Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Las tres semanas que quedaban de sprint se hicieron más largas que cualquier plazo bancario que hubiéramos enfrentado el año anterior, no por la duración en sí, sino por la extraña sensación de estar viviendo en una pausa indefinida, sin saber muy bien si aquello que nos habíamos prometido —hablar en persona, sin pantallas ni prisa— iba a arreglar las cosas o simplemente iba a confirmar, de manera más formal, lo que ya empezaba a temer en mis noches más oscuras.

Hablamos menos que nunca durante esas semanas, no por decisión explícita de ninguno de los dos, sino porque las conversaciones cortas y educadas de antes se habían vuelto, si cabe, todavía más cortas, como si ambos estuviéramos guardando fuerzas y palabras para la conversación grande que nos esperaba.

Cata, mientras tanto, se convirtió en mi ancla diaria, encontrando excusas constantes para mantenerme ocupada: revisar juntas el calendario de bodas de verano, planear el segundo aniversario de la reforma de la buhardilla, incluso arrastrarme a comprar plantas nuevas para el jardín «porque el año pasado no tuvimos tiempo de pensar en decoración, y este año sí».

—¿Crees que va a funcionar? —le pregunté, una tarde, mientras plantábamos juntas unos rosales nuevos junto al muro que separaba la finca del olivar, el mismo donde Gonzalo y yo nos habíamos refugiado de aquella tormenta de julio hacía ya casi un año.

—No lo sé, Vega. Nadie lo sabe hasta que pasa. Pero sí sé que los dos habéis pasado por cosas mucho más difíciles que una conversación incómoda, y que ninguno de los dos es de los que se rinde a la primera señal de que algo cuesta trabajo.

—Esto no es «una» señal. Llevamos meses acumulándolas.

—Entonces es buena señal que por fin hayáis decidido hablar de todas a la vez, en vez de seguir apilándolas en silencio hasta que ya no cupieran más.

El sprint terminó un jueves, con Gonzalo enviándome un mensaje escueto —«Proyecto entregado.

Vuelvo mañana»— que, por primera vez en semanas, me hizo sentir algo parecido a la esperanza, mezclada en la misma proporción con un nerviosismo que no sentía desde la primera vez que lo había visto bajar de su coche en la grava, casi un año atrás.

***

Gonzalo llegó al día siguiente pasado el mediodía, y esta vez no lo esperé en la grava con la impaciencia habitual de otros regresos, sino en el porche, sentada, con dos tazas de café ya servidas y frías desde hacía rato, más nerviosa de lo que había estado en cualquier reunión con el banco.

Bajó del coche con una expresión cansada, de semanas de trabajo intenso acumuladas en la cara, pero también con una determinación que reconocí enseguida como la misma que había mostrado el día que había decidido pelear por Casa Almendra frente al inspector municipal.

—Hola —dijo, deteniéndose a unos metros del porche, como si no supiera todavía si tenía permiso para acercarse más.

—Hola. Siéntate. Hay café, aunque ya esté frío.

Se sentó a mi lado, dejando un espacio prudente entre los dos que dolía más que cualquier distancia física de las últimas semanas, y durante un momento ninguno de los dos supo por dónde empezar una conversación que llevábamos tres semanas ensayando mentalmente por separado.

—He estado pensando mucho estas semanas —dijo, al final, rompiendo el silencio—.

Sobre todo lo que dijiste la noche de la boda de Sara.

Sobre las decisiones acumuladas, sobre sentirte sola sujetando algo que se suponía que íbamos a construir juntos.

Y he llegado a una conclusión que quiero contarte, aunque no sé si es la que esperas escuchar.

—Te escucho.

—He hablado con el estudio. Voy a rechazar cualquier proyecto futuro que implique estancias largas fuera, del tipo que sea.

Este ha sido el último sprint de este tipo que acepto, pase lo que pase entre nosotros.

No lo hago solo por ti, aunque tú seas la razón principal.

Lo hago porque me he dado cuenta, estas últimas semanas, de que no quiero una carrera que me obligue a elegir constantemente entre estar presente en mi propia vida o avanzar profesionalmente.

Quiero las dos cosas, y he decidido que merece la pena buscar la manera de tenerlas, aunque eso signifique proyectos más pequeños, o menos prestigiosos, o lo que sea que tenga que ceder por el camino.

Aquella declaración, tan directa, me tomó por sorpresa, porque llevaba semanas preparándome para una conversación de reproches mutuos, no para una decisión ya tomada que iba, precisamente, en la dirección que yo había necesitado sin saber cómo pedirla del todo.

—No quiero que renuncies a proyectos importantes solo por mí, Gonzalo. Eso es exactamente lo que llevo un año diciéndote que no quiero que hagas.

—No estoy renunciando por ti. Estoy renunciando por mí, porque he descubierto, en estas semanas de sprint agotador, que un proyecto grande sin nadie con quien compartirlo de verdad al final del día no me llena tanto como pensaba que lo haría.

