Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Los meses que siguieron al compromiso transcurrieron con una mezcla curiosa de normalidad y expectación, mientras Casa Almendra terminaba su segunda temporada alta desde la reforma y nosotros, entre boda ajena y boda ajena, íbamos avanzando poco a poco en los preparativos de la nuestra, fijada para la primavera siguiente, cuando los almendros del camino de entrada volvieran a florecer.

Descubrí, para mi propia sorpresa, que ser la novia resultaba mucho más difícil que ser la organizadora.

Llevaba nueve años calmando a otras mujeres en su día más importante, repitiendo frases hechas sobre lo bien que iba a salir todo, y ahora, sentada al otro lado de la mesa mientras Cata me enseñaba catálogos de vestidos, descubría una versión de mí misma mucho más indecisa y nerviosa de lo que jamás hubiera admitido delante de una clienta.

—No puedo decidir entre estos dos —le dije a Cata, por tercera vez esa tarde, señalando dos vestidos casi idénticos en el catálogo—. ¿Cómo consigues que las novias decidan esto en cinco minutos cuando yo llevo media hora dándole vueltas?

—Porque a las novias las presiono un poco, cosa que contigo no pienso hacer, porque me da miedo tu ira si te agobio con esto.

—Cata cerró el catálogo, con una paciencia que solo demostraba con la gente que quería de verdad—.

Vega, llevas nueve años ayudando a otras personas a vivir su mejor día.

Deja que, por una vez, alguien te ayude a ti a vivir el tuyo, sin que sientas que tienes que controlarlo todo tú misma.

Aquel consejo, tan simple, resultó ser más difícil de aplicar de lo que esperaba, porque cada vez que alguien —Cata, mi tía, incluso Gonzalo— tomaba una decisión sobre algún aspecto de la boda sin consultarme cada detalle, sentía un impulso casi automático de intervenir, de comprobar que todo se ajustaba exactamente a como yo lo habría organizado para cualquier otra pareja.

Tuvieron que pasar varias conversaciones, algunas más tensas que otras, para que aprendiera, poco a poco, a soltar las riendas en algunos aspectos y confiar en que la gente que me quería sabía, mejor que nadie, lo que yo misma hubiera elegido.

***

La noticia que nadie esperaba, ni siquiera yo, llegó un domingo de octubre, durante una comida familiar tranquila en la que Cata llevaba toda la mañana con una sonrisa nerviosa que no encajaba con su actitud habitual, tan segura de sí misma en cualquier circunstancia.

—Tenemos que deciros algo —anunció Bruno, cogiendo la mano de Cata por encima de la mesa con una solemnidad que no le conocía, él que solía comunicarse casi enteramente a base de bromas y comentarios técnicos sobre instalaciones eléctricas—. Nos vamos a casar.

Se hizo un silencio de apenas dos segundos, el tiempo exacto que tardamos todos en procesar la noticia, antes de que la mesa entera estallara en gritos, abrazos y preguntas superpuestas que ni Cata ni Bruno consiguieron responder por separado durante los primeros minutos de celebración.

—¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué no me has dicho nada? —le pregunté a Cata, todavía con el tenedor en la mano, olvidado a medio camino del plato.

—Porque quería que fuera una sorpresa de verdad, no una que se filtrara antes de tiempo, como pasó con la propuesta de Gonzalo.

—Cata sonreía de una manera que no le había visto nunca, una mezcla de felicidad pura sin ninguna ironía protectora de por medio—.

Me lo pidió la semana pasada, en el mismo huerto viejo donde va a estar la ampliación de vuestra casa.

Dijo que quería pedírmelo en un sitio que también fuera importante para nosotros, no solo copiar la idea del roble.

—Menos mal que ha tenido la decencia de buscar su propio sitio —comentó Gonzalo, con una media sonrisa—. Hubiera sido un poco raro competir por el mismo escenario.

—¿Y la boda? —pregunté, ya calculando mentalmente fechas y disponibilidad, con el instinto profesional que nueve años de experiencia no conseguían apagar ni en mitad de una celebración familiar—. ¿Aquí, en Casa Almendra?

—Por supuesto que aquí —dijo Cata, como si la pregunta fuera casi ofensiva por su propia obviedad—.

¿Dónde si no? Aunque te advierto que esta vez la organizadora vas a ser tú, y yo pienso ser la novia más exigente que hayas tenido nunca, solo para vengarme de todas las veces que te he visto lidiar con novias imposibles.

—Trato hecho. Aunque te aviso que conozco todos tus puntos débiles después de años de amistad, así que no creas que vas a poder conmigo tan fácilmente.

***

Decidimos, entre risas y cierto grado de locura organizativa, celebrar ambas bodas con solo dos meses de diferencia: la de Cata y Bruno en febrero, aprovechando un hueco en el calendario de invierno que normalmente dedicábamos a los retiros de escritura, y la nuestra en abril, cuando los almendros del camino de entrada estuvieran en plena floración, tal como habíamos planeado desde el principio.

