Intemporal (Generations 1) Prólogo #2
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Prólogo #2

Gromph se encogió de hombros como si eso no importara…

porque, para él, no importaba. En la superficie, estaba siendo testigo de una creación casi divina en el renacimiento de la Torre de Huéspedes del Arcano, pero en eso no participaban ni la Reina Demonio de las Arañas ni ninguna otra deidad.

Con el empleo del primordial de fuego atrapado en el pozo de Gauntlgrym, Gromph y los otros estaban haciendo crecer una torre viviente, un mágico árbol hueco de piedra, de enormes dimensiones y belleza sobrenatural, que vibraba con los poderes sobrecogedores de una bestia que era tan vieja y, en muchos sentidos, tan formidable como cualquier dios.

Él dirigiría la investigación y el estudio en esa Torre de Huéspedes del Arcano, lo que expandía su mente y su poder. Tiempo atrás había creído que ser el archimago de Menzoberranzan sería el pináculo de sus logros, pero había descubierto nuevos horizontes de mayor grandeza.

¿Y qué le iba a importar un simple espadachín llamado Zaknafein Do’Urden?

—Por suerte, Tsabrak Xorlarrin es el archimago de Menzoberranzan —decía Quenthel mientras todo eso le pasaba por la cabeza a Gromph.

Al parecer, para herirle.

Pero Gromph concordó en silencio con esa aseveración. Cuanto menos tiempo pasara ahí, mejor para él. Lo cierto era que, por él, no estaría ahí, pero sabía que, si no informaba diligentemente a la Matrona Quenthel, sería muy probable que esta causara problemas, a él y a su torre en crecimiento.

Las grandes puertas de la sala del trono Baenre se abrieron de golpe, y por el fondo de la larga y estrecha estancia entraron tres mujeres drow, todas fabulosamente ataviadas con atuendos que revelaban su alta posición en la ciudad.

—¿Y bien? —preguntó una impaciente Quenthel cuando el trío se fue acercando.

La del medio, que parecía una versión mucho más alta de la madre matrona, bufó y negó con la cabeza.

—Nada —contestó—. No hay ninguna explicación sobre el regreso de Zaknafein Do’Urden que puedan darnos las sirvientas ni ningún otro demonio que hayamos contactado. Simplemente es así, sin cualquier indicio de por qué puede ser.

La arqueada ceja de la Matrona Quenthel mostró al perceptivo Gromph que a esta no se le había pasado por alto el menosprecio del bufido de la delgada mujer, su hermana Sos’Umptu, ni el hecho de que no se había dirigido a ella por su título.

Gromph pensó que era muy típico de la siempre arrogante Sos’Umptu no mostrar lealtad a nadie que no fuera Lloth.

Era a la que él más odiaba de sus hermanas y hermanos.

—¿O de quién lo hizo? —preguntó la madre matrona.

—O de eso —respondió Sos’Umptu—. La única emoción que pude apreciar tras las respuestas de los muchos demonios que he interrogado es la indiferencia. Incluso de las sirvientas, lo que significa o que a las yochlol se les ha ordenado que no les importe, o que realmente no les importa.

—O sea, que la resurrección de Zaknafein no es obra de Lloth —concluyó Quenthel.

—Eso no es lo que ha dicho —Gromph se sintió obligado, muy complacido, a corregirla.

La madre matrona le lanzó una mirada amenazadora, pero la apartó mientras digería por completo las palabras exactas de Sos’Umptu y las implicaciones de la acertada respuesta de Gromph.

—La Reina Araña nos plantea acertijos que resolver —sentenció Quenthel.

—O quizá realmente no importa, madre matrona —dijo la Matrona Zeerith, la más vieja del trío, quien se sentaba en un cómodo cojín sobre un disco mágico flotante. Hizo una especie de media reverencia sin levantarse cuando Quenthel la miró.

—Tenemos otros asuntos que requieren nuestra atención inmediata —continuó Zeerith—.

El nombre de Drizzt pronto se olvidará, o será adecuadamente manchado por aquellos de nosotros que lo hemos visto uniéndose a los enanos y los elfos contra su propia gente.

No es un héroe en Menzoberranzan, a pesar de los muchos esfuerzos de esa extraña criatura a la que llamaste Yvonnel.

Cuando Zeerith acabó de hablar, Quenthel lanzó una mirada resignada desde Gromph a la tercera del trío, Minolin Fey.

Eran los progenitores de Yvonnel, aunque Quenthel (y Gromph sabía de muchos otros más) que no podía entender cómo a una tonta como Minolin Fey se le había concedido una hija tan especial.

Gromph tuvo que responder a su poderosa hermana asintiendo, porque lo cierto era que él tampoco podía entenderlo.

Para él, Minolin había sido un juguete, nada más.

La idea de que un ser tan extraordinario como Yvonnel hubiera surgido de ese juego lo tenía tan desconcertado como a todos los demás, aunque, naturalmente, él solo lo empleaba como una prueba de su propia superioridad.

—Drizzt era el canal de un gran poder, el de la mente colmena de los ilícidos, nada más —concluyó la Matrona Quenthel, en un tono que transmitía a todos que la suya era la última palabra sobre ese asunto especialmente dificultoso—.