Prefiero proyectos más pequeños, más cerca, y una vida entera contigo, a un currículum impresionante y las noches vacías que he tenido este último mes.

—¿Y si dentro de dos años te arrepientes? ¿Y si echas de menos la clase de proyectos grandes que solo existen lejos de aquí?

—Entonces lo hablaremos otra vez, como personas adultas, en vez de dejar que se convierta en un resentimiento silencioso durante meses.

—Me buscó la mano, con una vacilación que no era propia de él, como si necesitara comprobar antes si yo estaba dispuesta a dejarme encontrar—.

Pero también tengo que pedirte algo, Vega, porque esto no puede ser solo yo cediendo terreno.

Necesito que la próxima vez que algo te duela, me lo digas antes de que llegue al punto de un mensaje de «no lo sé» después de una boda entera sujetando sola el peso de mi ausencia.

—Tienes razón. Debí decírtelo antes, en pequeñas dosis, en vez de guardármelo hasta que explotó todo junto la noche de la boda de Sara.

—Los dos tenemos cosas que aprender a hacer distinto, entonces.

—Los dos —confirmé, dejando por fin que su mano envolviera la mía del todo—. ¿Y ahora qué? ¿Cómo evitamos que esto vuelva a pasar dentro de unos meses, con cualquier otro proyecto, cualquier otra decisión?

—Creo que necesitamos algo más concreto que buenas intenciones. Una especie de norma que los dos respetemos, aunque suene demasiado formal para una relación.

—Suena exactamente al tipo de solución que a usted se le ocurriría, Ferreira. Siempre tan estructurado.

—Es lo que me ha traído hasta aquí en primer lugar, si no recuerdo mal. Los planos, los presupuestos, la manera de convertir un problema en algo manejable.

Sonreí, por primera vez en semanas de manera genuina, y sentí que aquella broma compartida, tan pequeña, era la señal más clara de que estábamos encontrando el camino de vuelta el uno al otro, no a través de un gesto grande y dramático, sino a través de la misma complicidad cotidiana que nos había unido desde el principio, entre servilletas dobladas y presupuestos discutidos con desconfianza mutua.

***

Pasamos el resto de la tarde diseñando, casi con la misma meticulosidad que Gonzalo aplicaba a cualquier plano estructural, lo que terminamos llamando en broma «el acuerdo de la buhardilla», sentados los dos en la mesa del porche con un cuaderno en blanco delante y el sol de la tarde cayendo despacio sobre el jardín ya en plena floración de primavera.

—Primera norma —dijo Gonzalo, con el bolígrafo listo—: ninguna decisión que afecte a los dos se toma sin consultar primero, aunque sea en fase de boceto. Nada de proyectos terminados sobre la mesa sin previo aviso.

—Segunda norma —añadí yo—: si algo duele, se dice en el momento, aunque sea incómodo, en vez de guardarlo hasta que se convierte en una acusación de tres meses acumulados.

—Tercera norma: las decisiones profesionales grandes, del tipo que sea, se hablan con tiempo suficiente para que la otra persona pueda opinar de verdad, no solo enterarse de algo ya decidido a medias.

—Cuarta norma: llamadas de verdad, no solo mensajes cortos, al menos tres veces por semana, aunque estemos los dos agotados y no tengamos ganas de hablar de nada importante.

—Quinta norma —dijo Gonzalo, dejando el bolígrafo un momento para mirarme directamente—: recordarnos, de vez en cuando, por qué merece la pena todo este esfuerzo. Porque lo merece, Vega. Más que cualquier proyecto de Bilbao, más que cualquier currículum impresionante.

Cerramos aquella lista con cinco normas escritas a mano en un cuaderno que decidimos guardar en el cajón del despacho, junto a los documentos importantes de la casa, como si aquello fuera, en cierto modo, tan vital para el futuro de lo nuestro como cualquier informe bancario lo había sido para el futuro de Casa Almendra.

Y cuando terminamos, con el sol ya bajando detrás del roble y la lista de normas garabateada entre risas y correcciones mutuas, Gonzalo me atrajo hacia él con una ternura que llevaba semanas sin sentir.

—Te he echado muchísimo de menos —dijo, contra mi pelo—. No solo estas tres semanas. Llevo meses echando de menos la facilidad con la que hablábamos de todo antes de que empezara toda esta locura de Bilbao.

—Yo también. Y me alegro de que hayamos hablado antes de que fuera demasiado tarde para arreglarlo con una lista de cinco normas en un cuaderno.

—¿Crees que va a funcionar?

—Creo que, si algo hemos aprendido este año, es que las cosas no se arreglan solas, ni con suerte, ni con esperar a que el problema se resuelva por su cuenta.

Se arreglan trabajando en ellas, juntos, con la misma terquedad con la que salvamos esta casa.

Y si algo me sobra contigo, Gonzalo Ferreira, es terquedad.

—Menos mal, porque a mí también.