Prólogo
—Mi señora Zhindia —saludó la demonio, que iba dejando un rastro de lodo burbujeante mientras salía del pentagrama de invocación de la Casa Melarn, la octava casa de la ciudad drow de Menzoberranzan.
La sirvienta Eskavidne se mostraba en su auténtico aspecto: un bulto de lodo amorfo, que recordaba un poco a una vela a medio consumir, pero con unos largos zarcillos móviles, que se agitaban como ramas sin hojas bajo una galerna.
Cada palabra que la grotesca criatura pronunciaba burbujeaba como barro haciendo plof plof .
Los recientes acontecimientos la habían dejado tan malparada que la Matrona Zhindia Melarn no pudo ocultar su sorpresa ni su excitación, cuando una segunda sirvienta apareció en el círculo de invocación, esta con la forma de una hermosa mujer drow, ligera de ropa y sonriendo maliciosa.
Siempre sonreían así, Zhindia ya lo sabía.
Esa era una de las razones por las que le gustaban esos demonios yochlol.
—¿Yiccardaria? —preguntó Zhindia—. ¿Por qué estás tú aquí?
—Me has llamado —contestó la demonio disfrazada de drow.
—He llamado a Eskavidne —remarcó la Matrona Zhindia—. ¿Por qué ibas tú a…?
—Sin duda has oído hablar del… contratiempo que sufrió Yiccardaria —respondió Eskavidne por su hermana yochlol. Las dos eran las sirvientas de Lloth, la Reina de las Arañas, la diosa de los drow.
Zhindia asintió vacilante; había oído algunos rumores sobre una derrota de Yiccardaria en el mundo de la superficie.
De ser cierto, entonces, ¿cómo era que se hallaba ahí?
¿Y por qué habían respondido las dos a su llamada y no solo una?
Zhindia se lo preguntaba, y se preocupaba.
Sobre todo, en vista de sus propios contratiempos.
La Matrona Zhindia y su casa debían tener cuidado con…
todo. Habían perdido posición, y Zhindia se había convertido un poco en un hazmerreír, algo que recomía por dentro a la orgullosa mujer y le provocaba temblores de pura rabia.
Sabía que pendía de un hilo. Las matronas de las ocho casas de mayor rango, y solo esas ocho, se sentaban en el consejo regente.
En esos momentos, debido a su desastroso fallo de cálculo y a su fracaso al ir contra los siniestros designios de la madre matrona de la ciudad, su casa había sido relegada a ser la última de las ocho regentes, con las otras ambiciosas casas que la seguían en la jerarquía buscando la manera de usurparle el sitio en ese momento de vulnerabilidad melarni.
Porque el objetivo de todas las matronas de las docenas de casas de Menzoberranzan era solo uno: sentarse en el consejo regente.
Evidentemente, esa era una posición que la Matrona Zhindia no tenía intención de ceder.
Pero en ese momento, ante ella, en su cámara de invocación, no había nadie más que dos poderosas demonios, una de ellas sin haber sido llamada. Zhindia no podía dejar de preguntarse si tendría alguna posibilidad de mantener su posición.
—Por favor, dime qué has oído, Matrona Zhindia —pidió Yiccardaria.
Mientras Yiccardaria hablaba, Eskavidne agitó los tentáculos; entonces, una luz negra de magia demoníaca destelló, y la demonio tomó la forma de drow, lanzando lodo abisal por toda la cámara.
Zhindia se volvió, pensado que la estaban atacando, pero luego se limpió las gotas de barro de la cara y contempló a la traviesa yochlol, de pie, desnuda y desvergonzada, con una mano en la cadera.
—¿De qué va esto? —se atrevió a preguntar Zhindia.
—¿Qué has oído sobre los problemas de mi hermana? —insistió Eskavidne.
—Eso, y me entristece que no me hayas invocado a mí directamente —dijo Yiccardaria, mientras se acercaba a Eskavidne y le colocaba la mano sobre el delicado y maravilloso hombro.
—He oído que te derrotaron y, por tanto, que deberías permanecer desterrada en el Abismo durante un siglo.
Yiccardaria suspiró, con solo un toque de lodo borboteante en el aliento.
Eskavidne soltó unas risitas.
—Derrotada —dijo—. Machacada. Espachurrada por los puños de un simple humano hasta convertirse en una pila de excrementos.
Yiccardaria suspiró de nuevo y le dio una palmada en el hombro a su hermana demonio.
—No fue un simple humano —remarcó Yiccardaria—. Un monje, el famoso Gran Maestro de las Flores del Monasterio de la Rosa Amarilla, en una tierra llamada Damarra. ¿Un simple humano? Ese hombre, Kane, ha transcendido su mortalidad, que anteriormente le marcaba como humano. Ahora es…
—Oh, lo sabes todo de él… ahora —le dijo Eskavidne con burla.
—Porque pretendo devolverle el favor, con gran cuidado y paciencia.
—Eso no tiene nada que ver conmigo —afirmó la Matrona Zhindia, recuperando el control de la situación. No dejaba de recordarse que la clave para tratar con los demonios, incluso con las sirvientas de la diosa, era mantener la firmeza—. ¿Por qué estás aquí?