Una pena que no lo consumiera a él junto con la otra hereje, quien estuvo a su lado y canalizó el poder ilícido.

Gromph asintió, pero en su fuero interno no estaba de acuerdo con esa valoración.

Zeerith Xorlarrin era conocida como una gran amiga de los varones de Menzoberranzan, y ella y su casa eran las más liberales en relación con la posición de los hombres drow.

Pero incluso ella no llegaba a captar totalmente el poder de la idea de Drizzt, o que su nombre se susurraba en las tabernas de las Calleshediondas y a lo largo de los muros exteriores de las casas, donde los varones drow rondaban al servicio de la jerarquía femenina.

O quizá sí que lo sabía y lo entendía, pensó Gromph, entonces, cuando Zeerith le lanzó una pequeña sonrisita socarrona, y quizá con la afirmación de que Drizzt pronto sería olvidado solo pretendía quedar bien con Quenthel y, sobre todo, con Sos’Umptu, esa pesadilla fanática de Lloth que tenían por hermana.

—Así que sigamos con otros asuntos más importantes —dijo la vieja Zeerith—. ¿La Casa Do’Urden será formalmente renombrada como Casa Xorlarrin en el siguiente consejo?

—Lo será, Matrona Zeerith Xorlarrin —aprobó la Matrona Quenthel—. Ahora es tu casa, con soldados de tu familia, así que debe llevar abiertamente tu nombre, uno que infunde temor en el corazón de nuestros enemigos comunes. ¿Y permaneceréis en el muro oeste o volveréis a vuestro antiguo recinto?

—Ambas cosas, si te parece bien.

—Que el antiguo recinto sea tu casa —decidió Quenthel, sorprendiendo a todos los que se hallaban allí—. Quédate la Casa Do’Urden como tuya, por ahora, pero será una buena recompensa para la que yo elija elevar.

—Y con relación a esa elevación… —comenzó Zeerith.

—La Matrona Byrtyn Fey no irá en contra de tu ascenso a un rango superior en el consejo regente —interrumpió Minolin Fey, hablando por su madre.

Eso hizo que Zeerith pusiese mala cara; a Gromph no se le escapó su expresión cargada de incredulidad y desdén.

Minolin había hablado como si sus palabras tuvieran algún peso en esa decisión.

Si la Casa Fey-Branche se negaba, no sería una ardua tarea para la Casa Xorlarrin deshacerse de todos los nobles de esa casa.

—Y así yo gobernaré la quinta casa de Menzoberranzan. Aunque antes, nosotros, los Xorlarrin, éramos los terceros en la cola —dijo Zeerith, con ironía.

«Antes de que estúpidamente tratarais de conquistar Gauntlgrym y convertirla en vuestra propia ciudad», pensó Gromph, pero no era tan arrogante como para decirlo en voz alta.

—Ascenderás, estoy segura —dijo la madre matrona—. Pero, por ahora, necesito la estabilidad de la dos casas que están por encima de la tuya y que mantengan su alianza conmigo.

—Sí, tienes la fuerza y el apoyo de cinco de las seis primeras casas —admitió Zeerith—. Pero te suplico que tengas cuidado, porque muchas otras se han aliado con la Matrona Mez’Barris de la segunda casa.

—La ciudad está dividida —coincidió la madre matrona.

—Y al borde de una guerra civil —añadió Zeerith.

—Eso no pasará —intervino Sos’Umptu—. Muchos demonios siguen aquí, y sirven a Lloth por encima de todo. La Casa Baenre conserva el favor de Lloth.

—Poseo los recuerdos de la gran Matrona Baenre, Yvonnel la Eterna —les recordó Quenthel con frialdad, y Gromph notó que no era ninguna pose. Su hermana tenía el control, ahora, y se sentía muy segura de sus decisiones.

—Recuerdo cuando se fundó esta ciudad —continuó Quenthel—.

Con mucha claridad. Nunca ha habido unidad ni nunca la habrá.

Y sí, necesitamos tener cuidado con nuestros planes, pero la Matrona Mez’Barris también.

Incluso más, diría yo, porque las casas que están justo por debajo de ella no son insignificantes.

—Incluyendo la mía —concluyó Zeerith. Quenthel asintió y sonrió, y a Gromph casi se le ocurrió pensar que estaba invitando a Zeerith a ir a la guerra.

Casi.

—Entonces, habrás oído la petición de la restauración de la Casa Oblodra, ¿no?

—remarcó Zeerith, bastante casualmente, aunque era evidente que se había reservado la información más importante para el final, porque era la que podía provocar que Quenthel se removiera incómoda—.

Después de que la mente colmena nos salvara del Demogorgon, ¿no te esperabas tal cosa?

—preguntó Zeerith, y se veía claramente que estaba saboreando cada palabra.

—La gran Matrona Yvonnel Baenre, mi madre y tu aliada, lanzó la Casa Oblodra dentro de la Grieta de la Garra gracias al poder de Lloth —respondió Gromph, quien, sin duda, no quería que se restaurara la Casa Oblodra.

Estaba aprendiendo la magia Oblodra del único miembro superviviente de esa casa, y le gustaba mucho la ventaja que le daba tener una habilidad tan rara entre su gente—. ¿O lo has olvidado?