Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

Nos quedamos allí, en el porche, hasta que se hizo de noche del todo, con el cuaderno de las cinco normas entre los dos y la sensación tranquila, después de semanas de vértigo, de haber encontrado, otra vez, el terreno firme que necesitábamos para seguir construyendo, esta vez con las reglas claras desde el principio, en vez de aprenderlas a golpes por el camino.

***

Cata y mi tía se enteraron de la reconciliación esa misma noche, durante una cena improvisada que organizamos casi sin planearlo, con lo que encontramos en la nevera y una botella de vino que abrimos «para celebrar que seguimos siendo un equipo», según las palabras exactas de Gonzalo al levantar su copa.

—Ya era hora —dijo Cata, con un alivio tan genuino que me hizo reír—. Llevaba tres semanas viendo a Vega suspirar sobre los centros de mesa como si fueran los responsables de todos sus problemas.

—No suspiraba sobre los centros de mesa.

—Suspirabas sobre todo, Vega. Hasta sobre el mantel.

Mi tía, más discreta en su alegría pero igual de sincera, levantó su copa con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos.

—Por las relaciones que saben pelear sin romperse —dijo—. Que no es lo mismo que las relaciones que nunca pelean. Esas últimas, con los años, he aprendido a desconfiar bastante más de ellas.

Brindamos los cuatro, y la cena se alargó con la ligereza propia de quien acaba de soltar un peso que llevaba semanas cargando sin descanso, entre risas, planes de verano que retomamos con el mismo entusiasmo de antes, y la promesa, ya renovada, de volver a hablar en serio de la ampliación de la casa, esta vez siguiendo al pie de la letra la primera norma del cuaderno: nada de decisiones sin consultar primero.

Ya de noche, cuando Cata y mi tía se habían retirado y solo quedábamos Gonzalo y yo en la cocina, Ya de noche, cuando Cata y mi tía se habían retirado y solo quedábamos Gonzalo y yo en la cocina, terminando de recoger los últimos platos, me abrazó por detrás mientras yo secaba una copa, apoyando la barbilla en mi hombro con un gesto tranquilo que ya formaba parte del vocabulario cotidiano de los dos.

—¿Sabes qué llevo pensando toda la noche? —dijo, en voz baja, casi como si no quisiera que la idea se rompiera al decirla en voz alta.

—¿Qué?

—Que este año, con todo lo que ha pasado, ha sido el más difícil de mi vida y también, sin ninguna duda, el mejor.

Y que no me imagino queriendo pasar el que viene de ninguna otra manera que no sea contigo, discutiendo por planos, sujetando pasteles imaginarios, o lo que sea que nos toque sujetar juntos la próxima vez que la vida decida ponernos a prueba.

Me giré entre sus brazos, todavía con la copa a medio secar en la mano, y lo besé despacio, con la misma certeza tranquila del primer beso bajo el roble, solo que esta vez cargada además con todo lo que habíamos aprendido a base de peleas de verdad, reconciliaciones sinceras y una lista de cinco normas escritas a mano que, de alguna manera, resumía mejor que cualquier declaración grandilocuente lo que de verdad significaba, para los dos, seguir eligiéndonos cada día.

***

Retomamos el proyecto de la ampliación al fin de semana siguiente, esta vez sentados los dos desde el principio frente a una hoja en blanco, sin ningún plano previo que Gonzalo hubiera avanzado por su cuenta, decidiendo juntos cada detalle desde cero, por pequeño que pareciera.

—¿Cocina abierta o cerrada? —preguntó, con el lápiz listo sobre el papel, esperando mi respuesta antes de trazar ninguna línea.

—Abierta. Quiero poder hablar con quien esté en el salón mientras cocino, aunque sea usted, contándome batallitas de obra mientras quemo algo sin darme cuenta.

—Anotado. ¿Suelo de madera o de piedra, como en la casa principal?

—Madera. La piedra la dejamos para la parte antigua. Quiero que esta ampliación se sienta distinta, nuestra, no una copia de lo que ya existe.

Avanzamos así, pregunta por pregunta, decisión por decisión, durante toda una tarde que se convirtió, sin que ninguno de los dos lo planeara, en una de las conversaciones más íntimas que habíamos tenido nunca: no por lo que hablábamos exactamente, suelos y cocinas y orientación de ventanas, sino por la manera en que cada pequeña decisión compartida iba tejiendo, casi sin darnos cuenta, la imagen cada vez más clara de una vida que estábamos construyendo juntos de verdad, ladrillo a ladrillo, en vez de que uno de los dos la entregara ya terminada al otro.

—Esto es mucho más lento que la otra vez —comentó Gonzalo, en algún momento de la tarde, revisando el poco avance que habíamos hecho en comparación con el proyecto detallado que me había enseñado semanas atrás.

