CAPÍTULO 20
Bajé los últimos escalones del brazo de mi madre, que había insistido en acompañarme hasta la puerta del jardín «porque para eso están las madres, para las entradas importantes», y me detuve un momento antes de cruzar el umbral, dejando que los ojos se me acostumbraran a la luz de la tarde y a la imagen que tenía delante: Casa Almendra entera vestida de fiesta, los almendros del camino desprendiendo pétalos con cada golpe de brisa, y el jardín lleno de sillas blancas ocupadas por la gente que más quería en el mundo.
Vi a mi tía en primera fila, con un pañuelo ya preparado en la mano, aunque la ceremonia todavía no había empezado.
Vi a Cata, de pie junto al roble como madrina de honor, con Bruno unas filas más atrás sonriendo con el mismo orgullo con el que había sonreído en su propia boda apenas dos meses antes.
Vi a Elena, que había insistido en hacer el viaje desde Bilbao «porque después de la boda de mi nieta, esto ya es tradición familiar», sentada junto a Sara y su marido.
Y al fondo, bajo el roble que llevaba veinticinco años presidiendo bodas ajenas, vi a Gonzalo, con un traje que le quedaba perfecto y una expresión que mezclaba los nervios con una felicidad tan evidente que se le notaba incluso desde la distancia.
Caminé hacia él despacio, con el broche de mi bisabuela prendido en el vestido y un ramo sencillo de flores silvestres que Cata había cortado esa misma mañana del huerto viejo, el mismo donde Bruno le había pedido matrimonio meses atrás.
La música que sonaba, elegida entre los dos después de descartar una docena de opciones más convencionales, no era ninguna marcha nupcial tradicional, sino una pieza suave de piano que Gonzalo había encontrado durante una de sus muchas búsquedas nocturnas de «algo que sonara a nosotros, no a boda de catálogo».
***
Llegué junto a Gonzalo, y mi madre me soltó el brazo con un beso rápido en la mejilla antes de sentarse junto a mi tía, dejándonos a los dos, por fin, frente a frente bajo el roble, con la jueza que oficiaba la ceremonia sonriendo pacientemente mientras esperaba a que el murmullo emocionado de los invitados se apagara.
—Está usted preciosa —me susurró Gonzalo, antes de que empezara nada oficial—. Aunque debo decir que la primera vez que la vi, con el pelo alborotado y gritándome por lo de la fachada, ya me pareció bastante imponente.
—Y usted seguía siendo un maleducado en ese momento, para que conste en el acta.
—Que conste, entonces, que el maleducado ha aprendido a base de golpes, y que se considera un hombre afortunado de que aquella organizadora de bodas tan imponente decidiera darle una segunda oportunidad.
La jueza carraspeó, con una sonrisa cómplice, y empezamos la ceremonia entre risas contenidas de los invitados más cercanos, que habían escuchado perfectamente aquel intercambio susurrado.
Los votos que habíamos escrito cada uno por separado, sin enseñárselos al otro hasta ese mismo momento, resultaron ser sorprendentemente parecidos en su fondo, aunque completamente distintos en la forma: los míos, prácticos y llenos de referencias a vigas, presupuestos y tenedores clavados en pasteles; los suyos, más estructurados, casi como un informe técnico del corazón, con apartados y conclusiones que hicieron reír a la mitad del jardín entre lágrimas.
—Gonzalo Ferreira —empecé, con la voz más firme de lo que esperaba, después de tantas semanas de nervios acumulados—, hace dos años bajó usted de un coche con cara de estar calculando algo que no le gustaba, y yo decidí que el mejor recibimiento posible era llamarlo maleducado antes incluso de saber su nombre completo.
Desde entonces, ha medido cada centímetro de esta casa, ha discutido conmigo por cada partida del presupuesto, ha dormido menos de lo que debería rellenando formularios para salvar un negocio que no era suyo, y ha aprendido a doblar servilletas mejor que cualquier profesional que hayamos contratado nunca.
Prometo seguir discutiendo con usted por los planos de cada ampliación futura, seguir aprendiendo a compartir en vez de controlar, y seguir eligiéndolo cada mañana, con la misma certeza tranquila con la que lo elegí bajo este mismo roble, dos años y una vida entera de pasteles inclinados atrás.
Gonzalo esperó a que se calmaran las risas y las lágrimas de los invitados antes de sacar del bolsillo una tarjeta pequeña, escrita a mano, con una letra tan ordenada que solo podía ser suya.
—Vega Alonso —empezó, con la voz temblando ligeramente al principio—, según mis cálculos, que llevo dos años perfeccionando, esta relación tiene un balance extraordinariamente positivo: por cada discusión sobre planos o presupuestos, ha habido al menos diez momentos de una felicidad que ningún informe de viabilidad sabría medir correctamente.
