CAPÍTULO 16 #2
—Tres semanas es mucho tiempo para quedarnos así, sin saber muy bien en qué punto estamos.
—Lo sé también. Pero ahora mismo no tengo nada mejor que ofrecerte, Gonzalo, y prefiero decírtelo así de claro a seguir fingiendo una normalidad que ya no siento.
Colgamos poco después, sin ninguna promesa concreta, sin ningún «te quiero» de despedida que sonara del todo convincente, y me quedé sola en el porche de Casa Almendra, con el vestido de la boda todavía puesto y el jardín vacío extendiéndose delante de mí, preguntándome si acababa de dar el primer paso hacia perder, para siempre, lo único que en el último año había aprendido a llamar, sin ninguna duda, hogar.
***
Cata me encontró así, todavía en el porche, casi una hora después, cuando volvió a la casa tras acompañar a los últimos rezagados de la boda hasta sus coches, y no necesitó preguntar nada para entender que algo grave había pasado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó de todas formas, sentándose a mi lado en el escalón frío.
—Le he pedido tiempo. O claridad. No sé muy bien qué le he pedido exactamente, pero sea lo que sea, no ha sonado a nada bueno.
Le conté la conversación entera, palabra por palabra, mientras la noche se enfriaba a nuestro alrededor y las luces del jardín, todavía encendidas de la boda, se iban apagando automáticamente una a una con el temporizador que Gonzalo mismo había programado meses atrás.
Cata escuchó sin interrumpir, con esa capacidad suya de estar presente sin necesidad de llenar cada silencio con palabras, y cuando terminé, se quedó pensativa un momento antes de hablar.
—¿Te arrepientes de habérselo dicho?
—No lo sé. Puede que sí. Puede que llevara meses necesitando decirlo y no supiera cómo, y esta noche, con todo lo demás encima, simplemente se me escapó de la manera más dolorosa posible.
—O puede que fuera exactamente el momento en que tenía que decirse, aunque doliera.
—Cata me pasó un brazo por los hombros, con el mismo gesto protector que llevaba usando conmigo desde que teníamos veintipocos años—.
Vega, llevas meses cargando con un miedo que nunca terminaste de resolver del todo, desde diciembre.
No creo que esta noche hayas roto nada que no estuviera ya un poco roto desde entonces.
Creo que por fin le has puesto nombre en voz alta, delante de la persona que necesitaba escucharlo.
—¿Y si esto significa que se acaba? ¿Y si le he dado la excusa perfecta para darse cuenta de que esto es demasiado complicado y decide que no merece la pena seguir intentándolo?
—Entonces sabrás que no era lo que pensabas que era. Pero conociéndolo, aunque solo sea un poco, no me parece de los que se rinden a la primera señal de que algo es difícil. Lleva un año entero demostrando exactamente lo contrario.
Aquello no me consoló del todo, pero sí me ayudó a respirar un poco mejor, sentada en aquel porche frío con Cata a mi lado, mientras las últimas luces del jardín terminaban de apagarse y Casa Almendra, testigo silencioso de tantas historias felices a lo largo de los años, se quedaba a oscuras con la mía todavía sin final claro, suspendida entre lo que habíamos construido y lo que, quizás, estábamos a punto de perder.
Subí a mi habitación mucho después de medianoche, todavía con el vestido de la boda puesto, y me quedé dormida sin cambiarme, con el teléfono en silencio sobre la mesilla y una sensación de vacío que no había sentido desde los peores días de después de Diego, solo que esta vez, en el fondo, sabía que era distinto: no lloraba la pérdida de algo que ya se había acabado, sino el miedo genuino de estar viendo, en tiempo real, cómo algo que todavía podía salvarse empezaba a resbalarse entre los dedos por pura falta de tiempo, de energía, y de las palabras adecuadas en el momento adecuado.
***
Los días siguientes los viví con una extraña sensación de piloto automático, cumpliendo con cada tarea de Casa Almendra —la recogida final de la boda de Sara, la organización de un retiro de escritura que ya estaba confirmado para el fin de semana siguiente, las llamadas rutinarias con proveedores para la temporada que se acercaba— sin apenas margen mental para procesar del todo lo que había pasado en aquel porche.
Mi tía, que se había enterado por Cata sin que yo tuviera que repetir la historia entera, me abordó el martes por la mañana, mientras revisaba el correo con una taza de café que llevaba media hora enfriándose sin que me diera cuenta.
—No voy a preguntarte cómo estás, porque se te nota perfectamente en la cara —dijo, sentándose frente a mí con esa calma suya que tanto me había ayudado durante la crisis del banco—. Pero sí quiero decirte algo, si me dejas.
—Adelante.
—Llevo veinticinco años viendo pasar parejas por esta casa.
