CAPÍTULO 19 #2
—Faltan las flores definitivas, el menú final, y todavía no habéis decidido si Elena y su familia se quedan a dormir aquí o en el hotel del pueblo —recitó, un domingo de marzo, revisando la lista con el mismo rigor que aplicaba antes a cualquier boda de cliente—.
Y tu madre me ha preguntado dos veces esta semana si ya has decidido el peinado, así que asumo que no.
—No he decidido el peinado.
—Vega, la boda es dentro de cinco semanas.
—Lo sé, lo sé. Es solo que cada vez que tengo que decidir algo para mi propia boda, me bloqueo de una manera que nunca me ha pasado organizando la de nadie más.
Cata dejó la lista a un lado y me miró con esa mezcla de cariño y exasperación que solo se permitía conmigo después de tantos años de amistad.
—¿Sabes por qué te bloqueas? Porque durante nueve años has organizado bodas ajenas sabiendo que, pasara lo que pasara, tú ibas a seguir aquí al día siguiente, con la vida exactamente igual que antes.
Esta boda es distinta. Después de esta, tu vida cambia de verdad, y creo que una parte de ti todavía no sabe muy bien cómo sentirse respecto a eso, por muy segura que estés de querer casarte con Gonzalo.
Tenía razón, como de costumbre, y aquella noche, hablándolo con Gonzalo
Tenía razón, como de costumbre, y aquella noche, hablándolo con Gonzalo mientras cenábamos en la cocina, conseguí por fin poner en palabras lo que llevaba semanas sintiendo sin saber nombrar.
—Tengo miedo de que, en cuanto diga sí en esa ceremonia, deje de ser la Vega que sujeta pasteles con tenedores y organiza bodas ajenas sin depender de nadie —le confesé, mientras él escuchaba con la misma atención de siempre—.
Sé que es una tontería, después de todo lo que hemos hablado sobre esto, pero el miedo vuelve de vez en cuando, aunque ya lo creía superado.
—No es una tontería. Es humano. Pero le voy a decir una cosa, Vega: llevo dos años enamorándome cada día un poco más de esa Vega exacta, la que sujeta pasteles y no depende de nadie.
Casarse conmigo no la va a cambiar. Solo le va a añadir a alguien dispuesto a sujetar el otro extremo del tenedor, cuando haga falta.
Aquella imagen, tan sencilla, del tenedor compartido en vez de sujetado en solitario, se me quedó grabada durante los días siguientes con una claridad que ningún otro argumento había conseguido antes.
Decidí el peinado esa misma semana, sin darle más vueltas de las necesarias, y cerré, uno detrás de otro, todos los detalles pendientes de la lista de Cata con una soltura que meses atrás no hubiera imaginado posible.
***
La víspera de la boda llegó con la misma sensación de vértigo contenido que había visto en tantas otras novias a lo largo de los años, solo que esta vez el vértigo era completamente mío.
Los almendros del camino de entrada estaban en plena floración, tal como habíamos planeado desde el principio, cubriendo la entrada de Casa Almendra con un manto blanco y rosado que ni el mejor decorador hubiera conseguido imitar.
—Mañana a estas horas ya estarás casada —me dijo Cata, esa noche, ayudándome a revisar por última vez el vestido colgado en el armario—. ¿Cómo te sientes?
—Aterrorizada. Feliz. Las dos cosas a la vez, exactamente como me dijiste que sentirías tú en tu boda.
—Bienvenida al club. Es la mejor clase de miedo que existe.
Mi tía entró en mi habitación poco después de que Cata se fuera a descansar, con una cajita pequeña de madera que reconocí vagamente de alguna estantería del despacho, aunque nunca la había visto abierta.
—Quiero darte esto antes de mañana —dijo, sentándose en el borde de la cama con el mismo cuidado con el que hacía todo lo importante—.
Era de mi madre, tu bisabuela. Un broche pequeño, nada ostentoso, pero lo llevó puesto en su boda, y yo lo llevé en la mía, aunque mi matrimonio no terminara durando tanto como me hubiera gustado.
Abrió la cajita, revelando un broche antiguo en forma de almendro en flor, con detalles tan delicados que parecían casi de encaje tallado en metal.
—Es precioso —dije, con la voz ya quebrada de la emoción acumulada de todo el día.
—Quiero que lo lleves mañana. No porque necesites ningún objeto para que la boda salga bien, que eso ya lo sabemos las dos de sobra después de años haciendo esto para otras personas.
Quiero que lo lleves porque representa algo que nunca se ha roto en esta familia, pase lo que pase con los matrimonios individuales: la costumbre de seguir intentándolo, de seguir creyendo en el amor incluso después de los fracasos, y de encontrar siempre, al final, alguna razón para volver a celebrar bajo ese roble.
La abracé con fuerza, con el broche todavía en la mano, pensando en todas las bodas que aquella misma cajita debía de haber presenciado a lo largo de generaciones, mucho antes de que Casa Almendra existiera siquiera como negocio, mucho antes de que ninguna de las dos supiéramos que un día íbamos a pelear juntas contra un banco entero para conservar aquel jardín.