CAPÍTULO 18
Junio trajo consigo el primer aniversario de la llegada de Gonzalo a Casa Almendra, una fecha que ninguno de los dos había marcado oficialmente en ningún calendario, pero que los dos recordábamos con precisión: el día exacto en que había bajado de su coche con cara de estar calculando algo que no le gustaba, y yo lo había recibido con la peor de mis bienvenidas posibles.
Lo noté raro desde primeros de mes, con una distracción que no era propia de él: llamadas que cortaba de golpe en cuanto yo entraba en la habitación, una carpeta nueva que guardaba con un cuidado casi exagerado cada vez que la dejaba sobre alguna mesa, y una tendencia a desaparecer los sábados por la mañana con la excusa de «revisar un proyecto pequeño en el pueblo de al lado» que nunca terminaba de detallar del todo.
—¿Está pasando algo que debería saber? —le pregunté, una noche de mediados de junio, después de pillarlo guardando el teléfono con una rapidez sospechosa en cuanto entré en la cocina.
—Nada de lo que preocuparse, se lo prometo.
—Eso es exactamente lo que dice la gente justo antes de anunciar algo de lo que sí hay que preocuparse.
—Vega. —Se acercó, con esa media sonrisa que ya reconocía como su manera de esquivar preguntas sin mentir del todo—.
Le prometo, con la mano en el corazón, que no hay ningún problema.
Solo hay algunas cosas que estoy organizando y que todavía no están listas para contarle.
Nada que ver con Bilbao, ni con proyectos grandes, ni con ninguna de las cosas que la han asustado en el pasado.
Aquello, en teoría, debería haberme tranquilizado del todo, y sin embargo, después de un año entero de sobresaltos constantes, mi cabeza insistía en imaginar escenarios cada vez más improbables: desde una oferta de trabajo secreta hasta, en mis momentos más paranoicos, la posibilidad de que estuviera reconsiderando lo nuestro después de la crisis de marzo, aunque todo en su comportamiento diario indicara exactamente lo contrario.
***
—Está tramando algo —le dije a Cata, una tarde, mientras las dos preparábamos el jardín para una boda del fin de semana—. Estoy segura. Lleva semanas con el teléfono boca abajo en cualquier mesa, desapareciendo los sábados, hablando en susurros con Bruno cada vez que cree que no le veo.
—¿Con Bruno? —Cata levantó una ceja, con un interés que no supe interpretar del todo—. Qué raro. Bruno no me ha contado nada.
—¿O sea que confirmas que hay algo que contar?
—No he dicho eso. He dicho que Bruno no me ha contado nada, que es distinto de decir que no hay nada.
—Cata.
—Vega, en serio, no sé nada. —Pero la manera en que evitó mirarme a los ojos mientras lo decía me confirmó, con la misma certeza con la que sabía distinguir un centro de mesa mal colocado a diez metros de distancia, que mi mejor amiga me estaba mintiendo, o al menos, ocultándome algo con una lealtad que en ese momento no sabía si agradecer o maldecir.
Pasé los días siguientes en un estado de alerta permanente, buscando pistas en cada gesto de Gonzalo, en cada llamada cortada de golpe, en cada visita misteriosa de Bruno que terminaba en conversaciones susurradas en el jardín trasero que se interrumpían en cuanto yo aparecía.
Llegué incluso, en un momento de debilidad que no me enorgullece del todo, a intentar leer por encima del hombro de Gonzalo la pantalla de su teléfono, maniobra que él esquivó con una risa que no hizo nada por calmar mi paranoia creciente.
—Si sigue intentando espiarme el teléfono, Vega, va a arruinar la sorpresa, y le prometo que merece la pena esperar a que esté lista.
—¿Sorpresa? Ha dicho «sorpresa». Antes decía que no había nada de lo que preocuparse. Ahora hay una sorpresa. Esto está escalando.
—No está escalando nada. Solo le he confirmado algo que ya sospechaba, para que deje de imaginarse catástrofes que no tienen nada que ver con la realidad.
***
El día exacto del aniversario, un sábado sin ninguna boda programada por primera vez en semanas, Gonzalo me pidió que me arreglara «un poco más de lo habitual, sin exagerar tampoco», y que estuviera lista para las siete de la tarde, sin darme ninguna pista adicional sobre qué teníamos planeado.
—¿Vamos a algún sitio? —le pregunté, mientras me ponía unos pendientes que llevaba meses sin usar.
—Vamos a un sitio, sí. Aunque no muy lejos.
Bajé al salón a las siete en punto, y me encontré la casa completamente vacía, sin rastro de Cata ni de mi tía, que aparentemente habían encontrado una excusa conveniente para desaparecer esa tarde entera.
Gonzalo me esperaba en la entrada, con una camisa que reconocí de la cena de aniversario de los cuatro meses, casi un año atrás, y una expresión que mezclaba los nervios con algo parecido a la ilusión contenida.
—Está usted muy elegante para un sábado cualquiera, Ferreira.
—No es un sábado cualquiera. Es el aniversario del día que bajé de mi coche y usted me llamó maleducado antes incluso de que me diera tiempo a presentarme.