—Vamos a pasar el invierno entero organizando bodas simultáneas —le dije a Gonzalo, una noche, revisando dos calendarios distintos superpuestos sobre la mesa del despacho—.

La de Cata, la nuestra, y las tres que ya tenemos confirmadas de clientes normales entre medias.

Vamos a terminar más agotados que durante la crisis del banco.

—Al menos esta vez el agotamiento viene de algo bueno.

—Eso no hace que duela menos la espalda después de doce horas montando sillas.

La boda de Cata y Bruno se planeó con una velocidad sorprendente, en parte porque Cata, fiel a su promesa, resultó ser exactamente la clienta exigente que había anunciado, cambiando de opinión sobre las flores tres veces en una misma semana y discutiendo conmigo por el tipo de iluminación con el mismo fervor con el que yo llevaba años discutiendo presupuestos con proveedores tercos.

—Esto es peor de lo que pensaba —le comenté a mi tía, después de la tercera reunión de la semana sobre el color exacto de las servilletas—. Nunca pensé que Cata pudiera ser tan indecisa con nada.

—Es la primera vez en su vida que organiza algo para ella misma, en vez de para otra persona —dijo mi tía, con esa sabiduría suya que llevaba tantos años acumulando entre bodas ajenas—. Es normal que le cueste más de lo habitual. A ti también te ha costado, aunque de otra manera.

Tenía razón, como de costumbre, y aquella observación me ayudó a tener con Cata la misma paciencia infinita que ella había tenido conmigo durante meses, incluso cuando cambió de opinión sobre el pastel cuatro veces en dos semanas, terminando, después de toda aquella indecisión, con una elección que a mí me pareció, sin ninguna duda, perfecta para ella: un pastel de tres pisos, ligeramente inclinado a propósito, como guiño directo a la primera boda que habíamos organizado juntas, la de Marisol y Fran, casi dos años atrás.

***

La boda de Cata y Bruno se celebró un sábado de febrero inusualmente templado, como si hasta el clima hubiera decidido hacer una excepción especial para la ocasión.

Vi a Cata prepararse esa mañana con los mismos nervios que había visto en tantas otras novias a lo largo de los años, solo que esta vez, en vez de repetirle mis frases hechas habituales, me limité a sentarme a su lado y cogerle la mano, dejando que fuera ella quien hablara primero.

—Estoy aterrorizada —admitió, mirándose al espejo con el vestido ya puesto, un diseño sencillo que ella misma había elegido después de descartar una docena de opciones más complicadas—. ¿Es normal sentir tanto miedo el día que se supone que es el más feliz de tu vida?

—Es completamente normal. Llevo nueve años viendo a novias aterrorizadas justo antes de casarse con el amor de su vida. El miedo y la felicidad no se excluyen mutuamente, créeme, lo sé de primera mano.

—¿Tú tenías miedo, con Gonzalo?

—Todavía lo tengo, un poco, cada vez que pienso en la boda de abril. Pero he aprendido que ese miedo no significa que algo vaya mal. Significa que te importa lo suficiente como para que te asuste no hacerlo bien.

Cata me abrazó, con cuidado de no arrugar el vestido, y bajamos juntas al jardín donde Bruno esperaba ya bajo el roble, con una expresión de nervios que igualaba exactamente a la de ella, rodeados de la misma gente que llevaba dos años acompañándonos en cada crisis y cada celebración: mi tía, radiante con un vestido nuevo comprado especialmente para la ocasión; Gonzalo, esperándome con una sonrisa que se ensanchó en cuanto me vio bajar las escaleras; y hasta Elena, que había insistido en venir desde Bilbao «porque después de la boda de mi nieta, ya me considero parte de esta familia extendida», según sus propias palabras.

La ceremonia fue breve, sencilla y profundamente emotiva, con Bruno tropezándose en sus votos de una manera tan entrañable que hizo llorar de risa a la mitad de los invitados, y con Cata radiante de una felicidad que no había mostrado tan abiertamente en todos los años que llevaba trabajando a mi lado.

Cuando llegó el momento del pastel, ligeramente inclinado a propósito, todos los presentes que habían estado allí aquella primera boda de Marisol y Fran soltaron una carcajada cómplice, entendiendo perfectamente el homenaje, y aplaudiendo cuando Cata y Bruno cortaron juntos la primera porción sin que se les cayera ni una miga, para alivio evidente de todos los que recordábamos el desastre original. ***

Con la boda de Cata y Bruno ya celebrada, entramos de lleno en la recta final de los preparativos de la nuestra, con apenas dos meses por delante y una lista de decisiones pendientes que Cata, ahora recién casada pero igual de implicada como madrina oficial, se encargó de recordarme con una regularidad casi cronométrica.