Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 18 #2
87%

CAPÍTULO 18 #2

Mi tía, con los ojos llenos de lágrimas que no intentó disimular ni un segundo, me abrazó con la misma fuerza que había usado el día que se aprobó la financiación del banco, casi un año atrás.

—Ya sabía yo, la primera vez que os vi discutir en esta misma grava, que esto iba a terminar así —dijo, entre risas y lágrimas—. Nunca he visto a dos personas que se cayeran tan mal a primera vista y que terminaran queriéndose tan rápido después.

—No nos caímos mal —protesté, aunque la memoria de aquel primer encuentro, con Gonzalo comentando que la casa era «más vieja de lo que decía el informe», me hizo reír al recordarlo—. Bueno, puede que un poco.

—Un poco muchísimo —corrigió Gonzalo, pasándome un brazo por los hombros—. Pero mire cómo hemos terminado.

Celebramos el resto de la noche bajo el roble, los cinco juntos, con el anillo brillando en mi mano cada vez que la luz de las velas lo alcanzaba, y con una sensación de plenitud que no tenía nada que ver con haber resuelto ningún problema externo, ningún banco ni ningún grupo hotelero, sino simplemente con la certeza tranquila de que, después de un año entero de vigas, presupuestos, crisis y reconciliaciones, habíamos llegado exactamente a donde queríamos estar: juntos, rodeados de la familia que habíamos construido entre todos, y con un futuro entero por delante que, por primera vez, no me daba ningún miedo imaginar.

***

Llamé a mi madre a la mañana siguiente, todavía con el anillo puesto y una sonrisa que no conseguía borrarme de la cara ni con el café más fuerte que había preparado en meses, y antes de que pudiera terminar la primera frase, ella ya había adivinado la noticia por el simple tono de mi voz.

—Te has prometido —dijo, sin ninguna pregunta en la entonación, solo la certeza absoluta de una madre que lleva toda la vida reconociendo los matices exactos de la felicidad de su hija.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevas un año hablándome de ese hombre con una voz que no usabas ni siquiera con Diego en sus mejores momentos, y porque las madres sabemos estas cosas antes de que nos las cuenten, es una habilidad que viene incluida de fábrica. Cuéntamelo todo, con detalles, no te dejes nada.

Le conté la cena bajo el roble, las luces, el discurso a medio ensayar, la torpeza encantadora con la que Gonzalo me había puesto el anillo, y mi madre escuchó cada palabra con una atención que no recordaba haberle visto prestar a ninguna otra historia mía en años.

—Me alegro muchísimo, Vega. De verdad. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba más suave, casi nostálgica—.

¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto?

Que no me estás contando una historia perfecta, sin problemas, como esas que solo existen en las películas.

Me estás contando una historia real, con sus peleas, sus crisis y sus reconciliaciones, y aun así, al final, decidís elegiros el uno al otro de todas formas.

Eso vale mucho más que cualquier cuento de hadas sin nubes.

Colgué el teléfono con los ojos húmedos, otra vez, y bajé a la cocina donde encontré a Cata ya organizando, con un entusiasmo que no disimulaba en absoluto, una lista de cosas que según ella «había que empezar a planear ya mismo, aunque la boda fuera dentro de dos años».

—¿Ya estás planeando mi boda? —le pregunté, sirviéndome el café que ella ya había preparado.

—Alguien tiene que hacerlo, y tú vas a estar demasiado ocupada organizando las bodas de otras personas todo el verano como para pensar en la tuya propia. Es mi deber como mejor amiga y ahora, oficialmente, futura madrina.

—¿Quién ha dicho que vayas a ser la madrina?

—Yo, ahora mismo. No hay ninguna otra opción sensata sobre la mesa, así que no perdamos tiempo fingiendo que existe alguna alternativa.

Me reí, aceptando aquella designación unilateral con el mismo cariño con el que Cata la había anunciado, y me senté a su lado a repasar la lista que ya había empezado a garabatear en un cuaderno distinto al de las cinco normas de la buhardilla, aunque con la misma ilusión meticulosa.

Pensé, mientras la escuchaba proponer fechas, colores y posibles ubicaciones dentro de la propia Casa Almendra, que aquella mañana, con el anillo todavía brillándome en el dedo y la casa entera llena de la misma energía feliz que había presenciado en tantas bodas ajenas a lo largo de los años, era quizás la prueba más clara de que todo lo que habíamos construido aquel año difícil había merecido, sin ninguna duda, cada pastel inclinado, cada viga con termitas y cada noche de incertidumbre que habíamos tenido que atravesar para llegar hasta allí.

***

El resto del verano transcurrió con la temporada alta de bodas ocupando la mayor parte de nuestro tiempo, pero con la novedad constante de llevar un anillo en el dedo que cambiaba, de manera sutil pero real, la forma en que veía cada ceremonia que ayudaba a organizar.