—Se lo merecía. Llegó diciendo que la casa era más vieja de lo que decía el informe.
—Y sigo pensando que tenía razón en eso, para que conste. Solo que ahora también pienso otras cosas sobre esta casa que entonces no me cabían en la cabeza.
Me llevó de la mano hacia el jardín, no hacia el salón principal como yo había imaginado, y al cruzar la puerta trasera me encontré con algo que me dejó momentáneamente sin palabras: el camino hasta el roble estaba iluminado con las mismas luces cálidas que Gonzalo había diseñado para la buhardilla, colgadas ahora entre los árboles del jardín, y bajo el roble, una mesa pequeña dispuesta para dos, con velas y flores que reconocí, con un nudo en la garganta, como las mismas variedades que habíamos usado el día de la primera boda que organizamos juntos, la de Marisol y Fran, con aquel pastel inclinado que había estado a punto de arruinarlo todo.
—Gonzalo. Esto es precioso.
—Espere a ver el resto.
***
Cenamos bajo el roble con una tranquilidad que contrastaba, de manera casi cómica, con los nervios evidentes de Gonzalo, que tiraba servilletas al suelo con una torpeza que no era propia de él y que respondía a mis preguntas con una distracción que confirmaba, sin ninguna duda, que aquella «sorpresa» todavía no había llegado a su punto culminante.
—¿Va a decirme de una vez qué está pasando? —le pregunté, cuando ya habíamos terminado los postres y él llevaba diez minutos jugando con su copa de vino sin bebérsela—. Lleva toda la noche actuando como si tuviera un examen pendiente.
—Peor que un examen. Llevo semanas ensayando lo que quiero decirle, y ahora que ha llegado el momento, se me ha olvidado todo el discurso.
—¿Qué discurso?
Se levantó, rodeó la mesa, y se arrodilló frente a mí con una torpeza tan sincera que cualquier atisbo de solemnidad quedó reemplazado, de inmediato, por una ternura que me llenó los ojos de lágrimas antes incluso de que dijera una sola palabra más.
—Vega Alonso —empezó, con la voz temblando ligeramente—, llevo un año entero aprendiendo, entre vigas, presupuestos, bancos y una viga con termitas que casi nos cuesta el negocio entero, que no hay ningún proyecto en mi carrera, por grande o prestigioso que sea, que se compare con la sensación de despertarme cada mañana sabiendo que voy a verla, aunque sea sujetando pasteles con tenedores o discutiendo conmigo por el suelo de una cocina que todavía no existe.
Sacó del bolsillo una cajita pequeña que reconocí, con el corazón acelerado de una manera que no había sentido nunca, ni siquiera en los momentos más tensos de la crisis del banco.
—Sé que hemos pasado por momentos difíciles este año.
Sé que hemos discutido, que nos hemos hecho daño sin querer, que hemos tenido que aprender, a base de errores, a construir esto de una manera que funcionara para los dos.
Y precisamente por eso, porque sé exactamente lo que cuesta y lo que merece la pena, quiero preguntarle si está dispuesta a seguir construyéndolo conmigo, esta vez para siempre. ¿Quiere casarse conmigo, Vega?
No pude contestar de inmediato, no porque tuviera ninguna duda, sino porque las lágrimas y la risa se mezclaron de una manera que me impidió, durante varios segundos eternos, articular ninguna palabra coherente.
Gonzalo esperó, todavía de rodillas, con la cajita abierta entre los dos y una expresión que empezaba a mezclar la ilusión con un principio de pánico ante mi silencio prolongado.
—Vega, su silencio me está matando un poco.
—Sí —conseguí decir, por fin, entre risas y lágrimas a partes iguales—. Sí, quiero casarme con usted, Gonzalo Ferreira, aunque siga llamándome de usted incluso después de pedirme matrimonio, cosa que pienso corregir en cuanto se levante del suelo.
Se rio, con un alivio tan evidente que se le notó hasta en los hombros, y me puso el anillo con una torpeza encantadora que no tenía nada que ver con la precisión meticulosa que aplicaba a cualquier plano estructural.
Cuando por fin se levantó y me besó, con el roble de testigo y las luces cálidas Cuando por fin se levantó y me besó, con el roble de testigo y las luces cálidas iluminando todo el jardín, escuchamos un aplauso que venía, sin ninguna discreción, desde la puerta de la cocina.
Cata, mi tía y Bruno salieron de su escondite con la misma cara de culpabilidad de quien lleva semanas guardando un secreto, celebrando con gritos de alegría que rompieron por completo cualquier solemnidad que quedara en el ambiente.
—¡Lo sabíamos! —gritó Cata, corriendo a abrazarme con tanta fuerza que casi me tira la copa de vino encima—. Bruno le ayudó a elegir el anillo, y yo he tenido que aguantar semanas fingiendo que no sabía nada, que ha sido una de las torturas más largas de mi vida.
—Por eso hablabais en susurros —le dije a Gonzalo, todavía con el corazón acelerado—. No estaba planeando dejarme. Estaba planeando esto.
—Le dije que no había nada de qué preocuparse.
—Me dijo que había una sorpresa, que es la manera más eficaz de conseguir que alguien se preocupe muchísimo más.