Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Gonzalo aceptó el sprint de seis semanas tres días después de aquella llamada, y me lo contó con una honestidad que no dejaba espacio para el enfado, aunque tampoco consiguió evitarlo del todo.

—Lo he aceptado —dijo, por teléfono, con la voz de quien ya ha ensayado la frase varias veces antes de pronunciarla en voz alta—.

Empiezo el lunes. Voy a intentar por todos los medios estar en la boda de Sara, aunque sea solo un día, viajando de ida y vuelta si hace falta, pero no puedo prometerte que vaya a conseguirlo.

—Lo entiendo.

—¿De verdad lo entiendes, o lo dices porque es lo que se supone que debes decir?

La pregunta, tan directa, me pilló más desprevenida que cualquier otra cosa que me hubiera dicho en las últimas semanas, porque tocaba exactamente la parte de mí que llevaba días fingiendo una calma que no sentía del todo.

—Las dos cosas, si te soy sincera. Entiendo la decisión profesionalmente. Y me duele, igualmente, que sea justo esta boda la que se quede sin ti, después de todo lo que representa.

—A mí también me duele, Vega. Más de lo que te imaginas.

—Entonces ve. Haz lo que tengas que hacer. Y hablamos cuando puedas, como hemos estado haciendo.

Colgamos sin pelea esta vez, lo cual, en cierto modo, resultó más inquietante que cualquier discusión, porque la ausencia de conflicto no significaba ausencia de dolor, solo la decisión tácita de ambos de no añadir más leña a un fuego que ya ardía bastante por sí solo.

***

Las semanas que siguieron transcurrieron con una lentitud extraña, marcada por llamadas cada vez más cortas y mensajes cada vez más espaciados, no porque ninguno de los dos hubiera decidido alejarse del otro, sino porque el ritmo del sprint de Bilbao —jornadas de doce horas, reuniones hasta tarde, fines de semana que ya no eran fines de semana— dejaba a Gonzalo con tan poca energía que hasta las conversaciones más sencillas empezaron a sonar mecánicas, del tipo «¿cómo ha ido el día?

» seguido de respuestas cortas que no invitaban a mucho más.

Me refugié, como sabía hacer mejor que nadie, en el trabajo: los preparativos de la boda de Sara avanzaban con una meticulosidad que quizás escondía, más de lo que quería admitir, el intento de no pensar demasiado en la ausencia cada vez más palpable de Gonzalo en mi vida diaria.

Cata, que veía perfectamente lo que estaba pasando aunque yo intentara disimularlo, empezó a preocuparse en voz alta.

—Llevas tres semanas sin sonreír de verdad —me dijo, una tarde, mientras revisábamos juntas el menú definitivo para la boda—.

Ni siquiera cuando el proveedor de flores nos ha mandado las peonías equivocadas y hemos tenido que rehacer todos los centros en dos días.

Eso, viniendo de ti, es motivo de alarma seria.

—Estoy bien. Solo cansada.

—Vega, llevo un año entero viéndote pasar por cosas mucho peores que esto sin perder nunca del todo esa chispa tuya. Ahora mismo, la única diferencia es Gonzalo, o más bien, la falta de él.

No le contesté, porque no tenía una respuesta que no sonara a admitir algo que llevaba semanas evitando nombrar en voz alta: que aquel silencio progresivo entre los dos, más que las seis semanas de Bilbao en sí, era lo que de verdad me estaba desgastando, porque no sabía si se trataba de una pausa temporal impuesta por el trabajo, o del principio lento de algo mucho más definitivo.

***

La boda de Sara Etxeberria llegó un sábado de finales de marzo, con Casa Almendra vestida de primavera de una manera que ni siquiera las bodas del verano anterior habían conseguido igualar: los almendros del camino de entrada, que le daban nombre a la finca, en plena floración, el jardín lleno de flores recién cortadas, y una luz suave de atardecer que hacía que hasta las fotos improvisadas parecieran sacadas de una revista.

Gonzalo me había prometido, la semana anterior, que intentaría llegar aunque fuera solo para la ceremonia, tomando el primer tren de la mañana y el último de la noche si hacía falta.

El viernes por la noche me escribió para confirmar que el plan seguía en pie.

El sábado a las nueve de la mañana, cuando ya empezaba a montar las primeras mesas, recibí un mensaje distinto, el que llevaba semanas temiendo sin decírmelo del todo a mí misma.

«Vega, lo siento muchísimo. El técnico municipal de Bilbao ha adelantado la inspección final a esta misma tarde, sin avisar hasta esta mañana.

Si no estoy presente, podríamos perder semanas de plazo en el proyecto entero.

No puedo ir. Lo siento de verdad, más de lo que puedo explicar en un mensaje. »

Leí aquel mensaje tres veces, de pie en medio del jardín, con un ramo de peonías todavía en las manos, y sentí que algo se rompía dentro de mí de una manera silenciosa pero definitiva, no por la ausencia en sí, que a esas alturas ya casi esperaba, sino por la sensación acumulada de meses enteros de decisiones tomadas desde Bilbao que, una tras otra, terminaban afectando a mi vida aquí sin que yo tuviera ningún margen real para cambiar el resultado.