Algunas llegan enamoradas y se casan felices para siempre, o al menos eso parece desde fuera.
Otras llegan igual de enamoradas y se dan cuenta, con el tiempo, de que el amor no basta si no hay también el trabajo diario de hacerlo encajar en la vida real, con sus horarios, sus obligaciones y sus kilómetros de por medio.
No sé en cuál de los dos grupos vais a estar Gonzalo y tú.
Nadie lo sabe todavía, ni siquiera vosotros.
Pero sí sé una cosa: lo que habéis construido este año no se ha roto por una llamada difícil ni por una boda a la que él no pudo venir.
Esas son solo las grietas por donde se ha colado un problema que ya estaba ahí, esperando que alguien lo nombrara.
—¿Y si nombrarlo ha sido un error? ¿Y si debería haber aguantado en silencio hasta que se resolviera solo?
—Los problemas de verdad no se resuelven solos, Vega.
Tú, mejor que nadie, deberías saberlo, después de un año entero peleando contra un banco que tampoco se resolvió solo.
Lo que has hecho es difícil, y probablemente doloroso a corto plazo, pero no es un error.
Es el primer paso honesto hacia una solución de verdad, sea cual sea esa solución.
Aquella conversación, aunque no me devolvió la calma del todo, sí me dio algo parecido a la perspectiva que necesitaba para seguir adelante con los días que faltaban hasta que Gonzalo volviera del sprint, contando cada uno de ellos con una mezcla de esperanza y miedo que no había sentido con tanta intensidad desde los peores momentos de la crisis del banco, solo que esta vez, el desenlace no dependía de ningún comité ni de ninguna cifra concreta, sino únicamente de dos personas dispuestas, o no, a encontrar juntas la manera de seguir adelante.
***
El retiro de escritura de aquel fin de semana resultó, de manera inesperada, la mejor distracción posible en medio de todo aquello.
Ocho personas nuevas llegaron el viernes por la tarde, ajenas por completo a la tormenta que llevaba días librándose dentro de mí, y la rutina de atenderlas, prepararles café a cualquier hora y resolver los pequeños imprevistos habituales de cualquier evento —una calefacción que no terminaba de calentar bien la buhardilla, una de las participantes que había olvidado el cargador del portátil— me obligó a salir, aunque solo fuera unas horas seguidas, de la espiral de pensamientos en la que llevaba días atrapada.
Una de las escritoras, una mujer de mediana edad que llevaba, según contó durante la cena compartida del sábado, casi diez años intentando terminar la misma novela, se acercó a mí el domingo por la mañana, antes de irse, con una taza de café en la mano y una mirada perspicaz que no esperaba de alguien a quien apenas conocía desde hacía dos días.
—¿Puedo decirte algo, aunque no me hayas preguntado? —dijo, con la confianza extraña que a veces se genera entre desconocidos que comparten un fin de semana intenso—. Llevas todo el fin de semana con la sonrisa de alguien que está sujetando algo muy pesado sin que se le note demasiado en las manos.
—Se me da bien disimular, supongo.
—A mí también se me daba bien, durante los años en que mi matrimonio se estaba cayendo a pedazos sin que yo quisiera admitirlo.
—Sonrió, con una tristeza suave que no invitaba a la lástima, solo a la comprensión—.
No sé qué te está pasando, y no es asunto mío preguntarlo.
Pero si te sirve de algo el consejo de una desconocida: las cosas que de verdad merecen la pena no se salvan evitando las conversaciones difíciles.
Se salvan teniéndolas, aunque duelan, antes de que sea demasiado tarde para tenerlas de manera útil.
Aquellas palabras, dichas por alguien que no sabía nada de Gonzalo, ni de Bilbao, ni de la boda de Sara, se me quedaron grabadas durante el resto del día con una fuerza que no esperaba, quizás precisamente porque venían de fuera, sin ningún interés personal en el resultado, solo la sabiduría simple de alguien que había aprendido, a base de errores propios, lo que costaba posponer lo inevitable.
Despedí a los ocho participantes del retiro esa misma tarde, con las promesas habituales de mantenerse en contacto y volver en cuanto pudieran, y me quedé sola en la buhardilla recogiendo las últimas tazas de café, mirando la claraboya por donde entraba ya la luz suave de un domingo de finales de marzo.
Pensé en la mujer de la novela pendiente desde hacía diez años, en su matrimonio roto por conversaciones nunca tenidas a tiempo, y decidí, allí mismo, con las manos todavía ocupadas recogiendo tazas, que en cuanto Gonzalo volviera de Bilbao no iba a dejar pasar ni un solo día más sin tener, de una vez por todas, la conversación completa que ambos llevábamos meses posponiendo a base de llamadas cortas y silencios educados.