Prólogo #3
—¡Claro que no! —exclamó Zeerith—. Pero hay muchos que sí lo han olvidado, o que nunca lo han sabido, o a los que no les importa en este momento de incertidumbre y peligro.
Con toda su herejía, la Casa Oblodra poseía un extraño poder mágico que le fue muy útil a Menzoberranzan en su lucha contra el Demogorgon. Eso es indiscutible.
—He oído los susurros —repuso Quenthel en un tono de tal autoridad que hasta Gromph se tragó la réplica cortante que estaba por lanzar a Zeerith—.
Y son incorrectos. La mente colmena ilícida nos ayudó en nuestra lucha contra el Demogorgon, sin duda, pero no habrá ninguna invitación a que la Casa Oblodra regrese a un lugar de poder en Menzoberranzan.
La Matrona Zeerith lanzó una mirada inquieta hacia Gromph, y este comprendió su suspicacia.
Él había estado con los ilícidos en su actuación contra el Demogorgon.
Había sentido…, de hecho, había ayudado a canalizar el poder de ese encantamiento psiónico; incluso había añadido su fuerza.
Y lo mismo había hecho el poderoso teniente psiónico de Jarlaxle, Kimmuriel Oblodra, de la susodicha casa, ahora destruida, de Menzoberranzan.
Gromph estaba aliado con la Casa Baenre, claro, y también Jarlaxle, lo que, de hecho, le daba a la Matrona Quenthel el acceso más prominente y poderoso a la extraña magia de la mente llamada psiónica en todo Menzoberranzan.
Quenthel no tenía intención de renunciar a esa ventaja. Gromph vio que Zeerith lo comprendía, y, a pesar de su afinidad con ella, la adalid de los meros varones, no pudo más que sorprenderse con agrado de que su hermana estuviera manejando esto tan bien.
Fue en ese momento que Gromph se dio cuenta de que aún estaba ligado a su patria, a Menzoberranzan, y, de un modo más íntimo e importante, a la Casa Baenre.
A pesar de todas sus críticas y quejas, y de sus histrionismos casi heréticos, en lo más profundo de su corazón Gromph continuaba siendo el primogénito de la Casa Baenre.
En los últimos años, y hasta ese mismo momento, no se le había ocurrido pensar que le importara que la Casa Baenre siguiera siendo la primera casa de Menzoberranzan.
—Por favor, vete, Matrona Zeerith —pidió la Matrona Quenthel de repente e inesperadamente—. Que cada una planee las mejores maneras de devolver la Casa Xorlarrin al lugar que le corresponde sin desatar una guerra o perder la alianza con la tercera y cuarta casas.
—¿Y de su adalid resucitado, ya que ha salido el tema? —preguntó Zeerith, con brusquedad.
—Nada —contestó Quenthel—. Lady Lloth no ha pedido que capturemos a Zaknafein y, por tanto, no le prestaremos más atención de la que se merece un noble menor de una casa destruida.
Y lo mismo con su hijo, ese hereje, Drizzt.
Cuando dejó de sernos útil, aquí, después de la batalla contra Demogorgon, Yvonnel decidió dejarle marchar, y nosotras también.
Ella también ha partido, y seguramente cerca de él.
Si finalmente decide matarlo, que así sea.
Si no lo hace, no importa; él ya no es nada para nosotras.
Fue una lanza, y esa lanza ya se disparó y alcanzó su objetivo.
La Matrona Zeerith se quedó sentada imperiosamente durante unos breves instantes, sin parpadear, sin dejar que su mirada se apartara de la Matrona Quenthel. Y Gromph pensó que, sin duda, estaba evaluando a la inesperadamente formidable madre matrona en la que Quenthel se había convertido.
—Creo que has elegido bien, madre matrona —repuso Zeerith con otra media reverencia—. Tu decisión no puede enfadar a la Reina Araña. Si cambias de opinión, o no, pero necesitas algo de la Casa Xorlarrin, que sepas que estaremos preparados para acudir a tu llamada.
