CAPÍTULO 19 #3
—Gracias —le dije, cuando por fin conseguí hablar sin que la voz se me rompiera del todo—. Por esto, y por todo lo demás. Por confiarme esta casa, por enseñarme a quererla como la quiero, por estar aquí cada vez que las cosas se han puesto difíciles.
—Ese es mi trabajo, cariño. El de las tías, quiero decir. Estar ahí, sujetando lo que haga falta, con tenedor o sin él.
Se fue poco después, dejándome sola con el vestido colgado en el armario, el broche del almendro guardado con cuidado sobre la mesilla, y una sensación de plenitud tan completa que me costó, por primera vez en semanas, encontrar ningún miedo real al que ponerle nombre.
Me quedé despierta hasta tarde, repasando mentalmente los últimos dos años enteros: el pastel inclinado de la primera boda, la llegada de Gonzalo con cara de estar calculando algo que no le gustaba, la viga con termitas, la denuncia urbanística, la crisis de marzo, la reconciliación, la propuesta bajo el mismo roble que al día siguiente iba a presidir, por fin, mi propia boda.
Apagué la luz pensando que, si alguien me hubiera dicho aquel sábado de junio, dos años atrás, viendo aquel pastel inclinado a punto de venirse abajo, que iba a terminar así, casándome bajo el mismo roble con el arquitecto maleducado que había bajado de su coche comentando que la casa era más vieja de lo que decía el informe, probablemente me habría reído en su cara con la misma incredulidad de siempre.
Pero así, exactamente así, era como había resultado todo, y mientras el sueño empezaba a vencerme, con los almendros en flor esperando fuera y el broche de mi bisabuela brillando suavemente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, pensé que no había ninguna otra manera en que hubiera preferido que sucediera.
***
A la mañana siguiente, muy temprano, antes incluso de que el resto de la casa despertara del todo, salí en bata al jardín solo para verlo una última vez tal como era antes de que se llenara de invitados: silencioso, cubierto de rocío, con los almendros en flor recortados contra un cielo todavía gris de amanecer.
El roble seguía en el mismo sitio de siempre, firme, testigo silencioso de setenta y cinco bodas ajenas antes de la mía, y me acerqué a tocar su corteza con la misma costumbre de la infancia que nunca había perdido del todo.
—¿Nerviosa? —preguntó Gonzalo, apareciendo detrás de mí con dos tazas de café, todavía sin afeitar y con el pelo revuelto de dormir.
—Se supone que no deberíamos vernos hasta la ceremonia. Trae mala suerte.
—No creo en esas supersticiones, y usted tampoco, después de todo lo que hemos superado juntos sin necesidad de rituales de buena suerte.
Me pasó una taza de café y nos quedamos los dos en silencio, mirando el jardín despertar poco a poco, con la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara durante el resto del día, aquel momento pequeño y compartido, sin invitados ni ceremonia ni nada más que el roble y el café compartido, ya había sido, de alguna manera, la mejor parte de toda la boda.
Gonzalo se fue poco después, obligado por Bruno, que apareció reclamándolo para «los preparativos de los hombres», que según pude escuchar de lejos consistían básicamente en asegurarse de que la corbata quedara recta y repetir el mismo chiste sobre nervios de última hora que ya habíamos escuchado en la boda de Cata.
Me quedé sola un rato más, terminando el café con calma, sabiendo que en apenas unas horas aquel jardín, tan tranquilo en ese momento, se llenaría de gente, música y la clase de caos organizado que llevaba nueve años dominando a la perfección, solo que esta vez, por primera vez, el caos iba a ser completamente mío.
Volví adentro cuando el sol ya asomaba del todo por encima de los almendros, dispuesta a empezar el ritual de prepararme que tantas veces había ayudado a completar a otras, y por primera vez en toda la planificación de aquella boda, sentí que el miedo de las semanas anteriores se había transformado, sin darme apenas cuenta, en algo mucho más simple y mucho más firme: la certeza tranquila de estar exactamente donde quería estar, a punto de hacer exactamente lo que quería hacer, con la persona correcta, en la casa correcta, rodeada de la familia correcta que habíamos ido construyendo, entre crisis y celebraciones, a lo largo de dos años que no hubiera cambiado por nada del mundo.
Cata llamó a la puerta pocos minutos después, ya vestida de madrina, con una sonrisa que anunciaba el comienzo oficial de un día que llevábamos meses esperando entre los dos.
—¿Lista? —preguntó, asomando la cabeza.
—Lista —contesté, y por primera vez en semanas, lo decía completamente en serio.
Bajamos juntas las escaleras poco después, con el vestido ya puesto y el broche de mi bisabuela prendido con cuidado, camino de un día que, sin que ninguna de las dos lo dijera en voz alta, sabíamos que íbamos a recordar durante el resto de nuestras vidas.
Al pie de la escalera, Gonzalo me esperaba, ya vestido, con la misma expresión de asombro contenido que había tenido la primera vez que había subido a la buhardilla y había visto, por fin, algo más que metros cuadrados desaprovechados.