—¿No tiene nada que ver contigo? —replicó Yiccardaria, con un bufido—. ¿Las circunstancias de Drizzt Do’Urden no tienen nada que ver contigo?
El destello en los ojos de la Matrona Zhindia contradijo su expresión calmada ante la mera mención del drow herético, el mismo que había dirigido el ataque a su casa, en el que su hija había muerto.
También Zhindia había estado a punto de caer bajo las espadas de Drizzt, pero, en vez de eso, había sido humillada, abofeteada y sacudida por uno de sus aliados.
Y esa mismísima Yiccardaria había estado allí, en su estancia, mientras la humillaban. Observando… sin hacer nada.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Zhindia por tercera vez, con su mirada cargada de odio, fija en Yiccardaria, mientras recordaba aquel día terrible.
—Porque me has invocado a mí —explicó Eskavidne—. La barrera entre la Infraoscuridad y el Abismo se ha debilitado, así que nuestra Reina Araña ha decidido que mi hermana podía subvertir el destierro de un siglo, pero solo si acompañaba primero a otra sirvienta a este lugar.
—Al invocar a Eskavidne, me has liberado —añadió Yiccardaria, e hizo una elegante reverencia—. Y, por tanto, estoy en deuda contigo.
—¿Igual que estabas en deuda conmigo cuando permitiste que esa abominación me machacara en mis propias cámaras?
—soltó Zhindia, impulsivamente, antes de pensarlo dos veces.
Después de todo, se estaba refiriendo a Yvonnel, una mujer drow que muchos creían que era el avatar de la propia Lloth en el mundo de Toril.
—Estás lo suficientemente versada en los caminos de Lloth para entender mi posición en aquel momento —fue todo lo que Yiccardaria se molestó en explicar—. Solo estaba observando, como deseaba la diosa, y protegiendo… tu vida.
—Estabas con Yvonnel —insistió Zhindia.
—La calmé.
—Ella…
—No tiene nada que ver contigo —intervino Eskavidne, zanjando así la discusión.
La Matrona Zhindia se lamió los labios, secos de repente.
A fin de cuentas, ¿quién era esa criatura, Yvonnel Baenre?
Sabía que era la hija de Gromph Baenre, el anterior archimago de Menzoberranzan, y de una estúpida inútil llamada Minolin Fey.
Había habido mucho revuelo y corrieron estúpidos rumores de que la propia Lloth se le había aparecido a Minolin, ya preñada, y había bendecido al bebé.
Pero Zhindia no se lo creía, aunque no podía negar la peculiaridad de Yvonnel Baenre.
Llevaba el nombre de la mayor madre matrona que Menzoberranzan había conocido jamás, y esa niña, porque era poco más que un bebé, de algún modo se había convertido de repente en una mujer totalmente adulta, con una innegable sofisticación y grandes poderes mágicos.
Sin duda, a Zhindia le picaba la curiosidad, casi con la misma intensidad que el odio que sentía hacia Yvonnel, pero no quería insistir en el asunto en aquel momento.
—Te he invocado para hablar contigo sobre mi hija —informó Zhindia a Eskavidne.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó la madre Matrona Quenthel Baenre por tercera vez.
En esa ocasión, su hermano Gromph no se molestó en contestarle, solo resopló indignado.
—Zaknafein Do’Urden, el padre de Drizzt, ha sido robado de su tumba y devuelto a la vida —repitió Quenthel, con la cabeza gacha, porque se estaba hablando más a sí misma que a su hermano, el anterior archimago de Menzoberranzan—.
Si ha sido Lloth quien ha liberado a Zaknafein Do’Urden de la muerte, entonces, ¿por qué?
Y si no ha sido Lloth, entonces, ¿quién?
—alzó la mirada hacia Gromph y preguntó—: ¿La falsa diosa Mielikki?
Gromph apenas pudo contener una risita ante la necesidad que había sentido su hermana de incluir la palabra falsa .
Mielikki no era menos diosa que Lloth, naturalmente, pero esos pequeños detalles de absurdos desprestigios siempre divertían a Gromph, quien se consideraba por encima de todas esas discusiones en torno a qué deidad era mayor.
—No he hallado ninguna indicación que apunte a ninguno de los dos sentidos —contestó él, finalmente—. Aunque, claro, lo cierto es que tampoco me he esforzado mucho en buscar. A fin de cuentas, parece algo tan menor…
—Sin embargo, has sentido la necesidad de venir a mi sala del trono a informarme —repicó Quenthel, con la boca retorcida en un gruñido.
—Me has preguntado sobre lo que está sucediendo en la superficie.
Eso es algo que ocurre. Cuarto en una lista de cuatro, si te fijas, detrás de la construcción de la Torre de Huéspedes del Arcano, las recuperadas puertas de teletransportación de las ciudades enanas y el progreso del pueblo de los halflings y su conexión con la fortaleza enana de Gauntlgrym.
No hubiera dejado la noticia del regreso de Zaknafein para el final si pensara que tiene gran importancia.
—Sin embargo, de las cuatro, esa es la más relevante para Lloth —le reprendió la madre matrona—. Esa es la que nos ofrece indicios de la voluntad de Lloth y de lo que espera de nosotros en este asunto.