—No esperaría menos. Ni tampoco lady Lloth.
Zeerith repitió su reverencia e hizo girar su disco mágico, que flotó hacia la entrada.
Gromph contuvo el impulso de aplaudir a su hermana, y también trató de ocultar su satisfacción porque la madre Matrona Baenre hubiera decidido no ir a la guerra por causa de Drizzt y Zaknafein.
Gromph no quería que se generara un conflicto desagradable entre Gauntlgrym y Menzoberranzan.
No en ese momento. ¡No cuando la Torre de Huéspedes del Arcano crecía fabulosa y encantadora, y había tanto que él podía explorar sobre la magia y la psiónica!
Al otro lado de la ciudad, la Matrona Zhindia Melarn hervía de rabia, impotente.
—No hay nada —explicó Eskavidne—. Tu hija ha desaparecido para siempre. No hay ningún alma que resucitar.
La matrona hizo una mueca de dolor. Había recuperado a la mayoría de sus sacerdotisas, pero no a su única hija, la heredera del trono Melarni.
Porque a Yahzim Melarn la había matado la misma arma que se había llevado a Jerlys Horlbar, la madre de Zhindia: una daga cruel, blandida por el amigo humano de Drizzt Do’Urden.
Y Eskavidne simplemente le confirmó lo que ya se sabía. A una persona muerta por la daga de Artemis Entreri no le quedaba alma que se pudiera resucitar.
—Sin duda, te alegras de oír esto —le dijo Zhindia a la sacerdotisa a la que había llamado a su lado, la primera sacerdotisa de la Casa Melarn, Kyrnill.
La acusación quedó ahí, porque en el pasado Kyrnill había sido la madre matrona de la Casa Kenafin, y, al unirse las dos casas, había accedido a servir a Zhindia (pero ambas sabían que era así solo porque no había creído que Zhindia viviese mucho más).
—¿Por qué ibas a pensar tal cosa, matrona? —preguntó Kyrnill.
—No te hagas la tonta conmigo —replicó Zhindia.
Kyrnill miró a las dos yochlols, quienes rieron y asintieron.
—Muy bien —repuso Kyrnill—. Pretendías elevar a Yahzim por encima de mí, que pronto se convirtiera en la primera sacerdotisa y, así, te sucediera en el trono de la Casa Melarn.
—¿Y eso te preocupaba? —preguntó Eskavidne a Kyrnill.
La antigua matrona se echó a reír.
—No. Al final, la elección no hubiera sido mía ni de la Matrona Zhindia. Lo que Lloth desea, nosotras cumplimos.
—Esa es una sabia respuesta —repuso la siempre vehemente Zhindia.
—Matrona, te he servido bien —replicó Kyrnill—. Cuando nuestras casas se unieron, claro que deseé convertirme en la madre matrona de Melarn. Pero Lloth decidió otra cosa y, por tanto, yo acepté mi lugar.
—Es una posición que recibe un gran favor de la Reina Araña —le aseguró Eskavidne—. Para ambas.
—Tan gran favor que hemos sido arrasadas por el hereje y sus procaces amigos —se quejó Zhindia—. Tan gran favor que vuelvo a estar sin hija, después de todo el esfuerzo que dediqué a preparar a Yahzim para que fuera una verdadera matrona melarni.
—Todo ocurre por una razón —dijo Eskavidne.
—Un curioso comentario, viniendo de una sirvienta de la Señora del Caos —observó Zhindia.
—El caos es la razón —replicó de inmediato la sirvienta—. Y ahora tu casa está debilitada y tú has perdido terreno, mientras que la Matrona Baenre intensifica su control sobre la ciudad.
—La Matrona Zeerith Xorlarrin —escupió Zhindia. Entre los muchos drow que despreciaba, Zeerith ocupaba la cabeza de la lista. Y, ahora, la Casa Xorlarrin había regresado, o pronto lo haría, para reemplazar a la Casa Do’Urden, contra la que Zhindia había librado una guerra y había perdido.