CAPÍTULO 20 #2
—Ya lo estás haciendo, cariño. Llevas haciéndolo desde mucho antes de esta boda, desde mucho antes incluso de que llegara Gonzalo con su furgoneta blanca y sus planos perfectos.
Nos quedamos las dos en silencio un momento, mirando el jardín lleno de gente bailando bajo las luces cálidas que Gonzalo había diseñado para la buhardilla y que esa noche habíamos sacado también al jardín.
Gonzalo me encontró poco después, tendiéndome una mano con una sonrisa que reconocía perfectamente después de dos años juntos.
—Nos toca el baile —dijo—. Aunque le advierto que sigo bailando con la misma torpeza estructural de siempre.
—Ya lo sé. Lo comprobé en la boda de Cata, cuando estuvo a punto de tirar a la madre del novio al pisarle un pie.
—Fue un cálculo de trayectoria ligeramente erróneo. No volverá a pasar.
Bailamos bajo el roble, despacio, con esa canción de piano que Gonzalo había elegido meses atrás, rodeados de toda la gente que había hecho posible que llegáramos hasta aquella noche: mi tía, secándose las lágrimas por enésima vez; Cata y Bruno, abrazados y meciéndose apenas al ritmo de la música; mi madre, charlando animadamente con el padre de Gonzalo sobre nietos hipotéticos que ninguno de los dos se atrevía a mencionar directamente delante de nosotros; Elena, con su casco de obra ya olvidado en algún rincón de su vida bilbaína, sonriendo con la misma calidez con la que me había recibido la primera vez que había pisado aquella obra.
—¿Sabe qué pensé la primera vez que la vi, discutiendo conmigo en esta misma grava? —me susurró Gonzalo, con la cabeza apoyada contra la mía.
—¿Qué?
—Que iba a ser la persona más terca que había conocido en mi vida, y que probablemente me iba a costar la mitad de la reforma solo lidiar con sus objeciones.
—¿Y ahora qué piensa?
—Que fue la mejor mala primera impresión que me he llevado nunca.
***
La fiesta se fue apagando poco a poco, como se apagan siempre las buenas fiestas, con los invitados despidiéndose entre abrazos largos y promesas de volver pronto, hasta que, pasada la medianoche, solo quedamos los más cercanos: mi tía, Cata y Bruno, mi madre, y nosotros dos, sentados alrededor de la mesa donde Gonzalo me había pedido matrimonio apenas un año atrás, terminando la última botella de vino bueno del armario de mi tía.
—Creo que ya no me quedan botellas especiales guardadas para ninguna otra ocasión —confesó ella, sirviendo las últimas copas—. Me las he bebido todas este año, entre el compromiso, la boda de Cata y esta.
—Habrá que comprar más —dijo Gonzalo—. Conociendo esta casa, seguro que aparece pronto otra ocasión que lo merezca.
Nadie dijo nada más al respecto, pero la mirada cómplice que cruzaron mi tía y mi madre por encima de sus copas me hizo sospechar que las dos estaban pensando exactamente en el mismo tipo de ocasión futura, aunque ninguna se atreviera a decirlo en voz alta esa noche.
Se fueron poco a poco, cada uno con su despedida particular: mi tía con un abrazo largo y la promesa de dejarnos dormir hasta tarde al día siguiente, «cosa que no he hecho en veinticinco años de bodas de sábado»; Cata y Bruno con la complicidad tranquila de quienes ya habían pasado por lo mismo apenas dos meses atrás; mi madre con un beso en la frente y un «te lo mereces todo, hija» que se me quedó grabado durante días.
Cuando por fin nos quedamos solos, Gonzalo y yo, en el jardín ya vacío, con las luces cálidas todavía encendidas y los restos de la fiesta esperando a ser recogidos al día siguiente, nos sentamos juntos bajo el roble, ahora convertidos oficialmente en marido y mujer, con la misma sensación de calma que habíamos sentido tantas otras noches a lo largo de aquellos dos años.
—¿Cómo se siente siendo un hombre casado? —le pregunté, apoyando la cabeza en su hombro.
—Exactamente igual que ayer, solo que con un anillo nuevo y la certeza añadida de que nadie más va a poder pedirle matrimonio a la mujer que amo. ¿Y usted, señora Ferreira?
—No pienso cambiarme el apellido, para que conste.
—Nunca esperé que lo hiciera. Sería como pedirle a Casa Almendra que cambiara de nombre después de veinticinco años.
Nos quedamos allí un rato más, en silencio, mirando el jardín a oscuras y el roble que nos había visto discutir, enamorarnos, pelear, reconciliarnos y, finalmente, casarnos, testigo silencioso de una historia que dos años atrás ni siquiera había imaginado que fuera a vivir.
Pensé en todo lo que habíamos recorrido desde aquel sábado de junio en que un pastel de tres pisos se había inclinado peligrosamente hacia la izquierda: la llegada de Gonzalo con su cara de estar calculando algo que no le gustaba, la viga con termitas, la denuncia urbanística, Marta Ibargüen y su césped artificial, la crisis de Bilbao, la reconciliación en aquel mismo porche, la propuesta bajo aquel mismo roble.
Pensé en mi tía, que había encontrado el valor de empezar a soltar las riendas de un negocio que había sido toda su vida.
Pensé en Cata, que había encontrado el amor precisamente en el sitio donde llevaba años ayudando a otros a encontrar el suyo.
Pensé, sobre todo, en Casa Almendra, aquel caserón de piedra que no era una casa ni tenía almendros, y que sin embargo había sabido, año tras año, convertir a completos desconocidos en la clase de familia que se sujeta mutuamente cuando algo amenaza con venirse abajo, con un tenedor bien clavado si hacía falta, o con algo tan simple como la decisión de quedarse, un día tras otro, a pelear por lo que de verdad importaba.
—¿En qué piensa? —preguntó Gonzalo, notando mi silencio prolongado.
—En que hace dos años, si alguien me hubiera dicho que iba a terminar así, no le habría creído ni por un segundo.
—¿Y ahora?
Sonreí, mirando hacia el roble, hacia la casa a oscuras detrás de nosotros, hacia el hombre que se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en mi persona favorita para sujetar cualquier cosa que la vida decidiera inclinar peligrosamente hacia la izquierda.
—Ahora no puedo imaginar que hubiera terminado de ninguna otra manera.
***