CAPÍTULO 15 #3
No supimos qué más decirnos esa noche, y colgamos con una despedida más fría que la de la semana anterior, sin haber resuelto nada, con la boda de Sara Etxeberria convertida, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, en el símbolo de una pregunta mucho más grande que ninguno de los dos se atrevía todavía a formular del todo en voz alta: si aquello que habíamos construido con tanto esfuerzo desde el verano anterior tenía, de verdad, la forma adecuada para sobrevivir a la vida real, con sus proyectos importantes, sus plazos imposibles y sus decisiones que no siempre podían tomarse a medias.
***
Encontré a mi tía en el despacho esa misma noche, revisando cuentas con las gafas puestas y una taza de manzanilla que llevaba más rato enfriándose que bebiéndose, y me senté frente a ella sin decir nada durante un momento, hasta que levantó la vista y entendió, sin necesidad de preguntar, que algo iba mal.
—¿Gonzalo? —preguntó, simplemente.
—Gonzalo.
Le conté toda la conversación, los planos, la pelea, la llamada de esa noche sobre las seis semanas en Bilbao y la boda de Sara, y mi tía escuchó todo con la misma paciencia con la que había escuchado, meses atrás, cada crisis del banco y de Iturralde, sin interrumpir ni una sola vez hasta que terminé.
—¿Sabes qué pienso? —dijo, al final, quitándose las gafas y frotándose los ojos con cansancio—.
Pienso que llevas un año entero peleando batallas externas: el banco, Iturralde, Diego, la denuncia urbanística.
Y en todas esas batallas, tú y Gonzalo estabais siempre del mismo lado, contra un enemigo común.
Esta es la primera vez que os enfrentáis el uno al otro de verdad, sin nadie más a quien culpar, y eso asusta de una manera completamente distinta.
—¿Y si no sabemos hacerlo? ¿Y si se nos da bien pelear juntos contra el mundo, pero no sabemos pelear el uno con el otro sin que se rompa algo?
—Eso solo lo vais a descubrir intentándolo, cariño.
Ninguna pareja que valga la pena se libra de este momento, el de descubrir si sabéis discutir sin destruiros.
Algunas lo aprenden. Otras no. No hay manera de saber en cuál de los dos grupos vais a estar hasta que os toca averiguarlo de verdad, como os está tocando ahora.
No fue el consuelo que esperaba, pero sí fue, de alguna manera, el más honesto que podía darme, y me fui a dormir esa noche con la sensación incómoda de estar, por primera vez desde que había conocido a Gonzalo Ferreira, verdaderamente insegura de hacia dónde iba lo nuestro, con la boda de Sara Etxeberria acercándose en el calendario como una fecha que ya no sabía si íbamos a celebrar juntos o cada uno cargando, por separado, con la misma pregunta sin respuesta.
Antes de apagar la luz, releí los últimos mensajes que Gonzalo y yo nos habíamos cruzado en las últimas semanas, buscando en ellos alguna pista de en qué momento exacto habíamos pasado de imaginar juntos una ampliación de la casa a discutir, apenas unos días después, si sabíamos siquiera discutir sin hacernos daño.
No encontré ninguna respuesta clara, solo la misma sensación de vértigo que llevaba toda la noche acompañándome, y la certeza incómoda de que, por primera vez en casi un año, no tenía ni idea de cómo iba a solucionarse lo que teníamos delante.
Pensé en el pastel inclinado de la primera boda de aquel verano que ya parecía tan lejano, en cómo entonces había bastado un cuchillo largo y un poco de sangre fría para arreglarlo todo.
Pensé que ojalá esta vez fuera igual de sencillo, aunque una parte de mí, la más honesta, sabía perfectamente que no lo era: que había problemas que se arreglaban con un tenedor bien clavado, y otros que solo se arreglaban con tiempo, conversaciones difíciles y la voluntad de dos personas de seguir intentándolo incluso cuando no estaba nada claro que fuera a funcionar.
Me quedé dormida sin encontrar la respuesta, con el teléfono en silencio sobre la mesilla y la casa entera, por primera vez en meses, sintiéndose demasiado grande y demasiado silenciosa a mi alrededor.
Fue, sin saberlo todavía, la última noche tranquila que iba a tener durante un tiempo, aunque esa madrugada, dándome vueltas entre las sábanas, no tenía manera de adivinar hasta qué punto las semanas siguientes iban a poner a prueba todo lo que habíamos construido desde aquel primer pastel inclinado.
Al otro lado, en su piso pequeño del casco viejo de Bilbao, imaginé a Gonzalo despierto también, mirando quizás esos mismos planos que habían empezado toda la discusión, preguntándose igual que yo si existía alguna manera de encajar dos vidas tan llenas de cosas importantes sin que ninguna de las dos tuviera que encogerse para caber en la otra.
No lo sabíamos todavía, ninguno de los dos.
Solo sabíamos que, por primera vez en mucho tiempo, no teníamos la certeza tranquila de que todo fuera a salir bien, y esa incertidumbre, después de un año entero acostumbrándonos a pelear siempre del mismo lado, pesaba de una manera completamente nueva.