CAPÍTULO 15 #2
La tregua, sin embargo, se vio puesta a prueba antes de lo que ninguno de los dos hubiera querido, La tregua, sin embargo, se vio puesta a prueba antes de lo que ninguno de los dos hubiera querido.
A la semana siguiente, Gonzalo me llamó con una noticia que, en cualquier otro momento, habría recibido con alegría sin reservas: el estudio de Bilbao le había ofrecido adelantar la fase final del proyecto, concentrando el trabajo en un sprint intensivo de seis semanas seguidas en la ciudad, sin las habituales dos semanas de descanso en Casa Almendra, a cambio de terminar la obra antes de lo previsto y liberar así, según sus propias palabras, «el resto del año entero para nosotros, sin ninguna obra grande pendiente».
—Seis semanas seguidas —repetí, calculando mentalmente que aquello coincidía, casi exactamente, con las fechas de la boda de Sara Etxeberria, la nieta de Elena, que llevábamos meses preparando con una ilusión especial precisamente por cómo había llegado hasta nosotros—.
Eso significa que no vas a estar aquí para la boda de Sara.
—Lo sé. Y lo siento muchísimo, de verdad. Pero es la única manera de que el proyecto termine antes de verano, y después de eso, te lo prometo, no voy a tener que repartirme entre dos sitios nunca más.
Sentí que el miedo de las últimas semanas, el mismo que habíamos intentado nombrar y gestionar juntos por teléfono, volvía a asomar con una fuerza que no esperaba, mezclado esta vez con algo nuevo: la sospecha, por pequeña que fuera, de que quizás aquel patrón —Gonzalo decidiendo, con las mejores intenciones del mundo, algo que afectaba directamente a nuestros planes compartidos, sin más margen real para que yo opinara que aceptar o no aceptar una decisión ya tomada— no era un incidente aislado, sino algo que teníamos que aprender a resolver de raíz, antes de que la ampliación de la casa, la boda de Sara, o cualquier otra cosa importante, volviera a convertirse en el escenario de la misma pelea, disfrazada cada vez de un motivo distinto.
***
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —pregunté, con una calma que me costó bastante más esfuerzo del habitual sostener—. ¿Antes o después de aceptarlo?
—Todavía no lo he aceptado, Vega. Por eso te estoy llamando. Quería hablarlo contigo primero, exactamente como me pediste la semana pasada.
—Pero ya suena como si la decisión estuviera prácticamente tomada.
«Es la única manera», «te lo prometo», «después de esto no voy a tener que repartirme más».
Eso no suena a alguien que está preguntando.
Suena a alguien que está informando de algo que ya ha decidido en su cabeza y que solo necesita mi aprobación para sentirse mejor con ello.
Se hizo un silencio largo al otro lado de la línea, y cuando Gonzalo volvió a hablar, su voz tenía una tensión nueva, la de alguien que se siente atrapado entre dos verdades igual de reales.
—Tienes razón, otra vez. Y también tengo que decirte que, aunque lo hablemos, aunque tú me pidas que no lo acepte, sigo pensando que es la decisión correcta para el proyecto, y probablemente la voy a tomar de todas formas, porque profesionalmente no puedo permitirme rechazarla sin una razón de peso que vaya más allá de una boda, por importante que sea para los dos.
—Entonces, ¿para qué me llamas? ¿Para que finja que tengo voz en algo que ya está decidido en tu cabeza?
—Te llamo porque no quiero que esto se convierta en otro secreto que descubras terminado, como pasó con los planos.
Prefiero que sepas desde el principio lo que estoy considerando, aunque eso signifique que la conversación sea incómoda, en vez de ahorrarte el disgusto ahora y que explote después con más fuerza.
Aquello, dicho con tanta honestidad, no me hizo sentir mejor exactamente, pero sí me hizo entender que estábamos ante un tipo de conflicto distinto al de los planos de la ampliación: no se trataba de falta de comunicación, sino de dos necesidades reales que, esta vez, quizás no tuvieran una solución que dejara a los dos completamente satisfechos.
—Necesito pensarlo —dije, al final, sintiendo que la voz se me quebraba un poco al decirlo—.
No la decisión que tomes tú sobre el proyecto.
Eso es tuyo, y lo entiendo, de verdad que sí.
Necesito pensar qué significa esto para nosotros, si esta va a ser la forma que va a tomar nuestra vida a partir de ahora: tú decidiendo lo que profesionalmente tiene sentido, y yo aprendiendo a acomodarme alrededor de esas decisiones, una y otra vez.
—Vega, eso no es justo. Yo también he cedido cosas por ti. Rechacé el proyecto completo en Bilbao en su momento, negocié una fórmula mixta que no era lo habitual en mi sector, solo para poder seguir teniendo esto contigo.
—Lo sé. Y te lo agradezco, de verdad. Pero empiezo a preguntarme si lo que tenemos puede sostenerse a base de que uno de los dos ceda un poco cada vez, o si en algún momento vamos a tener que decidir, de verdad, si esto puede funcionar sin que ninguno de los dos termine sintiendo que ha renunciado a algo importante por el otro.