—Más lento, pero mejor. Prefiero tardar el doble en tener algo que sea de verdad de los dos, que tener algo terminado en la mitad de tiempo que solo sea suyo con mi firma añadida al final.

—Tiene toda la razón. Otra vez.

—Me estoy acostumbrando a tenerla, Ferreira. No se acostumbre usted también, que pierde la gracia.

Se rio, y siguió dibujando despacio, incorporando cada decisión que tomábamos juntos con el mismo cuidado meticuloso que aplicaba a cualquier proyecto profesional, Se rio, y siguió dibujando despacio, incorporando cada decisión que tomábamos juntos con el mismo cuidado meticuloso que aplicaba a cualquier proyecto profesional, solo que esta vez, por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener ninguna prisa por terminar, como si disfrutara tanto del proceso compartido que el resultado final, por una vez, le importara menos que el camino para llegar hasta él.

Terminamos aquella tarde con apenas un tercio del plano avanzado, muy lejos del proyecto completo que Gonzalo me había enseñado meses atrás, pero con una sensación de solidez que aquel primer boceto, por muy bonito que fuera, nunca había tenido.

Guardamos el papel a medio terminar en el mismo cajón donde reposaba el cuaderno de las cinco normas, con la intención clara de retomarlo el fin de semana siguiente, y el siguiente después de ese, tantas veces como hiciera falta hasta que estuviera completo, decisión por decisión, sin ningún atajo que nos ahorrara el trabajo de construirlo juntos de verdad.

—A este ritmo, la ampliación va a estar lista dentro de dos años —bromeé, mientras guardábamos los lápices.

—Tenemos tiempo. No hay ningún banco esta vez presionándonos con una fecha límite.

—Menos mal. Ya tuvimos suficiente de eso para toda una vida.

—Para toda una vida, no sé —dijo Gonzalo, con una sonrisa que no supe interpretar del todo, guardando el plano a medio terminar con un cuidado especial, casi ceremonioso—. Pero desde luego, para los próximos años, espero que sí.

No le di demasiada importancia a aquel comentario esa noche, ocupada como estaba disfrutando de la calma recién recuperada entre los dos, aunque más adelante, con el tiempo, terminaría entendiendo que aquella frase, dicha casi de pasada mientras guardaba unos lápices, había sido la primera señal, pequeña pero real, de algo que Gonzalo llevaba ya tiempo empezando a planear en silencio.

***

Los meses que siguieron a aquella reconciliación transcurrieron con una tranquilidad que casi me resultaba extraña después de un año entero de sobresaltos constantes.

Gonzalo cumplió su palabra: rechazó dos ofertas de proyectos grandes fuera de la zona, aceptando en su lugar encargos más pequeños, casi todos en un radio de una hora de coche desde Casa Almendra, que le permitían volver a dormir cada noche en la misma cama, sin furgonetas cargadas ni maletas a medio hacer sobre una silla.

—¿No lo echa de menos? —le pregunté una noche, ya en mayo, mientras cenábamos en el porche con las primeras noches templadas del año—. Los proyectos grandes, el prestigio, todo eso que dejó de lado.

—Un poco, si le soy sincero. Pero echo mucho menos de menos eso que lo que echaba de menos estar aquí durante el sprint.

Además, tengo la sensación de que este año, con la reforma de la ampliación y un par de proyectos pequeños en el pueblo de al lado, he vuelto a disfrutar de la arquitectura de una manera que había perdido en Bilbao, entre plazos imposibles y reuniones interminables.

—¿Y Elena? ¿Sigue con vida la boda de su nieta, o ya se ha olvidado de nosotros?

—Elena me escribe cada dos semanas, todavía.

La última vez me mandó una foto de Sara y su marido en su primer aniversario de novios, celebrándolo, según me contó, «en la finca donde tuvieron la boda de sus sueños».

Al parecer, van a volver este verano, solo para pasar un fin de semana, sin motivo especial más allá de la nostalgia.

Aquella noticia me llenó de una satisfacción tranquila que no tenía nada que ver con el negocio en sí, sino con la certeza de que Casa Almendra seguía cumpliendo, incluso en los momentos más difíciles de nuestra propia historia, su función más importante: convertirse en el escenario de historias que la gente quería seguir visitando, aunque solo fuera para recordar lo felices que habían sido allí una vez.

La ampliación avanzó, decisión a decisión, exactamente al ritmo pausado que habíamos decidido mantener, y para cuando llegó junio, con la temporada alta de bodas ya en pleno apogeo, el plano estaba prácticamente terminado, listo para empezar las obras en cuanto encontráramos un hueco entre celebración y celebración que no interfiriera con el negocio principal de la casa.