia lo sabía bien: hasta el momento, la mejor arma de la Casa Do’Urden en su ascensión había sido justamente su poca visibilidad.
No había sido lo suficientemente importante para que ninguna de las grandes casas se preocupara por ella.
Sin embargo, mientras se acercaban a las doce casas principales, eso estaba cambiando sutilmente.
Con poca visibilidad, el clan Do’Urden no podía ir mucho más lejos.
Pero estaban escasos de nobles, algo que podía llegar a ser peligroso, porque Malicia había perdido dos hermanas y un hermano en las últimas tres décadas.
Tampoco tenían ningún mago de grandes dotes del que poder preciarse, y su maestro de armas, el hermano mayor de Malicia, Drevesser, no había participado en una pelea decente en más de medio siglo.
La sangre noble no se había reemplazado; sin embargo, la Casa Do’Urden se hallaba lo bastante cerca de tener la importancia suficiente para atraer la atención de las otras casas, aunque era justo cuando estaban menos preparados para hacer algo al respecto.
—Cuando pienso en de dónde venimos… —comentó Rizzen mientras dejaba escapar un gran suspiro—. Y todo esto es gracias a las telarañas de la Matrona Malicia. Tu callada alianza con dos de las grandes casas, una unión que hemos alcanzado únicamente gracias a tu carismático…
—Calla —le soltó la matrona; lo decía en serio, y no solo porque estuviera cansada de su voz.
Todo lo que Rizzen estaba diciendo era cierto, porque Malicia estaba en buenas relaciones con dos de las matronas más poderosas de Menzoberranzan.
Pero esas se odiaban entre ellas, y, por tanto, era mejor dejar esas dos telarañas a oscuras.
Se abrió la puerta de la sala y el único hijo de Malicia, Nalfein, entró.
Era un drow atractivo, pequeño como Malicia, y solo unos años menor que Briza.
Pero a diferencia de su hermana, Nalfein era mediocre en todos los aspectos.
Aunque no había destacado en Melee-Magthere, la academia drow de guerreros, Nalfein tendría que haber exigido un combate abierto para reclamar su lugar como maestro de armas de la Casa Do’Urden, pero nunca se había visto con ánimos de hacerlo, seguramente porque no creía poder vencer.
Malicia no quería darle sin más ese título tan importante, ya que se temía que cualquier notoriedad colocara a su hijo en la posición de tener que defenderse contra posibles rivales.
Y no había muchos a los que Nalfein pudiera derrotar.
Malicia miró al hombre que se acercaba a Rizzen, sin reprimir su ceño fruncido.
Nalfein era hijo de Rizzen, y este mantenía que Briza también era su hija, pero solo porque se le había indicado que así lo dijera, porque él sabía la verdad de la concepción de la niña, en la que no había participado.
Sí que le había dado a Malicia su mediocre hijo Nalfein, solo otra característica decepcionante dentro de una larga lista.
En ese momento, mientras lo miraba, a Malicia se le ocurrió pensar, y no por primera vez, que quizá ya hacía tiempo que debería haberlo sacrificado a la Reina de las Arañas.
Pero Malicia simplemente suspiró mientras se volvía hacia Nalfein.
Rizzen era muy leal, nunca la cuestionaba y siempre se le caía la baba ante sus decisiones.
Resultaba un amante adecuado, supuso, y tampoco era que sus amoríos fueran exclusivamente con él.
Aunque la Matrona Malicia no quería admitirlo, porque prefería la excusa fácil y culpar a Rizzen, teniendo en cuenta el número de sus amantes, no haber concebido más hijos en los últimos noventa y cinco años, sin duda, sería más por ella que por él.
—Ha dejado el complejo —informó Nalfein a su matrona.
—¿Se ha ido sola?
—Sobre un disco Xorlarrin. No quería molestarse en caminar.
—¿Le has dicho la respuesta?
Nalfein asintió.
—Ha inquirido cuál es la pregunta —añadió.
—Eso no es asunto de ella —replicó Malicia—. Todo lo que necesitaba saber era la respuesta.
Malicia sintió sobre ella las curiosas miradas de los dos varones, pero no le importó.
La Casa Do’Urden llevaba demasiado tiempo estancada.
Los días de esconderse mientras las casas que se hallaban por encima de ella se destruían las unas a las otras habían llegado a su fin.
Era hora de que se plantara y reforzara su casa para hacerla merecedora de su posición actual; de hacer saber a las ambiciosas casas por detrás de la suya que no podían luchar contra ella, y de hacer saber a las que estaban por encima que atacar a Do’Urden las heriría demasiado como para que el ataque valiera la pena.
Lloth le había mostrado una oportunidad. No la desaprovecharía.
La suma sacerdotisa Briza Do’Urden se removía incómoda sobre el disco flotante mientras este planeaba sobre las retorcidas avenidas de Menzoberranzan.
Cada estalagmita de la gran caverna había sido trabajada y ahuecada para servir como torre puntal de una casa drow.
Escaleras curvadas y balcones cubrían la longitud de esas estructuras naturales, remarcadas con brillantes e inofensivos fuegos feéricos de varias tonalidades, desde el púrpura al rojo, y todos los colores intermedios.
Acercarse a las casas consolidadas ponía nerviosa a Briza; estaba sobre un disco mágico que portaba la identificación de la Casa Xorlarrin y, por tanto, el salvoconducto de la Matrona Zeerith, de la cuarta casa en la jerarquía de la ciudad, con una estrecha alianza con la Casa Baenre, la dirigente incuestionable de Menzoberranzan.
Las casas consolidadas de Menzoberranzan no importunarían a Briza mientras esta se hallara sobre ese disco, sin duda.
Pero la ciudad también estaba llena de pícaros impredecibles y su camino hacia las regiones altas de la caverna, que albergaban las casas más importantes, la llevaría cerca del Baenryn, las Calleshediondas, donde oportunistas con poco que perder se agrupaban en bandas.
Se recordó que era una suma sacerdotisa de Lloth, un título no menor, así que, en vez de inquietarse, invocó a la diosa y se cubrió de protecciones y salvaguardas.