Prólogo #4
—¿Estás lista para rendirte? —preguntó Eskavidne, y sus palabras cayeron como rayos sobre las dos poderosas sacerdotisas que tenía ante ella, quienes la miraron con la misma sorpresa abyecta—.
En esta hora oscura para la Casa Melarn, ¿estáis dispuestas a abandonar aquello que os llevó a la grandeza?
—continuó Eskavidne—. Sois las seguidoras más puras de Toril. ¿Acaso eso ya no os importa?
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Kyrnill.
—¿Qué estás ofreciendo? —la Matrona Zhindia reformuló la pregunta de forma apropiada.
—Nos ha llegado cierta información —explicó Yiccardaria—.
El padre de Drizzt ha sido sustraído de su descanso eterno y devuelto al lado de su hijo.
Aquel que consiguió zafarse de la esclavitud del zin-carla ha encontrado, de algún modo, una gran recompensa.
Muchos dicen que es una ofensa a Lloth, y que bendita será aquella que rectifique esta herejía abominable.
Zhindia y Kyrnill intercambiaron miradas de intriga.
—¿Muchos dicen? —preguntó Zhindia.
—No nos corresponde a nosotras explicar más —replicó Yiccardaria—. Los misterios del mundo son el modo en que la Reina Araña determina cuáles son sus seguidoras más leales y valiosas.
—Lady Lloth exige inteligencia, no mera obediencia —añadió Eskavidne—. Alguien podría considerar esta ocurrencia como una clara señal de que deben intervenir, pero otras quizá aceptarán que esta no es una cuestión urgente.
—¿Sabe esto la madre matrona? —preguntó Zhindia.
—Naturalmente —respondió Yiccardaria—. Igual que sabe que la propia Lloth se enfrentó al hereje Drizzt en la superficie del mundo, y que Lloth no lo destruyó.
—¿Por qué? —una gran sorpresa resonó en la pregunta casi frenética de Zhindia.
Ambas sirvientas soltaron unas risitas.
—Muy bien. Entonces, ¿quién le ha devuelto su padre a Drizzt?
—Misterios —murmuró Yiccardaria.
—Toda una telaraña de ellos —añadió Eskavidne.
Kyrnill iba a hablar, pero Zhindia, sumida en sus pensamientos, agitó una mano para hacer callar a esa tonta.
—Una telaraña, sí —dijo la madre matrona de la Casa Melarn—.
Benditas seamos porque Lloth nos ha dado esta gran telaraña de intrigas para que podamos resolver los divinos misterios y proporcionarle un gran placer —su sonrisa se amplió y asintió—.
La telaraña de Drizzt, el hereje, quien porta el caos, el glorioso caos, simplemente por existir —continuó—.
Y cuando el caos remitió, la madre Matrona Quenthel tomó un hilo de esa telaraña y tejió una guerra en la Marca Argéntea, y envió a la Casa Xorlarrin a conquistar las vieja ruinas de Gauntlgrym.
Zhindia miró a las yochlols, pero estas permanecieron impasibles para dejar que la matrona desenmarañara la historia por sí misma.
—Esos fracasos amenazaban el orden en Menzoberranzan —razonó—. Por tanto, la Matrona Quenthel cogió un hilo de esa segunda telaraña y tejió una tercera.
—Y llenó, así, las calles de Menzoberranzan de demonios —dijo Kyrnill, y Zhindia asintió con vehemencia—. Más glorioso caos, sí, pero que llevó a la madre matrona a aumentar la presión sobre la ciudad.
—Y trajo al gran Demogorgon a las puertas de Menzoberranzan —les recordó Yiccardaria.
—Y, entonces, Yvonnel cogió un hilo de la telaraña de la Matrona Quenthel y tejió otra más —prosiguió Zhindia, con los ojos brillantes de excitación—.
Para usar a Drizzt el hereje y a los ilícidos, ¡los ilícidos!
, para que acabaran con Demogorgon, lo que, naturalmente, complació enormemente a Lloth, su mayor rival.
Oh, seguro que la Reina Araña debió de disfrutar del espectáculo cuando su propia gente convirtió al gran Demogorgon en un montón de babas temblorosas.
—Quizá sea por eso por lo que permitió a Drizzt seguir con vida —comentó Yiccardaria.
—¿Es esa su palabra?
La sirvienta rio de nuevo.
—Si fuera su palabra, mi frase no habría mostrado duda.
—Entonces, ¿era una pista? —preguntó Kyrnill.
—No —contestó Zhindia, y con decisión—. ¿Qué gozo le hubiera portado eso a Lloth? Ese hereje no vale ni el aliento de una sola palabra para apagar su vida. No, Lloth nos ha brindado una telaraña, una con hilos de los que tirar, si somos lo suficientemente sabias para ver cómo.
—Esa es siempre su manera de actuar, Matrona Zhindia —dijo Yiccardaria.
—Esa es su belleza —añadió Eskavidne.
—Para aclararnos, ¿la Reina Araña no ha emitido ningún edicto sobre el hereje Drizzt o su padre resucitado? —preguntó Zhindia—. ¿No nos ofrece ninguna guía en esto?
—¿De qué sirve una telaraña que es fácil de recorrer? —susurró Yiccardaria.
Zhindia hinchó el pecho de exultación y esperanza.
Por lo que entendía, las dos sirvientas de lady Lloth, las asesoras de la Reina Araña más cercanas a ella y en las que más confiaba, la voz de Lloth ante sus devotas sacerdotisas, acababan de darle permiso para vengarse del mismo drow renegado que tanto había socavado el poder de la Casa Melarn y que la había dejado sin hija.
Zhindia encontraría esa nueva telaraña de intrigas, y un hilo del que tirar.
Y, entonces, tejería su propia red.