Por cada crisis externa que hemos enfrentado juntos, banco, grupo hotelero, denuncia urbanística incluida, hemos salido con los cimientos más firmes que antes, no más débiles, que es exactamente lo contrario de lo que cualquier ingeniero esperaría de una estructura sometida a tanta presión.
Los invitados rieron de nuevo, y Gonzalo aprovechó la pausa para respirar hondo antes de continuar, esta vez con una seriedad que apagó las risas casi de inmediato.
—Pero más allá de los cálculos y las bromas, Vega, lo que de verdad quiero decirle es esto: llevo toda la vida construyendo cosas para que otras personas las disfruten, edificios que firmo y entrego y de los que después me despido.
Usted es la primera persona con la que quiero construir algo que sea mío también, no solo suyo, no solo nuestro por casualidad, sino nuestro porque los dos hemos decidido, cada día, seguir levantándolo juntos.
Prometo seguir consultándole cada plano, grande o pequeño, seguir contándole mis miedos antes de que se conviertan en secretos, y seguir eligiendo, cada mañana, quedarme aquí, con usted, en la casa que aprendí a querer casi tanto como la aprendí a querer a usted.
Intercambiamos los anillos con las manos temblando los dos por igual, y cuando la jueza pronunció por fin las palabras que llevábamos meses esperando escuchar, Gonzalo no esperó ninguna indicación formal para besarme, con el mismo roble de testigo bajo el que nos habíamos besado por primera vez, bajo el que me había pedido matrimonio, y bajo el que, a partir de ese momento, quedábamos oficialmente unidos ante todos los que más queríamos.
El jardín entero estalló en aplausos, y por el rabillo del ojo vi a mi tía llorando abiertamente, sin ningún pudor, y a Cata gritando algo que sonaba sospechosamente a «¡ya era hora!» por encima del ruido general de la celebración.
***
La celebración se extendió por todo el jardín durante el resto de la tarde y buena parte de la noche, con la misma cuerda de fotografías que habíamos colgado entre las ramas del roble para la jornada de puertas abiertas, ahora ampliada con nuevas imágenes: la boda de Sara Etxeberria, la de Cata y Bruno, y un hueco reservado, todavía vacío, que Cata había preparado especialmente «para la foto de hoy, en cuanto alguien revele el carrete de la cámara analógica que insististeis en traer».
—Siempre tan sentimental —le dije, señalando el hueco vacío entre las demás fotografías.
—Aprendí de la mejor —contestó ella, abrazándome con fuerza antes de salir corriendo a atender algún imprevisto de última hora con el DJ, algo que a esas alturas ya formaba parte del paisaje habitual de cualquier boda en Casa Almendra.
El pastel, esta vez preparado por una pastelería de confianza y no por manos improvisadas de última hora, llegó perfectamente nivelado, sin ninguna inclinación sospechosa, aunque Gonzalo insistió, entre risas, en que le pareció «casi decepcionante» no tener que rescatarlo con un cuchillo largo como la primera vez.
Marisol y Fran, los protagonistas de aquella primera boda con el pastel inclinado que había estado a punto de arruinarlo todo, aparecieron también entre los invitados, para sorpresa mía, ya que hacía tiempo que no sabía nada de ellos más allá de alguna felicitación de Navidad ocasional.
—No podíamos faltar —me dijo Marisol, abrazándome con la misma efusividad de siempre—.
Al fin y al cabo, fuisteis vosotros los primeros en enseñarnos que un desastre en plena boda no tiene por qué significar el fin del mundo.
Cuando Cata nos contó lo del pastel de vuestra boda, no me lo podía creer: la misma pareja que salvó el nuestro con un tenedor, ahora casándose con un pastel perfecto.
—La vida tiene un sentido del humor muy particular —le dije, riendo—. Aunque después de tantos años en esto, ya casi lo espero.
Fran, mientras tanto, se había acercado a Gonzalo para preguntarle, con genuina curiosidad profesional, sobre la ampliación de la buhardilla, y los dos se enzarzaron en una conversación técnica sobre vigas y claraboyas que solo se interrumpió cuando Cata reclamó a todo el mundo para el lanzamiento del ramo, ceremonia que yo misma había dirigido para tantas otras novias a lo largo de los años y que ahora, por primera vez, protagonizaba desde el otro lado.
—No tiente a la suerte —le advertí—. Todavía quedan horas de fiesta por delante.
***
Mi tía me encontró junto a la mesa de los postres, ya entrada la noche, con una copa de vino en la mano y esa mirada suya que mezclaba el orgullo con la nostalgia de quien ve cerrarse un círculo importante.
—¿Sabes qué estaba pensando? —dijo, sentándose a mi lado en uno de los bancos del jardín—.
Que dentro de dos años, cuando por fin me jubile del todo, esta casa va a seguir exactamente igual de viva de lo que lo ha estado siempre, solo que con otra generación al frente.
Eso es lo único que de verdad me importaba conseguir con todo esto.
—Vamos a cuidarla, te lo prometo. Como tú nos enseñaste.