Le contesté con un mensaje corto, «lo entiendo, cuídate», que no reflejaba ni una fracción de lo que sentía en realidad, Le contesté con un mensaje corto, «lo entiendo, cuídate», que no reflejaba ni una fracción de lo que sentía en realidad, y me obligué a guardar el teléfono y seguir con la boda, porque Sara y su prometido no tenían ninguna culpa de mi crisis personal, y aquel día, pasara lo que pasara con Gonzalo, merecía toda mi atención.

Saqué fuerzas de donde ya no sabía que me quedaban, y la ceremonia salió preciosa, como si el jardín entero hubiera decidido compensar con belleza lo que a mí me faltaba por dentro.

Elena, sentada en primera fila con su nieta recién casada bailando ya con su marido bajo el roble, me buscó en un momento de la noche para agradecerme, con lágrimas sinceras, «el sitio más bonito en el que ha podido casarse mi Sara», y yo sonreí y le di las gracias, guardándome muy adentro la ironía amarga de que aquella recomendación había llegado, precisamente, gracias al hombre cuya ausencia esa misma noche me estaba costando tanto sostener con dignidad.

***

Gonzalo llamó a las once de la noche, cuando los últimos invitados ya se habían ido y yo estaba sola en el porche, todavía con el vestido de la boda puesto y los zapatos abandonados en algún punto del césped.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó, con la voz cansada de quien lleva todo el día en una inspección técnica.

—Ha ido bien. Sara está feliz. Elena lloró tres veces, que para ella es un récord de contención, según me han contado sus otros nietos.

—Me alegro mucho. Siento muchísimo no haber podido estar.

—Ya lo sé.

Se hizo un silencio incómodo, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir directamente, hasta que Gonzalo, con la voz más baja de lo habitual, rompió aquel silencio con una pregunta que llevaba semanas flotando entre los dos sin que nadie se atreviera a formularla del todo.

—Vega, ¿estamos bien?

Me quedé mirando el jardín vacío, las mesas todavía sin recoger, el roble a oscuras bajo el cual acababa de bailar otra pareja más su primera canción como marido y mujer, y por primera vez desde que lo conocía, no encontré ninguna frase hecha, ningún consuelo automático que ofrecerle.

—No lo sé —contesté, con una honestidad que me dolió pronunciar tanto como debió de dolerle a él escucharla—. No lo sé, Gonzalo. Y creo que ese «no lo sé» es, en sí mismo, la respuesta más sincera que puedo darte esta noche.

Gonzalo no dijo nada durante varios segundos, y en ese silencio pude imaginarlo perfectamente, sentado en algún despacho vacío de Bilbao, con la misma sensación de vértigo que yo tenía en el porche de Casa Almendra.

—¿Qué significa eso? —preguntó, al final, con una voz que había perdido toda la seguridad calculadora que solía tener.

—Significa que llevo semanas sintiendo que esto se ha convertido en una relación de espera.

Espero a que termine el sprint. Espero a que vuelva.

Espero a que decida algo sobre la ampliación, sobre Bilbao, sobre lo que sea.

Y no sé si soy capaz de seguir así mucho más tiempo, Gonzalo, aunque te quiera, que te quiero, muchísimo, eso nunca ha sido la duda.

—Yo también te quiero. Y también estoy agotado, si te sirve de algo saberlo. Agotado de sentir que cada decisión profesional que tomo se convierte automáticamente en una traición hacia ti, por muy justificada que esté.

—No es una traición, Gonzalo. Es que las decisiones se han ido acumulando, una tras otra, sin que yo tuviera ningún peso real en ellas, y al final del camino me he encontrado sola en la boda más importante del año, sujetando sola el peso de algo que se suponía que íbamos a construir juntos.

—¿Qué quieres que haga? Dime exactamente qué necesitas, porque llevo meses intentando adivinarlo y evidentemente no lo estoy consiguiendo.

—No lo sé —repetí, y esta vez la frase salió cargada de una tristeza que no intenté disimular—.

Ese es el problema, Gonzalo. Ni siquiera yo sé exactamente qué necesito ahora mismo, más allá de un poco de distancia para pensar con claridad, sin la presión añadida de una llamada cada noche fingiendo que todo va bien cuando los dos sabemos que no es así.

—¿Me estás pidiendo que nos demos un tiempo?

La pregunta, formulada así, tan directa, me golpeó con una fuerza que no esperaba, y tardé un momento en encontrar una respuesta que fuera honesta sin ser definitiva, porque no estaba seguro de que aquello fuera lo que quería, solo sabía que no podía seguir fingiendo que todo iba bien una noche más.

—Te estoy pidiendo que terminemos el sprint, que vuelvas, y que entonces, cara a cara, sin pantallas ni prisa de por medio, hablemos de verdad de si esto puede seguir funcionando como hasta ahora, o si necesitamos cambiar algo de raíz.

No sé si eso es pedir tiempo o pedir claridad. Puede que sean la misma cosa.

—Faltan tres semanas para que termine el sprint.

—Lo sé.