Ya no miraba a las novias nerviosas solo como una profesional acostumbrada a calmarlas; ahora entendía, desde dentro, la mezcla exacta de ilusión y vértigo que sentían, porque yo misma la llevaba encima cada mañana, entre boda ajena y boda ajena, esperando el momento de empezar a planear la propia.

—Cuando le pedí matrimonio no calculé que íbamos a pasar el verano entero organizando bodas de otras personas antes de poder concentrarnos en la nuestra —comentó Gonzalo, una tarde de agosto, viéndome coordinar simultáneamente tres proveedores distintos para una boda de fin de semana mientras revisaba, con la otra mano, un catálogo de vestidos que Cata había dejado sobre la mesa «por si me apetecía echar un vistazo con tiempo».

—Bienvenido a la vida de una organizadora de bodas comprometida. Es tan irónico como suena.

—¿Cuándo cree que tendremos tiempo real de sentarnos a planear la nuestra?

—En cuanto termine septiembre, con suerte.

Aunque conociéndonos, seguramente terminemos discutiendo por el mismo tipo de detalles que discutimos con la ampliación de la casa: el suelo, las flores, si llevamos centros de mesa clásicos o algo más silvestre como lo que improvisamos aquella vez que nos falló la floristería.

—Silvestre, sin ninguna duda. Ya tenemos precedente de que funciona mejor que cualquier catálogo.

Nos reímos, repasando ya, aunque solo fuera en broma, algunos de los detalles que sabíamos Nos reímos, repasando ya, aunque solo fuera en broma, algunos de los detalles que sabíamos que íbamos a tener que decidir juntos más adelante, y pensé que aquella misma conversación ligera, sin ninguna presión real detrás, era la mejor prueba de que habíamos aprendido, por fin, a compartir las decisiones importantes sin que ninguno de los dos sintiera que estaba cediendo terreno a la fuerza.

Cuando por fin llegó septiembre, con la temporada alta cerrándose y el calendario despejándose poco a poco, nos sentamos una tarde tranquila en la mesa del porche, la misma donde habíamos diseñado meses atrás las cinco normas de la buhardilla, con un cuaderno nuevo delante y la intención clara de empezar, esta vez sí, a planear nuestra propia boda con la misma calma y el mismo cuidado compartido que habíamos aprendido a aplicar a todo lo demás.

—¿Por dónde empezamos? —pregunté, con el bolígrafo listo sobre la primera página en blanco.

—Por donde empezó todo, supongo —dijo Gonzalo, mirando hacia el jardín, hacia el roble que llevaba ya veinticinco años presidiendo bodas ajenas y que, en menos de un año, iba a presidir también la nuestra—.

Bajo ese roble, con la gente que queremos, y sin ningún banco ni ningún grupo hotelero vigilando desde la distancia.

—Eso ya lo doy por hecho. Pregunto por la fecha.

—La fecha que usted decida. Yo ya he aprendido, a base de meses de práctica, que las mejores decisiones son las que tomamos juntos, aunque tarden el doble en llegar.

Sonreí, apuntando en la primera línea del cuaderno nuevo la fecha tentativa que llevábamos días barajando en broma, sabiendo que aquel primer paso, tan pequeño y tan simbólico a la vez, era el principio oficial de la última gran celebración que Casa Almendra iba a organizar aquel año: no una boda ajena más entre las muchas que habíamos celebrado bajo el mismo roble, sino la nuestra propia, construida, como todo lo demás entre nosotros, decisión a decisión, sin prisa, pero sin dejarla tampoco aparcada.

Cerramos el cuaderno cuando ya anochecía, con apenas media página escrita —una fecha tentativa, dos ideas sueltas sobre las flores, un debate sin resolver sobre si invitar o no a Diego, que Gonzalo zanjó con un simple «depende de si quiere pasar vergüenza delante de toda su antigua empresa, allá él»— y con la misma sensación satisfecha con la que solíamos terminar cualquier sesión de trabajo importante, la de haber avanzado poco en cantidad pero mucho en lo que de verdad importaba.

Mi tía, que se había acercado a servirnos una limonada sin que se la pidiéramos, se quedó un momento apoyada en el marco de la puerta, mirándonos con esa expresión suave que ya le conocía tan bien.

—Veinticinco años organizando bodas en este jardín —dijo, más para sí misma que para nosotros—, y esta va a ser, con diferencia, la que más ganas tengo de ver.

—No se emocione todavía, que apenas tenemos una fecha y dos ideas de flores —le dije, riendo.

—Con vosotros dos, cariño, ya sé que va a estar bien. Lo demás son solo detalles que iréis resolviendo, como habéis resuelto todo lo demás este año.

Y mientras la luz de la tarde terminaba de apagarse sobre el jardín, con el cuaderno nuevo ya guardado junto al de las cinco normas y el anillo todavía brillándome en la mano, pensé que mi tía, como de costumbre, tenía toda la razón.